La ira de los mansos Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #6
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Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #6

Bajé a por huevos y patatas para hacer una tortilla.

También cogí vino blanco y pan. Lo que venía siendo un kit básico de sucedáneo de felicidad.

Añadí unas salchichas frescas para el perro.

Y café para una semana. Todo lo que pude acarrear escaleras arriba.

Y cuando acabé de transmutar sentimientos y sustancias mediante esa sencilla alquimia que llamamos cocina, bajé a la casa de la vecina a compartir vituallas y soledades.

Argos parecía extrañamente contento, pero ¿quién puede saber lo que pasa por la cabeza de un animal? No le quise arruinar la fiesta. Cogí la comida y la bolsa con el pan y bajamos con la sensación de que había que aprovechar el momento. Las cosas iban a ponerse complicadas.

Tal vez esa fuese nuestra última cena.

Diecisiete

Martes, 30 de mayo de 2017 08:06

Desayuné un par de cafés apresurados y llegué a Alza-Down antes de que abriesen.

Esperé sentado en un banco junto a la entrada mientras Argos reconocía el terreno, envidiando su felicidad simple y completa cuando encontraba una caricia inesperada, un rincón que oler o un tronco que mojar.

Cuando noté el corazón acelerándose al ver llegar a Lorena comprendí que yo no tenía nada que envidiar al perro y me acerqué a ella reprimiendo las ganas de sacar la lengua y mover la cola.

La miré y algo debió de adivinar, pero sabía tan bien como yo que la vida no es simple. Ni justa. Que la felicidad nunca es completa porque nunca es definitiva. Algo en su mirada me devolvió sin miramientos al presente. Al motivo que me había llevado allí.

—¿Has hablado con los padres de Pedro? ¿Dejarán que lo hagamos?

Había algo de reproche en su mirada. Pero también una pizca de ternura. Podía morirme allí mismo.

—La madre tiene miedo. Yo también. Pero ya sabes que Antonio no puede negarte nada.

No. Antonio no podía negarme nada. Yo sabía demasiado. Me pregunté cuánto sabría su mujer de nuestro secreto.

—Entonces, adelante.

No había mucho más que añadir. Antes de despedirme la miré de frente. No pude evitar un último envite amargo.

—Ya sabes cómo va esto. Puede que las cosas se pongan feas. Pero te prometo que Pedro no correrá ningún riesgo.

Me miró con resignación. Ambos sabíamos bien que era una promesa difícil de cumplir.

—Lo sé. Haz lo que puedas.

Dieciocho

09:35

Pedro llegó con una sonrisa que contradecía todo lo que yo había imaginado sobre su existencia.

Delante de aquella sonrisa no pude evitar pensar en el obispo.

¿Por qué un hombre que predicaba amor perdía cualquier vestigio de humanidad para convertirse en una bestia enfurecida?

¿Qué excusas inventaría su conciencia por las noches?

—Pedro, ¿podemos hablar?

—Claro, inspector.

—Lo primero de todo, deja de llamarme así. Ya no soy policía.

—¿No? En... entonces, ¿qué es?

Muy buena pregunta. Yo también me la hacía a diario. No tenía respuesta que darle, así que hice lo que pude.

—Alguien que quiere coger a un tipo malo. Muy malo.

—Un ca... cabrón.

—Eso. Un cabrón.

—Pero entonces, es como si fu... fueses un policía.

—Digamos que cada uno tiene que hacer lo que le toca. Y a mí ya no me toca. Pero quiero hacerlo igual.

—Yo cre... creo que cada uno tiene que ha... cer lo que sabe.

Le miré con un profundo respeto. Asentí. Y le hice la propuesta que llevaba tiempo rondándome por la cabeza:

—¿Quieres ayudarme?

Abrió la boca con la sorpresa. Y, casi sin transición, dibujó otra sonrisa inmensa.

No le cabía más en la cara. La sociedad le había negado todo.

La dignidad, las oportunidades, la cálida sensación de formar parte del hormiguero.

Estaba excluido hasta de aquello a lo que los demás estaban obligados. Y nunca había entendido por qué.

Yo le estaba ofreciendo la posibilidad de ser protagonista de algo y sentirse útil. No necesitaba nada más. Se abrazó a mí como si fuese a salir volando, arrastrado por un vendaval. Y quizás era eso lo que sentía. Al cabo de un rato me soltó, porque ya quería empezar.

—¿Qué te... tengo que hacer?

—Para empezar, vamos a cambiarte el nombre. Tu nombre de guerra será... Uncas. ¿Sabes quién era?

—No.

Respiré hondo, crucé los dedos y comencé a explicarle todo con detalle.

Diecinueve

10:12

Tardamos una media hora en el coche desde el Calvario, en la zona alta de la ciudad, hasta la calle doctor Corbal, en el barrio costero de Teis.

Los tres estábamos excitados. Reímos, lloramos y hasta ladramos.

La vida entera pasó esa media hora. Casi conseguí recuperar algo de aquellas tardes luminosas con mi hermano.

Galopábamos alegres hacia la muerte, como soldados jóvenes e invencibles.

Salvo porque no éramos ninguna de esas tres cosas.

Yo sabía que Pedro no era bueno mintiendo.

O, más bien, que era incapaz de hacerlo.

Tampoco podía pedirle que lo hiciera. De Argos mejor no hablar.

