La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 4
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Capítulo 4

Bella apenas pudo conciliar el sueño en toda la noche.

El viaje de regreso a casa solo tuvo un único tema de conversación: el gobernador.

Su padre parecía complacido con la presencia del caballero en la velada y no tuvo salvo elogios que dedicarle.

Habló de sus labores permitiendo la expansión de los negocios locales, de los intereses de los terratenientes afincados, de reducir los alternados públicos…

Además, su padre le comentó que también tenía el título de conde que había heredado tras la muerte de su padre algunos años atrás.

Bella no era capaz de comprender qué tenía aquel hombre para que todos parecieran tan dispuestos a complacerle.

Todos parecían más que dispuestos a favorecer conversaciones con él, reuniones e incluso, organizar cenas en su nombre.

Era cierto que su rango y oficio era algo que no solía verse en esa parte del territorio o al menos, en su círculo social pero Bella tenía algo claro: se marchará a Bahamas tan rápido como llegó.

Y sonrió eufórica porque nada más le haría feliz que despedirse con una gran sonrisa de él en el puerto. Cuanto más lejos de ella, mejor.

Ese era el único pensamiento capaz de apaciguar el malhumor de Isabella a la mañana siguiente. Trató de alejar el recuerdo de aquel hombre y centrarse en sus tareas del día, pero conforme entró en el comedor y vio a su padre desayudar supo que algo extraño estaba ocurriendo.

Desde el matrimonio de su hermana Heather hace varias temporadas, su padre había evitado, casi toda costa, desayunar con ella y con Violet.

Era cierto que la presencia de ambas en una sala podía llegar a ser insoportable para los amantes del silencio y la paz y su padre, era el máximo valedor de aquellas dos palabras así que su presencia en la sala esa mañana era anodina.

No obstante, ella trató de centrarse en lo único que le alentaba en ese momento: las deliciosas galletas que preparaba la cocinera.

―Buenos días, Isabella. ¿Cómo te encuentras esta mañana?

―Muy bien, padre.

―Me preocupa que no hayas descansado bien. Es posible que el ama de llaves comenzara demasiado pronto con sus ocupaciones hoy y el ruido te haya despertado.

―No padre, no se preocupe.

―Bien, me alegro. Hoy es un día emocionante y sin duda, tendrás muchas cosas que hacer.

―Sí, me gustaría acercarme al pueblo dando un paseo. Tengo que recoger algunos encargos que quedaron pendientes en la modista.

― ¿Y vas a ir sola? ―preguntó su padre interesado― Sería mejor si tomas la calesa.

―No es necesario, padre. Puedo ir sola.

―No estoy muy convencido de dejarte partir sola. Además, será más cómodo para ti utilizar la calesa si vas a traer varias cajas desde el pueblo.

―Puedo ir con mi doncella, si así se queda más tranquilo. Ella me ayudará.

―Pero, sin duda, la calesa te permitirá llegar mucho antes a casa.

Bella se sintió incómoda ante la insistencia de su padre. Hacía tiempo que no se preocupaba por sus actividades y visitas al pueblo. ¿Por qué insistía tanto?

―Hace un día espléndido, querido padre.

―De acuerdo ―añadió el conde luciendo agotado ―Seguro que el aire de la mañana te sienta bien al ánimo. Anoche parecías un poco descentrada.

―Eso espero, padre. Eso espero.

―Entonces no debes demorar la partida. Termina el desayuno, avisa a tu doncella y parte cuanto antes. Sí, sí. Sin demora.

No podía engañarse a sí misma: su padre estaba demasiado extraño. Esa insistencia para que abandonara la casa lo antes posible le sorprendió. Sin embargo, lo justificó rápido diciendo que él deseaba garantizar su comodidad y seguridad.

Aunque esa insistencia le pareció sospechosa había algo más que le llamaba la atención.

El gran silencio con el que su padre parecía guardar la nefasta situación familiar.

Fue en ese instante en el que reconoció las señales que no había sido capaz de advertir hasta el momento.

La búsqueda incesante de pretendientes, su enfado ante los rechazos, su reacción irascible ante los comentarios de las señoras de la comunidad. Ahora muchas cosas cobraban sentido.

Bella quiso preguntar, pero pensó que sería mejor no estropear el alegre ánimo de su padre aquella mañana con temas tan delicados. En otra ocasión, se dijo. Ahora tenía otras cosas que hacer.

Y así lo hizo. Antes de darse cuenta se había preparado para partir al pueblo y su doncella le acompañaba. Ella era perfectamente capaz de recorrer la distancia entre su propiedad y el pueblo sin necesidad de carabina, pero no quiso contrariar a su padre.

Sin duda su padre tenía razón, la mañana era maravillosa.

Una brisa ligera mecía los delicados cabellos que no había recogido con esmero mientras le susurraban palabras al oído.

Bella siempre había encontrado paz en permanecer al aire libre.

