Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #8
En una ocasión maté a un hombre. Y fue fácil.
Demasiado. Pero tuve que pagar un precio, porque en la vida nada es gratis.
Ni el mero hecho de vivir. Somos grumos de alta improbabilidad asumiendo el coste permanente de luchar contra el caos.
Y en esa lucha siempre salimos derrotados, dejándonos llevar por el orden natural: el que dicta que los sistemas tienden a estar distribuidos al azar.
Que todo orden exige energía. Por eso fue fácil.
Tenía el viento de la entropía a mi favor.
Y por eso pagué un precio. Porque esta sociedad pueril y farsante reclamó el derecho a cerrar los ojos.
A no ver la muerte hasta que ya la tenía encima.
Ese día juré que no volvería a hacerlo. Que la segunda ley de la termodinámica tendría que seguir haciendo su trabajo sin mi ayuda. Y que ya no le debía nada a nadie.
Pero siempre he sido poco amigo de cumplir los juramentos absurdos.
Veintiséis
15:36
La lámpara de la escalera arrojaba una luz vieja y amarilla que apenas llegaba para disipar la oscuridad entre nosotros.
Era difícil distinguir la mentira en los matices de la cara de Toro Sober, una cara que ni siquiera en condiciones normales era pródiga en matices.
Y los matices son importantes. Muchas veces son lo más importante.
Lo único importante. Lo cierto es que parecía sincero cuando me dijo que él no había matado a Rouco.
—Baja el arma, Carlos.
Empecé a escuchar los ladridos del perro. No sabría decir si llevaba así desde que había salido o acababa de empezar. Sentía el corazón golpeándome en las sienes y un sudor frío bajando por la espalda. La única certeza procedía de la empuñadura fría de la pistola.
—No.
—No hagas el tonto, joder. ¡Estás muerto! ¿Quieres estropearlo todo aún más? ¡Baja la puta pistola, cagoncristo !
Si estaba muerto, no tenía claro cómo podía estropear más las cosas, pero Telmo no era muy aficionado a la lógica formal, así que fui al asunto.
—Antes dime: ¿cobras algo por todo esto o va en el sueldo?
—¡No me jodas, Manso! Tengo que hacer mi trabajo. ¡El trabajo que tú nunca has querido hacer, maricón de mierda!
Aquella conversación no iba a ninguna parte. Yo no estaba interesado en airear nuestras viejas diferencias y el Toro no estaba interesado en hablar más de la cuenta. El perro seguía ladrando y, de pronto, al escuchar el ruido de la cerradura, recordé a Olinda.
Todo sucedió muy rápido. Intenté gritar que no abriese y, para eso, volví apenas el cuerpo hacia la puerta.
Cuando me di cuenta tenía al perro entre las piernas y un pie enorme y contundente en el pecho.
En mitad de la patada conseguí disparar, pero mientras caía de espaldas pude ver perfectamente cómo la bala destrozaba parte de la moldura del techo, muy lejos de mi objetivo, del que cada vez me alejaba más y más, a medida que mi cuerpo describía una imposible parábola escaleras abajo.
Lo supe desde el principio. Desde que había visto a mi hermano colgado del techo.
Desde entonces, o puede que antes, yo ya sabía que estaba muerto.
Mientras volaba hice un pobre balance de mi existencia.
No pude evitar un recuerdo para Pedro y su Nación Down.
Mohicanos orgullosos de un mundo que muere.
Poca gente los iba a echar de menos. Tampoco a mí.
Tardé en notar el primer impacto porque los escalones dejaban el suelo muy por debajo del lugar que hacía un instante ocupaban mis pies.
De hecho, encogí los hombros y la cabeza mucho antes del golpe y cuando choqué, por fin, contra la madera, mis músculos ya no sabían si tensar o relajar el cuello.
Noté el dolor en la vieja cicatriz, las lágrimas acudiendo sin permiso, y un torrente de pensamientos sin tino antes de que el telón cayese, por fin, dando por terminada la función.
Veintisiete
Martes, 30 de mayo de 2017 15:26
—¿Inspectora Regueira?
—¿Sí? ¿Agente Ferro?
—Acaba de entrar. ¿Lo interceptamos?
—¿Está segura?
—Sí. Es él.
—Está bien. Pero asegúrese de que no lo detenemos sin pruebas. No quiero tener que soltarlo mañana porque la jueza no lo tiene claro.
—Sabe que Manso arriesga mucho.
—Lo sabemos todos. Él, el primero. Esperen hasta estar completamente seguros.
Sandra Ferro era una buena agente. Obedecía las órdenes cuando tenía que hacerlo. Lo que no quería decir que no hiciera una interpretación personal de estas cuando consideraba que era necesario. Había tenido el mejor profesor en ese baile.
—Leo, tenemos luz verde.
—Entremos, entonces. Antes de que algún idiota se haga daño.
El portal estaba abierto y el interior era un pozo de oscuridad tras el sol de la calle.
Tardaron dos o tres minutos en acostumbrar los ojos a la penumbra apergaminada y cenicienta de la escalera.
Leo hizo un gesto llevándose un dedo a la boca mientras sacaba la pistola de la funda.
Se escuchaban voces varios pisos arriba. Y ladridos.
