La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5)
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Capítulo 1
Casi un año completo había transcurrido desde que su querida hermana Violet había abandonado el hogar familiar al casarse con el capitán de un navío y juntos habían decidido viajar por el océano a descubrir el mundo.
Una arriesgada aventura que Isabella, la menor de las hermanas Cavendish, no lograba comprender del todo pues ambas eran fieles devotadas de los bailes de salón, las casas del té y deseaban, con mayor intensidad cada año, la llegada del inicio de la temporada social.
La sola imagen a su hermana sobreviviendo en un barco o disfrutando de ello le parecía insólito.
Sin embargo, a miles de leguas de distancia y con un barco como aval, Bella había perdido a su compañera de armas en esta nueva aventura.
Isabella, que siempre se encontraba ociosa y con mil quehaceres y reuniones sociales, había encontrado en su gran residencia familiar una soledad que jamás antes había experimentado.
Muchas habían esperado que el silencio atronador de los pasillos y la falta de personas con la que discutir impulsaran a la joven a asumir las responsabilidades propias de su posición en la casa.
Sin embargo, y para el castigo de su padre y del ama de llaves de la casa, la joven dama no tenía ni el atino ni la fuerza de voluntad para desempeñar esas actividades.
De hecho, era la peor señora de la casa que la hacienda familiar había tenido.
Y no era de extrañar pues sus hermanas mayores siempre se habían encargado de esas tareas y sus preocupaciones habían sido nulas.
En definitiva, había vivido una vida ausente de obligaciones que requirieran compromiso, diligencia e incluso, concentración.
En definitiva, a ojos de cualquier señora de la alta sociedad y de sus propias vecinas: Bella Cavendish era una irresponsable, inmadura y poco comprometida joven.
Ella era consciente de que esos comportamientos le colocaban en una posición complicada y que, en el fondo, necesitaba aceptar una propuesta matrimonial pues eso se esperaba de ella.
Dato que quedaba reforzado por las constantes presiones provenientes de su padre, algunas de sus hermanas e incluso, de algunos entrometidos vecinos que se creían en el derecho de poder opinar acerca de su futuro conyugal.
Sin embargo, el señor Cavendish sabía la verdad: casar a la última de sus hijas podría ser harto complicado pues la joven parecía empeñada en rechazar a todos y cada uno de los pretendientes que el conde, así como algunas personas allegadas a la familia habían tenido a bien presentarle generando múltiples enfrentamientos con su padre.
Y es que Bella no estaba dispuesta a contraer matrimonio con cualquier hombre.
Pese a que sus cualidades eran desastrosas tenía en muy alta estima su valor, su belleza y, ante todo, la fortuna de su familia.
Pero, por encima de todas las cosas, Bella no estaba dispuesta a que ningún hombre le coartara su libertad.
Había escuchado demasiados testimonios en boca de otras féminas de cómo su brillo se había apagado al encontrar esposo y ella no estaba en predisposición de perderse a sí misma.
El último de los desafortunados en recibir una negativa por parte de la dama fue el vizconde de Bearsted, un viudo de mediana edad con gran fortuna, terrenos y con un futuro prometedor en ciertos negocios en la capital.
Sin embargo, una carta de apenas dos palabras había sido el único detalle que Bella había tenido la voluntad de entregarle en respuesta a su propuesta de matrimonio.
Y sin lugar a dudas, en cuanto la noticia llegara a oídos de su padre estaba segura que un nuevo trueno resurgiría en la casa, aunque ella todavía no era consciente de lo mucho que podía retumbar el sonido de tal desaire.
―Isabella Marie, ¿puedes bajar ahora mismo? ― gritó el conde desde el salón de la casa. Algo realmente impropio de un hombre de su posición, pero la situación y los nervios desmedidos eran solo el augurio de que algo estaba por ocurrir.
―¿Que desea, padre? ―preguntó la joven que con tranquilidad absoluta mientras descendía por las escaleras.
―¿Sabes qué es esto?
El conde trató de moderar su tono para no terminar de llamar la atención de los sirvientes pero le resultó imposible no airear la terrible carta que había llegado a su mesa esa misma mañana.
Una carta que había estropeado su plan de poder dedicarse de lleno a leer un atlas y que, sin duda, le había provocado una jaqueca.
―Puede que mi vista me falle, padre, pero jugaría que es una carta.
―Muy observadora, Isabella― añadió el conde con ironía―. Verás, es una carta de la madre del vizconde Bearsted
en la que me comunica lo apenada que se encuentra por la tosca negativa de mi querida hija a la propuesta de matrimonio de su hijo, el vizconde.
