Capítulo 8 #2
―Lamento comunicarle que esa afirmación contradice los criterios básicos de la equitación, gobernador.
La respuesta, tan directa, le pareció divertida a James quien sintió que las piezas del juego habían comenzado a moverse y que ella respondía a sus provocaciones de nuevo.
―Puede montar a Estrella siempre que lo desee.
Bella se quedó en silencio. Pensó en si de verdad le estaba ofreciendo a Estrella para montarla, pero, en el fondo, sabía que su mirada retadora y la chispa que apreció en las motas de sus ojos estaban tratando de despertar algo más primitivo en ella.
En ese instante, bajó la mirada a un sitio que había jurado no volver a contemplar: sus labios.
―¿Está proponiendo algo, señor gobernador?
―Acompáñeme a cabalgar.
Allí llegó. Esa mirada. Esa lucha interna. Ese fuego. James sintió que tocaba el mismísimo cielo porque había reavivado esa tensión en ella.
―¿Con usted?
―Sí, desde luego. Verá, no he tenido compañía desde mi llegada al país.
―Oh, querida, entonces no se diga más, gobernador. Mi hija le acompañará mañana mismo ―se anticipó a decir el conde tomando la decisión con por su hija.
―¿Por qué esperar a mañana? ―preguntó el gobernador levantando las manos.
Por unos segundos se había olvidado por completo que el conde estaba en la misma escena.
De hecho, ambos lo habían hecho―. Nuestros asuntos están resueltos, hemos disfrutado de un delicioso té y de una conversación animada así que creo que podríamos partir en breve.
Ella no sabía qué decir.
―¿Qué opina, señorita Cavendish?
Sus manos temblaban. Sus ojos viajaban entre el entusiasmo de su padre y la picardía y provocación de él.
No sabía qué decir. Una parte de ella deseaba reprender a su padre por dejarla en esa situación tan comprometida.
Otra parte, la que ella trataba de liderar con fuerza, quería responder con una negativa rotunda y devastadora que lograr hacer jaque mate al gobernador.
Pero la última, la que había despertado en su fuero interno al ver esos labios que tanto la habían provocado tomó partido arruinando cualquier posibilidad de salir airosa de la situación.
―Me encantaría.
La salida de las caballerizas resultó más inmediata de lo que había previsto y para nada llevaba un atuendo adecuado para ello.
Sin embargo, cuando subió a lomos de Estrella, todos esos detalles se le olvidaron.
Esperaba que, al ser la primera vez que montaba a Estrella, esta se mostrara un poco más combativa. Pero nada más lejos de la verdad.
El propio gobernador había advertido que la joven no había necesitado de la ayuda del mozo para montar a la yegua y que el animal estaba complacido por su nueva compañera.
Bella le hizo caricias al animal mientras sonreía feliz. Ella le hizo una señal a James y ambos dejaron poco a poco la propiedad atrás. El conde, cansado, se retiró al interior para poder leer uno de los códices prestados por el conde.
Durante cerca de diez minutos, los dos jinetes recorrieron la entrada de la propiedad y los campos limítrofes en completo y absoluto silencio.
Bella estaba demasiado nerviosa y su mente era un hervidero de preguntas.
Todavía no daba crédito a estar a solas con el gobernador montada encima de la yegua más magnífica que había visto desde anterior montura.
Pero, ante todo, se sentía débil porque la lucha interna que llevaba consigo misma para reprimirse le estaba dejando agotada. Sin fuerzas. Sin motivos.
―Parece que Estrella ha decidido comportarse ―comenzó a decir James incapaz de soportar el frío que acompañaba al silencio entre ellos ―. Puede que no lo crea, pero es demasiado nerviosa e impulsiva.
―Quizá solo necesitaba la persona adecuada que le comprendiera, gobernador.
―O puede que solo esté jugando con usted a la espera de mostrar su carácter cuando abandonemos el camino.
―¿Trata de asustarme? ―preguntó ella totalmente consciente de que sería imposible mantener la tranquilidad con él. Quizá el tono empleado sonó más provocador de lo deseado, pero cuando tenía a James Johnson delante, era imposible mantener la calma.
―Después de ver cómo ha escalado un árbol para robar unas manzanas para Estrella creo que tratar de asustarla sería una empresa casi imposible.
Bella dio un respingo sobre la yegua no dando crédito a las palabras de James. Pensaba que nadie estaba mirando. Se equivocaba. Pero precisamente ese detalle, le daba miedo pues colocaba al gobernador en una situación de poder que no le gustaba.
―¿Me ha visto?
―Desde luego, no todos los días puedo ver a una mujer escalando un árbol.
―Confío en que no se lo dirá a mi padre, gobernador ―dijo ella en un tono que bien podría sonar a súplica.
―Descuide, señorita, su secreto está a salvo.
Calma. Una curiosa calma dio paz al intranquilo corazón de Bella que ya había empezado a visualizar la censura de su padre al cometer semejante imprudencia. Una dama como ella no podía subirse a un árbol.
