La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 6
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Capítulo 6

Solo se podía definir el estado anímico de Isabella con una palabra: inestable.

En ese momento, Bella se dio cuenta de varias verdades. La primera, y la más sencilla, había escogido el vestido correcto para la velada pues todas las miradas se dirigieron a ella en el momento en que hizo acto de presencia.

La segunda, encontró una calidez irremediablemente seductora en el contacto de su mano con la de James.

La tercera, una que comenzaba a perturbarle: que quizá los invitados no le estaban mirando por su vestido sino por el compañero que había escogido.

Y la cuarta y la más dura, que por alguna disparatada razón le había gustado entrar con él, dejarse tocar y que todos los miraran.

En ese mismo instante unos curiosos nervios comenzaron a abrazar el cuerpo de la joven dama quien se creía por encima de todo aquello.

No eran las miradas y tampoco los comentarios.

Era su contacto. La mano de James seguía junto a la suya cuando la condujo con cuidado a uno de las zonas libres de la sala y al llegar, la soltó y ella notó frío.

Un frío que no le gustó. Él colocó delante de ella y trató de llamar su atención interrumpiendo el incómodo silencio que se había instaurado entre ellos.

―¿Sus hermanas se encuentran aquí, señorita Cavendish? ―preguntó James tratando de sosegar el cosquilleo que el contacto con la joven le había provocado en el cuerpo. Se dio cuenta que la joven no había escuchado su pregunta e insistió ―. Señorita Cavendish, ¿se encuentra bien?

―Sí, disculpe, gobernador ―dijo ella sacudiendo su cabeza y obligándose a regresar.

―Le preguntaba si sus hermanas ya se encuentran aquí.

Bella miró a un lado y a otro y se alegró de encontrar a todas reunidas junto a la anfitriona.

―Se encuentran al final del salón ―anunció haciendo un pequeño gesto con el rostro en la dirección adecuada para mostrarle.

―¿Tendría el gusto de presentármelas?

―¿A mis hermanas?

Bella se bloqueó.

―Por supuesto, a quién si no.

―Sí, claro, pero… ¿por qué?

―Acabo de llegar a la comunidad y no conozco a nadie. Si sus hermanas son la mitad de encantadoras y retadoras que usted tendré un gran entretenimiento durante mi estancia.

Ella quería negarse. No quería complacerle. Lo último que deseaba era complacerle. Pero pensó en su padre y se odió a sí misma por lo que estaba a punto de decir.

―De acuerdo.

Isabella no se dio cuenta de cómo su llegada alteró toda la dinámica de la conversación entre sus hermanas, pero, para su desgracia, había entrado en la boca del lobo.

Con gran efusividad las abrazó y todas se mostraron sorprendidas por la presencia de un misterioso caballero junto a Isabella. Era consciente de que todas ellas se morían por conocer al caballero.

―Me gustaría presentarles a James Johnson, gobernador de Bahamas ― introdujo Bella colocándose junto a él ante la atenta mirada de sus hermanas ―. Señor gobernador, ellas son la duquesa de Wellington, la señora Collins y la futura duquesa de York.

Todas hicieron la reverencia protocolaria ante el gobernador para después mirarse las unas a las otras con algo que Bella reconoció al instante: interés. Eso era lo que más había temido al aceptar acercarse. Sabía que la presentación había sido lo más sencillo y que todo estaba por verse.

―Es un placer tenerle con nosotros, gobernador ―dijo Charlotte dando a un paso al frente como la mayor ―. Según he escuchado debemos agradecerle la hospitalidad brindada a nuestra hermana en la isla.

―No tienen nada que agradecer, duquesa. Su cuñado y yo tenemos una amistad de muchos años y nada me podría haber hecho más feliz que su visita. A veces, mi posición me impide viajar tanto como quisiera.

―Entonces nos sentimos afortunadas de tenerle aquí ―añadió presta Susan ―. ¿Sus ocupaciones le van a permitir permanecer mucho tiempo en nuestro condado? Apenas acaba de iniciar la temporada social y estoy segura que encontrará… emocionante nuestra agenda de compromisos.

―Sin duda, señora Collins. Como he comentado, mis obligaciones con la corona sin duda me mantienen ocupado, sin embargo, dejé atados ciertos asuntos y deposité mi confianza en buenas personas antes de marchar lo que me permitirá pasar la temporada social.

―Eso es maravilloso ―dijo Heather entusiasmada―. Un descanso seguro que será un bálsamo para un hombre tan ocupado como usted. La temporada, en efecto, le ayudará a disfrutar de un ambiente más distendido, establecer amistades y forjar alianzas.

―Debo ser sincero y admitir que no esperaba que esta fuera una comunidad con tanto dinamismo. En apenas dos días recibí más de doce invitaciones a eventos sociales. Me siento abrumado por la acogida.

Bella observaba en silencio la interacción entre sus hermanas y el caballero. Parecían hablar con franqueza, calma y como si se conocieran desde hace tiempo. Por un instante, sus nervios se relajaron.