Me dedica unas duras palabras como padre ante la falta de educación de mi hija y pone en cuestión la reputación de este título.
De la misma manera, me desea la mejor de las suertes para encontrar un esposo que esté dispuesto a pasar por alto ciertas cualidades vistas en ti.
―Padre, ambos sabemos que el vizconde no es precisamente un hombre lozano que pueda ser diestro en las artes del amor.
―Eso no importa, por Dios bendito. ¡Es el octavo pretendiente que rechazas en estos meses, Isabella!
―¿Ocho? ¿De verdad? ―preguntó fingiendo sorpresa ― Vaya, no llevaba la cuenta.
Pero sí que lo hacía. Y por las noches trataba de recordar sus rostros y el listado de reproches que había alegado para rechazarlos.
Afición al alcohol; al juego en el segundo caso; demasiados viajes al extranjero en lord Maximiliam; demasiados pocos viajes en su propio hijo de lord Maximiliam; falta de carisma e incluso, de vida en el rostro; demasiado mayor como para resistir dos inviernos; el caballero sin ápice de conversación; y, su favorita, el amante de la taxidermia.
―Isabella, después del suceso con tu hermana Charlotte prometí que jamás volvería a manipular ni obligar a ninguna de mis hijas a contraer matrimonio con alguien que no os provocara sentimientos de afecto pero esto ya escapa a toda la compresión posible.
He sido flexible pero mi voluntad tiene un límite.
Este caballero merecía más que dos simples palabras.
―Lo siento, padre, pero no era adecuado.
―Puede que no lo fuera pero merecía tu atención por más tiempo.
―Si mi intención era rechazarlo, ¿para qué darle esperanzas postergando una relación que no sería fructífera?
―Es precisamente ese comportamiento el que nos está condenando, Isabella. El apellido familiar está en entredicho y somos el hazmerreír en todos los eventos sociales.
― Padre, es usted un hombre muy sensato. Estoy seguro de que…
―¡Parece ser algo que tampoco has heredado! Hija, el vizconde era uno de los últimos solteros con título que han aceptado casarse contigo. Nuestro título nos da posición pero tu reputación...
―No deberíamos prestar atención a esas habladurías, padre.
―Precisamente la opinión es de esas personas es importante, Bella. Tienes veintitrés años y es tu quinta temporada social. Quiero que aprecies la determinación en mis palabras: necesitas encontrar un esposo para desposarte o, en poco tiempo, no habrá hombres dispuestos a…
―¿Acaso no le agrada compartir casa y tiempo conmigo?
―preguntó la joven con sorna aun siendo consciente de que su padre cada vez fingía asuntos fuera de la propiedad para ausentarse durante largas horas.
Bella era consciente de que su temperamento no era compatible con la tranquilidad anhelada de su padre.
En presencia de sus hermanas, todo era más comedido y se podía dividir la responsabilidad del caos pero, a pesar de que era una sola, Bella era capaz de convertir el silencio más sepulcral en una escena capaz de sacar a cualquiera de quicio.
―No puedes evitar el matrimonio, hija. Es algo inevitable. Si fueras un varón podrías tener la licencia del tiempo pero no lo eres. Cada vez estoy más mayor y el tiempo apremia, necesito asegurar tu futuro o…
―Padre, ninguno de los solteros que ha escogido era... Apto.
―¿Apto? Se te están acabando las opciones.
Por desgracia, no hay una lista infinita de solteros disponibles.
Tu comportamiento de los últimos meses ha emponzoñado tu popularidad y opacado el ánimo de los caballeros que buscan esposas jóvenes.
Si tu madre estuviera aquí sería más diestra en encontrar un compañero aceptable pero, en su ausencia, yo debo hacerme responsable. Y no lo estás poniendo nada fácil.
Bella lo percibió en la mirada de su padre: algo había cambiado.
Hasta el momento, se le habían concedido demasiadas licencias para rechazar a los caballeros sin recibir nada más que un comentario o reprimenda en privado pero la fuerza que su padre desprendía le remarcaba que, a partir de esta ocasión, no se tolerarían más problemas.
―Padre, puede que si tuviéramos en consideración…
―Puedes ser todo lo terca que quieras, Isabella, pero si no eres tú quien toma la decisión lo haré yo por ti.
―No se atreverá, padre ―respondió la joven con un tono que trató de fingir autoridad pero que, en realidad, trataba de enmascarar un miedo creciente.
―Eso está por ver.
Aquella amenaza quedó marcada en la mente de la joven mientras los pasos de su padre abandonaban la sala. Bella, con el calor de la discusión todavía en el pecho se sentía molesta e irritada.
