La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 13
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Capítulo 13

La velada transcurrió sin ningún contratiempo digno de mención y pronto Bella encontró abrumadora su estancia en la casa del duque.

La conversación intensa con lady Harcourt le había molestado, pero había sido el contacto con James lo que había alterado mucho más sus sentidos y sus emociones.

En ese momento, se encontraba desbordada y cuando todos los presentes ocuparon el salón para escuchar a la reciente madre tocar el piano, ella buscó el silencio de la noche para salir al exterior.

Sus pasos, silenciosos y rápidos, recorrieron uno de los pasillos centrales hasta que una mano la arrastró sin apenas darse cuenta u oponer resistencia hasta una de las salas.

En la oscuridad de la noche y con un movimiento rápido, la puerta se cerró y su misterioso compañero le empujó con cuidado sobre la puerta.

Su cuerpo quedó atrapado entre la aspereza del trozo de madera y un cuerpo fornido pero oculto por las sombras. Su aroma, era inconfundible.

―¿Tiene por costumbre arrastrar a las damas fuera de veladas, gobernador, o debería sentirme especial?

James se acercó todavía más a ella hasta que sus cuerpos quedaron pegados. Ella podía sentir su respiración, tan alterada como la suya.

―Solo a las que responden con picardía a mi mano bajo la mesa ―dijo el caballero mientras su boca se acercaba peligrosamente a la mandíbula de la joven.

Después recorrió con besos y caricias su cuello, sus pómulos hasta llegar a su rostro.

Pero ella, decidida a jugar todavía más a pesar de la circunstancia en la que se encontraban, interpuso su mano para evitar su avance.

―Me sorprende su seguridad teniendo en cuenta que acaba de escucharme decir que soy extraordinariamente exigente con los caballeros.

―Precisamente deseaba felicitarla por ello, Isabella. Me he sentido orgulloso de usted y complacido por su respuesta.

―¿Orgulloso? Tenga cuidado, gobernador. Comienza a hablar como si tuviera algún derecho sobre mí.

―Ninguno, señorita. Usted es demasiado independiente como para ser de nadie, pero no puedo evitar caer rendido a sus pies con cada desaire. Es usted irresistible, lady Isabella.

Esas palabras fueron suficientes para que ella retirara la mano y rompiera la distancia que les separaba.

Él respondió de inmediato, tan excitado como ella, a su beso y juntos exploraron un nuevo límite en su relación.

Aquel encuentro, tan poco decente como inapropiado, aumentaba silencioso el morbo de la experiencia logrando que su beso fuera todavía más intenso.

No sabían cuánto podría durar ese instante. Ser interrumpidos sería desastroso, aunque, por mucho que la cordura tratara de imponerse, ahora solo sus deseos carnales estaban por encima de todo decoro.

Las caderas de él se aproximaron más al cuerpo de ella y por primera vez, Bella notó la dureza de su miembro.

Ella había causado esa reacción y antes de que pudiera hacer algún comentario sobre ello, las manos de James encontraron rápido un destino más apetecible que el rostro de la joven.

Bajaron con rapidez y con la sabiduría del que ya ha conocido anteriormente el cuerpo de su amada para colmarla de atenciones en su zona íntima.

Ella se sorprendió por su atrevimiento pues la última vez no había podido evitar reprimir unos gemidos que, dada la situación, podrían delatarles, pero la picardía que advirtió en los ojos de él le llevaron a aceptar pues conocía el placer que podía conllevar.

Y allí, en la oscuridad de aquella sala que les mantenía ocultos, James y Bella jugaron a un peligroso juego en el que el gobernador le mostró cuán de rápido se puede alcanzar el cielo con la diligencia apropiada.

Ella, incapaz de mantenerse en pie, se sostuvo con firmeza a los brazos del caballero mientras los dedos de él entraban y salían de su zona íntima provocando reacciones explosivas dentro de ella.

En esta ocasión, Bella se mordió el labio para evitar gemir y él lo encontró delicioso.

Finalmente, ella estalló y todo quedó en blanco.

