Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #11
Al llegar delante del portal recordé lo ocurrido el día anterior.
La caída. El disparo. Debí de perder la pistola en la escalera.
Me había quedado sin arma otra vez, pero no estaban las cosas como para pasar por la comisaría a reclamar un hierro ilegal.
Igual acababa de nuevo en el calabozo. No obstante, el obispo debía de seguir enervado con la idea de pararme los pies.
Incluso sin sus contactos en la comisaría.
No es muy difícil dar con algún gorila capaz de machacarle todos los huesos a un expolicía en nombre de Dios.
Alguien como el que, quizás, había matado a Rouco y a Clara.
Yo, sin ir más lejos, conocía a varios. Miré a mi alrededor, intimidado de pronto.
Igual no era buena idea parar en el piso de Rouco.
Argos intentaba rascarse en los apósitos.
El del costado no le quedaba a tiro, pero en el de la oreja estaba haciendo estragos, así que decidí subir paseando hasta la clínica para pedirles uno de esos aparatos con forma de embudo que les ponen a los perros para que no escarben en las heridas.
Me hizo gracia. Los dos con collarín. Como para pasar desapercibidos.
Vigo asciende, como un acantilado, desde el mar hasta las montañas que lo rodean. Trepamos, entonces, ciudad arriba hasta llegar a Taboada Leal, a la Clínica Huellas.
—Buenas tardes.
—¡Hola, hola! ¡Ah! ¡Argos! ¿Qué tal está este bichejo? ¿Viene a firmar el cambio de chip?
El tono aflautado no le cuadraba al grandullón de bata verde.
—¿El qué? No sé nada de eso. Venía para ver si le pueden poner algo al perro para que no se rasque en la herida de la oreja.
—¡Claro, claro! ¡Bien, bien! Pase por aquí. En realidad, los dos hablamos de lo mismo: ¡el corte de la oreja se lo hicimos para sacar el chip defectuoso! ¿No se lo dijo la chica que vino a recogerlo ayer?
—No sé. Igual me lo dijo. Pero no ando muy fino estos días. —Señalé mi cuello, evidenciando que no estaba para menudencias. No sirvió de nada. El hombre se tomaba en serio su trabajo.
—No entiendo qué pudo pasar. Estos aparatos no se averían nunca. Pero no se preocupe. Ya le quitamos el viejo y le colocamos otro. En esta ocasión en la nuca, para no hacerle más daño detrás de la oreja.
—Ya, ya.
Puedo asegurar que intentaba poner mi mejor voz de aburrimiento. Pero aquel hombre corpulento debía de tener estropeada la antena.
—Necesito que firme aquí... Y aquí. —Me ofreció dos folios y un bolígrafo con el logotipo de la clínica—. Una copia para mí y otra para el registro nacional de animales donde consta el nuevo identificador de su perro.
En el papel aparecían el nombre del animal, las vacunas y los datos de contacto del dueño.
Xabier Manso Balvís. Reconocí su teléfono.
El domicilio que aparecía era el del piso de Navia.
Y al pie de la ficha un número muy largo.
Hay días que estoy un poco espeso, pero tonto del todo no soy.
Conté las cifras. Quince. Casi. Pero la luz iba abriéndose paso por los huecos de la persiana, hendiendo la oscuridad, aclarando los recovecos, desperezando la parsimonia que me atenazaba.
Llevaba un mes buscando lo que me había dejado mi hermano.
Y lo había tenido delante casi todo el tiempo.
Treinta y nueve
Argos 18:34
—¿Qué le pasó al chip viejo?
El veterinario se sorprendió de mi súbito interés en el asunto. Su cara se iluminó, puede que fruto del mismo relámpago que me había asaltado a mí.
—Algo inusual: estos chismes son muy robustos.
Tienen un sistema pasivo y cuando pasamos el escáner por encima leemos el código de identificación.
Ese número es el que consultamos en la base de datos de la REIAC, donde están registrados los datos del perro.
