La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 11
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Capítulo 11

El carruaje apenas había comenzado a avanzar cuando Bella apartó ligeramente la cortinilla para mirar al exterior.

La noche había llegado y apenas podía verse nada sin una luna llena alumbrando el camino.

Los dos faroles de aceite apenas eran suficientes para alumbrar el camino y a los nervios del parto se sumó los de un trayecto peligroso.

En otras palabras, Isabella Cavendish nunca había estado tan nerviosa como en ese instante. La sola idea de imaginar el sufrimiento de su hermana colapsó sus emociones incapacitándola para pensar con claridad.

―Deberíamos haber llegado ya.

―Apenas llevamos unos minutos en camino, Isabella. Tranquilícese ―dijo James tratando de reducir su ansiedad. Ver a la joven en ese estado le dolía profundamente. Ella, que era la imagen viva de la fuerza ahora parecía un cervatillo asustado.

―Lo sé ―añadió ella frotando una y otra vez sus manos con nerviosismo ―. Pero avanzamos muy despacio.

―Puedo asegurarle que el cochero hace todo cuanto puede, sin embargo, debemos ser prudentes.

Él no pudo reprimirlo más y se colocó junto a la joven en el asiento de enfrente.

Se acercó a ella y tomó sus manos entre las suyas acunándolas.

Bella sintió cómo su contacto le transmitía calidez y sosiego y lo agradeció.

Sin darse cuenta, apoyó su cabeza sobre los hombros de él y allí permaneció en silencio un tiempo.

Cuando su respiración comenzó a calmarse obtuvo fuerzas para hablar.

―Heather no esperaba que el niño naciera todavía.

Según los cálculos del doctor todavía quedaban dos semanas más para el alumbramiento.

De hecho, habíamos hecho planes para asistir juntas a nuestro siguiente compromiso social.

Nuestro padre le dijo que era una insensatez dado su estado y que debía guardar reposo, pero ella no quería dejarme sola en la temporada social.

James no interrumpió a la joven. Sabía que estaba nerviosa y era consciente que esa facilidad para liberar sus sentimientos era algo que ella necesitaba.

―Seguramente no sea nada. Bueno, es obvio que su hermana sufrirá los dolores propios de un parto, pero eso no quiere decir que vaya a existir ningún problema. Los embarazos pueden ser muy variados y, en ocasiones, los médicos pueden equivocarse ligeramente con esas presunciones.

―No lo creo. No conoce a Heather como yo, gobernador. Ella es pura dulzura y encanto. Nunca se ha puesto enferma, jamás.

James trató de controlar sus propios nervios pues verla en ese estado le estaba partiendo el alma. La joven, que apenas podía levantar la mirada de sus manos, parecía ser incapaz de controlar sus palabras. Las frases salían una tras otras sin censura ni control.

―Isabella…

―Una vez se me ocurrió la locura de subirme a un árbol cuando éramos niñas.

Había retado a Violet para ver quién llevaba antes a la copa.

No era un roble excesivamente grande pero lo suficiente como para que Heather viniera en nuestra busca.

Enfadada, nos gritó para que recobráramos la sensatez y bajáramos lo antes posible.

Violet fue la primera. Yo, al contrario, no pude hacerlo pues mi pie derecho se quedó atrapado entre dos ramas.

Eso provocó que Heather subiera a buscarme y cuando me liberó y tratamos de bajar ella se cayó al suelo.

―¿Y se hizo daño?

―Durante todo el día fingió que estaba bien, que no se había hecho daño, pero al llegar la noche y cambiar su ropa fue incapaz de levantar el brazo. Charlotte, mi hermana mayor, le levantó la manga del vestido y vio los cardenales.

―¡Qué horror!

―Estuvo callada todo el día para que padre no me castigara. No confesó que se había hecho daño. Por eso ahora temo que esté ocultando algo peor.

―No debe ponerse en lo peor, Isabella. Es totalmente natural que sienta miedo por estos momentos, aunque estoy seguro de que su esposo ha buscado al mejor médico que pueda pagar para garantizar que el parto sea exitoso y que su hermana no sufra daño alguno.