Durante unos instantes ninguno dijo nada. Bella trató de recomponerse y de recuperar una respiración digna mientras él arreglaba su vestido. James se había alejado lo suficiente como para concederle espacio, aunque la expresión del rostro de la joven demostraba que le deseaba a su lado.

―Deje de mirarme así, gobernador. Esta noche ambos hemos demostrado no poseer demasiado sentido común, no necesito que me lo recuerde mirándome con tanta intensidad.

Bella se alisó el vestido con ambas manos bajo la atenta mirada del gobernador. James, por su parte, parecía haber recuperado la serenidad a pesar de que su respiración seguía alterada.

―No estoy de acuerdo, Isabella. Yo tenía bastante sensatez cuando entramos en esta habitación.

―Permíteme que lo dude y le insto a que busque el lugar exacto donde se haya podido perder porque esto…―Bella hizo un gesto entre ambos incapaz de encontrar una palabra perfecta para lo acontecido ―. Esto no parece obra de un hombre que haya hecho acopio para mantenerla.

James dejó escapar una sonrisa. Servir a su dama era un placer infinito y sin parangón, pero poder responder a sus retos constantes era demasiado estimulante como para poder resistirse.

―Tengo alguna sospecha mas creo se encuentran en el mismo lugar en que hace apenas unos instantes una dama ha dicho que sería complicado encontrar un marido que sea capaz de sostener su interés.

Bella levantó los ojos hacia él y el gobernador solo vio provocación lo que le excitó todavía más.

Esa mujer era un enigma que nunca se cansaría de tratar de descifrar pues hacía apenas unos instantes se deshacía entre gemidos contenidos sobre él para justo después retarle con palabras en una batalla mucho más excitante que su intimidad. Aquella mujer le fascinaba. La amaba.

―No se precipite ―advirtió ella con diversión―. Que haya superado ciertas pruebas no le otorga el título definitivo.

―Después de lo ocurrido en los últimos días entre nosotros esperaba que mi persona se encontrase en la primera posición. Reconozco que descubrir la existencia de otros caballeros supondría un golpe considerable para mi orgullo, señorita.

―Qué poco conoce a las mujeres, gobernador.

Él no necesitaba que ella le asegurase que no había más pretendientes disputando su mano. Él sabía que era el único. El único al que ella había aceptado como rival digno. Y eso, le excitaba todavía más.

―Es que no me interesan las mujeres, Isabella. Me interesa solo una.

―Entonces ya debería saber que nunca se lo pondré fácil.

La sonrisa retornó presta a los labios de James.

―No esperaba que lo hiciera.

Lo que Bella no esperaba aquella tarde era la visita de James Johnson a su casa.

Su padre había tenido a bien invitar al caballero en cuestión para tratar unos asuntos que, según él, todavía quedaban pendiente entre ellos.

Unas posibles inversiones en las islas del Caribe podrían ayudar a mejorar la economía familiar.

Su padre, que no había confesado abiertamente la situación en la que se encontraban, parecía interesado en entablar ese vínculo con James así que ella alentó el encuentro facilitando su conversación privada y sin sentirse abandonada por las tres horas que permanecieron reunidos.

Varios días habían pasado desde su intenso encuentro en casa del duque de York.

Durante todas esas noches, Bella se había sonrojado al recordar su intimidad.

Al recordar la forma en que él deseaba darle placer, en besar sus labios y en colmar su cuerpo de un fuego líquido que le recorría por completo.

Jamás volvería a estar en esa sala sin ruborizarse.

Y eso, precisamente, es lo que más le llamaba la atención.

Que no se avergonzaba de nada. No se arrepentía de la confianza depositada y de las licencias que le había permitido a ese hombre.

Su rivalidad, sus conversaciones tensas y sus miradas provocadoras eran el aliento que ella necesitaba.

Había encontrado en el gobernador el complemento que siempre había anhelado.

Aunque no lo dijera en alto, juntos eran una fuerza que sentía imparable y precisamente, eso, era lo que más le asustaba.

No la excitación o su proximidad sino los auténticos sentimientos que despertaba en ella.

