Capítulo 7
En estos momentos tengo todo lo que necesito.
¿Qué había querido decir? El calor abrasador de la sala le impedía pensar con claridad y cuando la música se detuvo ella no esperó a que James le acompañase de regreso, sino que, con las piernas todavía débiles, se dirigió presta a uno de los pasillos de la residencia rechazando su mano.
Conocía demasiado bien esos pasillos de las incontables veces que había visitado la residencia de su anfitriona, por eso, encontró la ubicación del balcón con rapidez.
Ella no miró atrás. No miró a James. No podía.
Necesitaba respirar. El calor de la noche, tan presente ya en el mes de junio, le estaba asfixiando.
Eso se decía a sí misma. Trató de abanicarse en vano con la mano, de respirar con normalidad mas sus pechos subían y bajaban con rapidez todavía perturbados por la escena vivida.
Bella trató de achacar su actual estado a la dinámica del baile, a la complejidad de la danza y a la clara presencia de demasiadas personas en la sala.
Sin embargo, se estaba esforzando por alejar el único pensamiento que sabía que le conduciría a la verdadera explicación.
Había sido James. El maldito gobernador de Bahamas había causado ese estado en ella.
Bella Cavendish, que siempre se jactaba de ser perfecta e inmutable ante los encantos de los hombres había encontrado demasiados resquicios en su coraza.
Cerró los ojos tratando de que la noche le calmara, pero a su mente solo vinieron unos ojos.
Castaños. Poderosos. Cómplices. Pecaminosos.
Esos ojos que le habían escoltado durante toda la danza acariciando su piel y dedicándose a ella.
Esos ojos que había sentido que recorrían su cuerpo y le miraba con algo más próximo al deseo que al odio.
¿Deseo? ¡Era imposible! Ella había declarado en su fuero interno odiar a semejante caballero e incluso, se congraciaba de haber manifestado su desacuerdo con él en público para dejar clara su relación.
Sin embargo, por mucho que tratara de reafirmar su odio hacia él estaba segura que la excitación que sentía y el calor que todavía recorría su cuerpo no era producto de la noche ni de la aglomeración de gente.
Era producto de algo nuevo, excitante y perturbador que parecía atraerle como una polilla.
―¿Se encuentra indispuesta, señorita Cavendish? ―preguntó una profunda voz justo detrás de ella lo que provocó que se asustara reaccionado con un pequeño salto. Sin poder evitarlo o más bien, confundida y atraída al mismo tiempo, se dio la vuelta para enfrentarle.
De todas las personas que podían haber salido a esa terraza tenía que ser precisamente él.
Durante un instante se miraron sin decir nada. James parecía tan sereno como siempre. Bella, por otro lado, todavía sentía su corazón latir con fuerza. Ese hombre le perturbaba. Demasiado. Puede que se negase a admitir la verdad ante sí misma, pero jamás permitiría que ese hombre la descubriese.
Elevó la barbilla para fingir seguridad. Necesita mostrarse soberbia para pelear con él. No quería que la viese así. Necesitaba ignorar lo atractivo que se veía en ese instante.
―Necesitaba respirar aire fresco, señor gobernador. El baile ha durado demasiado y hace calor en la sala.
La mirada de James recorrió cada rincón de su cuerpo. No estaba segura de sí para buscar un resquicio de dolor o daño causado por el baile o si era para admirarla. Sin importar el motivo se sentía observada. Y eso, aumentó todavía más su temperatura corporal.
―Podría habérmelo indicado y le hubiera acompañado.
―Creo que soy suficientemente capaz de cuidarme sola, señor Johnson.
―James.
Bella parpadeó.
―¿Disculpe?
Él no sonrió con picardía ni provocación sino con ligera timidez, pero no apartó los ojos de ella.
―Mi nombre es James.
Algo en su tono terminó por desestabilizar a Bella quien sentía cómo el calor ascendía rápido hacia sus mejillas tiñéndolas de un rojo carmesí. Aquel hombre era capaz de desorientarla y no podía permitirlo.
―Sé perfectamente cuál es su nombre.
James dio un paso hacia ella.
Bella no sabía qué decir. Ella trataba, con todas sus fuerzas, de ser una digna rival para él y que no notase lo mucho que le perturbaba sin embargo él parecía dispuesto a derribar las escasas contenciones de su muro. ¿Qué estaba haciendo?
Él dio dos pasos al frente.
―Me gustaría que pudiera llamarme James.
Bella se sentía tan atraída a él como una polilla a la luz y los ojos del gobernador eran un foco imposible de obviar.
La música continuaba al otro lado del pasillo y Bella estaba segura de escuchar las conversaciones, carcajadas y chinchineo de copas. Decenas de personas se amontonaban más allá de las cristaleras, a apenas unos metros, sin ser testigos de este momento.
―No nos conocemos lo suficiente como para solicitarme tal licencia, gobernador.
