La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 12
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Capítulo 12

Sin duda, el nacimiento de la pequeña Glory fue motivo de alegría y gozo para las dos familias.

Tanto la madre como la hija gozaban de buena salud y habían empezado a acompasarse a su nueva vida.

Heather, a pesar de encontrarse todavía convaleciente por una ligera anemia que causó el parto, amamantaba a la criatura con júbilo ante la atenta mirada de un afectuoso y más que complaciente esposo.

Alfred, o, mejor dicho, su ego como padre, era inconmensurable y Bella se alegraba de que su hermana contara con un hombre tan noble en su vida.

Al tercer día, Bella regresó a su casa familiar tras asegurarse de que su hermana se encontraba mejor para poder retomar su vida y poder aportar algo de paz a la residencia de la duquesa de York.

Sin embargo, todos sus momentos ociosos entre las tareas de cuidados fueron dedicados a él.

James. El gobernador que había cambiado por completo su mundo sin que ella se diera cuenta.

Se sentía en deuda con él. El regalo de Estrella, acompañarle con urgencia a casa de su hermana, permanecer allí e incluso las misivas que le había enviado durante esos últimos días para preocuparse por el estado de salud de ambas.

Antes de regresar a casa anunció al cochero que debían tomar un desvío hasta casa del gobernador.

Envalentonada y con una gran sonrisa en el rostro contempló cómo la calesa entraba en la propiedad del gobernador un tiempo más tarde.

La joven aceptó la ayuda del cochero y pronto fue anunciada por el mayordomo.

―¿Señorita Cavendish? ―preguntó contrariado James al verla entrar en la sala de estar donde él se encontraba cerrando un sobre.

―Buenos días, gobernador.

Él se puso de pie y le saludó de manera apropiada ante la atenta mirada del mayordomo. James se acercó a él y le entregó la carta.

―Esta carta debe partir hoy mismo a destino.

―Por supuesto, gobernador ―respondió el mayordomo antes de retirarse dejando una creciente tensión emanando de esa sala.

Bella no había pensado qué decir exactamente pues justo antes de entrar había reconocido para sí misma que, en realidad, esa visita era una excusa para verle.

No tenía claro cómo enfocar su discurso de agradecimiento ni cuál sería la primera frase pues desde el mismo instante en que entró en la sala solo podía pensar en los brazos fuertes de James, en su mirada penetrante y embaucadora y en su sonrisa.

―Si se encuentra ocupado o debe responder a su correspondencia quizá será mejor que regrese en otro momento. No debería estar aquí. No le he avisado y…

Bella estaba nerviosa. James lo notaba. Había aprendido a apreciar cómo la joven exteriorizaba sus nervios con una incapacidad para controlar su lengua.

Eso le parecía adorable. Y aunque deseaba que ella se desahogara se sentía mala persona al cultivar o incentivar todavía más sus nervios dada la situación.

―Al contrario, señorita, estoy disponible para usted. ¿Qué puedo ofrecerle?

Bella respiró hondo, se serenó y le enfrentó.

―He venido para agradecerle formalmente la ayuda que me prestó durante el parto de mi hermana. Su acción superó mis expectativas, me siento desmerecedora de tal atención y le estoy muy agradecida.

―No tiene que darlas, Isabella.

―Me doy cuenta que, por lo general, los agradecimientos suelen acompañarse con un detalle sin embargo hace apenas dos horas he salido de casa de mi hermana y todavía no he tenido tiempo de…

―No tiene que preparar nada ni merezco nada, Isabella. Habría esperado horas o días por usted. Saber que mi presencia le proporcionó apoyo y consuelo es agradecimiento suficiente para mí.

Bella bajó durante un instante la mirada hacia sus manos incapaz de poder contener sus emociones. Quería llorar de emoción, gritar de alegría y abrazarle con cariño. ¿Acaso todo aquello podía ser compatible? Se preguntó.

Pero en ese preciso instante advirtió la verdad acerca de el vaivén de sentimientos contenidos.

Se sentía alterada y confusa porque el gobernador le atraía.

Le interesaba. Le despertaba curiosidad.

No, no era curiosidad. Era algo más. Afecto.

Amor. Y fue entonces, tras admitirlo de forma silenciosa que comprendió el verdadero motivo de su visita: no solo estaba agradecida, quería besarlo.

Eso despertó una reacción en ella que solo la predisponía a un comportamiento.

―Parece empeñado en que cambie la opinión que tenía forjada sobre usted, gobernador ―añade ella abandonando su timidez para dejar fascinación y picardía en su lugar. Al levantar la mirada y encontrar la de él, expectante y emocionada, supo que había generado la situación deseada.

―Eso genera un inconveniente pues me he esforzado mucho para que considere que soy un caballero arrogante e insoportable.

―Oh, no se preocupe ―añadió ella con rapidez dando un paso al frente―. Me temo que son cualidades lo suficientemente profundas como para que mi impronta no cambie tan rápido.

