Capítulo 3
No había falta darse la vuelta para identificar el rostro detrás de tales palabras.
James Johnson, el gobernador de Inglaterra en Bahamas.
Después de su tenso encuentro en la despedida de su hermana Violet un año atrás, había dedicado unos días a investigar a dicho caballero presa del enfado por su inapropiado comentario.
Aunque todavía no estaba segura de si esa inversión de tiempo fue debida a que había encontrado a un caballero tan arrogante como retador o si fue para ocupar el tiempo ante la perspectiva de encontrar una casa vacía.
Fuera el motivo que fuera, encontrarse con el maldito gobernador que había tenido el desatino de afirmar que la presencia de su hermana en un barco era mal presagio y que las damas no tenían cuerpo para navegar, le regaló la oportunidad de resarcirse.
No estaba dispuesta a que ese hombre jugara con ella de esta manera.
Así que pensó que si él era capaz de abordar a una dama en mitad de un pasillo aprovechándose de la oscuridad, ella tendría la osadía de responderle descargando en él toda la frustración acumulada en los últimos minutos.
Así que Bella Cavendish tomó la peor de las decisiones posibles: darse la vuelta.
En el mismo instante en que sus ojos se posaron sobre la castaña mirada de su mortal enemigo, como se había empeñado en nombrarlo, se lamentó.
Encontró ligeras motas oscuras en su iris que parecían provocarla para encontrar la siguiente.
Pero fue su sonrisa, burlona y ladeada, la que hizo que su mundo se tambaleara.
Bella quedó atrapada en una red invisible que solo parecía reclamarla a ella como presa.
Esa sensación le hacía sentirse confusa pues, por una parte, el tono retador de sus palabras y la audacia de su comentario le atraía por encima de todas las cosas pero, al mismo tiempo, odiaba sentirse a merced de alguien sin escrúpulos.
― El hecho de que el gobernador esté a mi lado también parece indicar que no disfruta de la maravillosa velada organizada con tanto esmero por la duquesa.
―Tal vez es que no valoro la superficialidad ―respondió él entre susurros acercándose lo suficiente como para convertir sus palabras en una provocación pero no lo suficiente como para superar la distancia de seguridad social.
―Entonces quizá debería replantearse su vestimenta ―comentó Bella repasando cada una de las medallas que el caballero tenía sobre los hombros ― ¿Acaso es necesario llevar tantas condecoraciones? Su chaqueta debe pesar demasiado.
―Valientes palabras para una dama ― añadió él complacido por el golpe que ella había aceptado devolverle.
―Inteligente juego de palabras, diría yo.
Se hizo el silencio. Él trataba de encontrar la frase más poderosa para lograr provocarle y ella, por su lado, se esforzaba por diseñar una respuesta que estuviera a la altura.
James sonrió y ella quedó complacida por la reacción que causó en él.
Él no supo qué más decir durante una fracción de segundo y ella sintió que había ganado la batalla. Un triunfo para las mujeres.
―Eso todavía está por ver, señorita Cavendish. ¿Acaso no le impresionan mis galones?
―Por supuesto que no. Algo me dice que han sido más un premio a la obediencia que al servicio a nuestra patria ―respondió Bella con rapidez.
Pero fue el tono con el que dijo la palabra obediencia que terminó por desestabilizar al joven caballero quien dio dos pasos al frente hasta apenas situarse a un paso de ella.
Aquello era, socialmente, inaceptable. Sin embargo, la tensión acumulada no permitió que ambos fueran conscientes de ello sino que sus bocas y sus miradas parecían disfrutar sin censura de aquella batalla.
―¿Cree conocerme, señorita?
―De hecho sí, gobernador.
―Entonces, ilústreme. ¿Qué opinión le merezco?
La música seguía sonando y aunque los invitados estaban concentrados en deleitarse con la interpretación de los músicos, ella comenzó a sentirse ligeramente cohibida por la situación.
Bella debía ocupar un puesto en la primera fila frente a la orquesta y sin embargo, se encontraba en un pasillo con la única compañía de un hombre que parecía empeñado en hacerle rabiar a una distancia que no estaba segura que le incomodara del todo.
En ese instante recordó las palabras de su padre acerca de su reputación.
Los constantes rechazos en las propuestas matrimoniales recibidas sumado a su comportamiento frívolo de temporadas anteriores la convertían en un blanco fácil para los comentarios malintencionados.
Podía ser el centro de cualquier salón de té y dada la delicada situación familiar que recién acababa de descubrir se encontró con una reacción impropia de ella: renunció a su reto, se sosegó y dio tres pasos hacia atrás rompiendo el contacto visual.
Debía empezar a responsabilizarse de sus actos o su futuro sería desastroso.
