La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 5
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Capítulo 5

La comida resultó más agradable de lo esperado para la joven Cavendish.

Y en más de una ocasión se planteó incluso su primer juicio acerca de su personalidad vanidosa y provocadora pues resultó muy sereno y racional durante toda la comida.

Su padre, complacido y feliz con la compañía, sacó un tema de conversación tras otro en su empeño de conocer mucho más al joven.

Bella lo encontró coherente puesto que pronto se convertiría en un socio comercial.

―Permítame que le haga una pregunta, señor Johnson.

¿No es usted un poco joven para ser gobernador?

No es que dude de sus capacidades y es evidente que su educación es exquisita, no me malinterprete, pero solo conocí a un hombre de su rango en otra ocasión y podría jurar que se aproximaba a los sesenta años.

―Está usted en lo cierto, conde. Tengo veintinueve años y soy el hijo mayor de un conde y aunque mi nacimiento me convertía en heredero del título preferí alistarme en el ejército de nuestra majestad.

―¡Válgame, el Señor! Nunca había escuchado que un conde dejara la comodidad de su hogar para luchar al otro lado del océano.

―No me otorgaré la medalla de ser el primero, conde, pues se sorprendería de los precedentes en nuestro país. Me destinaron como militar en las colonias y una desafortunada misión me otorgó mi puesto.

―¿Podría contarnos más? Seguro que mi hija lo encuentra interesante.

―Desde luego. Hace algunos años el orden en las colonias no era tan estable como en este momento.

Los rumores de la abolición de la esclavitud en territorios tan lucrativos para los terratenientes y la corona ponían en peligro nuestras oportunidades comerciales así que los actos de insubordinación fueron inevitables.

―Tuvo que ser realmente caótico.

―En efecto. Una noche, alguien decidió que los esclavos debían recibir un castigo e intervine.

―¿Intervino? ¿Qué quiere decir? ―preguntó Bella totalmente sumergida en la anécdota.

No sabía explicarlo, pero fue la calma y la seguridad que vio en los ojos de él lo que terminó por calmar sus nervios y su enfado.

Al igual que su padre, estaba crédula ante la historia de un conde convertido en militar.

―Medié con los señores de la zona y traté de llegar a un acuerdo. Les hice ver que la liberación de los esclavos mejoraría la convivencia, facilitaría el comercio y con ello su posición y economía.

―Pero usted solo era un oficial ―interrumpió el conde Cavendish.

―Sí, era consciente de ello. Aproveché mi posición social para ganar su atención y evité un conflicto armado en la zona.

Fue complejo que aceptaran la explicación que les ofrecía, pero tan pronto comprendí que sus intereses no estaban puestos en los esclavos sino en sus bolsillos, desarrollé un plan para satisfacerles.

―Eso resultó muy inteligente por su parte.

El comentario de Bella despertó el ego del gobernador quien, satisfecho y feliz por tener el favor de la joven, continuó con el relato.

Ella, por su parte, todavía anonadada por las habilidades sociales y mediadoras del caballero no daba crédito de lo poco que las ponía en práctica cuando estaba con ella.

Era capaz de mantener la calma y ser diplomático frente a una horda de caballeros y terratenientes enfurecidos, sin embargo, no se moderaba al conversar con una dama.

―Gracias por el halago, señorita. Viniendo de usted es una recompensa mayor de la que me ofrecieron a mi regreso a Inglaterra. Fui citado por el gobierno británico quien me propuso y la propia reina me nombró oficialmente.

―Extraordinario, sin duda ―añadió exaltado el conde aplaudiendo.

En ese momento, algo pasó por el corazón de Bella. Una idea. Una simple idea que parecía diametralmente opuesta a lo que había creído del caballero frente a ella.

―¿De verdad considera que los esclavos son iguales a nosotros, gobernador?

―Es que me resulta inaceptable que lleguemos a preguntarnos si quiera si existen personas de primera o segunda categoría.

Es verdad que algunos, entre los que nos incluimos, nacemos con unos privilegios notorios que nuestros títulos nos ofrecen, pero eso no quiere decir que seamos más personas que ellos. Dios nos hizo a todos por igual.

―Sabias palabras, gobernador. Sin duda, una demostración de buen juicio. ¿No crees, Isabella?

―Es posible que sea precisamente su posición privilegiada lo que le permita decir eso con tanta vehemencia.

―No es mi posición, señorita. Es la profundidad de mis convicciones. Si llegara a pensar que estoy por encima de ellos solo demostraría lo ruin y mezquino que soy como persona y eso no me diferenciaría de un esclavista o un torturador.

En ese momento, todo se detuvo. Bella y James, que se encontraban uno frente al otro en la mesa, se miraron con intensidad.

Bella no podía evitar pensar que James parecía una buena persona después de todo.

De verdad consideró que, detrás de esa necesidad de complacer a su padre, estaba una persona con fuertes convicciones y rectitud moral.

Se alegró, por primera vez, de estar confundida.

