Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #9
—Buenas tardes... Nos han dicho en la comisaría que han traído aquí un perro...
—¡Ah, sí, vienen por eso! Buenas tardes. Está bien, no se preocupen. Un rasguño en un costado. Ha tenido mucha suerte, por lo que me dijeron. No hay muchos perros que puedan lucir una cicatriz de una nueve milímetros.
La mujer asentía mecánicamente, esperando no sabía muy bien a qué.
—¿Tenemos que pagarle algo?
—Sí... Después les cobra mi compañera. Ahora pasen por aquí, lo tenemos en la sala de curas. ¡Hola, campeón! Nunca te había visto por aquí. ¿Es tuyo el perro?
Se dirigía al chico, que contestó con una sonrisa también mecánica.
El exceso de cordialidad no parecía encontrar el eco esperado.
Las caras eran serias. El hombre dudó, como si ya no estuviese seguro de que fuese una buena idea entregar al perro a unos desconocidos.
Pero, por otro lado, venían de parte de la Policía.
Encogió los hombros. En cuanto abrió la puerta de la sala de curas el perro empezó a ladrar y se echó encima de la mujer y del chico. Y con eso disipó las últimas dudas.
El perro lamía las lágrimas del chico mientras la mujer los abrazaba a ambos. El veterinario se reía, interpretando como alegría lo que era apenas un pobre consuelo recíproco entre tres existencias solitarias.
—¡Bien, bien! ¡Está bien, claro que sí! ¡Ya se lo dije! —Y mientras hablaba daba palmadas de satisfacción—. ¡Muy bien!
Lorena fue la primera en levantarse. Dejó a Pedro y a Argos y se acercó al grandullón mientras sacaba la cartera del pequeño bolso que llevaba colgado.
—¿Cuánto es?
—Venga por aquí... Ah, por cierto, también tengo que cobrarle el recambio del chip.
Una cosa muy rara, pero el que le pusimos el mes pasado debía de estar defectuoso.
Nunca me había ocurrido. Menos mal que guardaba una copia.
—La miró con otra sonrisa amplia, en la que no cabía más satisfacción por el trabajo bien hecho—.
Tenga, este es el que sacamos. El nuevo va bien.
Ya lo probé. Recuerde decirle al señor..
. —consultó la ficha antes de seguir— Manso, sí, el señor Manso, que pase por aquí para firmar el cambio.
Treinta y uno
19:56
Tuvieron que dejar al perro en Alza-Down antes de bajar a Beade. El hospital era moderno, pero olía como todos los hospitales desde el origen de los tiempos: a batalla, miedo y sueño interrumpido.
Preguntaron varias veces antes de encontrar la habitación, vigilada por un policía nacional, en la que un hombre, o sea yo, diez años más viejo que hacía unas horas, intentaba recuperar la conciencia tumbado en la cama y detrás de un collarín.
Cuando los vi entrar sonreí de medio lado, con esa mirada resignada y mezquina que tan bien se me daba.
—Estás hecho una calamidad. —Lorena se quedó en la puerta, dejándole a Pedro el primer abrazo, pero sin poder evitar la pulla. Escondía sus emociones detrás del cinismo. ¿De qué me sonaba eso?
—Inspector. ¿Es... está bien? —Pedro, en cambio, no ocultaba nada porque no tenía nada que ocultar. Lloraba y reía a un tiempo, mientras me intentaba acariciar sin hacerme daño.
—Estoy..., que no es poco. Lo de bien lo dejaremos para otro día. ¿Eh, no sabréis nada del perro? ¿Y de la vecina del quinto? No sé dónde coño han puesto mi ropa, y el teléfono, y no consigo que nadie me diga nada de lo que...
—¡Argos! ¡Es... está bien!
—Están todos bien, Carlos.
—Están todos bien... Mejor así. ¿Puedes preguntar por mis cosas en el control de enfermería? ¿Y pedir algún calmante?
Treinta y dos
21:02
El dolor no es lo peor. La sensación física es desagradable, incómoda pero casi nunca insoportable.
En cuanto el dolor se vuelve insoportable la cabeza desconecta.
La mía había decidido desconectarse durante un buen rato.
Desde la caída en la escalera hasta varias horas después de llegar al hospital.
Creo que empecé a despertar con el ruido intermitente y afónico de la resonancia magnética.
No, lo peor no era el dolor. Lo peor era que no me dejaba pensar, que exigía toda la atención y limitaba mi capacidad de análisis.
Pero esa advertencia ya no servía de nada.
Ya estaba en el hospital. Ya sabía que me había llevado un golpe.
Y que tenía otra cicatriz encima de la vieja cicatriz.
Ya no me servía de nada que el cuerpo siguiese avisándome de que algo iba mal.
Ya lo sabía. De sobra. Todo iba rematadamente mal.
Pulsé el timbre de la cabecera y conseguí convencer a un enfermero joven de que me trajese un par de nolotiles.
Se quejó de que llevaba no sé cuántos turnos de noche.
Se quejó de que yo no había probado la cena.
Eso era porque no se la tenía que comer él.
Se quejó de que lo llamaba sin parar y del número de pacientes que tenía que atender.
Cuando bajé las dos cápsulas con un trago de agua y se fue sentí un alivio inmediato.