No estaba dispuesta a que le descubrieran en una actitud comprometedora con el gobernador y eso les obligase a un matrimonio rápido.
―Si no prestamos atención a la duquesa recibiremos una reprimenda pública por ello y no se usted, pero yo no deseo llamar la atención al respecto.
―Pensé que llamar la atención era lo que mejor sabía hacer, señorita Cavendish.
―¿Cree conocerme, señor Gobernador? ― añadió ella devolviendo la pregunta que tanto le había provocado antes.
―Puedo confirmar que sí.
Quedaba algo claro: Bella se sentía débil a sus provocaciones. Sus miradas volvieron a entrelazarse como si de un vals eterno se tratase y solo ellos conocieran los pasos a seguir. Fue en ese preciso instante cuando el caballero tomó la iniciativa de romper el contacto visual agachando la mirada.
―Espero que disfrute de la velada, señorita.
Y sin más palabras se retiró, entrando en la sala y colocándose en un extremo dejando a la joven Bella totalmente airada y con la palabra en la boca.
Había percibido el tono juguetón en las últimas palabras de James y odiaba que fuera él el que se llevase el triunfo de su conversación ante su pasividad a la hora de responderle a tiempo.
Sentía que su cuerpo ardía. Y no por pasión. Ni por deseo. No. Era rabia.
En su fuero interno, Isabella Cavendish declaró que James Johnson era el hombre más insufrible y osado del planeta.
Un caballero que no era merecedor de ninguna de las buenas palabras que se decían de él.
Se dijo que la gente era una mentirosa por naturaleza porque apenas había necesitado una conversación con él para darse cuenta que no era tan excepcional como apuntaban las palabras escuchadas por sus allegados.
Pero algo tenía claro: no se dejaría importunar más por ese hombre.
No comprendía por qué la duquesa le había invitado pero tomó la determinación de mantenerse lo más alejada posible de él.
La música siguió sonando apenas unos instantes más hasta que la sala se regocijó en un mar aplausos para los intérpretes.
Bella, que había sido incapaz de escuchar una nota musical debido a la situación, se sintió impotente y tratando de fingir normalidad aplaudió acompasándose con el resto de los invitados.
Sin embargo, aunque se había prometido ignorar al caballero en cuestión durante el resto de la velada no pudo evitar girar el rostro a la derecha con el fin de encontrarle.
Para la siguiente pieza, Bella se sentó estratégicamente en la última fila obligando a un caballero que allí estaba sentado a levantarse para cederle el asiento.
No era aficionada a la música pero pensó que, si las melodías eran capaces de amansar fieras, podrían darle a ella cierta calma.
Sentía su corazón bullir acelerado. Maldito gobernador.
Los invitados se levantaron tras terminar su ovación y pronto fueron convocados para la cena. La anfitriona y su nuera habían dispuesto con inteligencia la ubicación de cada uno de los comensales y dando algunas ligeras indicaciones todos quedaron dispuestos.
―Gobernador, nos honra con su presencia esta noche ―agradeció el duque de York levantando su copa mientras elevaba el tono de voz para poder captar la atención de los presentes. Parecía verdaderamente emocionado de la presencia del invitado inesperado.
―No puedo estar sino agradecido por esta invitación.
El duque y su esposa han sido muy amables por permitirme compartir este inicio de temporada con ustedes.
Es una velada realmente ―hizo una pausa buscando la palabra exacta pero sus ojos se posaron sobre los de la joven rebelde que tenía sentada justo enfrente a la que dedicó una sonrisa cargada de significado ― emocionante. Me siento muy afortunado.
Bella no pudo evitar preguntarse cómo había tenido la osadía de dedicarle una mirada tan cargada de significado en un momento tan inapropiado.
¿Acaso quería que todos los presentes se alertaran o les prestaran más atención de la debida?
Ya había recibido demasiadas críticas. Cerró la boca con fuerza y trató de no llamar la atención.
Por primera vez en su vida su objetivo no era ser el centro de los comentarios sino todo lo contrario, evitarlos a toda costa.
No estaba dispuesta a que la relacionaran con un hombre como él.
Sabía que necesitaba un esposo pero el gobernador Johnson sería el último en su lista. Ni si quiera el último recurso.
―Su profesión es de lo más emocionante, sin duda. ¿Puede comentarnos cuál es realmente su cometido en la isla? ¿De qué se encarga un gobernador?
―Verá, señora duquesa, mi cometido es tratar de representar de la mejor manera los intereses de la Corona y nuestra reina, tratar de mantener el orden militar y social y si las habilidades me lo permiten, favorecer el comercio.
―Unas tareas arduo complicadas, sin duda ―dijo uno de los invitados casi interrumpiendo a James ―. Sin duda tendrá que enfrentarse al gran desastre generado por la abolición de la esclavitud. ¿No es así?