Capítulo 12 #2
Bella todavía no daba crédito a lo acontecido en los últimos días.
No solo se había convertido en tía, de nuevo, sino que estaba viviendo una de las experiencias más prohibidas para alguien de su situación y por extraño que pareciera, había encontrado en James Johnson a un rival tan endemoniado como apetecible.
Sus encuentros clandestinos, sus besos e intimidad compartida le sonrojaban al mismo tiempo que despertaban un deseo nuevo en ella.
Soñaba con él, le deseaba y necesitaba estar con él.
Todavía se sentía confusa sobre la verdadera naturaleza de sus sentimientos.
No tenía una madre que le ayudase como guía y tampoco el consuelo secreto de sus hermanas para poder exponer con ligero orden todo lo acontecido.
Su relación era censurable y eso obligaba al silencio.
No se atrevía a pronunciar la palabra amor pues le parecía algo muy distante y complejo para ella.
Pero algo era cierto: ningún hombre había cambiado tanto su mundo como James.
Al día siguiente, James acudió a la propiedad del conde para una visita, hablar con ambos y recuperar su caballo sin que el conde lo apreciara.
Sin embargo, el semblante del gobernador lucía ligeramente ofuscado e incluso, enfadado, tras conversar en privado con el conde.
Él trató de cambiar rápidamente su expresión para que ella no lo apreciara dedicándole un guiño fugaz de ojo.
Ella no le dio importancia. Toda aquella mañana fue compleja y, sin duda, peligrosa mas lograron salir airosos de ese gran lío de caballerizas.
Pero esa visita y la tensión entre ellos solo acrecentó un deseo manifiesto de continuar sus encuentros.
Por eso, cuando la duquesa de York invitó a varias personas a su casa para celebrar el nacimiento de su primera nieta, no lo dudó.
Se preparó con esmero y se encargó de escoger un vestido que, aunque capturara las miradas del gobernador, no llamara demasiado la atención.
Quería que todas las miradas estuvieran en su sobrina y en su hermana, no en ella.
Por primera vez, solo quería reclamar una mirada.
Para su sorpresa, había cerca de quince invitados a la cena aquella noche.
Las promesas de la duquesa de una velada sencilla e íntima siempre parecían traducirse en un nuevo evento social.
Bella no se sorprendió al reconocer a la mayoría de los rostros presentes en la sala, aunque, ver al lord Ambroise le llamó la atención.
No esperaba que la duquesa le hubiera invitado.
No obstante, fuera cual fuera el motivo de su presencia no iba a dejar que eso perturbara su alegría.
Y al final de la sala se encontraba el hombre que había trastocado su mundo conversando de forma animada con Alfred.
Bella y su padre saludaron a todos los presentes, incluidas todas las hermanas de la joven presentes.
Heather, que sostenía a la princesa de la casa, parecía radiante a pesar de su recién estrenada maternidad.
El bebé parecía dormir plácidamente en brazos de su madre y todos se agolpaban a su alrededor para admirarla.
Aquella idílica estampa le pareció tan envidiable y lejana al mismo tiempo que Bella temió que fuera una realidad negada para ella pues jamás se había imaginado formando una familia, pero, desde la llegada de cierto gobernador a su vida, había comenzado a plantearse que el matrimonio podía no ser una idea tan lejana.
Después de dedicar unas afectuosas palabras a su hijo, su nuera y la recién nacida, los duques anunciaron que la cena estaba servida y todos los presentes se dirigieron al gran comedor que ya estaba dispuesto.
La duquesa se encargó de repartir los asientos y para su asombro, Bella y James se sentaban uno junto al otro.
Bella no supo si considerar aquello fortuna del destino o una crueldad del mismo.
Desde que había llegado a la velada apenas había intercambiado un saludo con James.
Él había conversado con otros caballeros y ella, había hecho lo propio con las damas.
Ambos habían demostrado una capacidad extraordinaria para mantener la compostura a pesar de que sus miradas se buscaban constantemente en el salón.
―Duquesa, necesito que inspire cordura en mi esposa y me veo en la obligación de solicitar su ayuda ―comentó lord Harcourt que se encontraba varios asientos alejados de los anfitriones.
―¿En qué empresa debo ayudarle, querido amigo?
―Mi esposa ha decidido que nuestra sala de estar de color azul necesita una transformación completa. Lo curioso es que hasta hace apenas dos semanas yo ignoraba que nuestro salón era azul o que tuviera algún defecto.
Todos los presentes rieron ante el comentario.
―Eso es prueba más que evidente que apenas conoce lo que ocurre en su casa, lord Harcourt ―replicó su esposa censurando su comentario―. Las cortinas de esa habitación las colocamos el día que nos tomamos posesión de la casa hace más de treinta años y el color ya casi es inapreciable.
―Querido amigo, lamento comunicar que, tras tantos años de matrimonio, he aprendido que un marido sensato jamás discute con la necesidad de una esposa de redecorar una casa.
Hace algunos años me negué a remodelar la sala de música y la duquesa colocó los muebles a conciencia en mi despacho para que no olvidara mi negativa.
Todas las damas presentes se rieron y Bella no pudo evitar participar del momento. A pesar de las obligaciones tan dispares entre hombre y mujer encontraba agradable la facilidad con la que podían compenetrarse después de los años.