Telmo. La vieja tejedora de historias era amiga de las simetrías.
La inspectora Regueira tenía razón. Había alguien dentro saboteando la operación.
Pero el Toro no era más que un soldado. Encima de él estaban otros, por lo que me había contado Lorena del ambiente en comisaría.
Casi seguro el propio Canedo. Tal vez el comisario provincial.
Quién sabe si la propia Jefatura Superior.
Mi hermano había metido el palo en una colmena bien grande.
Pero al final la cosa había quedado entre Telmo y yo.
Y en esa ocasión había ganado el Toro. No pude preguntarle nada.
Intentar averiguar lo que estaba buscando cuando registró el ático.
Seguirle la pista hasta el obispo. Terminar la faena que Rouco había dejado a medias.
Pisar la cola del tigre no siempre es buena idea.
Me levanté despacio y el dolor se multiplicó, extendiéndose por el cuello y la espalda hasta los riñones, los brazos y la cara.
Notaba la contusión y los puntos de sutura en la nuca.
Apoyar un pie en el suelo fue como pisar un cable de alto voltaje.
La descarga me dejó encorvado, agarrado al lateral de la cama, gimiendo como un viejo a punto de morir.
Lo que no estaba muy lejos de la realidad.
El agente de la puerta entró enseguida al oír mis lamentos. No lo conocía. Entre los dos conseguimos levantarme.
—¿Está bien? ¿Aviso al médico?
—Gracias, agente. No avise a nadie. Solo quería ponerme en pie, pero no imaginaba que sería tan complicado.
—Se llevó un buen golpe.
—Creo que sí. No lo recuerdo bien. Gracias de nuevo. Se montó una buena en comisaría, ¿no?
—No sé. La inspectora Regueira me envió a protegerlo. No sé nada más.
—Claro, claro. Por supuesto. Disculpe la indiscreción.
Me senté en el borde de la cama intentando recuperar el control muscular y dejé que pasaran el dolor y el mareo, lo que me llevó buena parte de la noche.
Treinta y tres
Miércoles, 31 de mayo de 2017 10:05
—Buenos días, señor Manso.
La voz era agradable y tenía forma de onda, de lluvia cayendo sobre mi cabeza. No puedo explicarlo mejor. Pero las gotas, gordas como endrinas, comenzaron a hacerse cada vez más grandes y a hacerme daño. Extendí la mano y comprobé que no era lluvia, sino granizo.
—¿Carlos?
La tempestad empeoraba. El viento me zarandeaba y el dolor de cabeza crecía con cada sacudida. Hasta que, por fin, desperté.
Una doctora me miraba con cara de sueño. También era joven, como el enfermero de la noche anterior. La conclusión fue inevitable y demoledora: uno empieza a hacerse viejo cuando todo el mundo empieza a parecerle joven.
—¿Cómo se encuentra?
Intentaba sonreír a pesar del cansancio. Yo intenté devolverle la sonrisa. Creo que con poco éxito.
—¿Aún le duele?
—Cuando se caiga de espaldas en una escalera ya me contará.
—Bien, bien. Veo que se levanta de buen humor. Eso es buena señal.
No sabía si estaba siendo sarcástica o era una de esas cosas que aprenden los matasanos para romper el hielo. A mí me daba igual. Yo ya había roto el hielo. Y el vaso.
—¿Puedo irme?
—El resultado de las pruebas no muestra fracturas ni edemas o hemorragias internas. El esguince cervical le va a dar la lata un tiempo, pero tiene usted una cabeza dura. Y suerte.
Alguien pensaba que yo tenía suerte. Eso sí que era para echarse a reír. No lo hice por si acaso dolía.
—Ya. O sea, que puedo marchar.
—Hombre, ha sido un buen golpe. Yo preferiría que se quedara para tenerlo vigilado por lo menos veinticuatro horas más. También habría que hacerle curas de la herida. Además, imagino que estará mareado y con dolor. Aquí podemos controlar...
—¿Qué le parece, doctora... —eché un vistazo al bordado de la bata— Narváez, si hacemos una cosa? Yo me voy y ya vigilo por usted, que veo que está cansada y seguro que tiene muchos pacientes. Y si noto algo vengo por aquí. Usted me deja algún analgésico para ir tirando y todos contentos.
—No sé si... Y las curas...
—Las curas, vale. Hoy hacemos una, ahora mismo. Y en un par de días me acerco a mi centro de salud a ver cómo va la cosa. No es la primera vez que paso por esto.
—Bien. Lo tiene todo pensado, ¿eh? Pero haga el favor: si nota náuseas, visión borrosa, o el dolor va a más, venga de inmediato.
Tuve que contener una náusea, fijar la vista y aguantar las ganas de pedir otro par de nolotiles antes de contestar:
—Por supuesto, doctora.
Treinta y cuatro
11:53
Antes de irme aún tuve que sortear al agente de la puerta.
Insistió en hablar con la inspectora Regueira.
La conversación fue breve. «Pase por comisaría en cuanto pueda para declarar».
«Pasaré». «Tenga cuidado y no haga más estupideces».
«Lo tendré». «Tenemos vigilado al obispo, pero no podemos garantizar su seguridad».
«Lo sé». Cargada de promesas y buenos deseos. Parecíamos dos enamorados.