Por otro lado, James se congratuló por el interés que ella demostraba, por la firmeza con la que había insistido para rebatirle y con la inteligencia que destilaban sus palabras. No se había equivocado con la joven Cavendish, había mucho más detrás de su belleza y su tono retador.

―Estoy seguro de que su padre se siente muy orgulloso y complacido con su elección, aunque me temo que habrá ocasionado un conflicto con su título y la herencia.

―No puedo negar que mi decisión de alistarme generó desavenencias con mi padre sin embargo le expliqué que mi necesidad de probarme a mí mismo y servir a la corona al mismo tiempo solo me reforzaría para ser merecedor del título.

Bella intentó con todas sus fuerzas que no se apreciara lo mucho que ese comentario le había afectado.

Había comenzado a ver un hombre honorable y decente detrás de esas palabras.

Instantes después, James Johnson le guiñó un ojo a modo de provocación y el ligero pensamiento positivo que le dedicó se evaporó al instante y ella se sintió una idiota.

Ella siempre había tenido razón: James era imposible.

Finalizada la comida el conde intentó convencer a su invitado para que pasara la tarde con ellos, pero el joven se excusó alegando que tenía asuntos que atender y se marchó, no obstante, mencionaron que todos se verían el próximo día en el baile en la residencia de la condesa Pembroke.

James se despidió de manera cortés con su anfitrión y cuando le llegó el turno a Bella le dedicó una mirada prolongada en el tiempo junto a una sonrisa que supo que generaría enfado en la joven.

Ella, que todavía seguía culpándose por ser tan crédula con sus pensamientos, trató de mantenerse firme.

Necesita obviar la reacción física que ese hombre le causaba porque más allá del enfado que sentía, había apreciado que su estómago estaba apretado como si de un nudo se tratase.

―Que tengan un excelente día, conde, lady.

―Puede venir a vernos siempre que lo considere, gobernador.

―Le tomaré la palabra.

Y con esa última promesa hecha, James Johnson bajó la escalinata y sus pasos se acompasaron con los del mozo de cuadra que le entregó a su caballo. Se montó con gran habilidad y regresó al galope al camino.

Bella encontró anodina la sensación de frialdad que sintió ante la partida del caballero. Si bien la conexión que había sentido durante unos segundos le había provocado una reacción inestable y ahora también sus piernas temblaban podía ver cómo toda esa energía se agotaba al verle partir.

¿Por qué se sentía así? Sin duda, ella se dijo que era por la tensión con la que ese hombre le hacía vivir desde el primer instante en que se vieron y durante un segundo se apiadó de la mujer que algún día fuera su esposa pues no habría hombre más incorregible que él.

―Es un caballero notable, ¿no te parece, Isabella? Apenas treinta años y ya ostenta dos títulos ―comenzó a decir su padre mientras ambos observaban cómo el caballero abandonaba la propiedad.

―Me temo que uno no ha requerido de su esfuerzo, padre.

―Pero el otro se lo ha ganado a pulso, querida. No le retires el mérito que tiene. Si las historias que he escuchado de él son ciertas y ya te puedo decir que las fuentes son bastante fiables, merece todo nuestro respeto.

―Le propongo que no corone rey al más honrado de los hombres si todavía no ha demostrado su talante. Comprobemos primero eso.

El conde se giró para enfrentar a su hija, aunque decidió no reprenderla por sus palabras pues había demostrado ser comedida en sus juicios.

―Te diré una cosa, Isabella, cada día te pareces más a tu madre.

―¿Por ser la dama más hermosa de todo el condado? ―preguntó ella con ironía.

―Sin lugar a dudas tu madre era una belleza digna de mención. Todavía me pregunto por qué aceptó casarse conmigo, pero no, no era a su belleza a lo que me refería.

―Entonces, ¿a qué, padre?

―A su osadía.

―¿Madre? ¿osada?

―Es posible que no lo recuerdes, pero el tiempo que estuvo con nosotros nos permitió vivir muchas cosas juntos y puedo decirte que dentro de esa serenidad que le caracterizaba tenía un carácter lleno de firmes convicciones y una voluntad para transmitirlas sin censura.

―Nunca lo sospeché ―dijo ella con sorpresa. Nunca había escuchado algo así de su madre. Su imagen, la que todos alababan, era la de una condesa maravillosa, madre afectuosa y una anfitriona elegante y cálida. Jamás imaginó que su cualidad más reprochable viniera de la mujer a la que más admiraba.

El conde se giró y con mucha delicadeza tocó el rostro de su hija admirando en ellas las facciones que tanto le recordaban a su difunta esposa. Y en ese instante, encontró la respuesta a por qué siempre toleraba sus comportamientos rebeldes y caprichosos.

―Porque ella se afanó en encontrar un equilibrio entre ser condesa y recibir respeto y ser mujer y fiel a sus principios e ideales. Y tú eres exactamente igual a ella.

―Gracias, padre.