Capítulo 3 #3
Tras finalizar la cena todos se dirigieron al salón a tomar una copa mientras la música seguía sonando de fondo de manera suave. En ese momento, la dinámica social era distendida cargada de conversaciones más privadas, copas de vino y brandy, sonrisas y de mujeres sentadas en sofás.
Bella se dirigió hacia el lugar donde se encontraba su hermana.
Heather, incapaz de mantenerse en pie debido a la presión de su embarazo, descansaba en un sillón mientras su esposo aguardaba a su lado.
No había visto un esposo tan devoto a su mujer como su cuñado.
No negaba que sus otros cuñados no amasen a sus hermanas, pero Alfred era una gran persona y se alegraba de tenerlo por fin y oficialmente, como su cuñado.
Desde su nueva posición, Bella cometió un error al buscar a su enemigo mortal con la mirada.
El gobernador había sido apresado por dos condesas que trataban, de manera efusiva, captar su atención mientras sus hijas permanecían a su lado silenciosas.
Era evidente que trataban de generar una oportunidad mas se sorprendió al ver que el caballero parecía más interesado en salir corriendo que en atenderlas. Se congratuló de verle en tal aprieto.
Pero apenas unos instantes después y sin mayores alicientes vio cómo el caballero se despedía para acercarse a otro caballero, el conde de Cavendish.
Eso sorprendió mucho a Bella quien, tratando de reprimir las ganas de interrumpir la conversación, se obligó a permanecer serena.
El conde sonreía y parecían tener una conversación animada y distendida.
No podía leer sus labios y tampoco escuchaba nada debido a la música, pero era evidente que el gobernador y él hablaban de cosas triviales.
Isabella se centró en la conversación con su hermana y su cuñado, pero por mucho que le interesase la agricultura y la nueva cosecha de los terrenos del futuro duque, su rostro le buscaba una y otra vez.
Y fue precisamente en una de esas veces, cuando se encontró que él también le estaba mirando.
El gobernador levantó la copa hacia ella y no tuvo más remedio que girar el rostro rápidamente acalorada por su metedura de pata.
Se sentía avergonzada y pensó que no había hombre más insufrible en el mundo.
Con el paso de las horas los invitados se fueron despidiendo hasta que solo quedaron los duques, Alfred y su hermana, el conde de Cavendish, el gobernador y ella.
Isabella permaneció junto a su padre mientras el gobernador se acercaba a despedirse.
A aquellas alturas de la noche había tenido tiempo suficiente para comprobar que James era lo suficientemente habilidoso como para embaucar a la gente.
La duquesa lo contemplaba encantada e incluso el duque y su propio padre parecían considerarlo con interlocutor locuaz.
Bella se preguntaba por qué se mostraba tan comedido y correcto con ellos si en verdad, era tan irritable.
―Señora duquesa, le estoy tremendamente agradecido por la invitación. Asistir a una velada de tal calidad ha sido un regalo para alguien como yo. Le deseo todo lo mejor.
―Es usted un hombre encantador, gobernador. Queda invitado a todas mis reuniones siempre que lo desee. Es fascinante escuchar sus aventuras.
Isabella tuvo que contener el impulso de poner los ojos en blanco. Por supuesto que era encantador. Parecía haberse propuesto conquistar a todos los presentes con sus palabras y buenos modales, pero ella no estaba dispuesta a dejarse engañar.
―Me alegra que haya quedado complacida ―y girando el rostro hacia el duque también se despidió ―. Duque, estaré encantado de transmitir su preocupación en la próxima asamblea.
―Quedo a la espera. Y reitero mi invitación a que me acompañe en mi próxima cacería este martes.
―Descuide, allí estaré.
No podía negar la facilidad que tenía de pasar de una persona a otra como si de una pluma ligera se tratase danzando en el aire.
―Conde, gracias por todo. Estoy deseoso de continuar nuestra conversación.
―Sin duda, sin duda.
Entonces llegó su turno. Isabella se irguió de manera retadora, cuando los ojos de James se posaron sobre los de ella.
Esperaba que le dedicase esas mismas palabras cálidas que al resto de los presentes, sin embargo, el gobernador no dijo nada.
Sostuvo ese silencio un poco más. Su mirada permaneció fija en la joven un instante más del necesario y del prudente y eso, le provocó algo nuevo.
Pero Bella no pensaba permitir que ese hombre volviera a incomodarla.
―Lady Cavendish, estoy deseando nuestro siguiente encuentro.
Había algo en la forma en que le devolvía la mirada que comenzaba a resultarle profundamente irritante.
No era su dichosa sonrisa sino la verdad graciosa que parecía ocultar tras ella lo que le llamó la atención.
¿De verdad esperaba que sus caminos volvieran a juntarse?
Se preguntó Bella. Y allí mismo, frente a todos como testigos ignorantes, juró que haría todo lo humanamente posible para evitarlo.
Fuera lo que fuera lo que ocultaba no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer. Ella era Isabella Cavendish y no vería jamás a ese maldito hombre.
―No si yo puedo evitarlo ―le respondió entre susurros.