La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 9
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Capítulo 9

Cinco días habían pasado desde que Isabella Cavendish había recibido su primer e intenso beso.

Un beso que, aunque había evitado que desbordara sus pensamientos era imposible que no le sumergiera en escenas de tensión y pasión en sus sueños.

Lo había revivido con intensidad, con fervor y con cierta recreación.

Había sido un inconfundible primer beso digno de las novelas de romance que sus hermanas tanto leían.

Sin embargo, también había sido el desencadenante de algo mucho mayor.

Furia. Bella había experimentado una escalada gradual de sus emociones desde el enfado a la furia.

Porque más allá de que su cuerpo hubiera disfrutado del momento compartido con el gobernador habían sido sus palabras las que habían estropeado el momento.

El gobernador le había provocado de nuevo generando una tensión abrumadora entre los dos y arrebatándole la satisfacción de la experiencia.

Ella seguía peleándose con la cantidad de emociones contrapuestas que experimentaba.

Por una parte, recordar el calor, la pasión y el deseo que habían nacido de ese momento le había ruborizarse por querer y anhelar más.

Se avergonzaba de haber suspirado su nombre cayendo en el deseo del caballero y de los suspiros que le había dedicado al sentirse cerca de él.

Se sentía confusa por la falta de cordura experimentada en ese instante pues eran dos personas sin ningún tipo de compromiso y sin acompañante que habían compartido una intimidad censurable.

Pero por mucho que deseara a aquel hombre y por mucho que sus discusiones despertaran algo en ella debía ser responsable y coherente. James Johnson era un digno oponente sin embargo ella no estaba dispuesta a seguir su juego. No debía seguir su juego. Necesitaba centrarse en su objetivo.

Sin embargo, cinco días habían pasado sin que Bella tuviera noticias de James. Ni una carta, ni una visita. No habían coincidido en ninguna reunión social y sus caminos tampoco se habían cruzado durante paseos o visitas al pueblo. La joven comenzó a pensar que James la estaba ignorando.

Pensó que el beso compartido no había sido tan significativo para él como para ella y que no merecía ni un segundo del tiempo del gobernador. Por ello, tomó la determinación de que, para ella, tampoco lo sería.

El jueves de esa misma semana, la visita a la residencia de su hermana Heather pareció cambiar todo.

―Bella, te prometo que como esta criatura no salga ahora mismo no sé si voy a poder aguantar por más tiempo. Este calor es insoportable.

―Charlotte también dijo que el embarazo con los meses de calor es complicado. Si lo deseas, puedo ayudarte a reducir la hinchazón de los pies.

―¿De verdad me ayudarías? Oh, hermana, muchas gracias.

Bella se acercó a la puerta de la sala de estar que Alfred había mandado redecorar a gusto de su esposa y que solo ella podía utilizar para llamar a la doncella.

La joven encargó un balde con agua fría y sal.

Al cabo de unos minutos, la señora trajo consigo su encargo.

Bella llevó con cuidado el balde y lo dejó junto a su hermana.

Ella se arrodilló, quitó los zapatos de su hermana y le ayudó a meterlos dentro.

Le echó agua por encima de los tobillos poco a poco.

―¿Dónde has conocido este remedio, hermana?

―Dispongo de mucho tiempo ahora que estoy sola, Heather.

―Aunque te lo agradezco profundamente también me gustaría decir que si tuvieras la mente abierta a encontrar un marido tu tiempo se invertiría en otras actividades.

―No insistas, Heather. Prometí que estaría más… dispuesta a aceptar las atenciones de un caballero esta temporada. Soy consciente de la situación y no quiero…

―¿Y hay algún caballero que te haya llamado la atención?

―preguntó con una comedida curiosidad. Heather no era el tipo de mujer dada a los cotilleos ni a creer en los rumores, pero sabía que su hermana estaba experimentando cambios desde la llegada de alguna persona y necesitaba saber si ella comprendía todo.

Sí.

―No, todavía no ―mintió a sabiendas. No lo advirtió y tampoco pudo impedirlo, pero su cuerpo la delató al instante.

La rapidez en su respuesta, el rubor en sus mejillas, la forma de esquivar la mirada de su hermana: claros indicadores de mentira ―.

La temporada apenas empieza, hermana, debemos dar tiempo al tiempo.

―Es una pena, sin duda. Y dime, ¿qué opinión te merece el gobernador Johnson?

―¿Disculpa? ―preguntó contrariada. No comprendía la necesidad de Heather de sacar ese tema de conversación y menos, a ese caballero al que no quería volver a ver y mucho menos, hablar de él.

―Me has comprendido perfectamente. Ambas sabemos que ese caballero ha dejado una impronta en ti, solo quiero conocer si es un hombre al que podrías considerar.

―Bajo ninguna circunstancia.

Las palabras fueron directas. Contundentes.

Heather se sorprendió y apreció cierta rabia contenida en su tono así que decidió presionar un poco más.

