La ira de los mansos Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #5
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Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #5

El obispo había sido director del San Gabriel entre el 2001 y el 2007. La siguiente pregunta era obligada:

—¿Cuántos años tiene ahora?

—Veintiuno. —Esta vez contestó Lorena con la vista puesta en el engrudo. Eché cuentas. Y llegué a la conclusión a la que querían que llegase.

—¿Pensáis que el TEA fue consecuencia de los abusos?

—El autismo es multifactorial, y tiene un gran componente genético. Pero creemos que los abusos fueron, de algún modo, desencadenantes o agravantes del cuadro final. Lo que ocurre es que no es posible demostrarlo en un juicio. —La pediatra miró a Lorena—. Tenías razón. Es listo. Para ser un hombre.

Durante un buen rato me dediqué a mirar a la cucharilla, tratando, tal vez, de dilucidar si debía ofenderme por el último comentario, o de si el brebaje sería capaz de disolverla dándole tiempo suficiente.

La doctora Diz dio por finalizada la conversación y se despidió con dos besos de Lorena.

A mí me dio la mano. Y antes de marcharse me regaló un comentario inquietante:

—Ya han pasado muchos años. La madre de Galván hace tiempo que perdió la esperanza de que se hiciera justicia.

No sé por qué aparece ahora usted. Solo espero que no haga más daño.

Pero, en todo caso, no creo que pueda conseguir nada del chico.

Está devastado. Ni siquiera puede controlar los esfínteres.

¿Qué pensaba hacer? El juez ya intentó tomarle declaración hace muchos años sin resultado.

Escuché aquellas palabras como un muerto escucha los golpes de tierra cayendo sobre el ataúd. Era un buen plan, maldita sea.

O por lo menos era un plan. Ahora no era nada.

Trece

13:25

Pedro se acercó a mí antes de que subiera al coche desde la explanada de la asociación. Volvió a sorprenderme, como cada vez que le daba la oportunidad.

—¡Qué pe... perro m-más bonito! ¿Cómo se lla... llama?

—Argos —dije, sin mucha emoción, dando por hecho que tendría que repetírselo un par de veces.

—¡Anda, como el pe... perro de Ulises!

Me quedé un momento viendo cómo lo acariciaba, recuperándome de la sorpresa y preguntándome cuántos chicos de su edad podrían recordar el nombre de un perro de un libro escrito hacía miles de años.

Y, en algún sitio dentro de mí, me odié por la pedantería de atribuir algún mérito a ese conocimiento porque, con toda seguridad, la sorpresa hubiera sido menor si de su boca hubiese salido la alineación del Barça.

Y, con todo, ¿acaso habría alguna diferencia?

Ese chico, todos ellos, eran la prueba empírica de que lo que nos hace humanos no es la memoria, ni mucho menos la inteligencia.

Tal vez Pedro no tenía habilidad, pero tenía equilibrio. En eso yo no era rival para él.

Ya en el coche, eché una mirada a la grasienta servilleta de papel en la que Lorena había apuntado una dirección.

Bouzas. De nuevo, en la otra punta de la ciudad.

Pero tenía que ir hasta allí a conocer a Galván y hablar con sus padres.

Era eso o nada. Y la nada acababa de subir muchos puntos tras hablar con la pediatra.

De camino, y ante la posibilidad de que mi plan hiciese aguas, decidí hacer otra llamada.

—¿Sí?

—Leo, soy Carlos.

El silencio que siguió fue muy espeso. Sabía que no me quedaban muchos cartuchos en esa recámara. No podría seguir tirando indefinidamente de los contactos en el Cuerpo. Yo lo sabía. Él lo sabía.

—Hola, Carlos.

Estaba desesperado y no quería que se notase. Tenía que moverme de puntillas.

—Quería preguntarte algo. Poca cosa.

—Ya.

No me lo iba a poner fácil. No podía reprochárselo.

—¿Sabes si hay alguna novedad en el caso de Rouco?

—No.

—¿No hay novedades o no lo sabes?

—Carlos, venga, sabes que no puedo decirte nada.

Nosotros no lo llevamos. Sigue siendo cosa de Telmo y del comisario.

Y la nueva inspectora es muy recelosa con las filtraciones.

Esto no es como llevar un perro a la perrera.

Hablamos de un caso en curso. Y tú estás fuera. ¿Quieres acabar en el hotel ?

Tuve que frenar en seco en mitad de una rotonda por culpa de otro de tantos imbéciles que piensan que hay que tomarlas a cuchillo. Antes al menos habría podido bajarme del coche y bajarle los humos enseñándole la placa. Esa vez me tuve que conformar con mostrarle el dorso de mi dedo corazón.

—Ya lo sé, Leo. ¿Si se tratase de tu hermano tú no me llamarías?

Era un golpe muy pobre y muy bajo. Pero estaba quedándome sin opciones.

—No, Carlos, tampoco.

Era mentira, pero estaba llegando a un punto muerto. Maldita sea. Me sentía oxidado, viejo e inútil. Ya no era poli. No tenía fuentes ni recursos. Ni siquiera había sido capaz de sortear a un tacaño y miserable portero de residencia de ancianos. Me entraron ganas de llorar.

—Vete a la mierda, Leo.