―¿Y por qué eligió nuestra comunidad? Según tengo entendido su residencia familiar está al norte.

―Tiene usted razón en parte, señora. Mi residencia familiar se encuentra apenas se encuentra a una hora y media de aquí. Pero había escuchado maravillas en boca de mi buen amigo y su hermana me instó a venir a participar de este rito social.

―¡Que sabia decisión por parte de Violet! ―dijo pletórica Susan rompiendo la calma con la que había conversado hasta el momento. Bella se sorprendió de la facilidad con la que el caballero respondía a sus preguntas.

―Usted estuvo en el ejército, ¿verdad? ―atacó de nuevo Charlotte con un tono inquisitivo.

―Disculpe a mis hermanas, gobernador, pueden ser bastante insistentes y curiosas cuando se lo proponen ―interrumpió Bella con rapidez ante el pronóstico de que sus hermanas no cesarían en su empeño de conocerle.

Era evidente que el gobernador era el personaje público más relevante que había llegado a la comunidad en años y, por tanto, Bella comprendía que eso despertara el interés de las mujeres ociosas, pero no en ellas.

No quería que se entusiasmaran demasiado con él porque, en consecuencia, sería un desastre para ella.

―Al contrario, señorita Cavendish, nada me complace más que poder conversar animadamente. Encuentro su curiosidad conveniente.

Y durante casi media hora, las damas conversaron con James ante la atenta mirada de un atónita Bella que no se sentía capaz de intervenir.

Sentía que su cabeza no podía estar más contrariada por la escena.

Una parte de ella se encontraba feliz por el hecho de estar en presencia de casi todas sus hermanas y poder conversar con ellas.

Por otro lado, abrumada por el interrogatorio que parecían dispuestas a hacer al dispuesto gobernador.

Pero, ante todo, se preguntó por qué ellas estaban haciendo las preguntas que ella misma deseaba fervientemente hacer.

Y fue, precisamente este último pensamiento, lo que le obligó a reaccionar.

Se preguntó si era mejor disculparse y abandonar el grupo para buscar un poco de espacio y aire que respirar o si debía escabullirse como la niebla, ligera y casi invisible.

Decidió la solución más cobarde y poco a poco, dio algunos pasos atrás mientras la animada conversación seguía en su punto álgido.

―Señorita Cavendish, ¿nos abandona? ―preguntó James al dejar de sentir la presencia cálida de ella a su lado.

El gobernador se había girado hacia Bella provocando que ella se detuviera en seco e interrumpiendo la conversación.

Todas sus hermanas estaban admirando la situación como si fuera una obra de teatro y ellas, espectadoras convencidas.

―No quisiera molestar, gobernador.

James se despidió rápido y con cortesía de las hermanas y les dio la espalda para tratar de retener a su huidiza compañera. Una mujer que parecía rehuir su presencia. No podía permitirlo.

―No la detendré más si así lo desea, pero me gustaría pedirle algo.

―¿Pedirme algo? ¿El qué?

―Reserve su primer baile de la noche para mí.

El tiempo se paró.

Cada segundo y cada minuto que pudiera suceder a continuación quedó congelado en el tiempo. Bella Cavendish estaba tremendamente abrumada, confusa y anonadada por la petición del gobernador.

No era una pregunta. Era una afirmación. Lo quería.

¿Un baile? ¿Acaso ese hombre no era consciente de la tensión tan visceral que existía entre ellos cuando conversaban?

¿Acaso no se daba cuenta de la enemistad que parecía demostrarle?

¿Por qué iba a reservarle su primer baile cuando su objetivo debía ser encontrar un marido respetable y decente con el que poder desposarse antes de terminar la temporada?

¿Por qué debía aceptar un baile con él cuando se había jurado a sí misma que se mantendría lo más alejada posible de él?

¿Es que acaso no veía el caballero lo evidente?

―Por supuesto, gobernador.

Todavía azorada por la cantidad de preguntas que asaltaban su mente fue incapaz de controlar su boca. No comprendía qué parte de ella había abordado su cordura aceptando la invitación. Todas las excusas que había tratado de moldear en su mente para rechazarle no llegaron a tiempo.

¿Por qué había aceptado? ¡Era una estupidez!

James Johnson sonrió complacido. En ese instante, Bella no supo adivinar el motivo, aunque supuso que salirse con la suya al verla confusa por la situación le complacía.

En realidad, James estaba pletórico por tener el honor de bailar con ella en primer lugar.

Había encontrado excitante el simple roce de sus manos, la forma en que sus ojos habían nadado silenciosos sobre los suyos y la forma en que todos los habían mirado como si su relación fuera un hecho socialmente aceptado.

Necesitaba calmar su corazón y sus impulsos para acompasarlos a los de ella o la perdición los arrastraría a los dos.

Por eso, y desoyendo los consejos de su cordura y de sus propios modales, decidió invitarla a bailar.