Pero cuando trajeron a Argos ayer y le pasamos el escáner la lectura daba un número más pequeño que no aparecía en el registro.
Una cosa muy rara porque el chip lo puse yo mismo hará cosa de un mes.
—¿Podríamos estar hablando de un número con menos dígitos?
—Sí.
—¿Es posible modificar el número de un chip colocado en un animal?
—Yo nunca he visto tal cosa. Pero, ya sabe, hay gente capaz de piratear el móvil, el coche, y hasta el marcapasos, así que...
—Una cosa más... El número que detectaba el escáner... ¿No lo tendrá guardado?
—Pues no, pero...
Contuve el aliento. En ese «pero» puse todas mis esperanzas. Se quedó pensando. Me entraron ganas de agitar su mollera y espabilarlo. No hice nada. Callé. Esperé. Y, por fin, continuó:
—El chip viejo se lo llevó la chica que recogió ayer a Argos. Ella y un chico con... un... Bueno, ya sabe, con...
—Sí, ya sé.
Cuarenta
18:48
Ni Argos ni yo estábamos para muchas carreras, pero apuramos de nuevo acantilado abajo hasta el coche como llevados por el demonio.
Y algo de eso había. Debíamos parecer dos locos renqueantes y maltrechos corriendo entre la gente.
El dolor volvió a aparecer. En realidad, nunca se había ido del todo.
Algo iba mal en mi cabeza. Lo notaba. Un velo oscuro estaba cubriendo poco a poco buena parte de mi campo visual, como si un cuerpo extraño se estuviese interponiendo entre la luz y el cerebro.
Un eclipse que solo podía gozar yo, en exclusiva.
Y, a medida que corría, la sombra avanzaba por el cuerpo, provocando en el pecho otro peso nuevo e incómodo.
Pero no podía pensar en eso. Solo podía pensar en correr. En llegar al coche. Y llamar a Lorena.
—¿Sí? ¿Carlos?
—Hola, Lorena. Tengo que preguntarte algo. —Jadeaba mientras hablaba por el móvil y sorteaba peatones. Argos corría a mi lado sin saber el motivo de mi prisa ni el destino, pero con una fe inquebrantable. Bendito perro.
—Sí, claro. ¿Estás bien? Te noto la voz algo...
—Sí, sí, no te preocupes. Atiende, ¿recuerdas que en la clínica veterinaria te dieron una cajita, o algo así, con un chip, un chisme pequeño, como un grano de arroz, que le quitaron al perro?
—Sí, puede ser.
—Es importante.
—Voy a mirar en el bolso, espera...
La calle Príncipe quedó atrás. Estábamos cerca. El día anterior había dejado el coche en una callejuela sin salida junto al Teatro García Barbón. Uno de esos raros rincones sin zona azul que aún sobrevivían en el corazón de la ciudad.
—Sí... Tienes razón, aquí está.
—¿Estás en la asociación?
—No, de vez en cuando paso por casa. Ya sabes, para ducharme, dormir. Esas cosas que hacemos los que no somos policías.
—Yo ya no...
Llegamos. Saqué las llaves del bolsillo y le abrí la puerta al perro.
—Sí, disculpa. No quería...
Cogí un Nolotil de la guantera y arranqué sin acabar de pisar bien el embrague, provocando un ruido desabrido en el engranaje de la caja de cambios.
—No pasa nada. No te muevas. Voy para allá.
Pisé a fondo el acelerador, girando el cuerpo para salir marcha atrás del callejón.
—¿Allá? ¿A dónde?
Argos ladró al ver a una mujer cruzando sin mirar. Tuve que pisar el freno con los dos pies para no embestirla.
—A tu casa.
Cuarenta y uno
19:12
Solo había ido una vez a casa de Lorena.
Me había llevado ella. En aquella ocasión no pegamos ojo en toda la noche, pero no se nos hizo larga.
Le habíamos echado mucha imaginación para que así fuese.
Aún podía recordar el olor. A manzanas y ropa limpia.
