La ira de los mansos Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #7
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Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #7

Mi padre tenía razón en algo: soy un fracasado.

Pero en esta sociedad competitiva y mercantilista el éxito está sobrevalorado.

Yo prefiero reivindicar la gloria del perdedor.

Los perdedores sabemos mejor que nadie lo estéril que es triunfar.

Los éxitos nos debilitan. Perder nos hace más fuertes.

Cada fracaso nos deja mejor preparados para la inevitable y magnífica derrota final.

Si lo consideraba desde ese punto de vista yo era fuerte y estaba muy bien preparado.

Para empezar, revisé el cargador de la Glock, un básico de diez proyectiles. ¿Para qué gastar el dinero en más munición? En mi pequeña guerra lo que no fuese capaz de resolver con diez balas no lo iba a resolver con treinta y tres.

Después de eso hice café. Una jarra grande. Porque las horas previas a la batalla necesitan un ánimo fuerte y un cuerpo despierto. Argos recibió con alegría doble ración de pienso. Y, finalmente, me senté en la galería, a hacer balance de mi bonita colección de fracasos.

En el muelle, el velero francés seguía anclado en el mismo sitio.

Imaginé de nuevo a monsieur Verne fumando en la cubierta y eché mano al bolsillo de la chaqueta recordando el último cigarrillo que llevaba esperando desde hacía años por una ocasión especial.

Decidí que había llegado el día, a pesar de que olía a rancio y estaba roto por varios sitios.

Aún estaba buscando un mechero cuando llamaron a la puerta y el cigarrillo cayó al suelo.

Desde la perspectiva de un presunto Dios eterno y todopoderoso, y del vasto universo que lo acoge, todos vivimos lo mismo: un tiempo insignificante y absurdo.

Es igual que vivamos un año o cien. Como para nosotros es irrelevante la diferencia entre el tiempo de vida de un gluon y el de un muon.

Pero en ese pequeño instante previo a abrir la puerta, con la pistola en la mano y Argos a mi lado, no tuve claro si estaba preparado para morir.

—¿Quién es?

Hablé desde un lateral. Normalmente quien va a matar no llama a la puerta, pero es mucho más difícil morir por exceso de prudencia que por ausencia de ella.

El perro estaba expectante, como yo. No parecía asustado.

Pero empezábamos a conocernos y resultaba evidente su exceso de confianza en la gente.

Tendríamos que hablar de eso. En otra ocasión.

—¿Señor Manso? Soy Olinda.

Veintidós

12:49

—Buenos días, vecino. ¿Quiere bajar a comer? Tengo empanada de lomo. ¿O será muy temprano para usted?

Aquello ya estaba cogiendo aire de rutina. De no ser por la diferencia de edad podría sospechar que aquella mujer quería algo de mí.

—Olinda... No sé si es una buena idea...

—¡Disculpe! ¿Igual está ella de vuelta? Perdone las impertinencias de esta pobre vieja, pero no tengo ocasión de alegrarme por muchas cosas y...

—No, no es eso...

—¡Ah! Acaso no quiere bajar porque no está solo. Claro, disculpe. Estaba acostumbrándome a comer acompañada. Pero usted tendrá otras cosas que...

—No, Olinda, de verdad, no es eso...

Se quedó allí, en la puerta, mirándome. O mirando a la imagen borrosa que le llegaba de mí.

Esperando como una adolescente a que me decidiese entre la otra y ella.

El lomo olía muy bien y fue finalmente Argos quien tomó la iniciativa bajando sin permiso las escaleras.

En fin, los planes son como el agua. Deben adaptarse al entorno.

—Venga, a ver cómo está esa empanada. Y a ver cómo le explico.

Veintitrés

14:13

Olinda dormitaba tras la comida en un sillón orejero con la tapicería rota mientras yo recogía los platos.

Argos fue el primero en notarlo, con esa capacidad inexplicable que tienen los perros para percibir el peligro.

Como si el mal se propagase a través del aire.

Igual no era tan confiado como yo pensaba. Igual debería hacerle más caso.

Se levantó despacio, sin ruido. Al principio pensé que no quería perturbar el sueño ligero de nuestra anfitriona.

Hasta que vi cómo asomaban los colmillos entre sus labios.

Se arrimó a la puerta gruñendo muy bajo.

Apenas se escuchaba. Dejé el vaso encima del paño y me sequé las manos en el pantalón.

Yo tampoco quería hacer ruido. O no más del necesario, porque la Glock emite un sonido sordo e inevitable al amartillarse.

Acaricié el lomo del perro para calmarlo, pero el efecto que conseguí fue el contrario: su nerviosismo pasó a mí a través de ese contacto.

Eché otra mirada a Olinda con la esperanza de que continuase durmiendo durante los próximos minutos.

Y la de que cualquiera de los tres siguiésemos vivos en ese mismo plazo.

