La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

―Hermana, me estás asustando ―susurró Bella ante la evidencia clara de que aquello que le fuera a comentar su hermana tenía que ser tan delicado como para arrastrarla lejos de oídos indiscretos.

―Me veo en la obligación de ser totalmente sincera contigo ante la delicada situación familiar. Me cuesta creer que nuestro padre no haya compartido esta noticia contigo pero es tan delicada y apremiante que no puede esperar más.

―¿Delicada situación? No estoy entendiendo nada, Heather.

―Padre debía ser el encargado de transmitirte esta información pero no me asombra tu ignorancia. Quiero que me escuches con atención, Bella: el patrimonio de la familia Cavendish está comprometido.

―¿Comprometido? ―preguntó realmente alarmada Bella no dando crédito a sus palabras ― ¿Qué quieres decir?

―Hablé con padre hace algunas semanas a raíz de unas inversiones que mantiene con Alfred.

Como bien sabes, Alfred ha aceptado el traspaso de actividades y responsabilidades para poder ayudar a su padre en el desempeño de las labores del título y eso requiere que estemos al día de los negocios y de los números.

Padre ha perdido mucho dinero en las últimas transacciones.

El mercado de valores no ha respondido como ellos esperaban y aunque nosotros también hemos perdido, el ducado de York solo ha tenido un heredero varón y no ha pagado dote durante años.

Padre, en cambio… Isabella, hemos sido cinco hijas y…

―Hemos quemado…―comenzó a decir horrorizada.

Se llevó la mano al corazón ante tal delicada verdad.

No lo había pensado desde esa forma pero si lo que Heather le acababa de revelar era cierto se sentía culpable.

Había invertido una enorme fortuna en renovar su armario esta temporada y, además, había rechazado a ocho pretendientes con una situación económica aceptable.

―Exacto. No te lo diría si no fuera estrictamente importante pero el condado y su supervivencia se encuentra en peligro. Padre no podrá permitirse costear otra temporada social y cada negativa que envías a un futuro esposo…

―Dios, Heather, ¿acaso todo esto es verdad?

Bella sabía que era verdad. Lo notaba en la seriedad del semblante de su hermana y en la forma tan franca y directa de hablarle. Su hermana, por norma, rehuía estas conversaciones tan complicadas. Pero si en verdad era cierto, Isabella estaba en un compromiso.

―Tan certero como que tengo un bebé en mis entrañas que me obliga a acudir al servicio cada dos minutos.

―Por Dios bendito. ¿Por qué no me dijo nada?

―Creo que nuestro padre no quería añadir presión a vuestra… tirante relación. Ha compartido conmigo que vuestras discusiones por este tema cada vez son más complicadas y no quiere que sientas presión añadida para tomar una decisión.

―¿Presión añadida? Eso no tiene sentido. Hace apenas unos días me dijo que debía centrarme y tomar una decisión.

Fue en ese instante en el que Bella no pudo contener las lágrimas. Lloraba por su padre, por ella, por el legado de la familia, por su vanidad, por su ingenuidad, por haber sido tan crédula de creer que podría esperar.

―¡Es que debes centrarte y tomar una decisión! ―gritó con autoridad Heather obligando a Bella a despertar de su estupor y de su infantil comportamiento ―. Puede que no estés enamorada del hombre con el que te cases pero el cariño puede venir…

―¿Con el tiempo? Eso lo dices tú pero no todas tenemos la suerte de haber descubierto que el hombre del que llevamos enamorada años también nos corresponde. Yo no tengo un Alfred con el que desposarme.

―Pues encuéntralo.

―No es tan sencillo ―gimoteó Bella. Heather, apenada por la conversación y por la respuesta de su hermana, la tomó entre sus brazos para darle ánimos y ambas se fundieron en un afectuoso abrazo. Le dolía tener que ejercer de madre con ella pero necesitaba despertar a la realidad.

―Lo comprendo pero me gustaría pedirte que estuvieras abierta a las posibilidades. Te suplico que abandones tu empecinamiento.

―No me quiero casar sin amor, Heather.

