La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 10
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Capítulo 10

Eso era todo lo que ella quería así que cuando sus labios comenzaron a deleitarse con los suyos no se resistió, al contrario, se mostró receptiva y deseosa a ellos.

La tensión que se había acumulado instantes atrás se transformó en un juego apasionado en el que sus bocas parecían entenderse a la perfección.

Las manos de él sostenían el rostro de la joven con delicadeza como si la fiera que tenía entre sus brazos fuera a romperse en cualquier instante.

Y ella, se agarraba con fuerza a la chaqueta no tanto por la transformación que había experimentado en sus piernas sino porque quería retener a ese hombre más cerca cada vez.

Pronto, los labios de él se separaron con gran dolor para encontrarse con su mandíbula.

Viajaron por sus pómulos y su cuello: un destino más que interesante.

Ella cerró los ojos y dejó que él descubriera una nueva sensación que había permanecido bloqueada para ella hasta entonces.

Su cuerpo, ardiente y necesitado, parecía responder a todos los besos y caricias que él tenía a bien concederle hasta el punto de no ser consciente de sus propios actos.

Por eso, cuando las manos de él se atrevieron a llegar hasta su pecho, ella, presa de una locura transitoria efecto de la pasión, dejó que su vestido se cayera tímidamente hasta liberar un corsé de color marfil.

Él gruñó enfurecido pues la visión que tenía ante él era frustrante.

Con delicadeza y habilidad logró dejar al descubierto uno de sus senos que pronto fue devorado por una ansiosa boca.

Bella, extasiada y sorprendida por su atrevimiento, gimió de manera natural provocando que él enloqueciera todavía más.

Ese estado condujo al gobernador a lamer y succionar aquel pecho como si fuera un juguete digno de adoración.

Ella le agarró del pelo para aferrarse todavía más a sus caricias y pronto encontró lascivo ese momento entre las sombras.

No podía hacer ruido o la ruina caería irremediablemente sobre ellos, pero, por otra parte, solo deseaba gemir de placer pues aquella sensación estaba siendo infinitamente superior a cualquier cosa vivida.

Todo cuanto necesitaban decirse estaba oculto entre caricias, gemidos, besos y sonrisas pícaras.

En ese instante, cuando ella sintió que apenas podía sentirse parte de este mundo fue testigo de un nuevo avance que, para nada, habría esperado pues James Johnson.

Sin retirar sus labios de los de ella, tomó una de sus piernas y con cuidado levantó poco a poco su falda.

Ella, que inesperadamente confiaba en el gobernador de todas las maneras posibles, no tembló cuando las manos de él se condujeron con determinación entre los pliegues de su sexo.

Primero, se detuvieron en un juego divertido que provocó que ella abriera los ojos sorprendida.

Aquella intimidad estaba rompiendo cualquier barrera nombrable entre un hombre y una mujer y ambos lo sabían.

Por ello, su mirada, cargada de aprobación, terminó por provocar todavía más al caballero al morder sus labios.

Él interpretó esto como un claro signo de interés y acentuó su íntimo juego causando más jadeos en ella.

Pronto el baile se intensificó para ella cuando él introdujo uno de sus dedos en su interior. Esa acción causó una reacción en cadena inesperada pues ella se agarró con más fuerza a él.

―Chissttttt, disfrute.

―Esto es… Nunca, yo…

―Todo mi ser es para usted, Isabella. Déjeme entregarle el cielo.

Y así lo hizo. Con movimientos acompasados, él jugó con ella entrando y saliendo de su cuerpo mientras escuchaba los extasiados gemidos de la joven en su oído.

Ella, se agarraba con más y más fuerza al caballero hasta que no pudo contenerse más y procedió a morder su hombro para acallar la reacción que le estaba causando.

No sabía si era pecado lo que estaba pensando sin embargo estaba por jurar que las puertas del paraíso se estaban abriendo para ella.

Apenas unos instantes después e incapaz de sujetar sus piernas sintió una oleada de calor y una sacudida que le dejó sin sentido.

Con la respiración totalmente entrecortada, el pecho jadeante y la cabeza sin capacidad de reaccionar, Bella Cavendish apenas se dio cuenta que el caballero bajaba con cuidado sus faldas, recolocaba su vestido y recorría su rostro con dulces besos antes de fijarse de nuevo en ella sosteniendo su mirada.

En ese instante, esa ligera distancia entre ellos causó un nuevo terremoto en ella: vergüenza. ¿Qué habían hecho? Esa verdad que todavía no estaba dispuesta admitir le llevó a bajar la mirada.

―Isabella…

A pesar de encontrar dulzura y atención en el tono con el que el gobernador dijo su nombre no quiso claudicar. La forma en que le hablaba, la sinceridad de su tacto, su cercanía, su pasión le resultaron abrumadoras.

―No diga nada.

