La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 8
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Capítulo 8

La casa del gobernador no era tan modesta como Bella había esperado, al contrario, era reflejo de las dos bondades que, según palabras de la duquesa de York tenía James: un título y un puesto de gobernador.

Al llegar, el gobernador les estaba esperando en la puerta para ayudarles con la transición del carruaje al suelo y para ello, abrió la puerta y extendió la invitación. El conde bajó en primer lugar, más raudo de lo que había esperado Bella dada su lesión. Después le tocó el turno a ella.

―Buenas tardes, señorita Cavendish.

Se había prometido mantenerse estoica, inexpugnable y taciturna toda la tarde para resultar comedida y cortés pero no demasiado como para llamar la atención.

Sin embargo, en el momento en que su mano se posó sobre la de James sintió que no podría cumplir ninguna promesa.

El tacto se transformó una sacudida. Una sacudida que se encargó de expandirse por todo su cuerpo dejando una clara evidencia visible en su rostro.

―Gobernador, muchas gracias.

―Ha sido un placer.

Sobrio, formal. Ese debía ser su tono. Bella alzó la cabeza e intentó dirigir la mirada a cualquier parte salvo al hombre que tenía enfrente.

Él percibió su reticencia a mirarlo y, por el momento, no le importó.

Sabía que él mismo se había buscado esa reacción y no quiso presionar.

Ese momento en el balcón había sentado unas bases inestables de su relación y aunque todo su cuerpo le pedía a gritos que la besara debía ser comedido. No era el momento.

James los condujo hacia la casa, pero el conde advirtió que el establo estaba en línea de visión desde la entrada principal e interrumpió el caminar.

―Gobernador, ¿esas son las caballerizas que me comentó anoche? ―preguntó el conde entusiasmado.

―Desde luego.

―Entonces espero que me conceda el deseo de poder verlas. Creo que nuestra conversación podrá esperar unos minutos.

James sonrió complacido.

―No me atrevería a contradecirle, señor.

La petición de su padre no le parecía inusual.

Desde que era un infante, los caballos habían formado parte de su vida.

Su madre era una excelente jinete y eso permitió que todas sus hijas aprendieran a montar.

Algunas amaban más el viento sobre su rostro y otras, preferían tener los pies en tierra firme.

Para Isabella Cavendish era un símbolo de libertad así que se mostró feliz cuando su visita tomó ese desvío.

El lugar era amplio y se notaba bien cuidado. Tenía capacidad para seis caballos sin embargo solos dos de ellos estaban ocupados con espléndidos ejemplares. Bella se emocionó.

―¿Le gustan los caballos, señorita Cavendish?

Bella volvió la cabeza hacia él. Después advirtió que su padre estaba admirando unas sillas de montar de piel al otro lado de las caballerizas y se centró en el gobernador.

―Mucho, señor Johnson. Y si me lo permite, elogiaré sus ejemplares: son espléndidos.

―Le agradezco el cumplido.

Una leve sonrisa satisfecha apareció en los labios de James. Aquel gesto permitía reconocer al hombre que ella mejor reconocía y quiso decirle que no se acostumbrada a sus cumplidos, pero permaneció callada.

―Bella, querida, ¿te parece bien si el gobernador y yo resolvemos unos asuntos primero?

―Faltaría más, padre. Yo puedo quedarme aquí, si no le importa al gobernador.

―En absoluto. De hecho, si le apeteciera, podría alimentar a Estrella. Esta mañana se sentía algo indispuesta y se ha negado a comer. En realidad, está nerviosa desde que llegamos a tierra firme.

―¿La trajo desde Bahamas? ¿Está enferma? Déjame que vea ―preguntó la joven preocupada abriendo la puerta para contemplar al caballo desde cerca. Se paseó con cuidado por el cubículo admirando al caballo, pero no encontró nada que, aparentemente, le ocurriera al caballo.

Lo normal hubiera sido que los caballeros presentes se alarmasen por tan acción sin embargo el conde conocía perfectamente la habilidad de su hija con los caballos y estaba seguro de que no le atacarían.

―No aprecio ningún daño externo, señor. Pero descuide, cuidaré de ella hasta su regreso.

―Se que no podría estar en mejores manos ―respondió el gobernador dedicándole una cálida respuesta que causó un terremoto en ella.

El conde y el gobernador abandonaron las caballerizas para regresar al despacho dentro de la residencia dejando a Bella con la compañía de los caballos.

Y allí permaneció admirando al precioso ejemplar de yegua árabe que tenía frente a ella.

Asió el bocado del caballo y le animó a salir de la cuadra.

Allí, con más espacio, se acercó poco a poco a ella y comenzó a acariciar su lomo.

Estaba muy inquieta, su corazón latía con fuerza y se movía de un lado a otro.

Tenía una crin preciosa que habían trenzado y recortado con precisión.

Una capa o pelaje de color arena que parecía proceder de una pincelada divina.

Después se acercó a su rostro y recorrió con cuidado sus orejas causando un relincho en el animal.