No lo diría en público pero estaba de acuerdo con su padre.
Era consciente de que sus posibilidades matrimoniales cada vez eran más escasas y que el vizconde era un tren importante que había dejado pasar.
Pero Bella no deseaba entregar su mano a cualquiera y mucho menos, su corazón.
Ella era una mujer brava y si debía perder su libertad por un hombre quería que fuera por uno capaz de hacerle perder la razón y no por un hombre cuya prominente tripa no le permitía divisar sus pies.
Ella solo ansiaba y pedía a Dios tener un matrimonio tan dichoso y lleno de amor como el de sus hermanas pero teniendo en cuenta los pretendientes que habían declarado sus afectos en los últimos meses ese escenario idílico cada vez estaba más relegado al ámbito de los sueños.
Pero por mucho que el conde recalcase las escasas virtudes que tenía su hija que la tildaban de arrogante y vanidosa, Bella Cavendish era mucho más de lo que aparentaba ser.
Al criarse rodeada de cuatro hermanas que despuntaban en serenidad, intelecto y otras cualidades, ella tuvo que crear una coraza que le permitiera ser única y poder tener una esencia que fuera diferenciadora y diametralmente opuesta a la de sus hermanas.
Si Charlotte era la inocencia y la serenidad propia de una dama, Susan la picardía y sensualidad, Heather la sensatez y la calidez y Violet la más caprichosa de todas ellas, Bella tenía que deslumbrar al mundo con una luz rebelde e incorregible.
Ser una mujer que dejara una impronta imposible de olvidar.
Por ello, y con gran esmero, había tratado de ocultar alguna de las aficiones o capacidades que pudieran hacerle destacar.
Era diestra en la conversación pero comedida cuando debía guardar silencio; le gustaba estudiar sobre economía, botánica y geografía; devoraba de novelas de misterio e incluso, se había atrevido a esbozar sus primeros capítulos en unos papeles que guardaba a buen recaudo en uno de los baúles de su dormitorio.
Le apasionaba el baile, tenía habilidad para el lenguaje del abanico y le fascinaban las relaciones sociales.
Pero, la mayor de sus cualidades era la que le permitía ser y sentirse libre: la equitación.
Era la mejor amazona de la familia Cavendish.
Pero por mucho que ella ansiaba la libertad y no depender de un hombre, su padre tenía razón.
El tiempo corría en su contra y sus posibilidades de ese romance intenso se agotaban a cada instante que pasaba.
Puede que no estuviera dispuesta a tomar la decisión en firme pero la posibilidad de mostrarse receptiva a un caballero se abrió ante ella.
Lo único que refrenaba aceptar atenciones de otra persona era su miedo a no ser ella misma.
El concierto en casa de los duques de York era, como cada año, el pistoletazo de salida de la temporada social.
Un evento al que asistía toda la élite de la zona y que, como amigos de la familia, era imposible declinar su invitación.
Rechazar una expresa misiva de la duquesa, podía ser, con casi total certeza, una llamada al ostracismo y dada la inestable y precaria situación social de Bella Cavendish, no se lo podía permitir.
Y mucho menos desde que un vínculo familiar les unía ya que su hermana Heather se había casado con el futuro duque de York, Alfred.
Así que, con una letra pulcra y con esmero, respondió agradeciendo a la señora la deferencia de la invitación.
Y allí estaba, sentada en el escritorio del salón cuando un recuerdo le invadió.
Se vio a sí misma jugando a las cartas con su querida hermana Violet mientras compartían confidencias en el sillón doble que tenía justo en frente.
Violet y Bella compartían su pasión por la temporada social y para ellas, todo baile, concierto o cena de gala era un motivo más perfecto para sacar a relucir sus mejores galas, hacer alarde de sus talentos y poder llamar la atención de futuros pretendientes.
Eran, por encima de todo, unas herederas consentidas.
Pero era la calidad de esas risas, la complicidad entre ellas y el abrazo tan tierno que se dieron después lo que caldeó el corazón de la joven Cavendish.
Puede que Bella tuviera carácter pero, ante todo, echaba en falta a todas sus hermanas.
Se sentía sola en esa casa que no era capaz de gobernar ni dirigir.
Jamás lo reconocería ante su padre o ante cualquier otra persona pero le avergonzaba no ser capaz de pedir ayuda.
Por supuesto que le dolían los comentarios de su padre e incluso la mirada de los sirvientes que la tachaban de inepta.
Pero, por más que ella quisiera, su orgullo le impedía pedir ayuda y por eso, todavía no era consciente de que estaba perdiendo grandes momentos en la vida.