La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

Y en ese momento, todo quedó sentenciado.

Bella levantó los ojos hacia él, totalmente desconcertada con la facilidad con la que sus cuerpos parecían entenderse a pesar de la dureza de sus palabras.

La contradicción era algo muy presente en Bella y ese momento podía ser el más confuso de su vida.

Lo correcto era pedirle que se separada y mantuviera el decoro social, sin embargo, otra parte de ella, la que estaba sintiendo un calor extremo recorrer su cuerpo, solo deseaba que él rompiera la escasa distancia que los separara.

―Entonces debería apartarse.

―Si usted desea que lo haga, lo haré.

―Se lo pido.

Pero James no se movió. Al contrario, tomó una determinación que podría sentenciar su buen juicio y censurarle de por vida. Era el momento.

―¿Por qué no lo hace? ―preguntó ella totalmente adormecida por el baile tan brillante de los ojos de James.

―Porque su boca dice una cosa, pero su mirada y respiración parecen animarme a lo contrario ― declaró él mientras su mano volvía a emprender el camino hacia el reconocimiento de cada recoveco de su espalda y su cintura.

Mientras sus miradas se tentaban lo suficiente, la respiración de ella comenzó una canción muy diferente.

Ella cerró los ojos mientras la mano ardiente de James dejó un reguero de tensión por su hombro hasta llegar a su rostro.

Ella abrió ligeramente la boca cuando pensó que la razón iba a abandonarla y entonces pronunció una única palabra capaz de romper la estabilidad de ambos.

―James…

Eso fue suficiente.

James cerró la distancia entre ambos tomando sus labios como rehenes de un beso que ambos estaban deseando.

Un beso que reclamaba la pasión que habían contenido desde el primer instante en aquel puerto cuando sus miradas chocaron y sus dialécticas encontraron rival.

Un beso que parecía llevarlos a un nuevo rincón que los dos deseaban explorar: el deseo.

Bella se olvidó de todo. Se olvidó de su padre, de la situación económica, de los pretendientes rechazados, de las insinuaciones de su hermana Heather e incluso de los comentarios chismosos de las vecinas de la comunidad.

Se olvidó incluso que las piernas eran capaces de sostenerla pues ahora, eran los brazos de James los que parecían anclarla a la realidad.

James, por otro lado, que siempre trataba de encontrar una lógica a cada acción de su vida se dio cuenta que las normas no servían, no cuando se trataba de Isabella Cavendish.

Llevaba casi un año soñando con ese momento.

Con el instante en que por fin pudiera tener entre sus brazos a la joven que había sentido una auténtica némesis.

Una mujer que, con esas dos frases, había logrado incendiar su vida y su corazón hasta el punto de replantearse sus obligaciones al otro lado del océano.

La abrazó, recorrió su espalda y dejó que cada parte de él se entregara a ella con el cuidado y la delicadeza que la joven merecía pues, aunque la deseaba con todo su corazón, era una dama que merecía respeto y adoración.

Pasados unos minutos en los que el calor del día apenas era comparable a la temperatura de sus cuerpos, sus labios se separaron.

Bella no podía atestiguarlo sin embargo sus labios estaban exaltados y eran testigos del momento de pasión compartida.

James, por otro lado, acarició el rostro de la joven mientras sus cuerpos daban un paso atrás tratando de retener un poco más esa sensación.

Por eso, cuando las manos de Bella dejaron de retener la chaqueta del caballero ambos se miraron.

Él sonrió con picardía.

―Ni una sola palabra ―advirtió ella levantando un dedo fingiendo autoridad. Pero James no pudo evitar sonreír de nuevo al verla todavía extasiada tratando de sonar autoritaria.

―No pensaba decir nada.

―Entonces no sonría de esa forma. ¿Qué le resulta divertido?

―Solo estaba pensando que finalmente tenía razón, señorita Cavendish.

―¿Sobre qué?

―La otra noche quería que la besara.

Y el momento murió. El deseo que Bella había sentido apenas unos instantes atrás se transformó en un calor muy diferente.

Odiaba que todo pasara de un extremo a otro con James Johnson, pero era incapaz de controlar las reacciones tan impulsivas que le causaba ese hombre.

Empujó con determinación al caballero para alejarlo de ella y aunque una corriente de frío desestabilizó su corazón al no sentirlo cerca sabía que era lo correcto.

―Es usted un engreído.

―No pretendía…―trató de excusarse arrepentido James. No comprendía qué acababa de pasar exactamente. ¿Por qué se enfadaba? ¿Acaso esa frase retadora no formaba parte de su dinámica? ¿Por qué lucía más ofendida y dolida que ofuscada?

―Acaba usted de besarme y lo primero que piensa es en remarcar que tenía razón.

―En realidad, solo pretendía decir que…

Bella se dio la vuelta y esta vez, se prometió a sí misma no mirar atrás. No se detendría. No seguiría discutiendo. No permitiría que el maldito gobernador que tanto la desestabilizaba ganase la discusión y la partida.

―Regresemos de inmediato.

―Isabella…

Furiosa. Con un enfado que había traspasado todas las barreras de la cordura, Bella subió a la yegua con habilidad y emprendió el camino de regreso a la residencia del gobernador sin darse cuenta que el caballero en cuestión se quedaba en aquel claro.