La diplomacia nunca se me ha dado bien.

Catorce

13:58

Aparqué en la explanada del pabellón y saqué a mi compañero para que hiciese un poco de vida social.

Él no tenía la culpa de mi mala suerte y no compartía mi aversión al mundo.

Le dejé olisquear un par de traseros en el paseo de la playa antes de volver a meterlo en el coche y dirigirme hacia la dirección de la servilleta, una vieja casa de piedra restaurada en el casco viejo de la antigua villa de Bouzas, ahora barrio de una ciudad depredadora y desmedida.

Llamé varias veces al timbre hasta que una mujer que parecía tener mucha más edad de la que seguramente le correspondía abrió con cara de no querer saber nada del mundo. Y mucho menos de un desconocido mal afeitado como yo. La entendí perfectamente.

—Buenos días. ¿Vive aquí Galván Mariño?

Me miró sin hablar, haciendo lo que me pareció un pronóstico rápido sobre si yo sería portador de malas o de peores noticias.

Aquella mujer ya no esperaba nada de la vida.

Ni el más pequeño rayo de sol. Sobre su cabeza solo dejaría de llover el día de su muerte.

Yo era, simplemente, otro chubasco en medio de la tormenta.

—Vivir es mucho decir. ¿Es usted el trabajador social? ¿Viene por lo de la dependencia?

La delgadez enfermiza y la tristeza no habían sido capaces de arrebatarle del todo su belleza. Allí, de pie en la puerta, parecía Penélope a punto de destejer por enésima vez la bufanda. No pude evitar hacerme otro poco el Ulises.

—No, señora. Mi nombre es Carlos Manso. Ando detrás de Luis Blanco. Quiero sacarle las entrañas y dárselas de comer a los cerdos.

Creo que di con otra frase mágica para abrir puertas, porque los ojos de la mujer se asomaron un poco por encima de unas ojeras como pozos y parecieron mirarme con algo de simpatía mientras me hacía sitio para subir a su casa.

En la habitación de Galván apestaba a la carnaza para pescar robalizas de mi abuelo.

Un tufo a cerrado, a rabia y orina. Muchos de mis cadáveres olían así.

En mitad del cuarto una cama acogía el cuerpo postrado de un chico de veintiún años, ahogado en babas y arrasado por una anorexia caníbal semejante a la de su madre, pero mucho más avanzada y profunda, como si el gusano que horadaba aquella alma estuviese a punto de rematar la macabra tarea.

Su rostro era indistinguible de los rostros de sus camaradas de trisomía.

Excepto por la oscuridad absoluta que reinaba en el fondo de sus ojos.

—¿Qué podemos hacer por usted, señor Manso?

Era evidente que poco. Bien poco. Pero las ideas son como las zarzas, crecen con más fuerza cuanto más las cortas.

Y, por eso, en el fondo de mi idea brotó otra.

Quince

14:46

Antes de arrancar, llamé a Lorena. Argos me miraba con cara de hambre. Otro más pidiéndome cuentas. Más le valía acostumbrarse a mis horarios desordenados.

—Hola, Carlos. Dime.

Su voz calmada en el teléfono seguía provocando en mí la misma sensación de calor en la entrepierna de la primera vez. Pero no podía evitar la sospecha de que ni ella ni yo estábamos para mucha verbena. De que ese tren había pasado.

Echaba en falta el sexo, claro. De manera sutil, pero continua.

Llevaba mucho tiempo sin, digamos, la oportunidad.

Pero había llegado a acostumbrarme a su ausencia.

Como los presos se acostumbran a la falta de libertad: gracias a las rutinas y a llenar el tiempo con otras cosas.

A veces un pinchazo atravesaba como un relámpago mi bajo vientre con una necesidad intensa y urgente que tenía que resolver de un modo práctico.

Una vez pasaba, la vida seguía como si tal cosa.

La mayoría de las veces ni eso. Bastaba con pensar en otro asunto.

Leo decía que la culpa era de tanta comida precocinada.

Los plásticos y los estrógenos o algo así.

—Carlos... ¿Estás bien?

—Sí, disculpa. Es solo... que te echo de menos.

La pausa que siguió duró no más de tres o cuatro segundos. Para mí fue todo un regalo. En ese pequeño silencio cabían muchas cosas. No le di oportunidad de llenarlo.

Para qué echar a perder la ilusión.

—No me hagas caso, estoy cansado. Escucha, Carmen tenía razón: no puedo contar con Galván para mi plan. Pero tengo otra idea.

Dieciséis

19:31

La tarde tardó en morir. Yo estaba tenso y cansado de no hacer nada y de pensar mucho.

Decidí darle la vuelta al asunto y preparar algo de cena para invitar a Olinda.

Me sentía en la obligación. No quería que pensase que Rouco era un haragán desagradecido, lo que no dejaba de ser un pensamiento extraño y absurdo.

Rouco estaba muerto y, no obstante, yo seguía empeñado en hacer de la relación con Olinda una función de teatro permanente.

Pero, a fin de cuentas, ¿no es eso vivir?

¿Representar lo que queremos ser, lo que los demás esperan de nosotros que seamos, lo que creemos ser y no somos?

¿Qué más daba, entonces, a quién tuviese esa farsa como protagonista?