―No pretendía disculparme.

Eso consigue confundirla y levanta la mirada.

―Más le vale.

―Pero necesito saber que está bien. Que no…

―Estaba perfectamente hasta que ha decidido preguntármelo.

―Echaba en falta a mi fiera.

Ella, tratando de fingir que su comentario le ha molestado, levantó la mano para golpear su pecho. Sin embargo, él tomó su muñeca y la acercó a él lo suficiente para que ella apreciara la delicada curva de su sonrisa.

―No existe ninguna dama como usted, Isabella.

―No le he dado autorización para tutearme.

―Yo creo que sí.

Solo unas palabras fueron suficientes para lograr que Bella rompiera la poca cordura que había tratado de recomponer mostrándose obstinada porque, sin apenas reprimirse, besó de nuevo al caballero permitiendo que la pasión volviera devastarlos a ambos.

Sin duda, aquella velada de la temporada sería una de las más memorables en la historia de la joven Isabella Cavendish.

A ojos de todos los presentes, la joven se sentía indispuesta. Sus hermanas, excusaron su ausencia alegando que se encontraba débil debido a su periodo y que solía abrumarse requiriendo respirar aire fresco. Las damas presentes encontraron coherente la justificación y no indagaron más.

Su padre, complacido porque la joven había bailado con varios caballeros durante toda la noche encontró verdad en la promesa de su hija sobre la temporada.

Sin embargo, ninguno de los presentes fue testigo de varios acontecimientos que esa noche ocurrieron y que solo una incipiente pero ardiente pareja conservaría marcado a fuego en sus cuerpos.

Primero, el encuentro tan escandaloso como irrepetible acontecido en la intimidad de un parque frente a la casa de la condesa.

Segundo, el regreso a tiempos distintos de dos amantes a una sala desbordada por los invitados.

Tercero, el juego de miradas que ambos compartían a pesar de que otros brazos parecían conducir los brazos de la joven durante los bailes.

Cuarto, el baile compartido entre la joven y el gobernador que cautivó todavía más sus corazones y al que apenas nadie dio importancia.

Y por último, el ligero roce de manos que ambos compartieron a modo de despedida en la entrada junto a la calesa.

A todos los efectos, Bella se lanzó sobre la cama totalmente extasiada y pletórica. Se sentía feliz por lo que había vivido con el gobernador y se culpó a sí misma de la ignorancia de sus propias emociones las cuales, creía empezar a comprender.

Demasiadas emociones para una sola noche: celos, vergüenza, éxtasis, pasión, deseo…

Todavía se sentía avergonzaba por no haber sabido reconocer que había experimentado celos en primer lugar.

Que esa reacción, visceral y auténtica nacía de un deseo de tener a James Johnson para ella sola como su hombre.

Pero lo más importante de todo fue lo acontecido en las sombras.

El momento en que él le había dado placer de una manera íntima.

Bella sabía que eso era censurable para una pareja no casada y menos sin un compromiso, pero, para su asombro, no le importó.

Por primera vez, no sintió vergüenza por ello, al contrario, sintió que era algo natural y que lo había disfrutado de una manera absoluta.

Pero, ante todo, Bella no se arrepentía de nada y eso solo acrecentó las ganas de poder verlo de nuevo.

James Johnson no parecía la clase de hombre que se amedrentaba después de un momento íntimo con una mujer.

Sin embargo, Bella no podía estar segura de ello pues habían pasado dos días desde el momento más intenso de su vida y no había tenido noticias del caballero en cuestión.

Se había jurado mantener la calma y no sacar conclusiones precipitadas que perturbaran su ánimo y sus pensamientos así que cuando el mayordomo apareció en el salón aquella tarde, anunciando una visita, el corazón de Bella se detuvo de inmediato.

―El gobernador Johnson, milord.

―¿El gobernador? Juraría que no teníamos una reunión prevista. No importa, hágale pasar ―respondió el conde revisando la hora de su reloj de bolsillo.

Bella, sintió que su rostro se acompasaba hasta hacer compañía a la alfombra carmesí que se encontraba bajo su sofá preferido. Mas todo tomó un matiz más poderoso cuando el rostro del gobernador cruzó el umbral de la puerta y ella advirtió que había perdido el aliento.

Él, firme y elegante, se encontraba frente a ellos realizando una reverencia distinguida que Bella encontró casi hasta divertida. Durante un instante ninguno habló hasta que su padre tomó la iniciativa.

―Señor gobernador, ¿qué le trae por nuestra humilde casa?

―Me encontraba cerca de la propiedad dando un paseo y pensé en acercarme a saludar. Sería descortés por mi parte no visitar a los amigos, ¿no cree?

―En efecto, señor gobernador. Tiene usted un comportamiento digno de un conde. Sin duda, mi hija y yo nos sentimos complacidos por su visita. ¿Verdad, Isabella?