Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #10
Cuando recuperé las cosas y conseguí vestirme hice un pequeño balance de mi vida: el teléfono aún funcionaba. En la cartera tenía veinte euros. Podía ser peor. En un bolsillo de la chaqueta encontré el recibo de la Clínica Huellas. Lorena había dicho algo de que tenía que ir por allí.
Me levanté con decisión, pero en cuanto di cuatro pasos decidí coger un taxi.
—Usted dirá, amigo.
Dudé. El cuerpo tiraba para casa. A descansar. Pero la vida es corta para todo lo que hay que hacer. Decidí que ya descansaría. Algún día.
—A Alza-Down, en la calle Portela, debajo de la Escuela Oficial de Idiomas.
Treinta y cinco
12:39
Vomité en el taxi. La vida es así de caprichosa. El agente novato lo había hecho al ver el cadáver de mi hermano. Yo solo había tardado un poco más. El taxista no pilló la gracia. Le dejé el billete de veinte para pagar la carrera y la limpieza.
Argos jugaba rodeado de niños en el ensanche ajardinado de la entrada de la asociación, encantado de tanta atención y tanto cariño. Cuando bajé del coche levantó la cara y trotó hacia mí, como dicen que hacen los perros cuando ven a sus dueños.
Me senté en un banco a rascarle las orejas. Detrás de la izquierda tenía un apósito.
Y otro en un costado.
—Casi no lo contamos, amigo.
Por toda respuesta se subió al banco y se acomodó en mi costado, ofreciéndome el lado bueno. El dolor de cabeza iba remitiendo. Cuando vi salir a Lorena la molestia desapareció casi por completo.
—Hola, Carlos. Qué pronto te dieron de alta. ¿Estás mejor?
Otra vez aquella mirada. Podría matarme allí mismo y me dejaría.
—Ahora sí.
Le hizo gracia. Mi aspecto despertaba en aquella mujer cierto instinto de protección. No era el instinto que yo buscaba despertar en ella, pero hay que coger lo que la vida te da.
—¿Puedes llevarnos a casa? No tengo dinero para otro taxi.
Nos miró. No tenía claro cuál de los dos le daba más pena. Ya me daba igual.
—Claro. Pero antes deja que te invite a comer.
Sonrió. Y me dejé matar.
Treinta y seis
16:04
Comimos sin prisa en la terraza de la central, en la plaza de la Constitución.
Me dolía la nuca al hablar y al masticar, pero no al beber, así que callé más de lo que hablé y tomé más vino que risotto.
Cuando nos despedimos me pareció ver una luz más tibia en sus ojos.
Me dio la sensación de que algo había cambiado. No sabría decir si en ella o en mí.
Bajé paseando hasta el puerto, intentando acomodar las juntas y haciendo un inventario honesto de daños.
Antes de entrar en el portal me acerqué a la efigie de Elduayen, en los jardines de las Avenidas, casi enfrente del portal.
Allí seguía el indigente, como siempre, en el banco.
Me senté junto a él, con Argos a mis pies.
—Hola, Atticus.
Fue como un resorte. Pegó un salto y echó a correr a toda velocidad. A los cincuenta o sesenta metros miró hacia atrás y frenó la carrera. El perro y yo seguíamos en el banco. El resto de la calle ignoraba con hastío nuestra presencia. El universo, en general, también.
Me reconoció. Después de unos instantes mirándome y mirando a su alrededor, buscando una trampa que no era tal, volvió caminando, despacio, hacia nosotros, con cara de sorpresa.
Se sentó de nuevo. Olía mal. A tripa de pescado o algo así. La ropa era un montón de harapos, pero sin exagerar. El disfraz era muy bueno.
—¿Cómo lo supiste?
En un momento así es muy difícil no inflarse con aire de suficiencia.
De sabiduría antigua y poderosa. De aguda inteligencia.
Tal vez en otras circunstancias. Recién llegado del hospital, con la cabeza reventada, media botella de godello en el cuerpo y el collarín apretando la garganta, el único aire que conseguí reunir fue el de un suspiro de agotamiento.
—La sirena.
Me miró sin entender.
—Cuando hablamos por teléfono la segunda vez escuché la sirena del bote del práctico junto a tu voz a través del teléfono.
Estaba escuchando el mismo sonido desde el balcón.
Tenía sentido. Sabías dónde vivía Rouco y estabas buscando algo que él tenía.
Era lógico que estuvieses vigilando. Por otro lado, en mi trabajo he conocido a muchos vagabundos.
Y había algo en tu presencia que no encajaba en el patrón: demasiada persistencia.
Poca movilidad. Los mendigos hacen mucha calle en busca de contenedores de basura llenos, de transeúntes generosos, o simplemente de un golpe de suerte.
No pasan días tumbados en el mismo banco.
De todos modos, no estaba seguro hasta que echaste a correr.
—Ya me dijo Rouco que eras listo.
Lorena y la pediatra habían dicho lo mismo. Decidí dar por válida la muestra.
—¿Qué es lo que buscamos? Ayúdame y, tal vez, lleguemos a alguna parte. Porque yo no he encontrado nada entre las cosas de mi hermano. Y creo que los enviados del obispo tampoco.