Ese comentario, tan provocador como velado, animó a James a dar varios pasos al frente hasta encontrarse todavía más cerca de ella.

Ansiaba besarla. Lo había deseado desde el primero momento en que la vio entrar.

Tres días alejado de ella habían resultado suplicio suficiente que ni las letras de las cartas que recibía de ella lograron aplacar.

Por eso, en la intimidad de su casa y con la seguridad de que nadie les importunaría, se tomó la licencia de tocarla.

Ella no le rechazó. Al contrario, levantó la mirada para dejar que sus ojos le guiaran.

―Me complace saber que no es una dama que cambie tan rápido de parecer, señorita Cavendish.

―Isabella… ―suspiró ella al sentir cómo las manos de James subían lentamente por su cuello hasta rozar sus mejillas.

Quería que la llamase así pues su nombre en los labios del gobernador era más dulce que cualquier afrodisíaco.

Ese contacto, tan sutil como ardiente, estaba desencadenando una reacción que pronto sería imparable.

―Estaría dispuesto a entregarle el mundo, Isabella.

―Me ha regalado una yegua de pura raza, su apoyo y compañía. ¿Qué más puede entregarme, gobernador?

―A mí.

Y antes de que ella pudiera reaccionar, él había capturado su rostro y arrojado sus labios sobre los de ella.

Reprimirse había resultado imposible al ver la receptividad con la que ella respondía a sus caricias.

Ambos se besaron con el deseo contenido de días alejados.

Con el ansia de un hambre que parecía consumirlos.

Las manos de ambos se movían de un lado a otro de sus cuerpos tratando de conocer y analizar cada una de sus partes hasta que ambos quedaron extasiados.

Aquello no era decente ni formal pero no les importó pues sabían que la intensidad de lo que estaba ocurriendo entre ellos estaba fuera de toda lógica.

Bella no pensó en su reputación, ni en su posible casamiento ni en el pretendiente que pudiera escuchar sus malas acciones.

Solo pudo pensar en las caricias, en el fuego y en él.

Le quería a él y aunque le costara reconocerlo, aquel gobernador había plantado una bandera en su corazón dejando una huella imposible de borrar.

Pero un ruido en la puerta interrumpió su beso con rapidez causando la separación inmediata de sus cuerpos.

Bella se puso demasiado nerviosa y se dio la vuelta rápido para ponerse de espaldas a la puerta.

El beso había sido tan intenso que sabía que sus labios estarían hinchados y el calor que sentía se reflejaría en sus pómulos llamando demasiado la atención.

Se castigó a sí mismo por imprudente en el primer pensamiento coherente que había demostrado desde que se había dejado llevar por sus pasiones.

James, por otro lado, estaba enfadado con la persona que había tenido la osadía de interrumpirles pues, después de ver a su dama entrar en su propia casa había pensado en que no había nada más hermoso que ver a su futura condesa en su nuevo hogar.

Pero sabía que la situación actual era censurable para ambos pues un hombre y una mujer solos en una habitación sin acompañante era motivo de escándalo.

Se dispuso a encontrar una salida rápida.

― Sí, señor Weber.

―Gobernador, el conde de Cavendish ha venido a visitarlo. Desea tratar unos temas con usted.

Aquellas palabras terminaron de sentenciar a la joven pareja que veía un pronóstico oscuro en los siguientes minutos. Si el conde traspasaba esa puerta todo quedaría sellado. La responsabilidad obligaría a ambos a casarse ante cualquier posible sospecha y el anuncio de nupcias sería inevitable.

―Dígale al conde que le espero en el jardín trasero. A estas horas del día da la sombra y estaremos mucho más protegidos para poder conversar. Prepare el té y avise a la cocinera. Necesito terminar unas cartas antes de salir.

―Por supuesto, gobernador. Así se hará.

El señor Weber se marchó de inmediato a su cometido y ambos pudieron respirar tranquilos.

―No puedo quedarme, James, si mi padre me ve aquí, él exageraría demasiado la situación ―comenzó a decir nerviosa la joven quien pronto encontró consuelo en las manos del gobernador.

―No se preocupe, Isabella. Puede salir a través de este pasillo a la puerta principal. Apenas le tomará un instante.

―Pero el carruaje que me ha traído es el del conde. Regresó una vez que me dejó aquí.

―Coja entonces mi caballo. Se encuentra atado en las caballerizas y cabalgue hasta casa. Mantendré ocupado a su padre, no le verá.

Ella se lanzó para darle un último beso lleno de ansia y él le abrazó para sostenerla y evitar la caída de ambos.

―Me sorprende pensar que hace apenas unas semanas rehuía mi compañía en cualquier reunión social, pero debo reconocer que sus esfuerzos por mantenerse alejado de mí me resultan contradictorios, señorita.

―No saque conclusiones precipitadas, gobernador. Un beso no constituye prueba suficiente de un cambio.

―¿Uno? Algo me dice que hace tiempo que hemos pasado esa frontera, Isabella.

―Aquí está mi caballero arrogante.