Capítulo 9 #2
Isabella Cavendish parecía una niña pequeña sentada en el carruaje de la familia de camino a la siguiente velada de la temporada.
Se había vestido para la ocasión con un vestido de color miel que sacaba relucir su joven figura.
Ella trató de justificar que la asfixia que sentía era producto del corsé.
Pero sabía que no era así. Estaba nerviosa. Mucho.
No había visto a James desde su beso días atrás y tampoco había tenido la fuerza de voluntad para agradecerle su detalle a pesar de las insistencias de su padre.
Había escrito múltiples notas de agradecimiento, pero ninguna de ellas expresaba lo que sentía porque ni ella misma se aclaraba con lo que su corazón parecía gritarle.
Bella se excusó ante su padre diciendo que lo haría en persona esa misma noche, detalle que acrecentó todavía más sus nervios pues no sabía cómo enfrentarle.
El carruaje llegó hasta la residencia y allí, el cochero les ayudó a descender.
La joven sintió una punzada de decepción pues, en los últimos eventos había sido el gobernador quien le había concedido su ayuda.
Respiró fuerte y haciendo todo el acopio de su seguridad dio un paso dentro de la casa junto a su padre.
Por primera vez no buscó a sus hermanas.
Ni a sus amigas. Solo había un rostro que deseara ver esa noche.
Lo buscó en cada rincón, en cada grupo hasta que su mirada se encontró con tres personas que parecían conversar de forma animada.
James estaba junto al conde de Carnaville y su hija, Emerald.
Una joven a la que conocía a la perfección pues no solo era una vieja conocida desde la infancia y otra soltera disponible desde hace varias temporadas sino también, y aunque Bella todavía no se atrevía a reconocerlo, una competidora.
El conde y su hija parecían encantados con la presencia del gobernador y él, complacido por la conversación.
Bella los observaba desde la distancia y pronto vio cómo James le dedicaba unas palabras a la joven quien respondía con efusividad moviendo con rapidez su abanico.
Ella era una defensora del uso del abanico para transmitir mensajes ocultos y en ese instante comenzó a sentir una rabia subir por su garganta pues tradujo, a la perfección, el mensaje.
¿Por qué se sentía así? ¿Por qué le molestaba tanto que James hablara con ella?
En ese instante lo vio claro. Emerald era la dama perfecta para el gobernador.
Era una joven pulcra, de buena familia, con habilidades notables, fortuna y posición social.
Era una dama de agradable conversación, que podría representar a la perfección el papel de esposa de gobernador en eventos sociales y en su propiedad enalteciendo el título y sus responsabilidades.
Era versada en idiomas y había visto mundo.
Pero, ante todo, era una dama con una clara predisposición al matrimonio.
Y por la forma en que miraba a James, lo buscaba a él.
Bella sintió una punzada en el corazón. Algo se había quedado clavado sin preaviso en su pecho y era incapaz de quitarlo o de reconocer su origen. Ella jamás se había sentido inferior o rechazada y aquella mirada atenta de James parecía una sentencia que Bella no estaba preparada para contemplar.
En ese instante, y casi como si el hilo que los uniese recibiera un tirón, la mirada de James se levantó para encontrarse con la de ella. Él hizo un ligero gesto con la cabeza a modo de saludo cortés, pero ella retiró su rostro con rapidez girándolo en sentido contrario.
Bella se dio la vuelta y se apartó a una de las mesas para poder tomar una copa de vino.
Bella Cavendish había llegado a esa velada con la determinación de agradecer al caballero en cuestión su detalle mas estaba claro que, su falta de iniciativa para separarse de Emerald, era un indicador de que ella le resultaba indiferente a pesar de lo vivido.
Esperó allí, de espaldas a todos durante varios minutos, ocultando su rostro a los invitados para que nadie advirtiese su enfado.
Sin embargo, una voz le sacó de su estado.
―Buenas noches, señorita Cavendish.
Bella creyó reconocer al propietario de esa profunda voz, pero, al girarse, se dio cuenta que no era el gobernador quien le devolvía la mirada sino el hijo de lord y lady Ambroise.
―Buenas noches, lord Ambroise. Veo que ya ha regresado de su estancia en París.
―Sí, en efecto. Mi madre hubiera encontrado ofensivo si no acudía a participar de la temporada social. Mi viaje me privó de los dos primeros eventos.
―No se preocupe, apenas ha ocurrido nada que sea digno de mención.
―¿Y acaso ha ocurrido algo que le tiene retenida en esta zona de la sala?
―preguntó el caballero preocupado. Bella, en ese instante, apreció las facciones de su compañero inesperado.
Era no tan alto como James, de cabello oscuro, unas cejas muy pobladas, un porte señorial, aunque no tan esbelto como el gobernador y…
En ese instante, Bella se maldijo a sí misma.