―Mis hermanas son agotadoras y exasperantes, pero no tengo ningún recuerdo en mi vida en el que no estén presentes. Ellas siempre han estado a mi lado. Si algo le pasara…

―No le permito que piense así ― interrumpió con autoridad el gobernador obligándole a mirarle. No podía dejar que quedara sumida en esos pensamientos torturadores que tanto daño le hacían. Le aguantó la mirada para transmitirle calidez y comprensión mientras su mano derecha sostenía su rostro.

―No puedo perderla, James ―dijo al fin entre lágrimas ― No puedo.

―No lo hará, Isabella. Lo prometo.

Y aunque James sabía que no estaba en su mano poder cumplir o no esa promesa sabía que necesitaba dar esa tranquilidad a la joven que tenía entre sus brazos.

La debilidad que había demostrado Bella en ese carruaje terminó de romper la última barrera de contención que había interpuesto James Johnson entre ellos.

Ese momento solo ratificó algo que ya sabía: Isabella no solo era una mujer irresistible sino una persona con un corazón delicado y lleno de amor que solo deseaba proteger y hacer felices a las personas que le rodeaban, aunque ella se esforzara en ocultarlo.

Una fiera capaz, no solo de responder ante sus provocaciones, sino de abrirse de manera voluntaria a él.

La única mujer capaz de tentador y la única mujer que fue, es y será dueña de su corazón.

Las respiraciones de ambos se acompasaron y poco a poco, las lágrimas de ella encontraron sosiego en la estabilidad que él le transmitía. Su cuerpo, en relativa calma, se sentía cómodo. Como si encajara de alguna manera en ese lugar.

Y sin apenas darse cuenta pensó en James y en su familia. En cómo se comportarían juntos, en si tendría o no hermanos, en si serían tan formales como otros condes, en mil cosas más.

―Debe resultarle extraño ―dijo interrumpiendo el silencio―. Vivir tanto tiempo alejado de su familia.

James tardó algo más de lo habitual en responder.

―Al principio lo fue. Echaba en falta a mi hermana pequeña y a mi madre.

Siempre hemos tenido una relación muy estrecha y no verlas resultaba desgarrador.

Pero, con el tiempo, las obligaciones y las rutinas generaron en mí una nueva realidad que, aunque me mantenía alejada de ellas, sabía que mi colaboración a la Corona les beneficiaría.

―No sé si yo podría.

―No tendría por qué saberlo.

Bella bajó la mirada sintiendo un pinchazo que no supo interpretar. Algo nuevo había surgido dentro de ella y por alguna extraña razón sintió un gran vacío.

―Supongo que no.

Seis horas de largo parto. Seis horas en las que Bella acompañó en todo momento a su hermana una vez que la vio sobre la cama junto a un nervioso Alfred que apenas era capaz de reaccionar.

Impactado por los quejidos de su esposa encontró ligero alivio en la compañía de su madre, pero fue Bella la que logró apaciguar a su hermana distrayéndola en las contracciones más complicadas.

Finalmente, una hermosa niña nació ese doce de junio en la residencia familiar.

Una niña demasiado chillona como para ser hija de su recatada y silenciosa madre lo cual, llenó de júbilo a todos los presentes.

Alfred colmó de besos a su esposa y la consoló en todo momento preocupándose por su estado de salud.

Bella, que había ayudado al doctor apenas podía creerse que hubiera asistido a su hermana en el parto con lo aprensiva que se creía para la sangre, sin embargo, encontró algo milagroso y excepcional en el don de la vida.

La recién estrenada abuela sostenía a la primera de sus nietas con orgullo y felicidad.

En general, una estampa que irradiaba felicidad.

Pero terminado el parto y desaparecida la tensión por la preocupación contenida por fin Bella pudo sentarse y descansar tras asegurarse de que su hermana se encontraba bien. Heather estaba agotada, pero se encontraba bien, con su hija en brazos, y una familia que no podía ser más hermosa.

Bella bajó las escaleras con una sensación extraña alojada en el pecho.

Una mezcla entre alivio, ternura, nerviosismo y envidia.

Escuchó una serie de voces en el salón que parecían de hombre.

Su padre, que había llegado apenas unas horas después que ellos se encontraban conversando animadamente con James.

¿James? Se preguntó Bella.No esperaba encontrarlo todavía allí.

