Capítulo 2
Toda la casa bullía ante los preparativos de la partida del señor de la casa y de su hija al primer evento de la temporada.
Por un lado, el señor Cavendish, cuyos años de experiencia le otorgaban la serenidad que ante todo un señor debe tener, esperaba paciente en el escritorio de su despacho terminando de responder a unas misivas de su cuñado acerca de una inversión que mantenían en común.
Y tras atender sus obligaciones se sirvió una copa de brandy, se sentó en el sillón frente a la chimenea y dio un sorbo mientras un sonrisa cálida y relajada se dibujaba en la cara.
Estaba tranquilo. Sabía que su hija podía tardar bastante tiempo.
Había pasado más de una semana desde su última discusión y solo rezaba a Dios para que su última hija hubiera recapacitado sobre su comportamiento.
Bella, por su parte, había seleccionado un precioso vestido de color rosa empolvado que parecía flotar en el aire por la delicadeza de sus tejidos, la sencillez de sus encajes y la profesionalidad de sus acabados.
Sin duda, un vestido que no dejaría indiferente a ninguno de los pretendientes y que esperaba captar la atención de todas las miradas.
Pero también, el enfado de la anfitriona pues no toleraba que ninguna de las jóvenes pudiera tener un vestido superior al suyo.
Mientras su doncella terminaba de arreglar su recogido que permitía lucir con mayor esplendor el escote revelando unos pechos ya no tan inocentes, apreció que algo faltaba en su rostro.
Alargó la mano y con cuidado abrió uno de los cajones del tocador.
Allí, protegidos por una fina capa de seda rosa se encontraban unos pendientes de perlas.
Eran los pendientes de su querida madre.
Por un instante, se sintió poco merecedora de ellos pero, cuando decidió ponérselos algo cambió en ella.
Por alguna inexplicable razón sintió el peso del título más allá de la belleza que acompañaba a su delicada forma.
Se miró y no vio a una joven atractiva. Vio a una joven irresponsable que no lograba estar a la altura de su madre e incluso, de sus propias hermanas.
A una joven que no era capaz de satisfacer la demanda de su padre de encontrar un esposo.
A la víctima de comentarios y cuchicheos.
Esos pensamientos que siempre le atacaban cuando las conversaciones se apagaban o cuando, por un instante, se permitía ser débil.
Eso, le dolió pero tan rápido como esos pensamientos horribles sobre ella misma se cruzaron en sus pensamientos trató de apagarlos con una gran sonrisa y un chasquido de dientes.
Bella Cavendish se sentía espléndida, preciosa y capaz de inspirar sentimientos cálidos en todos los presentes pero, ante todo, sintió que la noche iba a ser suya. No dejaría que sus inseguridades le arruinaran una espléndida velada.
El viaje a la residencia de los duques de York fue tranquilo, con una ligera tensión entre los ocupantes de la calesa pero sin mención alguna al propósito a lograr en la temporada.
La temperatura era moderada y aunque Bella había decidido llevar una ligera capa como complemento al vestido se dio cuenta que no era necesario.
Bella y su padre esperaban encontrarse en casa de los duques de York con su hermana e hija, Heather, su cuñado y algunos amigos inestimables de la familia.
La capacidad del señor Cavendish para hacer negocios solo era equiparable a su habilidad para entablar amistades y mantenerlas en el tiempo.
El señor York, compañero de trasterías desde su más tierna infancia, era su mayor valedor y gracias al matrimonio entre sus hijos, ahora, también familia.
―Isabella, querida, está realmente espléndida esta noche.
Este vestido es definitivamente exquisito.
Es evidente que su padre no ha escatimado en gastos para la velada ― dijo la anfitriona en el momento en que la joven dama y su padre llegaron a la residencia de los duques.
La suegra de su hermana, una mujer con tanta fortuna como ego, necesitaba dar la bienvenida particularmente a cada uno de los invitados pero, ante todo, para medir la calidad de la inversión en la indumentaria de las jóvenes que asistían.
No podía tolerar que las vecinas hablasen que sus invitados no estaban a la altura.
―Siempre tan atenta, duquesa ―respondió la joven agarrando con fuerza en brazo de su padre ―. Mi padre ha sido muy generoso en mi asignación para esta temporada.
―Y no es para menos. Algo me dice que será su última temporada social, querida.
Bella fue incapaz de interpretar ese comentario.
Una parte de ella quería creer que eran las esperanzas de la duquesa floreciendo de una renovada amistad para comunicarle que estaba segura de que esta temporada encontraría un marido pero, lo que realmente pensaba Isabella es que la duquesa le estaba alertando que no habría más temporadas.
Que no encontraría un marido. Que se quedaría sola.
Maldita mujer, pensó Bella. Quería dejarse llevar por esa mirada tan directa de la duquesa que inclinaba sus pensamientos hacia esa segunda opción pero no podía dejar que sus sentimientos salieran a relucir en público.