Cuando abrió la puerta el mismo olor golpeó de nuevo mi nariz, como si no hubieran pasado años.
Como si no me hubiese marchado a la mañana siguiente a toda prisa con alguna maldita excusa. Como si todo siguiese igual.
—Hola, Carlos, ¿va todo bien? Por teléfono parecías nervioso.
—Sí. Todo va bien.
Llevaba una camiseta vieja y un pantalón de chándal, y me miraba con sincera preocupación con sus ojos tristes.
De pronto el chip ya no me parecía tan importante.
En sus circuitos podía estar escondido el mismo infierno y a mí me daría igual.
Yo estaba llamando a las puertas del cielo.
Argos se echó a ella alzando las patas. La lengua caliente del perro recorrió sus manos y el dolor parecía en retirada tras la pleamar de la carrera.
Aquella mujer me sanaba. O igual era cosa del Nolotil.
—¿Quieres pasar?
No le hacía falta preguntar. Bastaba verme. No contesté porque la respuesta era evidente, y porque lo que yo quería no se podía decir en voz alta. Simplemente pasé.
—Siento... todo esto. —Hizo un gesto amplio y ambiguo con la mano. No conseguí adivinar a qué se refería. Tenía tanto donde escoger que no pude evitar un intenso sentimiento de pena por mí mismo.
—No lo sientas. No es culpa tuya. —Lo dije por cortesía, pero ella bajó los ojos y fue como ver el sol en la hora entre el perro y el lobo.
—¿No?
Mierda. ¿Qué quería, que me abriese las venas allí mismo? Intenté hacer algo de teatro para quitarle hierro al ambiente.
—Bien, puede que algo sí. Ya sabes: «De todas las comisarías del mundo tuviste que entrar en la mía».
Se echó a reír y aquella risa llenaba velas. Se sentó en una butaca vieja y grande, invitándome a sentarme a su lado.
—¿Crees que hay... futuro en esto? —Nos señaló a ambos. Pensé en decirle que sí. Dejarme llevar por su risa. Pero no fui capaz de mentir.
—¿Futuro? No lo sé. Qué quieres que te diga. Soy demasiado viejo para creer en el futuro.
—Puede ser.
Y lo dijo de tal modo que pareció añadir «o no». Me moría por un whisky. Intenté deshacer el embrujo y recordar el motivo que me había llevado hasta allí.
—¿Tienes el chip viejo del perro? ¿El que te dieron en la clínica?
Se levantó a coger algo en su bolso. Me lo ofreció sin mirar.
—¿Por qué es tan importante? ¿Argos está bien?
El bicho dormitaba a mis pies. Era un perro libre con nombre de barco. No pedía permiso ni perdón. Partía ligero y regresaba más sabio. Le acaricié la herida de la oreja.
—Sí, está bien. Creo que mi hermano hizo algo con su chip. Es posible que ahí esté la dirección del servidor de la red de pederastia del obispo. Todo. Quién. Cuándo. Cómo.
Se enderezó como un resorte y abrió los ojos. ¿Podía ser admiración aquello del fondo? Tal vez. También un poco de miedo. Y satisfacción. En aquella mirada cabía, otra vez, toda mi vida.
—¡Lo has conseguido! Entonces, ¡mañana podemos ir al juzgado!
—Esa es una opción, sí.
—¿Una opción? No entiendo.
—¿Conoces al hermano de Galván?
—¿Belías Mariño?
Belías. Galván. Una familia de nombres originales. Empezó a picarme de nuevo la punta de la lengua, pero no le hice caso.
—Creo que él tiene otros planes.
—No entiendo.
—No tengo muy claro lo que quiere hacer con esto —levanté la bolsa con dos dedos—, pero no es partidario de dejar que se enmohezca en manos de la justicia.
A fin de cuentas, la mitad de la Subdirección General estaba a las órdenes de Luis Blanco.
Supongo que también tendrá sus contactos en los juzgados.