Había comparado al caballero con el odiado gobernador.
―Oh, no ―trató de tranquilizar ella― Hace demasiado calor en la sala y desde aquí puedo sentir la corriente de aire del exterior.
―Una dama inteligente, sin duda. Pues el motivo por el que me he acercado es posible que le haga abandonar lugar de refresco pues pretendía solicitar su primer baile, si me lo permite.
Bella miró hacia delante de manera inconsciente.
A pesar de que James todavía estaba conversando con el conde y su hija su mirada estaba fija en ella.
Eso la desorientó. ¿Por qué le miraba si estaba claro que la señorita Emerald le resultaba más interesante?
Él no se había acercado a saludarla como es debido y tampoco le había dedicado una sonrisa ni una indicación de que le esperase.
Por tanto… ¿qué pretendía al mirarla de esa forma tan intensa?
Sin duda, él quería jugar y Bella no estaba dispuesta a que jugaran más ella. Bella no quiso pensarlo más.
―Por supuesto, acepto.
Y esa respuesta debería ser suficiente para calmar los nervios de Bella si no fuera porque bailar con ese caballero es lo último que se le había pasado por la cabeza esa noche.
Sin embargo, la situación familiar e incluso, el hecho de que ella misma lo sugirió como posible pretendiente le hicieron relajarse.
La pareja caminó hasta el centro de la sala y cuando la música comenzó a sonar, todas las conversaciones se interrumpieron para prestar atención.
Al contrario que James Johnson, el hijo del conde de Ambroise permaneció en silencio durante casi la totalidad del baile algo que resultó bastante aburrido para la joven que esperaba disponer de algo de tiempo para conocerlo un poco mejor.
Pronto se dio cuenta que los pasos del caballero eran rígidos y calculados y que, en realidad, estaba invirtiendo gran parte de su capacidad para completar la danza.
Mas por mucho que lo intentara, su mente parecía empeñada en encontrar defectos en el caballero, sin embargo, se prometió hacer un esfuerzo por encontrar cualidades válidas como esposo.
Era evidente que era atento, gallardo y pulcro.
Había recibido una impecable formación, heredaría un título y tierras, parecía cercano a su familia y no tenía vicios ni aficiones censurables.
Tampoco parecía tener malos hábitos como el tabaco o el alcohol.
Pero, si tan buenas cualidades parecía tener ¿por qué no le provocaban la misma atracción que la experimentada con el gobernador?
Esa pregunta generó una necesidad de buscar al caballero de nuevo. Él se había separado del grupo en cuestión sin embargo su mirada parecía enfocada en ella. Por primera vez, Bella no supo interpretar su semblante serio. Parecía hasta enfadado. ¿Qué derecho tenía para estarlo? Pensó ella.
Mas no podía llamar la atención de ninguna de las maneras pues estar bailando con un caballero y buscar a otro con la mirada era un desaire imperdonable así que se centró en su compañero. E interpretó una danza perfecta hasta que la música concluyó la pieza y las parejas se diseminaron por la sala.
Su pareja acompañó a Isabella hasta el lugar donde se encontraba su hermana Susan y Heather quien le habían observado con interés durante todo el baile comentando algunos detalles de vital importancia que esperaban sacar a relucir apenas unos instantes después.
Su hermana había aceptado bailar con un caballero, soltero y con fortuna.
No le había rechazado. Podía ser un indicador positivo.
Después de saludar a sus hermanas con cortesía y de dedicar un cálido beso en la palma a su pareja, el hijo del conde se despidió.
―No me esperaba que el hijo del conde de Ambroise tuviera la valentía de solicitarte un baile, Isabella ―soltó Susan con descaro a lo que Bella rezó para que el caballero no lo hubiera escuchado.
No comprendía por qué su hermana mayor segaba las pocas oportunidades de conocer a solteros ―Dicen que no es el hombre más conversador del mundo ―añadió Susan guiñándole un ojo a su hermana menor.
―La vida de casada debe ser tediosa y aburrida si disponéis de tiempo para entrometeros en la mía.
―Vaya, parece que alguien está de mal humor y la noche apenas ha comenzado. ¿Acaso no estás feliz con sus atenciones o es que preferías las de otro?
En ese momento, Isabella se quedó sin aire.
¿Cómo lo habían averiguado? Eran hermanas, por supuesto que estarían atentas a esos cambios de humor, se dijo Isabella.
Amaba a su hermana Susan, pero su comentario, tan directo como avispado, le crispó todavía más el ánimo.
Sin embargo, no estaba dispuesta a darles lo que esperaban de ella.
―No sé de qué estáis hablando, hermanas. No obstante, todavía quedan huecos en mi tarjeta de baile y pienso disfrutar de cada uno de ellos.
―Faltaría más.