Su padre, feliz de ver a su hija menor, interpretó que era una buena señal y disculpándose fue a conocer a su nuevo nieto y a preocuparse por el estado de salud de su hija.

―¿Cómo está su hermana? ―preguntó el gobernador una vez que el conde abandonó la estancia.

Bella se sintió aliviada de verle y caminó lentamente hacia él hasta que sus cuerpos estuvieron cerca.

Ella ansiaba abrazarlo, hundirse en su pecho y dejar que sus brazos fuertes le rodearan como lo habían hecho horas antes.

Pero no podía. Sabía que la casa tenía demasiadas miradas curiosas como para permitirse ese gesto.

Pero nada deseaba más que la calidez de su cuerpo.

―Está bien. Cansada, por supuesto pero el médico asegura que no hay motivo para preocuparse ―una sonrisa pobló su rostro demostrando gran felicidad que pronto contagió al gobernador ―. Y la niña se encuentra fuerte y sana.

―¿Una niña? Entonces parece que la familia Cavendish continúa empeñada en aumentar la población femenina del condado.

Bella se rio y él quedó preso de ese sonido. Consideró, que incluso cansada y rendida, aquella mujer era la más hermosa de todas cuantas existían en el mundo.

―Las mujeres Cavendish tenemos personalidades muy diversas, gobernador. Pero no me extrañaría que del talante pacífico y sosegado de sus padres resultara una niña capaz de provocar terremotos.

―Pobre futuro duque.

Ambos rieron de nuevo. Él sabía que ella necesitaba un abrazo y nada deseaba más que volver a ser su ancla en la tierra, besarla para demostrarle lo valiente y entregada que había sido. Pero, no existía compromiso entre ellos y hasta que lo hubiera, debía ser formal en público.

En ese instante en que sus sonrisas todavía parecían iluminar la sala Bella advirtió que habían pasado varias horas y que James había permanecido allí. Esperando. Acompañando a su padre. Dándole calor a ella.

―Pensé que se habría marchado hace horas, gobernador. Le dije que no era necesario que esperase pues nunca se sabe cuánto puede tomar un alumbramiento. Debería estar descansando en su casa.

James dirigió una breve mirada cargada de ternura a la joven y se permitió la rápida licencia de rozar su mano derecha antes de que nadie pudiera entrar. Ella notó esa descarga recorrer su cuerpo.

―Estoy donde debo estar. No tenía ninguna intención de marcharme, Isabella.

―¿Desde el principio? ―preguntó ella totalmente sorprendida por la respuesta de James. Por un instante, sintió un orgullo renacer en su corazón.

―Desde el mismo instante en que llegó esa carta.

Aquello la desconcertó todavía más. Él no tenía intención de marcharse.

No había querido marcharse. Bella necesitaba comprender el motivo pues a los extraños sentimientos que su corazón estaba experimentando se sumaban declaraciones tan confusas como rotundas del caballero que parecían diseñadas para terminar de desestabilizar sus inclinaciones.

―Puede que no lo recuerde porque, tras la noticia, apenas pudo dejar de hablar a causa de los nervios. No habría podido regresar tranquilo a mi residencia sabiendo que usted podía necesitarme en cualquier momento.

―Pero mi padre se encontraba aquí.

―Lo sé.

―No me quedé porque creyera que no tenía a nadie que cuidara de usted, Isabella. Me quedé porque quería ser una de esas personas para usted.

Bella se quedó muda. Sintió cómo su pecho se contraía tras aquellas palabras que habían impactado con fuerza en su pecho incapacitándola para pensar con claridad.

Aquel hombre resultaba irreconocible. Sus últimos encuentros parecían destinados a romper la figura pretenciosa forjada a base de discusiones desde el principio.

―Gracias, James.

Dos simples palabras exaltaron el corazón de un agotado James que había vivido con intensidad las últimas horas.

Pero fue la mirada cálida y llena de ternura de Isabella lo que selló sus sentimientos.

James Johnson se declaraba enamorado hasta los límites fuera de la razón de aquella joven.

No había diosa más brava, tierna y auténtica en el mundo y juró invertir cada uno de sus días en demostrarlo.

Sin embargo, ahora solo tenía que encontrar la fórmula para que ella lo valorase de la misma forma y, ante todo, necesitaba aclarar algunas cosas.