Capítulo 6 #2
Bella huyó de la situación con toda la dignidad que puede quedarle a una joven que se ha sonrojado tras aceptar un baile con la persona que más creía odiar de la tierra.
Miró a un lado y a otro de la sala fingiendo buscar a alguien, pero, tras asegurarse de que James retomaba la conversación con sus hermanas, se dispuso a llegar presta a uno de los balcones del pasillo.
Sin embargo, sus pasos fueron interceptados por un grupo de mujeres cuyas intenciones advirtió desde el primer momento pues, quien crea que la política está en manos de hombres está muy equivocado.
La política la dirigen mujeres con vestidos caros y palabras suspicaces en los oídos adecuados y este grupo de señoras en concreto, tenían demasiado poder e influencia.
―Querida señorita Cavendish, a todas nos ha sorprendido su curiosa entrada de esta noche ―dijo una de ellas provocando una conversación.
―No ha sido su entrada, condesa, sino su compañía ―corrigió una segunda dama a la primera―. Es un hecho que la presencia del gobernador ha alterado por completo esta temporada.
―Es cierto que no es frecuente conocer a alguien de su posición mas no creía que la presencia de una sola persona pudiera trastocar tanto nuestra temporada ―comentó Bella tratando de restar importancia al caballero y a las atenciones que parecía recibir de todo el mundo.
―Al contrario, señorita Cavendish. Nos encontramos encantadas de su presencia y esperamos que se quede aquí durante mucho más tiempo. Solo nos gustaría asegurarnos de que la atención del gobernador no quede acaparada por nadie.
Bella se retuvo. Su temperamento impulsivo hubiera reaccionado en el momento saltando ante su clara advertencia, sin embargo, por promesa fiel a su padre, decidió ser comedida. No podía permitirse el lujo de recibir más comentarios que disminuyeran sus oportunidades matrimoniales.
Pero la verdad estaba dicha. Entre las presentes se encontraban dos mujeres cuyas hijas todavía estaban solteras.
Para una de ellas, la condesa, cuyo marido se decía que tenía más afición a las apuestas en la capital que a preservar el legado familiar, lograr una alianza matrimonial con un gobernador de gran reputación y con título, sería una excelente oportunidad.
La otra dama, una mujer con tanta influencia en la cámara de los Lores, inspiraba el miedo real.
Sin embargo, había crecido entre ellas y sabía cómo navegar por las aguas de la envidia y las insinuaciones.
―No se preocupen, estoy seguro de que el gobernador dispone del suficiente criterio para escoger su círculo social y sus amistades. Solo es cuestión de tiempo que alguien les presente y puedan entablar conversación.
Bella les había entregado un dulce dardo que esperaba pudieran interpretar.
Ellas eran conscientes de que, sin una presentación formal por parte de otra persona, no podían conversar con él por mucho título que tuvieran.
Eso les enfurecía porque, por primera vez, Isabella Cavendish, la última heredera de un conde, estaba por encima de ellas.
―Ahora, si no les importa, quisiera buscar a mi padre para conversar con él.
Y con una despedida formal y una sonrisa tan falsa como pudo interpretar, se alejó del grupo dejando atrás a unas señoras tan maliciosas como desairadas.
Era consciente de que su comportamiento osado y maleducado traería problemas mas no le importó.
Tenía emociones más complejas que procesar que la envidia de unas señoras.
Apenas unos instantes después, la anfitriona de la velada comunicó a todos los presentes que la primera pieza de la noche estaba a punto de comenzar.
Hasta el momento, los bailes eran la parte favorita de la joven Isabella.
Disfrutaba de la energía que despedían, del entretenimiento y el esparcimiento que permitían dentro de su encorsetada vida y nunca le importaba terminar con gran dolor en los pies pues sabía que todo quedaba eclipsado por la felicidad de su acelerado corazón.
Pero esa noche, su corazón no solo estaba acelerado, sino que parecía a punto de salir de su pecho cuando vio a lo lejos a su temible gobernador acercarse paso a paso hacia ella.
La mirada del caballero no se retiró en ningún momento de la suya y cuando estuvo frente a ella, sintió un ligero mareo. Sentirse indispuesta era un evidente signo de que el verano se había apresurado ese año pues era incapaz de asumir que se sentía abrumada por él.
―¿Se ha retractado de su palabra, señorita Cavendish?
―¿Retractarme? En absoluto, señor Johnson. ¿Acaso esperaba lo contrario?
El gobernador no llegó a dar su respuesta porque los primeros acordes les obligaron a colocarse en sus posiciones.
Uno enfrente del otro. Situados como rivales.
Enemigos. Pero nada más lejos de la verdad porque cuando sus manos se encontraron ante los primeros pasos algo les quedó claro a ambos: aquel baile sería el principio de algo inevitable.