Pues, desde el inicio de la temporada, James se había convertido en la única persona en la que pensaba, el único caballero al que deseaba tener cerca y el único capaz de tentarle lo suficiente como para considerar el matrimonio.

Sin embargo, algo tembló en ella al reconocer aquello pues, a pesar de la chispa más que evidente entre ellos, no importaba lo interesada que ella pareciera estar que no había una promesa de matrimonio entre ellos.

James no le había pedido matrimonio. No se había hablado o insinuado algo semejante y eso, le preocupó. Un poco. Bastante.

―Padre, si pretende mantener el cariño de su hija le suplico que no continúe con ello, por favor― suplicó Bella a su padre ante la posibilidad de que él iniciara una nueva anécdota bochornosa de su infancia.

―Al contrario, conde. Le insto a que no omita ningún detalle de esa historia. Llevo semanas siendo testigo del incorregible temperamento de su hija y escuchar vergonzosos pormenores de su infancia me permitirían comprender cómo se ha forjado la mujer que conozco ahora.

Bella dirigió una mirada cargada de crítica al gobernador, pero él, que se encontraba cómodamente sentado en el sofá junto al conde, con una copa en la mano no se inmutó ni un ápice.

―No comprendo qué beneficio podría obtener el gobernador, padre, conociendo acontecimientos que sucedieron hace tantos años. Además, estoy seguro de que hay temas más interesantes de conversación.

Ella le hizo un gesto rápido al caballero para que desistiera en su empeño, pero el gobernador hizo todo lo contrario. Levantó una copa hacia el conde y le instó a que continuara. El señor de la casa, pletórico por las atenciones y la divertida escena que estaban compartiendo, decidió continuar.

―Nuestra querida Isabella tenía apenas nueve años y ya para entonces tenía una excelente autopercepción de sus capacidades ―comenzó a relatar su padre ―.

Durante un verano, Alfred, había traído consigo un hermoso caballo para competir con mis hijas.

Nadie las superaba como jinetes y la duquesa estaba empeñada en que mejorara sus aptitudes.

―Padre, por favor...

―Yo acababa de comprar a Bruma, una yegua espectacular que poseía una belleza incuestionable y era tan nerviosa como temeraria. Naturalmente, prohibí a mi hija menor que se acercara a ella.

―Y como podrá esperar ―dijo Bella rendida ante las palabras de su padre. No había podido detener el recuerdo así que trató de participar para que fuera lo más veraz posible ― no pude pensar en otra cosa durante días.

―Una prohibición nunca ha parecido ser algo lo suficientemente poderoso como para retener a nuestra Isabella porque, con gran habilidad, encontró un resquicio en mis palabras y una mañana me sorprendió montando a la yegua.

―¿Desobedeció a su padre? ―preguntó el gobernador fingiendo sorpresa, aunque en el fondo sentía un gran orgullo por la gran iniciativa de la joven niña.

―No, gobernador. Mi padre, dijo textualmente que no podía acercarme a la yegua así que yo no me “acerqué” sino que la “monté”.

―Aquella mañana reconocí a su madre en el espíritu con el que montaba a Bruma y emocionado por el vínculo que esa yegua impetuosa y ella parecían tener, jamás me sentí capaz de prohibir que la montara de nuevo.

Bella los escuchó continuar con la conversación y, por primera vez, no sintió la necesidad de intervenir. Su padre continuó relatando intimidades de su infancia ante un atento James que escuchaba sin interrumpir a su anfitrión.

Ambos parecían muy cómodos conversando y dejó que sus voces llenaran su estancia pues en ella estaba naciendo algo muy parecido.

Comodidad. No sabía qué había provocado esa percepción.

Puede que nada, puede que algo. Pero allí estaba.

Observarlos conversar con esa facilidad y naturalidad le transmitió una calidez serena muy contraria a la agitación que siempre experimentaba al estar cerca de James.

Se dispuso a disfrutar de ella con miedo a reconocer que parecían una familia conversando con total naturalidad y fue precisamente ese pensamiento lo que le hizo estremecerse.

Familia.

Una palabra tan grande como cargada de sentimiento. Una realidad que, en ese instante, deseó con todas sus fuerzas.