Finalmente arrimé el ojo a la mirilla de la puerta y esperé.

Era muy difícil subir esas escaleras sin hacerse notar.

El tipo de traje estaba intentándolo, había que reconocerle el esfuerzo: subía a oscuras, caminando de puntillas y pisando en la parte interior de la escalera, la que daba a la pared, pero ni así, cuando no era un escalón era el pasamanos, los crujidos delataban su intento de subir sin hacer ruido.

Al principio no lo reconocí. Solo cuando giró en el descansillo del quinto, justo frente a la puerta tras la que me ocultaba, pude verle la cara.

Allí estaba. La muerte delante de mí. Seria, definitiva.

Y, de repente, supe que ya no me importaba.

Llevaba tanto tiempo muerto que no significaba gran cosa firmar finalmente el contrato.

En realidad, todos nacemos muertos, pero lo primero que hacemos es mirar para otro lado.

Ignorar esa certeza. Ese es el primer error. El mayor de todos.

Después vienen otros, un sinfín de errores, pero ya dan igual.

Porque ya estamos muertos.

Veinticuatro

15:29

Pensé rápido. Si lo dejaba subir hasta el sexto no iba a tener muchas oportunidades de abrir la puerta de Olinda y acercarme en silencio por detrás.

El hombre llevaba las dos manos libres, lo que quería decir que cuando me escuchase iba a necesitar tres o cuatro segundos para sacar el arma de la funda y quitar el seguro.

Ese era todo el tiempo que me podía permitir.

Ya estaba de espaldas, a punto de iniciar el ascenso del siguiente tramo tras el rellano, así que tampoco podía demorarme mucho.

Respiré fuerte dos veces. Miré a Argos. A Olinda, que seguía durmiendo.

Recordé a mi hermano. A Clara. A Pedro. Y a Lorena. Mucha gente. Pero ya no había tiempo.

Aparté al perro con una pierna para impedirle el paso, abrí una rendija en la puerta, salí, volví a cerrar sin mirar atrás ni preocuparme ya del ruido y di dos pasos cortos y rápidos, justo a tiempo de apoyar el cañón de la pistola en la nuca del hombre.

—Hola, Telmo.

Se quedó congelado, con un pie en el rellano y otro ya en el primer escalón, una mano aún en la baranda y la otra metida en el sobaco. Me había sobrado un segundo. Tal vez dos.

—Hola, Carlos.

—Vienes a matarme. Como hiciste con mi hermano.

No era una pregunta. Encendí la luz de la escalera con la mano libre antes de que acabara de girarse y quedar de frente a mí, con el cañón de la Glock a un par de centímetros de su rostro.

—¿Cómo? No, Carlos. Yo no he matado a nadie. Vengo a hablar. Creo que tienes algo que estamos buscando.

Veinticinco

15:30

En la batalla, la única forma de sujetar la voluntad, de apartar el vértigo, es asumir las consecuencias.

Aceptar todos los escenarios. Nada de esas estupideces de los gurús modernos de visualizar el triunfo.

Lo que hay que visualizar es la derrota.

Asumir la posibilidad de un total y absoluto fracaso.

Y decidir si, incluso así, merece la pena la lucha.

Cuando se llega a la conclusión de que la determinación está por encima del fracaso, de que no hay otra alternativa, de que no importa cómo acabe todo, ya se gana. Aunque se pierda.

Todos estamos hechos de cicatrices y de sueños.

Nacemos inmaculados hasta que la brecha del parto comienza a darnos forma.

El frío al salir del útero. El hambre. El oxígeno que abrasa los pulmones.

Que nos ahoga sin el cordón umbilical. A partir de ese momento vamos sumando grietas.

Diferentes. Más o menos profundas. Hasta que acabamos tomando la forma de nuestras cicatrices, de nuestras derrotas.

Hay gente de piedra, con pocas heridas, pero incurables.

Gente de agua, llena de costurones que curan antes de que duelan.

Gente de fuego, hirviendo en llamas, prendiendo el mundo con su tea.

Y gente de tierra y carne. Llena de llagas y deseos.

No somos hijos de Dios. Somos hijos de nuestras heridas. Estamos hechos a imagen y semejanza de ellas. Cincelados en dolor. Esculpidos en sufrimiento. En una ocasión maté a un hombre. Esa fue mi cuarta cicatriz.

Antes era más fácil. Cuando mi abuelo clavaba el cuchillo en la cabeza de los congrios que pescaba, la muerte era algo explícito, evidente. Su lógica era sencilla y manifiesta, aunque a veces tomase atajos imprevistos.

Ahora todo es más confuso. Un barniz de candidez cubre la realidad, ocultando el olor a sangre, a dolor. Un guion de película infantil que acabó por extenderse a toda la sociedad, porque hoy en día la infancia termina en el mismo momento en que la vida toca a su fin.