―No se preocupe, duquesa. Nada me complacería más que encontrar a dicho caballero.
―Pues espero que así sea aunque no estoy muy segura que en esta velada encuentre a uno que… bueno, que no haya rechazado.
―Oh, querida ―interrumpió el marqués advirtiendo que su esposa estaba a punto de generar un nuevo conflicto con su familia política ―. Dejemos a la señorita Cavendish disfrutar de una frívola noche. Tiene toda la temporada por delante para romper corazones.
―Evidencio la verdad, querido.
―Pues yo prefiero acompañar la verdad con una deliciosa y cara copa de brandy. ¿Me acompaña, amigo mío?
―Faltaría más ―añadió el conde.
Primero entró el marqués, quien sirvió de guía a su buen amigo y su hija hacia el interior de la majestuosa casa.
Allí, Bella se deshizo del abrazo antes de dedicarle una última mirada a su anfitriona quien seguía recibiendo con cortesía pero con una mirada viperina a sus invitados.
La marquesa no había cambiado. Durante años había tenido una pésima opinión de Violet y de Isabella Cavendish por no ajustarse a los parámetros de damas educadas y sumisas que le obedecían buscando sus alagados y se había encargado de recordárselo en cada ocasión.
Casi de inmediato, Bella localizó, al final del gran salón, a dos de sus personas favoritas en el mundo así que, despidiéndose de su padre, se marchó a paso acelerado hasta ellos.
Heather y su marido, Alfred, conversaban animadamente entre ellos luciendo realmente felices.
Pero fue en ese instante, cuando la mano de su cuñado se posó en la tripa abultada de su hermana, cuando sintió una punzada similar a los celos en su corazón.
La llegada de la siguiente generación del título de duque de York era la noticia más sonada de los últimos meses pues no solo la propia abuela de la criatura se había encargado de anunciarlo en cada rincón del condado sino que la propia prensa y los corrillos de los sirvientes se habían esmerado en rellenar los lugares a los que ella no podía acceder.
Puede que Bella no estuviera preparada para ser madre pero envidiaba la sensación de protección, cariño y atención que su cuñado le procesaba a su hermana.
Estaba tremendamente feliz por convertirse en tía de nuevo y ver esa alegría en sus rostros.
Una plenitud de corazón que vivía en su corazón pero que, al mismo tiempo, le recordaba lo muy lejos que estaba de lograr vivir ese mismo instante en sus propias carne.
―¿Es posible que pueda crecer más esa barriga tuya? ―preguntó en todo divertido Bella cuando llegó a la altura de su hermana. Heather, que ya tenía más de ocho meses de embarazo, se lanzó a abrazar a su querida hermana.
―Charlotte dice que todavía puede crecer más.
―Entonces es probable que tu devoto esposo deba usar una carretilla para poder llevarte de un lado para otro.
―Le propuse esa misma idea hace dos semanas cuando trató de subir los peldaños de las escaleras de dos en dos ― dijo Alfred con tono divertido mientras acariciaba el rostro de su esposa.
―¡Sois unos exagerados! ¡Los dos!
―Permítenos que nos riamos de esta situación, querida hermana.
―No seas tan malvada, Bella, o no podré evitar devolverte el favor cuando estés en mi situación.
Por un instante, Bella se quedó sin palabras.
―Me temo que para poder quedar en cinta necesitamos un ingrediente que todavía no tengo a mi alcance.
―Eso es porque eres demasiado obstinada. Precisamente ingredientes no te han faltado. Padre me ha comentado que…
―Vaya… creo que me reclaman en alguna conversación al otro lado de la sala ―se disculpó Alfred con poco atino pues quedó totalmente claro que no deseaba ser testigo de una conversación íntima entre hermanas.
Conocía a su esposa lo suficiente como para saber que, a continuación, reforzaría la opinión del conde en lo que al matrimonio de su hija se trataba y eso, sin duda, enrarecería el distendido ambiente creado instantes atrás.
―Bella, nuestro padre me ha comentado que has rechazado al vizconde.
―Desde luego, el caballero tenía el doble de mi edad y una afición un poco siniestra. No quería despertarme cada mañana con un zorro disecado mirándome desde una repisa en el dormitorio. ¿Te imaginas las pesadillas?
―Comprendo que es una decisión delicada y muy definitiva pero, dada la situación, me temo que no puedes permitirte el lujo de rechazar a nadie más.
―¿Dada la situación? ¿Qué quieres decir?
―¿Acaso no te lo ha dicho? ― cuestionó Heather ante la pregunta de su hermana. Miró a un lado y a otro de la sala y tomando a Bella del brazo la arrastró con cuidado hasta uno de los pasillos cercanos al salón que conducían hasta el despacho del duque.