Se alegró de ver que algunas reacciones eran comunes a todos los animales pues su antigua yegua también respondía así.

Después, la yegua se acercó a ella y le dio un golpe con la cabeza en el hombro lo que le dio a entender a la joven que tenía su aprobación.

Se alegró de que el animal le aceptara. Fue entonces cuando Bella se acercó a la parte derecha del recinto donde se amontonaba la paja, cogió una pala y dejó a pie del caballo varios montones de heno.

El animal la olisqueó primero y después, se echó para atrás.

¿Qué le ocurría? La joven se preguntó por qué el animal no comía.

Bella pensó en una solución. Se acercó a por unas riendas y se las puso al caballo antes de conducirlo al exterior de las caballerizas.

El animal parecía contento con la iniciativa y relinchó varias veces.

Fue entonces cuando Bella notó el cambio y con cuidado lo condujo hasta uno de los árboles cercanos donde lo ató a su tronco.

Era un manzano. Y entonces pensó que quizá el animal deseaba comer otra cosa así que, mirando a un lado y a otro para no ser descubierta cometió una imprudencia.

Se acercó al tronco del árbol, se remangó la falda del vestido y escaló con cuidado y poca habilidad a la primera rama del manzano.

Apenas había unas cuantas manzanas a su alcance y aunque eran pequeñas prefirió eso a poner en peligro mucho más su vida.

Tomó dos de ellas, las colocó en el pequeño bolsito que tenía atado al vestido y se dispuso a bajar con cuidado.

Una vez en tierra firme se acercó a la yegua y le puso una de las manzanas en el hocico. El animal la olisqueó y acto seguir abrió la boca y se la comió. Bella, complacida, le acarició la cerviz al animal antes de entregarle la segunda manzana.

En ese instante, ella se preguntó cómo se sentiría al montar a ese caballo. Era un animal temperamental y poderoso. Y juntas pasaron el rato sin darse cuenta.

―Puedo preguntarle, señorita Cavendish ¿cómo ha logrado que Estrella pruebe bocado? Esta mañana, el ayudante de mozo estaba ofuscado pues el animal parecía disponer de una determinación más propia de los hombres.

―Creo que Estrella solo necesitaba tomar el aire fresco. Reconozco que sus caballerizas son bastante grandes, pero a veces un animal necesita sentirse libre.

―Parece una gran conocedora del mundo equino ―respondió encantado el gobernador sin darse cuenta de que Bella estaba evitando prestarle atención.

―Me gustan mucho los caballos.

―Isabella es una excelente jinete ―dijo el conde interrumpiendo la conversación―. Se podría decir que aprecia más a los caballos que a las personas.

―¡Padre, no diga eso! No tenga en consideración sus palabras, gobernador. Me encantan las personas mas no puedo obviar que la conexión con los caballos es algo que siempre me ha fascinado.

―¿Y le ha gustado Estrella?

―Desde luego, es una pura sangre árabe extraordinario. Tiene fuerza, carácter y parece un tanto rebelde. Me cuesta creer que haya podido encontrar un ejemplar así en esta zona de Inglaterra.

―Eso es porque no nació aquí.

―¿Acaso se ha atrevido a traer al animal desde tan lejos? La pobre yegua habrá sufrido mucho. No me extraña que esté tan nerviosa.

El comentario de la joven Bella parecía más un reproche que una respuesta ordinaria.

En parte, a James le excitó que ella tuviera el poderío suficiente como para reprenderle.

Pero, ante todo, lo que le llamó la atención era la forma tan desesperante en que ella trataba de controlarse a sí misma.

Evitaba mirarle a los ojos y, ante todo, a los labios.

Esos labios que él deseaba besar con locura.

―Al contrario, Estrella se adaptó rápido a Inglaterra, el problema es que prefiere correr en la costa. La arena le resulta más placentera.

―Y entonces, ¿para qué traerla aquí?

―No podía estar alejado de ella, señorita. Su personalidad me cautiva. Entonces, ¿monta usted a menudo, señorita Cavendish?

―Lo hacía, desde luego.

―¿En pasado? ―preguntó sorprendido el gobernador ante la sutiliza del verbo empleado ―. ¿Acaso hay algo que se lo impida? ¿Se encuentra indispuesta?

―Lamentablemente mi yegua falleció hace dos veranos a causa de una infección y quedé afligida por ello, pero ahora tampoco creo que pueda reemplazarla. Además, he estado dos años sin caballo, creo que podría sobrevivir.

Bella se entristeció al decir aquellas palabras.

En gran parte, echaba en falta a su yegua, con la que había aprendido a montar y a cabalgar.

Todavía recordaba cómo se sentían cuando estaban juntas y lo feliz y libre que se sentía sobre ella.

Pero, la punzada llegó para rematar la evidencia de que no disponía de fondos para requerir una nueva ni podía poner a su padre en el compromiso de satisfacer su capricho.

―No necesita tener uno para montar, señorita ―el comentario de James causó algo inesperado, la caída de Bella. Ella giró el rostro para enfrentarle y cayó rendida ante los ojos castaños que tanto le gustaban.