La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

―Bien, ahora solo falta que encuentres un marido que omita tus locuras pasadas y sepa apreciar no solo tu belleza exterior sino las cualidades que posees.

―¿Existirá acaso un hombre así, padre?

―Esperemos que sí, hija. Esperemos…―la frase se quedó suspendida en el aire mientras la mirada perdida del conde se quedaba en su hija.

Bella lo apreció. Supo que su padre había sido arrancado del estado de melancolía por el recuerdo de su esposa difunta para caer en el abismo de las preocupaciones por la problemática que una falta de matrimonio en Bella estaba causándole a las arcas familiares.

El señor se quedó callado, agachó la mirada y la dirigió hacia el interior de la casa antes de girarse mas su hija, dolida por la tristeza que vio en él, le tomó rápido de la mano para que regresara.

―Haré todo lo posible por encontrarle, se lo prometo.

Una simple promesa podía cambiar la vida de Isabella Cavendish. Su hermana y su padre tenían razón: no podía demorar más lo inevitable.

Aunque había tratado de mantenerse ocupada durante el resto de la semana para no pensar en la reacción que su cuerpo había experimentado al despedirse de James se descubrió con History of the British Colonies: Possessions in the West Indies sobre la mesita de noche varios días después.

Ella trató de fingir que había sido una elección al azar en la gran biblioteca de la casa, pero, en el fondo, sabía que su necesidad de conocer la realidad de otra persona había superado su cordura.

El libro abordaba la historia de Bahamas, la conquista y otros temas que resultaron de interés en la joven.

Pero por mucho que tratara de hacer acopio de su fuerza de voluntad siempre que la imagen del cuerpo de James regresaba a su mente se enfurecía.

Se molestaba consigo misma por permitirse tal debilidad.

Aquel hombre sería el último sobre la tierra que podría llamar su atención y por muy contradictorio que fuera, era el único en el que no podía dejar de pensar.

El viernes llegó antes de que todos se dieron cuenta y los preparativos comenzaron.

Bella no podía negar que antes, con la presencia de sus hermanas, prepararse para un baile siempre era motivo de discusiones entre ellas y de algún que otro tirón de pelos o robo de complementos.

Pero, desde que estaba sola, encontraba hasta poco satisfactorio el peinarse.

Gran parte de lo bonito de esos eventos era vivirlo con ellas.

En su armario había un vestido de color marfil que había encargado para la ocasión.

Era un color que había aprendido a apreciar gracias a su hermana Violet pero que ahora, ponérselo parecía un tributo a su ausencia.

Necesitaba más que nunca la energía y el carácter de su hermana con ella.

Y en ese momento se dio cuenta que su carácter rebelde estaba potenciado para tratar de suplir la esencia de su hermana y cómo eran cuando estaban juntas.

Acompañó el vestido con un delicado tocado con plumas que había elaborado ella misma. Había logrado su resultado: parecer sofisticada y única. Ahora solo esperaba que el atuendo resultara del agrado de algún soltero presente en la velada al que todavía no hubiera rechazado.

El carruaje llegó a la entrada antes de la hora dispuesta por el conde y ambos subieron decididos.

Allí se reunirían con algunas de sus hermanas y estaba muy emocionada.

Violet, que se encontraba en alguna parte del mediterráneo sería la gran ausente.

Por otro lado, Charlotte, Susan y Heather le acompañarían en esta velada junto a sus respectivos esposos.

Al llegar a la propiedad, los carruajes se amontonaban en la entrada. Justo en ese instante, la puerta del coche se abrió y para su sorpresa no era el cochero o un miembro del servicio del conde el que abrió sino el gobernador. Ella quedó sorprendida.

―Oh, señor Johnson ―anunció el conde emocionado―. No sabía que esta noche nos acompañaría.

―Sí, olvidé mencionarlo en nuestra comida. La condesa extendió una invitación adicional al saber de mi llegada.

―Me alegro. Sí.

―¿Quiere que le ayude a bajar? No debería presionar la rodilla ―preguntó el gobernador al conde quien parecía ligeramente indispuesto de una rodilla. Algo que Bella había apreciado en los últimos días. Le pareció curioso que el gobernador hubiera reparado en ello.

―No hace falta, joven. Puede ayudar a Isabella si se presta.

―Faltaría más ―respondió presto y después de echarse a un lado para que el conde descendiera del carruaje se acercó de nuevo a la puerta para extender su mano.

Ella, que todavía seguía impresionada por la inesperada aparición del gobernador, pensó en qué debía hacer.

Sin embargo, el tono alegre de su padre a pesar de las preocupaciones que debían rondarle le impulsó a aceptar. No quería arruinar su noche.

Había decidido no llevar guantes esa noche porque no encontró unos a juego con su vestido así que sin saber si lo deseaba o no, su mano izquierda se posó sobre la mano derecha de él.

Trató de parecer digna al descender pues, en ocasiones, los zapatos quedaban enroscados a la parte inferior de los vestidos causando caídas o tropiezos.

Pero en el instante en que sus ojos quedaron al mismo nivel que los de James supo que estaba perdida.

Que toda su fuerza de voluntad para mantener su mente alejada de él había sido en vano.

Esos ojos castaños que tanto le retaban le estaban mirando solo a ella y gracias a los faroles que había puesto el conde por toda la propiedad para la llegada de los invitados pudo ver la reacción que eso causó en él.

No quería admitirlo, pero sintió un cosquilleo que adormeció el punto exacto en que sus manos se tocaban. Quería relegarlo al olvido, dejarlo como una anécdota más, pero era tan intenso que quemaba.

James Johnson apenas pudo sostener el aliento al ver a semejante diosa descender del carruaje.

No solo el vestido que llevaba parecía elaborado por las mismas musas celestiales, sino que, irradiaba belleza en estado puro.

Aunque admiraba ese silencio y tranquilidad entre ellos, la calidez y sorpresa en la mirada de ella, estaba deseando poder encontrar el punto de fricción que causara ese desequilibrio en ella.

―Si me lo permite y a riesgo de sonar repetitivo me gustaría decirle que está realmente hermosa esta noche, señorita Cavendish.

―Gracias, gobernador ―respondió ella entre tartamudeos a su cumplido. Se maldijo por parecer una niña caprichosa sin embargo era incapaz de decir nada más. Se preguntó si el gobernado siempre había tenido esa pequeña cicatriz en la ceja derecha.

―¿Me permite que le acompañe al interior?

No, por supuesto que no. Pensó ella. Pero su padre fue mucho más rápido que ella.

―Vamos, vamos, jóvenes. Nos están esperando dentro ―dijo el conde tratando de apurar la situación. Era evidente que otros invitados estaban esperando y la pareja estaba generando una retención.

La situación causó lo siguiente: Isabella Cavendish, la última hija casadera del conde entró junto al gobernador al segundo evento de la temporada.