Se quedó callado mientras Argos lamía su mano.
Era joven, no llegaba a los treinta. La delgadez y el disfraz acentuaban las ojeras y el océano de desesperación que yacía en su fondo.
Aquel hombre no estaba allí por deporte, o por sentirse útil ayudando a la Policía.
Su cara me resultaba familiar. Hasta el pestazo a podrido tenía algo que. ..
—¡Tú eres hermano de Galván!
Abrió aún más los ojos. Casi tanto como yo. Pensé que iba a echar a correr por segunda vez. No lo hizo.
Cuéntame todo, anda.
Treinta y siete
16:27
—No hay mucho que contar. Ya conoces la historia. Yo también estudié en el San Gabriel.
—¿A ti también...?
—No. A los espabilados nos dejaba en paz. Sabía de sobra quién era presa fácil y quién no.
—Pero ¿sabías lo que estaba haciendo con tu hermano?
Bajó la cabeza. Allí estaba: la culpa. Años de culpa. Siglos enteros de culpa anidada en el corazón de las víctimas. El ministerio de la paz haciendo la guerra. Los inocentes pagando por los pecadores. Como siempre.
—Con quince años no se puede. A esa edad uno tiene miedo de todo.
—Pero juraste volver.
—Algo así.
—¿Y Rouco?
—Di con él mientras buscaba por mi cuenta. Al principio pensé que era otro cliente.
—¿Cliente?
—En la pornografía infantil hay mucho negocio.
El material se vende a buen precio. Clientes de altura, principalmente hombres: empresarios, políticos, gente de mucho dinero y pocos escrúpulos.
Cuanto más dinero, menos escrúpulos. Pero hay que moverse en el internet profundo, lejos de las páginas indexadas por los buscadores.
En esos callejones oscuros fue donde conocí a Xabier.
Allá donde dirigiese la vista el mundo de los hombres era una cuadra. El tufo de Atticus era una magnífica metáfora.
—Y decidiste ayudarlo.
—Ese mundo funciona por recomendaciones y contactos de primera mano.
Como los clubes de la alta sociedad. Para tener acceso a un nivel es necesario tener una invitación de algún miembro.
Yo ya llevaba camino adelantado, pero la Policía dispone de mejores recursos para convencer a este tipo de gente de que la cosa va en serio.
Por eso, cuando descubrí a Rouco, decidí colaborar con él y abrirle algunas puertas.
Pensé que entre los dos llegaríamos más lejos.
—¿Así conseguiste las fotos que me enviaste?
—Eso solo era el principio. Queríamos llegar al servidor principal.
—Pero no por los mismos motivos.
Bajó de nuevo la cabeza. Cuando la levantó su mirada estaba encendida. Con una furia suicida y familiar.
—Rouco quería desmontar la red. Localizar las compras, identificar a los pederastas, a sus clientes y a las víctimas. En fin, hacer su trabajo.
En ese punto del diagnóstico coincidíamos plenamente.
—Y a ti no te bastaba con que la justicia se pusiese en marcha.
—¡Ya pasamos por eso! ¡Años de espera para que un juez acabara exculpando al obispo porque no consideró válida la declaración de mi hermano!
—Ya. Tú preferías coger un atajo.
—¿Atajo? No. El único camino. Esa sabandija tiene muchos recursos. No lo veremos en la cárcel. ¿Apostamos?
Ahora fui yo el que se quedó callado. Era joven y estaba en lo cierto, aunque no tuviese razón.
—Rouco dio con la dirección del servidor el día que lo mataron. No me lo quiso enviar. Dijo que lo tenía bien guardado y que iría con él al juzgado.
—¿Eso es lo que está buscando todo el mundo? ¿Una dirección de internet?
—Sí. Pero no es una dirección pública, de las que aparecen en los buscadores. Se trata, simplemente, de un número de doce dígitos. Cuatro grupos de tres, separados por puntos. Como el que te envié a ti.
—¿Y qué piensas hacer si lo encuentras?
Me miró fijamente. Su mirada hablaba de cosas que yo conocía de verlas en los ojos de mucha gente que acababa haciendo lo que no debía.
—Si das con algo, llámame. Ya tienes mi número. Tal vez yo tenga algo que te pueda interesar.
—¿El qué?
—El nombre del asesino de Rouco.
—¿Cómo?
—No pensarás que el obispo fue capaz de matarlo con sus propias manos. Tal vez a Clara, pero ¿a Rouco? Imposible. Alguien le ayudó. Y no creo que fuese tu amigo Telmo. Su móvil no se movió de su casa aquella noche.
—¿Y tú sabes quién fue?
—Aún no, pero puedo averiguarlo. Tengo acceso a vuestro sistema. Me lo dio tu hermano.
Volví a callar. Imaginé cosas que no debía. Maldita sea, Rouco.
—¿Hay trato, entonces?
De todos modos, no sabía dónde demonios estaba la dichosa dirección, así que dije que lo pensaría.
¿Acaso tenía otra opción?
Treinta y ocho
18:00
Prometí llamarlo si daba con algo. Prometer es un crédito tan fácil de conseguir como difícil de devolver. Porque lo cierto es que ya no sabía dónde más buscar.