―Lo sé pero desgraciadamente, no somos hombres, querida hermana. No podemos permitirnos ese lujo. Me siento terriblemente mal por decirte esto, pero… necesitas encontrar un marido.

El ánimo de Bella, que había comenzado haciéndole sentir imparable por tal arrebatador vestido, había quedado nublado por unas terribles lágrimas que solo descargaban la rabia y el miedo que sentía.

El abrazo que todavía les unía le recordó a Isabella su unión fraternal y lo mucho que la añoraba.

Se alegraba porque hubieran encontrado esposos afectuosos y tuvieran su propia familia pero eso solo le recordaba lo sola que estaba.

Era y seguía siendo su decisión, pero le dolía.

Ambas regresaron al salón familiar tan pronto como la voz de la anfitriona trató de llamar la atención de todos los presentes.

Quería realizar su anual discurso de bienvenida así que las jóvenes hermanas se deslizaron de nuevo entre las sombras para regresar de la mano hasta el salón.

Bella, limpiándose las lágrimas antes de que los presentes la vieran, se retocó el cabello para calmar su corazón y recomponerse.

Algo que solía hacer con frecuencia cuando las emociones la desbordaban.

Contó hasta diez y esperó a que todo en ella se calmara.

Heather se despidió de ella con un beso en la mejilla y se colocó junto a su esposo, al lado de su suegra.

Bella permaneció sola y estoica durante unos instantes.

―Bienvenidos, señoras y señores. Amigos y familiares.

Sed todos bienvenidos a esta maravillosa velada.

Como todos los años, nada nos complace más al duque y a mí que poder celebrar la entrada de la temporada con todos ustedes.

La familia y las amistades más cercanas son el mayor regalo así que esperamos que puedan disfrutar del concierto y del baile de esta noche.

Pero antes de dar paso a esta magnífica velada, me gustaría dar las gracias a mi hijo y a mi nuera por el gran regalo que nos han hecho al duque y a mí: un heredero.

―O una heredera, madre. Todavía no lo sabemos.

―Oh, Alfred. No le quites la ilusión a esta pobre mujer. Estoy segura que mi intuición no me falla y pronto tendremos un barón correteando por los pasillos de esta casa.

Todos los presentes se rieron ante el comentario del joven duque y de su madre.

Esas risas fueron acompasadas por miradas de sorpresa pues nunca antes la duquesa se había mostrado tan distendida en sus discursos o comentarios públicos.

La madre de Alfred era una especie de columna cuyos textos parecían escritos a golpe de cincel y así su rostro debía reflejarlo.

Sin embargo, había orgullo y amor en su tono y en su mirada y eso hizo feliz a Bella quien, a pesar de conocer el talante de la suegra de Heather, supo que ella había sido aceptada y que era feliz con su familia política.

Puede que el discurso de la señora tuviera algunas frases más pero, en un momento dado, el cerebro de Bella dejó de reaccionar y de ser consciente de la realidad pues algo ocupó toda su realidad.

Su familia, su futuro y su dote estaba en peligro.

Nunca había sido tan duramente reprendida con palabras que transmitían tanta confianza y afecto.

El golpe de Heather había sido tan contundente que Bella todavía no sabía cómo se iba a adaptar a esta nueva realidad que le exigía, con apremio, renunciar a sus sueños de libertad por disponer de seguridad.

Sin darse cuenta, Bella dio varios pasos hacia atrás hasta quedarse a la entrada de uno de los pasillos que llegaban al salón.

Allí dejó que las voces siguieran apagadas, que las sombras le absorbieran y rezó para que sus sentimientos no le hicieran sentirse miserable.

―¿Está huyendo de la multitud, señorita Cavendish?

Esa voz. Profunda. Directa. Seductora.

Bella Cavendish fue consciente en este preciso instante de la verdad detrás de las definiciones de las absurdas novelas románticas que leían sus hermanas pues, contra todo pronóstico, aquella voz que un año atrás le había llamado tanto la atención acababa de lograr que sus piernas temblaran con apenas una simple frase.