Así que todo dependía de mí. De mi capacidad para conocer y manejar a las personas.

Y en eso era bueno. Mierda, muy bueno. Llevaba años mirando debajo de las máscaras.

Podía oler la roña en la otra punta de una habitación llena de embusteros.

Y el hedor que salía de la puerta de la oficina diocesana era de los que echaban para atrás.

El perro se quedó en el coche, despreocupado en su inocente placidez existencial. Pedro me acompañó, tras repetirle un par de veces su cometido, con la tranquilidad que le daba estar libre de pecado. Así que el único que entró a conciencia y con más asco que miedo fui yo. Cómo no.

—Buenos días. Venimos a hablar con el obispo.

—Claro, ¿tienen cita?

Otro sacerdote, hermano gemelo del de la residencia, hacía guardia en el mostrador de la entrada. La jerarquía católica era la inventora de la santa burocracia.

—No. No tenemos cita. Pero si le comenta que venimos a hablar de Clara Filgueira y de Galván Mariño igual nos hace un hueco.

—¿Y usted es...?

Hablaba conmigo. Pero al que no le quitaba ojo de encima era a Pedro, que estaba haciendo un papel de Óscar, con gesto contrito y aire de susto en el cuerpo. Puede que un poco forzado, pero habría que ver de qué sería capaz Stanislavski, dadas las circunstancias.

—Yo soy... el señor Manso, de la Policía Nacional. También puede decirle eso. Seguro que le interesa saber que estoy vivo.

—Sí... Esperen allí sentados, por favor.

Jugaba a una ambigüedad deliberada. Ese era el plan. Aprovechar el disfraz.

Entrar metidos en un caballo de madera para asestar, una vez dentro, el golpe definitivo.

Y, de momento, estaba funcionando.

Veinte

10:37

Teniendo en cuenta su sistema de creencias era plausible imaginar que monseñor Blanco creía en los fantasmas.

O, por lo menos, esa era la cara que se le quedó cuando entramos en su despacho.

Una cara, como su apellido, blanca, sin sangre, que parecía estar viendo una aparición.

O dos. Había que aprovechar el impulso y no dar tregua.

Ese era el momento crucial en el que se jugaba la partida. Por eso fui con todo.

—Buenos días, eminencia. O como carajo se diga.

—¿Cómo...? ¿Quién...?

—¿No me reconoce? Soy Manso. Igual no se acuerda bien de mí. O del chaval que me acompaña. Deje que le refresque la memoria.

El obispo tenía mejor vista que Olinda, pero cuando el miedo empieza a anegar las tripas, una simple sombra se transforma en un diablo furibundo. Ese era yo. Tenía que serlo.

—Esto va así, excelencia, o comoquiera que le llamen. Clara está muerta. La mató usted para que no testificase en su contra. Pero hay más Claras. Hay muchas. Y muchos. Usted lo sabe bien. Está Galván, por ejemplo.

Eché una mirada hacia Pedro, que seguía callado y con la cabeza baja como le había dicho.

Casi estaba disfrutando del momento. Es preciso enfrentarse a algo en la vida.

Quien no tiene que enfrentarse a nada ya está muerto.

Aquella mirada inoculó la siguiente dosis de terror en la cabeza del obispo.

A las personas con síndrome de Down les pasa como a los chinos, o a los negros: a cualquier idiota puede parecerle que son todas iguales si no las mira de frente.

Y aquel miserable despojo llevaba toda la vida sin mirar a nadie a los ojos.

Es lo que pasa cuando estás tan cerca de Dios y tan lejos del mundo.

—¡Mírelo, hombre! ¿Qué ocurre? ¿No lo reconoce? ¿Ni tan siquiera los miraba a la cara cuando los violaba, hijo de perra?

El obispo estaba desencajado, acorralado en su propia casa. No tenía respuestas y a partir de ahí la cosa iba a ponerse peligrosa. Muy peligrosa.

—La denuncia del San Gabriel se desestimó por falta de pruebas.

Pero yo tengo esas pruebas, y usted lo sabe.

Pues preste atención: mañana por la mañana esas pruebas estarán en el juzgado de instrucción correspondiente, junto con la declaración de Galván.

Y de docenas como él. Si me acepta un consejo, debería dedicar esta noche a intentar reconciliarse con su Dios.

Yo ya no era la mosca. Ahora era la araña, con la presa atrapada en la red. Ya no quedaba mucho. Darle vueltas con la seda. Dormirla con un picotazo. Y después sorberle hasta el alma. Pero, de momento, había que largarse de allí antes de que el insecto recuperara la iniciativa.

Subí al coche con el corazón latiendo a mil por hora. Pedro estaba encantado en su papel de agente secreto, pero yo sabía que estábamos jugándonos el cuello. Lo siguiente que tenía que hacer era dejarlo en Alza-Down y volver al piso de Rouco.

A esperar.

Veintiuno

11:24

Era mentira. No tenía nada. Llevaba dándole vueltas al tema durante semanas sin llegar a ninguna parte.

Pero daba igual. Si el obispo pensaba que yo tenía algo no iba a quitarle la ilusión.

También era parte del cebo. Fuera como fuese me tocaba apechugar con el trabajo que mi hermano había dejado a medias. Estaba por ver si yo tenía más éxito.