Partieron por uno de los caminos que dividía la propiedad.
La tarde era agradable y el calor había comenzado a disminuir concediendo la gracia de una ligera brisa que mecía las ramas y las hojas de los árboles.
Las vistas ante ella no podían ser más extraordinarias: prados verdes, pequeñas zonas boscosas, amplias zonas para correr, un lago a la derecha y algo que no lograba percibir del todo al fondo. Era un paisaje digno de mención.
Bella probó a acelerar ligeramente y la yegua respondió animada. No hubo tirones ni insistencia. Se complementaban.
―Definitivamente, creo que se han entendido ―dijo James al alcanzarla con una sonrisa victoriosa.
―¿Hasta dónde llega su propiedad, gobernador? ―preguntó la joven ante la contrariada mirada del caballero. Necesitaba correr, gritar.
―¿Ve aquellos robles del fondo? ―dijo el caballero señalando una zona frente a ellos.
―Sí.
―Hasta allí.
Bella calculó mentalmente la distancia que separaba ambos puntos y tuvo una idea.
―Parece bastante adecuada.
―¿Para qué?
―Para comprobar si además de contar historias emocionantes sabe cabalgar.
Y antes de que pudiera responder inclinó su cuerpo hacia delante y animó a que Estrella comenzara a galopar. Oyó a James detrás de ella decir algo, pero, totalmente emocionada por este reto, siguió hacia delante. Bella rio.
No podía ser más feliz. Los dos últimos años de luto casi le habían hecho olvidar lo mucho que amaba montar a caballo. La conexión con el animal, la belleza del viento, el poder de correr y el poder de sentirse libre. Solo existía el campo abierto y ellas.
No obstante, esta vez echó la vista atrás para ver el avance de su competidor y se sorprendió al ver que apenas quedaban unos metros entre el uno y el otro. Y al igual que ella estaba feliz también pudo ver la emoción en el rostro de él.
―Es usted bastante tramposa, señorita Cavendish ―dijo él cuando casi la alcanzó.
―Vamos preciosa, enseñémosle a este gobernador de lo que somos capaces las féminas.
Los últimos metros fueron muy ajustados pero Bella estuvo segura de haber vencido cuando alcanzó los primeros robles y tiró de las riendas para frenar al animal. La yegua redujo el paso hasta detenerse. James llegó apenas unos instantes después.
Bella estaba extasiada y casi sin aliento, sus mejillas estaban acaloradas por el esfuerzo, pero se sentía plena. Se sentía plena, feliz. Y durante unos minutos, se había sentido libre. Una palabra que ansiaba con todas sus fuerzas.
―Le he vencido, gobernador.
―Conocía el juego y se tomó la licencia de partir antes. No lo llamaría juego limpio, señorita Cavendish.
Ella aceptó que su derrotado competidor usara ese tono con ella. Puede que en el fondo pudiera parecer un reproche mas ambos sabían que no lo era. Era la forma tan peculiar que tenían de comunicarse, de provocarse.
―Pensé que un militar como usted estaría preparado para la acción. La próxima vez tendré la bondad de avisarle.
―Empiezo a arrepentirme de haberla invitado, señorita.
―¿Por qué soy mejor jinete que usted? ―preguntó ella aumentando la tensión creciente entre ellos.
A su falta de capacidad de respirar se sumó su mal juicio.
Pensó en reprocharse la forma tan indecente que tenía de responder a sus provocaciones, pero no podía parar.
Era imposible. Aquel hombre le exasperaba.
―No, porque tengo la impresión de que piensa recordar este triunfo y sacarlo a coalición siempre que pueda.
―Puede estar seguro, gobernador. Pero no se preocupe, evitaré comentarlo cuando haya otros caballeros delante. No me gustaría que su reputación quedara empañada.
―Entonces me sentiré agradecido si guarda mi secreto. Es usted demasiado, señorita Cavendish.
Se quedaron en silencio. Se miraron con intensidad.
Bella pensó que el mundo podría arder con intensidad y ellos no podrían darse cuenta.
No podía pensar. El éxtasis de saborear la libertad se mezclaba con la tensión de este momento y solo podía pensar en querer más.
Pero fue James quien, con la cabeza algo más fría que Bella, rompió el momento.
―Venga, me gustaría enseñarle algo.
Bella animó a su yegua para cabalgar al mismo tiempo que el caballo del James. Ella no lo vio con claridad hasta que un pequeño estanque, escondido entre la arboleda, se presentó ante ellos. Era un rincón tranquilo, apartado del camino principal.
―Es un lugar precioso.
―Es uno de mis lugares predilectos de la propiedad.
James desmontó y se acercó a la yegua para ayudar a su jinete a descender.
Bella, contrariada, se dejó ayudar. El caballero agarró sus caderas con determinación y desmontó.
Aunque las manos del gobernador abandonaron rápido el cuerpo de la joven ella todavía sentía el reguero de fuego que dejó a su paso.
No había sido como el contacto durante el baile.
Este, aunque más fugaz, había resultado más asfixiante.