Entonces, algo cambió en James. Su sonrisa cambió de matiz y Bella lo apreció.
―Eso podemos remediarlo, señorita.
Dio otro paso y Bella dejó de respirar. Sus cuerpos estaban demasiado próximos.
Pero en esta vez no había burla en sus ojos.
No encontraba resquicios de ese hombre retador e impertinente que aborrecía.
En su lugar, detectó algo más perturbador y emocionante.
James se encontraba lo bastante cerca como para que ella percibiera cada rasgo de su rostro.
Lo bastante cerca como para sentir el calor de su cuerpo.
Bella, definitivamente, debería haberse apartado mas no lo hizo. James levantó con cuidado una de sus manos causando que ella siguiera el movimiento con la mirada. Pero tampoco retrocedió.
Los dedos del gobernador alcanzaron un mechón que se había desprendido del delicado cabello de la joven, lo recogió con una lentitud que Bella encontró exasperante y lo llevó detrás de la oreja de Bella.
Las yemas apenas rozaron su piel, pero ella sintió un latigazo en el estómago ante ese contacto.
Su mirada regresó inmediatamente a la de él y James ya no sonreía.
Su expresión era diferente. La seguridad propia de un hombre de su autoridad y personalidad seguía allí, pero venía acompañada por una intensidad que Bella no había visto antes. Entonces, hizo algo imperdonable: sus ojos descendieron. Descendieron hasta su boca y Bella lo comprendió todo.
El corazón no sabía si detenerse por completo o si latir todavía con más fuerza mas la verdad era apabullante: James Johnson, el gobernador de Bahamas, iba a besarla.
Esa certeza debería haberla escandalizado obligándole a dar un paso atrás y a exigirle que se comportase como un hombre decente y regresara al salón de inmediato.
Pero no lo hizo. Permaneció inmóvil. Y James inclinó ligeramente el rostro permitiendo que la joven percibiera su respiración.
Sentir ese fuego cada vez más próximo excitaba, enloquecía y seducía a Bella a partes iguales. ¿Por qué no lo detenía?
James se detuvo apenas un suspiro antes de poder llegar a su meta. En ese momento, ella volvió a buscar sus ojos para ver algo que la desarmó por completo: él también parecía afectado.
Él retrocedió un paso rompiendo su íntimo acercamiento.
Retrocedió lo suficiente para que ella comenzara a notar una corriente fría atravesar sus cuerpos.
Confusa e inestable, Bella no tardó en reaccionar despertando en ella la más visceral de las reacciones: humillación y rabia.
No porque hubiera intentado besarla sino porque ella había esperado y deseaba que lo hiciera.
Bella Cavendish tenía claro que si él no iba a decir nada en ese momento ella era perfectamente capaz de expresar sus sentimientos.
―No sé qué tipo de modales le han enseñado en Bahamas, gobernador, pero está claro que no sabe cómo tratar a una dama.
La expresión de James comenzó a cambiar sin embargo Bella no permaneció en el balcón el tiempo suficiente como para averiguar a qué.
Se recogió parte del vestido y pasó junto a él rebasándolo para llegar al interior.
Necesitaba entrar y alejarse de él. Pero, por encima de todas las cosas, necesitaba dejar de preguntarse por qué había deseado que él la besase y por qué se había enfadado cuando él retrocedió.
Bella Cavendish llevaba una hora acostada dando vueltas en la cama incapaz de conciliar el sueño.
La enésima vez que giró hacia la izquierda se levantó con rapidez y con mucha rabia comenzó a golpear la almohada.
Cerró los ojos e intentó serenarse, se tumbó de nuevo y trató de no pensar. Pero era imposible.
¡Casi se habían besado!
No era el maldito gesto, tan irresponsable como imprudente, sino la reacción que causó en ella lo que todavía trataba de apagar.
Todo había comenzado con ese contacto ligero al retirarle el cabello lo que había provocado que su corazón estallase y su aliento casi se escapase de sus labios.
Pero, por encima de todas las cosas, había sido ese beso.
Ese casi beso era lo que le mantenía todavía despierta.
Ella sabía que era ridícula esa situación.
Ella, una mujer que se creía por encima de todo ello, obsesionada por el beso que un hombre que no le importa.
Pero allí había dos problemas y negarse a admitirlo era una batalla que Bella había comenzado hacía horas.
En primer lugar, ella deseaba fervientemente ese beso y James Johnson, le atraía.
Bella se levantó de la cama incapaz de asumir lo que su cuerpo y su corazón estaban experimentando.
Odiaba a James Johnson. Su arrogancia, seguridad y forma de provocarla le parecían despreciables.
Sin embargo, ella misma era consciente que ese enfado que sentía no estaba causado por la osadía de él.
Sino por la frustración que sentía consigo misma por sentirse atraída por él y por desear que ese beso llegase.
Las horas pasaban despacio y en silencio mientras la cabeza de Bella bullía de pensamientos y casi con el primer canto de los pájaros se durmió.