Ella era una mujer de bailes y reuniones del té, le gustaba la compañía de sus amistades en grandes salas, aunque también encontraba deleite en el silencio del campo para lograr equilibrar su caos interno.

Su doncella, que paseaba apenas unos pasos detrás de ella, no interrumpió ese especial momento hasta que sus pasos les llevaron al pueblo.

Allí, acudieron directamente a la modista y recogieron los dos encargos pendientes.

Un sombrero y un delicado vestido que ella había solicitado para la temporada.

En ese instante tuvo sentimientos encontrados pues le parecía un producto que bien podrían haber hecho los mismísimos ángeles del cielo sin embargo, se sintió culpable por el costo del mismo.

Tener la caja de ese vestido entre manos le hacía sentirse muy culpable.

Su familia estaba atravesando apuros económicos y ella había derrochado el dinero en un vestido.

En ese instante pensó que habría sido mejor reutilizar uno de la temporada anterior.

El regreso a casa fue muy animado. Bella se empeñó en compartir la carga para que su doncella no llevase todo.

La caja del sombrero era más voluminosa de lo esperado y llevarla resultaba incómodo para la joven mas trató de que no se notase.

Había pasado buena mañana y casi era la hora de comer cuando cruzaron los límites de la propiedad de la familia.

Ambas compartían una animada conversación hasta que escucharon el relincho de un caballo a lo lejos.

Un poderoso caballo se acercaba y para su asombro y su gran desdicha, Bella Cavendish reconoció al momento a su jinete.

―Buenos días, señorita Cavendish ―dijo el gobernador tras desmontar a su flamante ejemplar equino. Bella no pudo sino admirar el porte de aquel animal.

―Buenos días, gobernador.

― ¿Vienen ustedes del pueblo?

―En efecto. Tenía pendiente algunos asuntos allí pero ya regresamos.

― ¿Le parece bien si las acompaño hasta la casa?

―Oh, no sería necesario, gobernador ―respondió ella rápido rechazando la propuesta.

Nada le importunaba más que pasar un rato con aquel hombre―.

No quisiera importunar su apretada agenda ahora que dispone de tiempo libre.

Sin duda su caballo de origen árabe preferirá galopar libre y veloz. No se reprima entonces.

―Es usted muy considerada, señorita. Sin embargo, no sería buen caballero si dejo a dos damas desprotegidas caminando solas.

―No se preocupe por ello. Asumiré el reproche que puedan hacerle.

―Alguien diría que no desea mi compañía, señorita Cavendish.

Ella deseaba gritarle tenía razón. Que prefería que se subiese a ese caballo y cabalgaran lo más lejos posible de allí. Que no aceptaba su compañía. Sin embargo, fue la extraña calidez en su mirada lo que, en un descuido sin protección, le hizo cambiar de opinión.

―No deseo… importunarle. Que es muy diferente.

―¿Alguien le ha dicho que es una joven muy atrevida? Nunca he visto a una dama responder con tanta elocuencia y perspicacia.

―Entonces me temo que no ha conocido a damas interesantes.

―Me basta con conocer a una.

Sentencia. Esa última frase fue un dardo que impactó directamente en el corazón de Bella.

La rabia que sentía por la presencia de aquel maldito hombre al que se había jurado odiar se unía la inexplicable atracción que sentía por sus facciones e incluso, por el tono de voz con el que parecía empeñado a provocarla.

¿Acaso esas palabras estaban destinadas a ella?

Es evidente que su comportamiento era muy diferente al de otras damas.

Ella, que había crecido con la libertad de ser la última hermana y sin la supervisión de una madre, tenía un temperamento más voluble, caprichoso e inesperado.

Pero lo último que quería era que su personalidad retadora resultara interesante para el caballero.

Pero tampoco quería que un comentario suyo dicho en el ambiente adecuado pudiera perjudicar más su situación así que aceptó.

Él, que permanecía en silencio esperando el siguiente golpe de la joven, estaba emocionado. Sabía que la joven se reprimía por la presencia de su doncella y que no quería habladurías, aunque el simple hecho de verla contenerse, le provocaba todavía más un cosquilleo que solo le hizo desearla más.

―De acuerdo, gobernador. Le permito que nos acompañe hasta casa.

El rostro sonriente de su padre al comportarse como una dama vino a su mente. Se dijo a sí misma que no había aceptado por ella sino por el conde. Sin embargo, eso no quería decir que fuera a ser la compañía más locuaz y se propuso mantenerse en silencio durante todo el paseo.

El gobernador extendió su brazo para solicitar la carga que ella llevaba. Bella se la entregó y comenzaron a caminar. Primero, Bella y el gobernador quien tiraba de las riendas de su caballo; después, la doncella Mery.

James advirtió que el humor de la joven no le predisponía a la conversación, pensó en provocarla mas decidió que era mejor aceptar su compañía, aunque fuera silenciosa, que verla partir.