Y buenos abogados capaces de enredarlo todo hasta que prescriba el delito, o alguna de esas otras argucias legales tan injustas como caras.
—Parece que le estás dando la razón. ¿Qué piensas hacer?
—En realidad aún no lo sé. Pero sea lo que sea será mañana. Ahora debería irme. Lo que ocurre es que no puedo pasar por mi piso ni por el de Rouco. El obispo debe de tener a todos los sicarios de Vigo detrás de mí.
Me miró. Sonrió. La primavera murió. Y un verano incierto entró por la ventana.
—Vaya. Pues tendremos que pensar en algo.
Cuarenta y dos
Jueves, 8 de junio de 2017 09:42
—Buenos días, Atticus.
—Buenos días, Carlos. —La voz de Belías al teléfono había recuperado la autoridad de la primera llamada.
—No sé si escogiste bien el nombre. Aquel abogado era un ferviente defensor de la ley.
—Sí. Pero supongo que has leído el libro. Es un modo de recordar que por el camino correcto no siempre se llega a donde se quiere.
—Entiendo que pienses así, pero no tienes razón. Yo no querría vivir en un mundo en el que la justicia la imparta cada cual.
Lanzó un suspiro de fastidio. Supongo que llevaba mucho tiempo escuchando la misma matraca.
—No te engañes. Ya vives en ese mundo.
Aquel tipo me caía cada vez mejor. Iba camino de convertirse en alguien como yo.
En fin. Yo ya no era policía y me daba igual lo que hiciese.
Pero me quedaba algo pendiente: encontrar al asesino de Rouco.
Y cambiar de coche. Tener algo que hacer para sobrellevar el fracaso.
Mi fracaso; y el de Xabier. Pero no. La muerte no es un fracaso.
No es negra. Ni triste. La muerte no es nada.
Es la vida que queda tras la muerte, amputada, la que se vuelve oscura.
Olinda tenía razón: todos acabamos llegando a donde nos esperan.
Yo ya no era nadie, pero aún tenía algo por lo que vivir, así que le dije lo único que podía decirle:
—Tenemos que vernos.
Cuarenta y tres
Apocalipsis
La noche imponía su calma sobre la Estación Marítima, hasta que un Opel gris rodeó la estatua del nadador y se detuvo junto al borde de la dársena, apuntando con sus focos hacia la negra bocana del puerto de Vigo.
La oscuridad ocultaba a las dos personas que hablaban en el interior del vehículo.
Uno de ellos, el más joven, le mostraba al otro unas imágenes en su teléfono móvil.
El viejo lloraba al verlas. Parecía implorar perdón.
Tras un par de minutos, la puerta del copiloto se abrió y una figura embozada, vestida con harapos, salió y se quedó esperando, apoyado en un noray.
El anciano obeso que ocupaba el asiento del conductor apenas tuvo tiempo de ponerse en paz con Dios.
Tampoco era probable que se la concediese.
Pero no tenía alternativa al chantaje. Si se hacían públicas las imágenes sería peor que morir.
Peor que la condena eterna que le esperaba.
Se persignó, como si aquel gesto fuese a servirle de algo, y, en cuanto soltó el freno de mano, el coche echó a rodar y el océano se abalanzó sobre él.
Notó un golpe en el chasis y, sin transición, el parabrisas se cubrió de un agua turbia y amenazadora que de inmediato empezó a llenar el habitáculo.
Sintió el impacto contra el fondo y un frío húmedo colándose por cada rendija de la carrocería.
El último pensamiento que pudo formular antes de que el agua con sabor a gasóleo entrase de golpe en sus pulmones fue que el infierno eterno que le esperaba, su infierno particular, iba a ser así: helado, húmedo y asfixiante. Y que lo tenía merecido.
Cuando las luces se apagaron en el fondo y las burbujas dejaron de subir, el agua recuperó su habitual quietud. El encapuchado de ropa remendada lanzó el móvil al mar y se alejó despacio hacia la ciudad.
Y la sombra volvió a ocupar el lugar que le correspondía.