La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

En ese instante algo pasó por la mente de Bella.

Desde que había llegado a la propiedad de James y había visto las caballerizas se había olvidado por completo de la animadversión que sentía por el dueño de la finca.

La tensión que siempre despertaba en él e incluso, el recuerdo de ese simple pero intenso gesto en el balcón y algo había sustituido esa sensación: la necesidad de conocer más sobre él.

―Hay algo que siempre he querido preguntarle, señor Johnson.

―Espero entonces que mi respuesta satisfaga su curiosidad. ¿Qué desea saber?

―¿Por qué decidió convertirse en gobernador?

James se sorprendió ante la pregunta.

―¿Por qué lo pregunta?

―Porque no lo comprendo. Proviene de una familia con título, posición, fortuna y propiedades. Con total seguridad habría vivido una vida tranquila y cómoda en Inglaterra sin embargo decidió marcharse al otro lado del mundo.

―Allí tiene la respuesta, señorita Cavendish.

―Disculpe, no le comprendo.

―Durante toda mi vida he tenido la sensación de que todo estaba decidido de antemano.

Mi formación, mis obligaciones y deberes e incluso, las personas con las que podía o no relacionarme ―James miró con añoranza y tristeza el agua ―.

Quería dar un paso atrás, conocerme a mí mismo, ver hasta dónde sería capaz de llegar sin el apoyo de un título.

Es muy complicado poder discernir qué amistad es sincera y cuál está más interesada en el título y el porvenir.

Bella estaba contrariada. Toda la prepotencia que parecía desbordar aquel hombre no acompasaba con la necesidad que estaba brotando de él. Parecían dos hombres muy diferentes: el que brillaba y el que necesitaba que el mundo le reconociese.

―Así que decidió marcharse.

―En parte. Cuando mi padre todavía vivía decidí alistarme y servir a la Corona. El título de gobernador llegó más tarde con la historia que ya ha conocido.

―Considero que fue valiente ―admitió Bella dedicándole una mirada cargada de aceptación ―. No todos los caballeros se prestarían a ello.

―Lo mismo opinó mi madre el día que partí en mi primera misión. Todavía recuerdo cómo luchaba para contener las lágrimas.

―Y su familia ¿dónde están?

―Ambos fallecieron hace pocos años.

James se giró justo en ese mismo instante y ella se arrepintió de la intimidad más absoluta que parecían compartir. No solo habían sido sus palabras y la confesión tras ellas sino la debilidad que había notado en él al decirlas lo que había generado un vínculo especial entre ellos junto al lago.

Ella no estaba preparada para esa conexión, no podía soportarla.

―¿Nunca echó de menos Inglaterra? ―preguntó dando varios pasos a un lado para emprender de nuevo un paseo.

―Por supuesto, en muchas ocasiones.

―¿Y piensa regresar a las Bahamas? ― la pregunta había rasgado la mente de Bella desde el mismo instante en que sintió debilidad por él. Le interesaba la respuesta tanto como le aterraba recibirla.

―Sí, tendré que hacerlo. Mis obligaciones me esperan allí.

―¿Y será pronto, gobernador?

La interrupción de Bella dejó a ambos desarmados.

Se miraron. Despacio. Confundidos. Ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir, pero lo ocurrido en ese balcón solo había sido el comienzo de algo imposible de refrenar.

Algo que sus cuerpos parecían suplicar. Algo que Bella ya no sabía si podría acallar.

―James… me llamo llames, señorita Cavendish.

Y al igual que el deseo nace de manera inesperada y se mantiene vivo con intensidad quedó sofocado por las palabras de James. Palabras que si bien terminaron por destruir la escasa estabilidad de Bella decidió que era mejor, por su buen juicio, mantenerse imparcial y fría.

―¿Acaso le preocupa perder mi compañía pronto?

―En absoluto, es mera curiosidad. No debe hacerse ideas equivocadas.

Solemne. Distante. No quería mostrar ni un ápice de emoción. Sin embargo, no generó el efecto deseado pues en lugar de desalentar al gobernador, este dio un paso al frente. Dos. Tres.

―No me las hago, señorita ―susurró arrastrando cada palabra. Conociendo a la perfección el efecto que causaban―. Al contrario.

―No utilice ese tono conmigo, gobernador y ni por un segundo piense que le llamaré por su nombre de pila ―respondió ella con enfado y reproche enfrentándose al caballero―. No somos tan cercanos. Hay muchas cosas de usted que todavía desconozco.

―Podemos corregir esa falta de conocimiento en apenas unas sesiones de té. Prometo mostrarme atento y resolver cada una de sus… curiosidades.

―Tiene una tendencia osada a molestarme, gobernador. Resulta cargante.

―¿Acaso la otra noche la molesté?

El beso. Había pasado menos de un día. Un día desde aquel momento de tensión compartido y todavía no habían hablado tema, pero aquí estaba.

Ella había pretendido olvidarlo. Lo intentó con todas sus fuerzas.

Todo había sido en vano. Decidió que, si no podía olvidarlo, trataría de averiguar qué ocurrió.

Así se acercó todavía más al caballero hasta que apenas estuvieron a un paso de distancia.

Sus miradas se entrelazaron y James advirtió el resurgir de una fiera.

―Iba a besarme ―declaró Bella con seguridad.

―Sí.

―Y se detuvo.

―Desde luego, no sabía si usted quería ser besada.

Bella apartó la mirada y trató de contener la furia que sentía dentro.

―Podría haberme preguntado, señor Johnson.

―Muy bien.

¿Muy bien? ¿Qué respuesta era esa? Las palabras de James no hicieron otra cosa sin tensar mucho más la delgada cuerda que los unía y que parecía diseñada a asfixiar los nervios de la joven.

Bella decidió que la conversación había acabado.

Declaró para sí misma que James Johnson era insufrible y un incorregible caballero que no merecía su atención.

Si él no se tomaba en serio sus conversaciones, ella tampoco lo haría.

Así que recogió los pedazos de su maltrecho ego y emprendió el camino de regreso junto con la yegua sin mirar atrás.

James, por su parte, interpretó la acción de Bella de otra manera. Él pensó que la joven deseaba tener la última palabra, sin embargo, al notar que había más enfado y vergüenza que osadía y reto en su mirada al girar supo que la había malinterpretado. La siguió. Debía averiguar.

―¿Quería que la besara, señorita?

Ella no se detuvo a pesar de que su corazón dio un vuelco. Siguió con determinación hacia delante. No le daría esa respuesta.

―¡Es usted insoportable!

―Eso no responde a mi pregunta.

―¡No pienso responder!

―De acuerdo, entonces no lo haré.

―¿No hará qué?

―Besarla.

En ese momento, todo cambió. Bella se detuvo de manera brusca, trató de contener los nervios y se giró hacia él para darse cuenta de que apenas un suspiro los separaba.

Él no quería dejar que ella se marchara y caminó tan cerca como el decoro se lo permitió hasta que comprendió que el deseo que sentía por ella, la tensión del momento y la propia discusión serían imposibles de reprimir.

James subió los brazos y con cuidado posó una de sus manos sobre la espalda de ella. Bella contuvo el aliento, pero su pecho subía y bajaba disparado. No sabía si eran los estragos de la carrera, la discusión o la eléctrica mano de James recorriendo su espalda mas era incapaz de moverse.

―No recuerdo habérselo pedido, gobernador.

Él frenó el avance de su mano. Deseaba llegar hasta la cadera de la joven, dejar que descansara y enraizara en su figura. Pero no lo hizo.

―No, no lo ha hecho.