―¿De verdad? ¿Cuáles son las razones de tu negativa? ¿Acaso te ha ofendido? Recuerdo que prometiste…

Bella no podía confesar a su hermana la verdad.

No porque no tuvieran confianza sino, precisamente, porque la tenían.

Confesar sin restricciones las emociones que ese hombre había despertado en ella le conduciría, sin equivocación alguna, a una conversación sobre un matrimonio conveniente y ella, no deseaba eso. O tal vez sí. No, definitivamente no.

―Todavía queda mucha temporada por delante, Heather, y pueden presentarse otros candidatos. Además, es posible que el gobernador haya abandonado ya estas costas para regresar a su isla. Hace varios días que no se tiene noticias de él. Seguro que ha embarcado y está rumbo a Bahamas.

―Al contrario, Bella, el gobernador permanece aquí. De hecho, anoche mismo cenó en nuestra casa a petición de Alfred. Compartimos una animada y muy interesante conversación con él.

¿Todavía estaba en Inglaterra? Entonces… ¿por qué no le había escrito ni visitado? ¿La estaba ignorando o simplemente… le daba espacio para que se calmara? Era exasperante.

Bella se quedó en silencio con una batalla de pensamientos contradictorios en su mente. Esto no pasó inadvertido por su hermana quien, aunque disfrutaba del masaje en sus pies hinchados, tenía la misión de abrir los ojos a su hermana perdida.

Pasó la mañana y parte de la tarde y Bella tomó la calesa para regresar a la casa familiar.

No sabía cómo sentirse y eso le confundía todavía más.

¿De verdad seguía con su vida como si nada hubiera cambiado y la ignoraba?

¿O estaba manteniendo las distancias para no abrumarla?

Todas las posibilidades tenían una explicación en la creativa mente de Bella y contra todo sentido común, todas le llevaban a desear que viniera a buscarla.

Se sentía pequeña. Dolida. Resentida más que enfadada.

O enfadada más que resentida. Isabella no tenía claro nada.

No obstante, cuando la calesa entró en la propiedad casi al atardecer algo sorprendió a Bella. Era un relincho. Se preguntó si su padre había salido a montar, aunque alejó ese pensamiento pues sabía que el conde no montaba desde que su esposa falleció años atrás.

Bella bajó de la calesa con ayuda del cochero y allí se encontró a su padre hablando con el mozo de las caballerizas de la familia.

La joven se sorprendió porque el caballo que se encontraba a su lado no era ninguno de los que formaban parte de la propiedad del conde.

Este era un majestuoso ejemplar de pura sangre árabe al ya conocía. Estrella.

―Oh, querida. Menos mal que ya has llegado.

―¿Qué hace esta yegua aquí? ―preguntó Bella a su padre acercándose a tocar al animal.

―Eso mismo nos preguntamos el señor Bell y yo. Nos han entregado esta yegua hace apenas dos horas junto a esta carta dirigida a ti. ¿Podrías explicarme?

El conde extendió su mano para entregar una carta cuya tipografía parecía elaborada con esmero. Y aunque el padre hubiera preferido conocer la naturaleza de las palabras que contenía, Bella la tomó contra su pecho y contrariada caminó hacia el interior de la casa con dirección a su dormitorio.

Esa yegua era Estrella. La misma yegua que había montado apenas unos días atrás con James. ¿Qué había allí?

Con cuidado, abrió la carta.

Señorita Cavendish:

Después de disfrutar de un espectáculo digno de los dioses he llegado a la conclusión de que Estrella ha escogido a su propietaria y que poco puedo hacer yo al respecto.

Sería poco sensato por mi parte discutir con una fémina y mucho menos con dos. Pues no había conocido a nadie tan obstinado como ella hasta que llegó usted.

Espero que Estrella le ayude a montar de nuevo pues es una lástima que un jinete como usted no disponga de la compañera perfecta.

Gobernador James Johnson.

¿Qué significaban esas líneas? Las leyó tres veces antes de comprender, con claridad, lo que pretendían decir. ¿Le había regalado a Estrella? ¿El gobernador de verdad le había regalado a la yegua perfecta? ¿Era suya?

Quedó totalmente bloqueada y de nuevo, esa sucesión de pensamientos azotó su mente. No quería verse otra vez sumergida en esa vorágine emocional que le había llevado de un lado a otro durante estos días. Pero había una verdad que, forma inequívoca, revelaba aquella carta:

Por mucho que James Johnson pareciera empeñado en sacarla de quicio y en alterarla era un caballero considerado que había tenido en cuenta su duelo, su pasión y se había desprendido de algo muy valioso para que ella disfrutara.

No podía seguir negando que el gobernador al que tanto se esforzaba por odiar no le resultaba indiferente de ninguna de las formas posibles porque, aunque su mente le dijera una cosa, su corazón y su cuerpo se sentían en un mundo muy diferente.

Y en medio de su dormitorio con una carta en la mano y el corazón en un puño se dijo a sí misma que nunca había estado tan confusa, perdida y sorprendida.