La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

―Es posible que estemos dando un mal ejemplo ante los más jóvenes presentes en la sala, amigos míos ―dijo el duque de York a todos los presentes ―. El matrimonio es una institución que debe tomarse en serio pues…

Esa fue la última frase que Isabella Cavendish fue capaz de escuchar pues una mano silenciosa se posó en su rodilla y se desplazó con cuidado buscando algo.

Ella se sobresaltó ligeramente ante el hallazgo sin embargo evitó que su reacción se apreciara ante los presentes.

Giró el rostro esperando encontrar al responsable de tal descarado avance y solo encontró una mirada que le devolvía, curiosidad. James Johnson.

Ella dejó el cubierto sobre la mesa y llevó su mano derecha bajo la mesa para encontrar la de él.

En un instante, un choque se produjo. Sus manos sabían cómo encontrarse con la misma facilidad que las abejas descubrían el rastro de polen.

Se entrelazaron y aprovechándose de la privacidad que les ofrecía aquel mantel de color crudo, se mantuvieron así.

―Creo que están siendo injustos ―dijo otro caballero ―. Una casa debe cambiar conforme las personas que viven en ella. Mi hermana regresó de París el otoño pasado convencida de que su casa entera debía cambiar.

―¿París? ―la duquesa se escandalizó―. Entonces no quiero saber cuánto ha costado ese cambio tan extraordinario.

―Mi cuñado tampoco.

Todos volvieron reír, pero solo dos personas se mantuvieron ajenas a toda la conversación pues sus manos hablaban un lenguaje silencioso que parecía estimularlos lo suficiente como para ignorar al resto.

―Y díganos, lady Isabella ―dijo lady Harcourt dirigiéndose directamente a ella lo que provocó que James retirara con presteza su mano y ella se quedara tan sorprendida como confusa por su ausencia ―, necesitamos una opinión imparcial como la dama más joven de los presentes.

¿Conservaría usted una estancia intacta tantos años si su marido se negase a ello?

―Me temo que ha escogido a la persona menos indicada ―se disculpó ella tratando de ganar tiempo hasta recomponer en su mente lo que creía que se había compartido en la mesa ―.

Dudo que mi marido se negase a concederme el capricho de cambiar una sala.

Escuché una vez en boca de uno de los presentes que una esposa feliz es un matrimonio feliz.

―No se podría decir con mejores palabras, señorita Cavendish. Parece que la juventud no está reñida con la sensatez.

―Si la joven fuera sensata, querido, ya tendría un marido concediendo sus caprichos ―comentó la señora Harcourt.

En ese instante, el humor de Bella cambió por completo.

El tono de la conversación había tornado en algo muy diferente y por una vez, esperaba que su falta de compromiso matrimonial no fuera el centro de las conversaciones de sus más allegados.

Sin embargo, estaba muy equivocada. Respiró profundamente para pensar con moderación y responder algo de forma cortés.

―Es admirable su preocupación por mi falta de compromiso, pero en este momento no considero que mi situación requiera uno.

Soy de la creencia que es más sensato esperar al caballero adecuado que aceptar al primero dispuesto a consentir mis caprichos.

Además, permítame decirle que encontrar marido es relativamente sencillo.

Lo complicado es lograr que uno consiga despertar y mantener activo mi interés el tiempo suficiente como para querer conservarlo.

―¡Lady Isabella! ―exclamó la señora llevándose una mano al pecho escandalizada por las palabras de la joven ―.

Debo reconocer que nunca había oído hablar a una dama con tan osadía y presuntuosidad en público.

Habla de conservar un marido como si de escoger un caballo u otro en las caballerizas se tratase.

Espero que, cuando finalmente aparezca ese caballero capaz de mantener su interés, tenga tanta determinación y paciencia con usted.

―Algo me dice, lady Harcourt, que el problema de mi hermana no será conservar al caballero sino darse cuenta de que lo ha encontrado ―dijo Heather ofreciendo, creyó Bella, una lanza a su favor en la mesa y disolviendo, por fin, el interés de todos los presentes por el tema.

El conde, para suerte de Bella, se rio ante el comentario y todos los caballeros presentes hicieron lo mismo logrando relajar la tensión que se había creado en un instante en la sala.

Bella no podía negar que siempre le había gustado llamar la atención y que su personalidad se prestaba mucho a ello.

Apenas encontraba la censura pública por sus ocurrencias y comentarios, pero, desde que la temporada social se había centrado en ella y en sus posibles perspectivas matrimoniales, odiaba estar en boca de todas aquellas mujeres que se creían con el nivel moral suficiente como para criticarla.

Ella era consciente de que su personalidad era diferente y llamativa, que resonaba en las salas porque no era la típica dama de la alta sociedad educada para ser una esposa sumisa y entregada. Ella estaba dispuesta a entregarse a un hombre, pero no a ser sumisa o estar relegada a un segundo lugar.