La ira de los mansos Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #3
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Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #3

Era temprano. El paseo de la estación marítima aún no hervía de cruceristas en busca del mejor rincón para un selfi.

A esa hora el Boudicca enfilaba sin prisa la bocana de la ría y el pequeño bote del práctico escupía gasóleo rumbo a su cita diaria tocando su pesada sirena.

Salvo por un mendigo que dormitaba sobre un banco junto al monumento a Elduayen y el habitual empleado de la limpieza municipal, podríamos decir, sin ánimo de atribuirnos la cita, que la calle era nuestra.

Argos, quizás con el mismo sentimiento de propiedad que me embargaba a mí, o para celebrar su regreso, decidió que esa mañana iba a extender su territorio hasta el mismo Club Náutico.

Y no iba a ser yo quien le quitase la ilusión.

Mientras mi compañero expandía su pequeño imperio saqué el móvil del bolsillo y busqué entre los contactos.

Me senté junto a la escultura de monsieur Verne y pulsé el comando de llamada.

Llevaba una semana a la defensiva, recibiendo palos sin saber por dónde iba a llegar el siguiente.

Averiguando lo que sucedía cuando ya había sucedido.

Iba siendo hora de tomar el control e iniciar la ofensiva.

Y para eso necesitaba hacer algunas llamadas.

Antes de la batalla siempre está la intendencia.

Cuando terminé, silbé y Argos volvió trotando.

Parecía que llevábamos toda la vida juntos.

A diferencia de mí, a él se le veía ágil.

No había visto el lugar exacto en el que había plantado su bandera.

Miré de reojo para comprobar que el barrendero no andaba cerca, guardé la bolsa y volvimos a casa a tejer una trampa para arañas. Y a hacer más café.

Tenía mucho que pensar. Replegarme, rehacer las defensas, conseguir un arma y diseñar el ataque.

Cambiar mi posición en el tablero. Todo eso iba a llevar tiempo.

Los enemigos eran fuertes. Daban miedo. La idea era peligrosa, para mí y para otros, pero crecía como la hierba tras la lluvia y me daba la excusa perfecta para llamar a Lorena.

Y contra eso último no encontraba argumentos.

Siete

Domingo, 28 de mayo de 2017 09:00

Dos semanas. Ese fue el tiempo que necesité para resucitar y decidir qué hacer con toda la información que había conseguido obtener, poco a poco, como un buscador de oro del Yukon.

Para tomar decisiones. Para trasladarme definitivamente a la buhardilla de Montero Ríos.

Conseguir un hierro de segunda mano. Hacerme a la nueva situación y dar de alta Manso y Asociados.

Algo más que Lázaro, pero yo no contaba con Cristo para echarme una mano.

Al cabo de ese tiempo la llamé, por fin.

Ese mismo día por la noche pasó por el ático.

Y, sin saber muy bien cómo, me vi de nuevo hablándole de una historia sobre un asunto turbio del que sabía, para mi desgracia, más de lo que podía contar, que casi con toda seguridad no podría resolver y del que tenía la certeza de que iba a obtener menos provecho que motivos para lamentarme.

Pero durante las dos horas que me llevó contárselo todo fui feliz. Casi tanto como Argos.

Le costó, pero dijo que sí. ¿Qué iba a hacer?

Ella me había pedido dos favores unos años antes.

Lo malo de pedir favores es que acumulas deudas.

Además, Lorena también quería prender ese fuego.

Cómo no iba a querer. Quería que ardiera todo como arden las almas en el infierno.

Pero me hizo prometer que tendría cuidado.

Que no arriesgaría más de la cuenta. No le pregunté cuánto consideraba ella más de la cuenta, por si acaso.

El perro y yo pasamos la noche en vela. Él royendo la pata de la silla.

Yo royendo mis remordimientos por jugarme de nuevo el cuello a cambio de la mirada de gratitud de una mujer.

No tenía muy claro cuál de los dos era más perro.

Pero para poner en marcha el plan necesitaba contar también con otro tipo de ayuda.

La inspectora Regueira estaba buscando algo.

Yo también. En ese sentido había una oportunidad de negocio.

Solo me detuve un instante frente al problema logístico que suponía la presencia de Argos.

Calculé mentalmente el tiempo que esperaba ausentarme y decidí que una taza de comida, algo de agua y una silla que morder eran suficiente intendencia.

—Compórtate, amigo. Volveré enseguida.

Antes de cerrar la puerta me asaltó una preocupación insospechada: si me ocurría algo, ¿qué sería de Argos?

Podía pasarle lo mismo que con mi hermano.

Por si acaso bajé el saco de pienso del estante.

Le eché un último vistazo y me tranquilizó su mirada serena.

Una gran lección. La vida es así: un ir y venir.

Un tomar y dejar. Una colección de despedidas.

Una sucesión ininterrumpida de pérdidas hasta que ya no queda nada que perder.

Un gran perro. Algún día debería pedirle que escriba un libro.

