Capítulo 3 #2
―Tiene usted razón, señor. Desde que la esclavitud fue abolida en las colonias de nuestra corona todo resulta más inestable y complejo. Algunos terratenientes todavía se aferran a las viejas costumbres y mi misión es ofrecerles… perspectiva.
―¿Y cuál es su punto de vista?
―Celebré la noticia de la libertad para todo el mundo pues no considero que nadie deba ser más o menos que otras personas.
―Sin embargo, usted ostenta un rango que está por encima de otros, señor gobernador.
En el momento en que esas palabras salieron de su boca, Bella Cavendish supo que estaba condenada. Había faltado a su promesa de no llamar la atención y, al mismo tiempo, había provocado una reacción en cadena sin apenas darse cuenta.
James Johnson la miró complacido y guardó silencio mientras analizaba con cuidado la respuesta a dar.
El conde, miraba sorprendido a su hija pues nunca le había visto interesarse por cuestiones políticas.
Heather, contemplaba ligeramente complacida la intervención de su hermana.
Había una chispa especial en su mirada que encontró conveniente dada la situación.
Y el resto de los presentes se preguntaban por qué una joven se entrometía en asuntos propios de los caballeros.
―Tiene usted razón, señorita Cavendish. Parte de mi trabajo es tratar de sofocar las posibles rebeliones que puedan surgir. Conseguir mantener una estabilidad garantiza el funcionamiento pacífico de la isla.
―¿Castigando a los libertos? ―añadió ella.
―Mi vocación no es la del castigo, señorita. Soy diplomático. El día que acepté el cargo juré ejercer mi labor con la palabra y no con las armas. Existen vías no violentas de lograr la paz.
―¿Y los viajes son placenteros, gobernador?
La isla se encuentra muy lejos y los mares pueden ser bastante peligrosos ―preguntó una de las invitadas rompiendo la dinámica entre los que había protagonizado la riña con contenido político más inesperada de la velada.
James, que se sentía atraído por las palabras de la joven se obligó a retirar la mirada y omitir el cosquilleo que había comenzado a experimentar en la nuca.
No podía negar que aquellas preguntas, la fuerza de la joven y la forma en que respondía a sus comentarios habían despertado en él algo que creía más de un año adormecido.
―No le engañaré, señora condesa, los viajes son peligrosos y muy largos. De hecho, recién acabo de regresar de una estancia en la isla. Me marché hace unas seis semanas justo después de que el capitán Williams embarcase junto a su esposa.
―¿Conoce al capitán Williams? ―preguntó Heather quien parecía no haberse dado cuenta de la presencia del gobernador en el puerto un año atrás cuando su hermana y su cuñado partieron. Momento que, por supuesto, Bella tenía grabado a fuego en su memoria.
―Por supuesto, él y su esposa, su hermana, atracaron su gran barco durante dos semanas en la isla y se alojaron en mi residencia privada.
―¿Se encontraban bien de salud?
―Sí, señora. Me complace darle información de primera mano y veraz: su hermana parecía, contra todo pronóstico, una verdadera navegante. La influencia de su esposo ha sido positiva en su actitud frente al mar.
La respuesta llamó la atención de Bella.
El gobernador había alojado a su hermana y su cuñado durante algunas semanas.
Trató de no darle más importancia y lo achacó a la necesidad de búsqueda de víveres para el viaje que habían emprendido y no a otro asunto más privado.
Si la hija de un conde llegaba a una isla gobernada por la corona británica no podía faltarle sino una gran acogida.
El gobernador lo había hecho por deber. Era evidente.
―¿Y se quedará mucho en Inglaterra, señor gobernador? ―preguntó la marquesa tratando de que la atención regresara a ella. Bella advirtió que la mención a Violet le había perturbado y que no deseaba que la joven dama acaparara más atención por su aventura pirata que ella.
―Tengo algún asunto que resolver aquí en mi patria. Permaneceré todo el tiempo que la corona me permita antes de regresar a mi misión.
―Esperamos que pueda acompañarnos el tiempo suficiente, gobernador.
Su compañía podría amenizar las reuniones sociales con sus historias más allá de la océano ―comentó una de las señoras presentes.
Bella se rio por dentro pues James había caído preso de algo mucho más grande que él mismo y seguramente, algo de lo que no podría salir airoso con su habilidad para la diplomacia: las garras de una madre con una hija en edad casadera.
Bella quedó complacida ante aquella evidencia.
El gobernador también estaba soltero y su llegada al condado despertaría los intereses de muchas madres desesperadas.
Bella sonrió por dentro. Disfrutaba. Ella no sería la única con presión.
Bella había escuchado que la condesa de Lancashire solo tenía una misión esta temporada: casar a su única hija que ya había experimentado tres temporadas sociales sin una propuesta de matrimonio.
Para una mujer de su posición era una situación complicada pues, aunque disponían del dinero suficiente para costear algunas temporadas más era la reputación de la joven lo que estaba en juego.
Tres temporadas sin propuestas podía reducir exponencialmente la atención de los caballeros y matar cualquier posibilidad de un matrimonio ventajoso.
Bella se dio cuenta de que se encontraban en la misma situación.
La única diferencia es que ella no contaba con una madre con garras afiladas.
―Ojalá pueda complacerles, condesa.
Y contra todo pronóstico esa fue la última intervención sobre la estancia en la zona del gobernador pues el duque tonó la iniciativa y derivó la conversación en asuntos más varoniles que bien se alejaban de los intereses de las damas presentes.
Bella parecía complacida y sonrió al ver que el caballero en cuestión ya no era el centro de atención de todos.
No quería que tuviera la satisfacción de tener un público receptivo a sus sonrisas y sus palabras embaucadoras.
Decidió no dedicar ni un solo pensamiento más al caballero que, por su comportamiento, no se merecía nada de ella.