Comenzaron a subir despacio, con las armas en la mano y el corazón en la boca. A la altura del segundo escucharon un grito de hombre y, a continuación, un disparo y un gran estruendo en la escalera, como si el techo del edificio se viniera abajo.
De modo simultáneo, sin consultarse, echaron a correr escaleras arriba gritando tan fuerte como podían:
—¡Alto, Policía!
—¡Policía Nacional! ¡Manos arriba!
En el tiempo que tardaron en subir escucharon más ladridos, gritos y otro disparo.
Llegaron sin aliento, casi a la vez. La primera fue Sandra.
En el tramo entre el cuarto y el quinto se encontró un cuerpo desmadejado ocupando media escalera y con un charco de sangre detrás de la cabeza.
Era Manso. Se agachó para palparle la carótida mientras Leo saltaba a su lado, subiendo las escaleras de dos en dos con el arma por delante.
Pudo escuchar a su compañero cuando llegaba al rellano del quinto.
—¡Alto, Sober! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca! ¡Señora, métase dentro hasta que la avisemos! ¡Sandra, ya lo tengo! ¡Llama a la puta ambulancia! ¡Y otra puta ambulancia para perros, hostia! ¡He dicho abajo, hijo de puta! ¡Abajo!
La agente Ferro temblaba con una mano apoyada en el pecho de su antiguo inspector y la otra en el teléfono. A pesar del hilo de voz desgranaba las órdenes con profesionalidad.
Agente en peligro. Refuerzos. Ambulancia. No, no sé. Un agente. No, perdón, un civil. Y un perro. Sí, he dicho un perro.
Veintiocho
16:26
Pedro seguía a Lorena con la confianza de un hijo con su madre. Porque Lorena era también, a su modo, su madre. La madre de todos ellos. Con la ventaja de no cargar con ningún complejo de culpa por ello. Lorena estaba allí porque no concebía otra cosa en la vida que ayudarlos.
Palabras como discapacidad , integración o retraso mental solo tenían sentido desde esa perversa curva estadística que define, en último término, la normalidad .
Y todo su poder desaparecía, en cambio, como arena entre los dedos, cuando Pedro le sujetaba la cara entre las manos para estamparle un beso.
Los antiguos sumerios se preguntaban: ¿cuánto es un Dios más que otro?
Lo que no es más que otra forma de preguntarse: ¿cuánto es un ser humano más que otro?
Sabía que ellos, los usuarios de la asociación, se reflejaban en los ojos de una sociedad que no estaba preparada para aceptarlos como eran, y que esa imagen que recibían de sí mismos no se correspondía con lo que sentían.
Porque en ese espejo solo veían monstruos.
Por todo eso, cuando la llamaron de la Policía y Pedro le pidió acompañarla, no encontró ningún motivo para decirle que no.
Veintinueve
18:09
Encontraron una comisaría muy diferente de la habitual: el orden había dejado paso a un caos de gritos, órdenes contradictorias e incluso armas desenfundadas.
Algunos novatos no entendían muy bien lo que ocurría cuando un grupo de agentes de Asuntos Internos ocuparon despachos, practicaron detenciones y registraron archivadores normalmente cerrados bajo siete llaves.
Preguntaron por la agente que había llamado a Alza-Down y los dejaron sentados en sendas sillas de plástico, en una pequeña zona de espera.
No tardaron en atenderlos, pero los pocos minutos se les hicieron eternos.
Estuvieron todo el tiempo cogidos de las manos, sin entender casi nada de lo que ocurría, pero intuyendo mucho más de lo que les habían dicho por teléfono.
Por fin, una mujer que a Lorena le resultó familiar surgió entre el barullo para pasarlos a un pequeño despacho.
—¿Señora Sella?
—Soy yo. Él es Pedro, es...
—Sí, sé quién es. Tienen que perdonar esta barahúnda. Verá, como le dije cuando la llamé, el inspec... El exinspector Carlos Manso se ha visto implicado en un tiroteo. La cuestión es que tenía un perro. Resultó herido y...
—¿Carlos está herido?
—Sí. No, me refiero al perro. En su chaqueta encontramos un recibo de un centro veterinario cerca de aquí. Clínica Huellas, en... —consultó un cuaderno pequeño que sacó del bolsillo del uniforme—... en la calle Taboada Leal. ¿Podrían ustedes ir allí y hacerse cargo? En la clínica insistieron en...
—Pero ¿y Carlos? ¿Cómo está?
La agente tenía ojeras. Estaba cansada. Bajó la cabeza. Se sentía culpable y no era capaz de mirar a Lorena y a Pedro a los ojos.
Treinta
18:52
La calle era empinada, casi vertical, como la propia ciudad, construida en pie sobre el mar.
La Clínica Huellas era el único negocio superviviente en mitad del naufragio colectivo de la crisis.
Los otros bajos, restos al pairo de una galerna inesperada, aún lucían como harapos los viejos carteles de tiempos más felices, menos complicados.
La mujer de pelo corto y ojos hermosos llamó a la puerta mientras el chico con síndrome de Down que la acompañaba echaba miradas a través del cristal. Un hombre grande y algo torpe, con uniforme sanitario, abrió de inmediato.
—¿Sí?