Ocho

Domingo, 28 de mayo de 2017 20:56

La inspectora Regueira era de esas personas que no miran el calendario cuando se levantan de la cama. Como la mayoría de los policías. Por eso no se molestó cuando la llamé a las diez de la mañana de un hermoso domingo de primavera. El mal no descansa. Así que los agentes del orden tampoco.

Yo tenía una idea. Una oferta que hacerle.

Y un recado que cumplir. De haber sido yo al que hubieran colgado de una cuerda, Xabier habría hecho lo mismo.

Ella tenía su objetivo, yo el mío. Distinto destino, pero por el mismo camino.

De modo que le propuse coger un taxi juntos.

Por suerte demostró ser una mujer práctica.

Tras la reunión de trabajo dejé a la inspectora en su casa y bajé a recoger a Argos y a comer .

Pasaban de las siete de la tarde cuando, después de un merecido café, decidí acercarme a A Gabia y hacer las presentaciones oficiales entre los dos bastardos que apuntalaban con mucho mérito y paciencia mi machacada existencia. A Argos le pareció bien el plan.

En A Gabia sonaba el Live at Jamboree de Andrea Motis .

Le reconocí el buen gusto a Alfonso. Como siempre, la tasca estaba vacía, lo que afianzó en mí el convencimiento de que lo que movía a aquel hombre era vocación y no negocio.

Aunque también podía ser la disponibilidad de alcohol barato que suponía regentar una cantina como aquella.

El perro y él se cayeron bien. Los dejé hablando de sus cosas mientras yo intentaba olvidar por un rato la ingente colección de fantasmas que se acumulaba bajo mi cama.

No tardé en descubrir, a mi pesar, que a los fantasmas también les gustaba el whisky.

Nueve

Lunes, 29 de mayo de 2017 08:17

La noche me concedió el favor de un sueño tantas veces esquivo, pero a cambio lo trufó de pesadillas.

Desperté empapado y frío, con el único consuelo de Argos aovillado a mis pies.

Necesitaba ducharme, preparar café y enterrar mis turbaciones en alguna caverna profunda del subconsciente para poder afrontar el día con la mente despejada.

Cuando acabé, la ciudad ya estaba en plena actividad.

—Vamos, compañero.

Argos me miró con extrañeza mientras enfundaba el arma, una Glock 18 de nueve milímetros, bajo la axila, algo a lo que no estaba acostumbrado, pero trotó escaleras abajo siguiendo mis pasos sin hacer preguntas. Tanta confianza me abochornaba.

Cualquier nativo sabe que atravesar el decumano de Vigo un lunes laborable en hora punta solo puede hacerse con mucha paciencia, pero en esta ciudad cosmopolita y transeúnte hay muy pocos nativos y, en realidad, yo no tenía prisa.

Alza-Down seguía ocupando el pequeño bajo en la periferia.

Un espacio exiguo para las más de cien almas cuyas esperanzas acogía.

Al bajar del coche me fijé en que en la puerta se arremolinaba una cantidad inusual de personas.

Personas normales, pensé, y en cuanto formulé ese pensamiento me odié profundamente: hacía pocos años había constatado que los conceptos de «normal» y «retraso» eran arbitrarios y, casi siempre, equivocados.

En todo caso y a la vista de mi facilidad para recaer en los viejos errores, decidí afrontar la visita con prudencia.

Desde el coche podía ver un gran cartel que ocupaba la cristalera principal y anunciaba una conferencia sobre «avances en cromosomopatías». De alguien llamado Carles Pou, que, por el tirón que tenía, debía de ser alguien importante.

Dejé a Argos atado a la puerta y me sumergí en el desusado bullicio de aquel pequeño y apartado rincón del mundo que, en condiciones normales, no solía importar a casi nadie.

Diez

09:54

—¡Inspector!

En medio de la aglomeración, una voz grave y familiar, de erres arrastradas y nasales, se superpuso al jaleo dominante y unos brazos en alto se abrieron paso por encima de la multitud hasta la puerta, de la que aún no había conseguido pasar.

Un chico de veintipocos años con una camiseta negra con el emblema de la Casa Stark , quién sabe si de un modo premonitorio, y unos vaqueros desgastados apareció y me abrazó con fuerza.

—¡Cu... cuánto tiempo! ¡Qué a... alegría!

Tenía algo más de peso, algo más corto el pelo y algo más hundida la mirada, pero era él. Pedro. Un viejo amigo. Un tipo honrado y cabal.

—¡Hola, Pedro! ¿Qué tal te va todo?

—¡Bien! Anteayer ga... ganamos, ¡el Barça es campeón de la Co... Copa del Rey!

Se le veía contento. Como si con eso diese por cobrados todos los putos favores que la sociedad le debía.

Entendí un poco más a Lorena, encargada de meter los codos allá donde ellos no llegaban.

Porque en este mundo gobernado por psicópatas si no das dentelladas te comen por un pie.

Y, como por encantamiento, tras pensar en ella la directora se materializó ante mí.

—Hola, Carlos. No sabía que ibas a pasar hoy por aquí. Tenemos un poco de lío.

—Ya veo. ¿Algo importante?