La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Terminaron de cruzar juntos la propiedad hasta que la escalinata de la casa se hizo presente. Bella pensó que el caballero se despediría allí mismo, sin embargo, subió tras ella. El señor de la casa apareció entonces para recibirlos.

―Veo que ha encontrado a mi hija, gobernador ―anunció el conde lleno de emoción acercándose a ambos.

―Sí, salí a cabalgar y tuve la suerte de toparme con la señorita Cavendish y su doncella a mitad del camino.

―Oh, no trate de esconder su buena acción, gobernador. Tan pronto como supo que habían partido a hacer recados sin calesa se ofreció a salir a su encuentro.

―¿El gobernador estaba aquí? ―preguntó Bella contrariada. Fue precisamente esa evidencia lo que despertó emociones en ella.

―Sí, su padre y yo teníamos asuntos comerciales que tratar. Anoche iniciamos una conversación sobre posibles inversiones en Bahamas y quería ofrecerle mi perspectiva sensata y sus oportunidades.

―Sin duda, haremos grandes cosas juntos, gobernador. De eso no me cabe la menor duda.

Bella encontró calma al escuchar aquellas palabras.

Había visto al gobernador y su padre la noche anterior hablando y su padre le confirmaba que eran asuntos de negocios, lo cual, dada la situación económica, le tranquilizó.

Y de forma insólita, aceptó que el gobernador fuera intermediario de una posible mejora en su situación económica siempre y cuando ella no tuviera que verse inmiscuida.

El silencio de Bella causó cierta incomodidad en la conversación y obligando al conde a reconducir.

―Isabella, el gobernador tiene un poderoso ejemplar de corcel árabe. ¿No crees?

―Sí, padre. Es evidente que posee las cualidades de una pura sangre: tiene la piel fina, un cuello largo y arqueado que le ofrece un porte orgulloso, un pecho amplio y su cabeza tan refinada. Es un maravilloso ejemplar, no se puede negar.

―Entonces quizá deberían salir juntos a cabalgar alguna mañana. Mi hija es una espléndida amazona.

―¿La señorita Cavendish sabe montar? ―preguntó sorprendido el gobernador.

―Sí, por supuesto, gobernador ―respondió con rapidez el conde sin darse cuenta que su hija se había tensado a su lado incrédula por el comentario de su padre. Fue precisamente esa sorpresa en el gobernador lo que molestó a la joven.

―Puede que le sorprenda sin embargo, las mujeres también podemos tener aptitudes que quizá considera más varoniles ―respondió ella con tono orgulloso.

―¡Isabella, por favor! Disculpe gobernador, lo que mi hija ha querido decir es que…

―No se preocupe, gobernador.

El tono del joven gobernador era relajado y no pudo evitar que su mirada quedara atrapada por el fuego que veía en la de ella.

Estaba nerviosa, enfadada e inquieta. La veía moverse en su sitio como una gacela esperando el momento exacto para saltar sobre su presa.

Eso, le encantó. Decidió presionar más para lograr que finalizara su ataque felino.

―Me gustan las mujeres que son capaces de expresar sus opiniones con determinación.

Bella quiso seguir con la conversación, pero pensó que eso tensaría todavía más la cuerda y en presencia de su padre solo podía recibir una reprimenda. Decidió callar y pensó que ese silencio le daba la victoria a él. Se odiaba a sí misma por darle la victoria, sin embargo, no tenía otra opción.

James miró a la joven dama y aunque se sentía decepcionado porque no le siguiera el juego estaba complacido por la pasión que vio en sus ojos. Era evidente que la señorita Cavendish era una dama llena de fuerza, convicción y temperamento. Era tan brava como hermosa.

¿Cómo era posible que una mujer como ella todavía no tuviera un marido? Se preguntó el gobernador. Era imposible que un hombre no se sintiera atraído por su determinación.

Sin duda, estaba emocionado. Complacido.

―¡Mire qué horas son, gobernador! Debe quedarse a comer con nosotros.

―¿A comer? ―preguntó horrorizada ante el ofrecimiento inesperado de su padre―. Padre, creo que no es lo más acertado. Seguro que el caballero tiene otras ocupaciones y compromisos. No le hagamos perder el tiempo.

―Al contrario, señorita, nada me complacería más.

―Glorioso. Glorioso. Acompáñeme dentro y le enseñaré mi colección de pipas de espuma de mar. Están hechas a mano.

El conde entró pletórico en la casa para avisar al ama de llaves de la necesidad de añadir un plato más en la mesa mientras el gobernador y Bella esperaban.

James se giró para mirarla de nuevo y deleitarse de la belleza indómita de la joven.

Nada deseaba más que extender la mano para recolocar el mechón de pelo que bailaba al son de la brisa.

Se sentía celoso. Inexplicablemente celoso de la caricia que el viento podía darle a su rostro y con esmero, se permitió el lujo de recorrerlo con la mirada.

La joven tenía el cabello castaño claro y aunque lo llevaba recogido podía apreciar unos ciertos rizos.

Ondulaciones que seguro dominarían la vista de su espalda desnuda.

Fue ese último pensamiento el que le hizo saltar y obligarse a cambiar su posición.

Se había imaginado a esa reina con el cabello suelto.

Necesitaba serenidad. Aquella mujer sería su perdición.

Admiraba su personalidad indómita. Le parecía irresistible. Tentadora.

―Le rogaría que no me mirase de esa forma, gobernador ―dijo ella en tono severo y autoritario tras advertir que el caballero le prestaba demasiada atención ―No es apropiado.

―Me disculpo, señorita Cavendish. Sin embargo, su belleza es innegable.

El tono del gobernador le pareció conciliador y avergonzado y se sintió satisfecha.

―Le agradezco sus palabras mas prefiero que las retenga en sus pensamientos.

―Puede ser complejo, pero me esforzaré por complacerla.

Fue esa palabra, complacerla, lo que causó un terremoto en la dama.

Las piernas de Bella temblaron. No por miedo a esa palabra sino por todo lo contrario.

Por la promesa de que fuera verdad. Puede que sus palabras poco acertadas y su fuerte convicción de torturarla le resultaran odiosas, pero no podía negar que era un hombre tremendamente atractivo y que cualquier mujer se sentiría tentada de aceptar sus atenciones.

Eso mismo le resultó irónico pues estaba dispuesta a no ser esa mujer.