Bella era una diestra bailarina y con gracia y estilo se deslizaba por la sala como si fuera un cisne y eso complacía al joven caballero que no tenía otra intención esa noche sino disfrutar de la compañía de una dama tan impulsiva como incontrolable que le había seducido desde su primer comentario.
Admiraba cada uno de sus pasos, sus giros y la delicadeza con el que el vestido había decidido abrazarla aquella noche.
Esa visión le causó celos. Una tensión que no se creía capaz de soportar.
James tardó poco en descubrir que también ella estaba empeñada en desafiarlo. Sus movimientos eran correctos, ligeros y ejecutados a la perfección. No necesitaba escuchar la música para anticipar su siguiente paso. Él la siguió sin dificultad.
Durante los primeros compases no intercambiaron ninguna palabra. Avanzaron entre el resto de las parejas dejándose acariciar por el ritmo de la música, pero cada vez que Bella alzaba la mirada descubría que los ojos de James estaban más que dispuestos a atraparle y eso comenzó a incomodarle.
No porque la mirase pues ella estaba acostumbrada a recibir atención por parte de los caballeros sino a la manera en que lo hacía.
Esas ligeras motas que percibió en su primera velada juntos le parecían atractivas y seductoras.
Se podría dejar mecer en ellas para siempre.
Sacudió el rostro al darse cuenta de su línea de pensamientos y cometió un error en sus pasos que pronto arregló.
Cuando volvieron a aproximarse y sus manos se encontraron, Bella Cavendish trató de sustituir la incomodidad de la descarga que sintió por palabras que, en ese momento, no era consciente de lo que podían desencadenar.
―No me ha respondido, gobernador. ¿Esperaba mi rechazo esta noche?
Los dedos de James se cerraron alrededor de los suyos apenas el tiempo que exigía la figura antes de dejarla marchar.
―Con total sinceridad, señorita. Me resulta complejo llegar a descifrarla. ¿Le han comentado alguna vez que tiene una personalidad singular?
Bella arqueó las cejas. La música volvió a separarlos. Ella realizó el giro correspondiente sin perderlo de vista, y cuando los pasos le reunieron de nuevo, había aparecido en sus labios esa sonrisa que James empezaba a reconocer como el inicio de algo tan excitante como impredecible.
―Vaya, es la primera vez que un caballero me censura en público mientras bailo. Quizá debería unirse al corrillo de personas dispuestas a juzgar mi comportamiento.
James contuvo la sonrisa. Había dado en el blanco.
―No, no, señorita Cavendish. No era esa mi intención, lo prometo.
Volvieron a avanzar. Esta vez quedaron frente a frente y él tomó su mano para acompañarla en el giro.
El calor ya no solo se restringía a la zona en que sus pieles se tocaban.
Bella, que sentía su cuerpo adormecido, comenzó a experimentar un fuego que parecía dispuesto a sacudirla.
Un fuego que parecía provenir de su contacto y se alimentaba de sus provocaciones y lo que causaban en ella.
― Me gustaría decirle, con total certeza, señorita Cavendish, que su temperamento le convierte en alguien muy especial. No he conocido a una dama con un temperamento como el suyo.
Bella le sostuvo la mirada y durante un instante, olvidó cuál era el siguiente paso. Por alguna razón, ese comentario no le pareció una provocación. Ya no había ese brillo divertido en los ojos de su compañero de baile. Y durante un instante, todo lo que les rodeaba pareció desvanecerse.
Ese calor que bullía dentro de ella pareció querer abrazar una nueva posibilidad. Una posibilidad que despertaba algo nuevo en ella. Algo que, aunque no estaba dispuesta a aceptar por el momento, le alejaba de ese pensamiento asfixiante sobre él.
―Quedo complacida, gobernador. No obstante, si desea conocer a damas más moderadas y con una clara inclinación al matrimonio puedo presentarle a algunas señoras muy dispuestas.
Bella agradeció la distancia pues algo muy superior a ella había comenzado a tomar el control de su cuerpo y de sus palabras. Necesitaba centrarse y borrar aquella absurda sensación que recorría invisible su cuerpo.
―¿Quién ha dicho que tenga interés en el matrimonio? ―preguntó él justo antes de que la pieza terminase.
Las notas les separaron y ella sintió una corriente fría entre ellos que no le gustó. Una duda comenzó a viajar en ella generando la necesidad de comprender.
James se acercó con cuidado tras dedicarle una reverencia al finalizar el baile y le ofreció la mano para acompañarla a una zona de descanso. Ella, todavía extasiada y sin terminar de sentir sus piernas, aceptó sin retirar la mirada de él.
―No estaría interesado en conocerlas, señorita Cavendish. En estos momentos tengo todo lo que necesito.