Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS #2
—¿Inspector? ¿Cómo va? He hablado con la gente del Berbés.
—Los extranjeros.
—Sí.
Esperé. Como no arrancaba, decidí darle un empujón.
—¿Y?
—La cosa es complicada.
—Como el problema catalán.
—¿El qué?
—Nada. Venga, Alemán, ¿para qué cojones llamas?
—Ah, pues verá, el tema es que otra gente anda detrás de su hermano.
—¿A qué te refieres?
—Una cosa bien rara. Hará un par de días estuvo otro madaleno preguntando por él. Quería saber dónde vivía.
—¿Otro policía? ¿Nacional?
—Creo que sí. Iba de paisano, pero los picoletos son muy fáciles de olfatear con ese aire militar que se dan siempre. Vosotros sois más... refinados.
—Hombre, gracias. ¿Sabes si le dijeron algo?
—No sé. Si les pagó lo suficiente supongo que le dirían hasta el color de los calzoncillos que gastaba.
—Bien... gracias, Alemán. Te debo una.
—Pues me va a deber dos, inspector.
Se salvó porque no lo tenía delante. Conté hasta diez y volví a preguntar:
—¿Y por qué, Alemán?
—Ya le dije que esa gente es muy lista. Muy organizada. El poli llegó en coche. Uno normal, no un zeta. Anotaron la matrícula. Por trescientos es toda suya.
Cuatro
16:18
Otro policía preguntando por mi hermano. Y a los pocos días su piso franco aparecía registrado a conciencia. Daba qué pensar, sobre todo teniendo en cuenta que también habían entrado en mi piso a robar el día que yo dormía en el calabozo. Pero apenas tenía tiempo para pensar.
El segundo regalo resultó ser una manzana con bicho que llegó al poco de colgar al Alemán: un WhatsApp de Leo me informaba de que tenía algo gordo que contarme. Y que prefería decírmelo en persona. Me esperaba en la Alameda, junto a la estatua de Méndez Núñez, al lado de la comisaría.
Me froté las manos, convencido de que las cosas empezaban a mejorar.
Primero el Alemán y ahora Leo. Después de tanto sembrar y de tanto chaparrón, me tocaba recoger frutos.
Bajo la efigie del ilustre marinero vigués mi ánimo perdió la batalla.
El naufragio estaba dejándome sin barcos y sin honra: Leo me esperaba tirando de la correa de un animal que me reconoció de inmediato.
—Carlos, tienes que quedarte con el perro. En Mos no quieren saber nada de él. Hoy mordió a uno de los cuidadores. Dicen que no ha sido adiestrado por ellos y que no pueden hacerse cargo. Que ya está muy viejo y que lo mejor sería sacrificarlo. Lo siento.
Me agaché a acariciar a Argos. Ahora que sabía su nombre me pareció más fiel y digno. Era lo único que me quedaba de Rouco. Me miró con ojos de opinar lo mismo de mí. Yo era lo único que le quedaba a él de mi hermano. Lo único que queríamos ambos era volver a casa.
—Claro, Leo. No te preocupes.
Cogí la correa sin protestar. Puso cara de sorpresa. Supongo que esperaba algo más de resistencia.
—De nada, hombre. En fin, me voy. Si necesitas...
Debió de decirlo por cortesía. Y debió de arrepentirse al momento porque cogí el ofrecimiento por el rabo.
—Pues... ya que lo dices, ¿podrías mirarme un número de matrícula? Te la mandaré al móvil. Solo necesito saber quién es el dueño.
Me miró. Miró al perro. Y debió de pensar que era una pequeña limosna que no podía negarme. El caso es que asintió. Cuando iba a marcharse lo cogí del brazo. Puso cara de susto, quizás pensó que iba a pedirle más.
—Gracias por todo, Leo.
—De nada, hombre. Cuídate.
Respiró aliviado y se fue.
Cinco
20:09
Antes de volver al piso cerré el negocio con el Alemán. Finalmente, me lo dejó en cien. No tenía madera de tratante. Quizás por eso no había llegado muy arriba en la escala social. Había cierta ternura infantil en su desapego a todo lo que no fuese la recompensa inmediata.
El tercer regalo llegó caído del cielo cuando la tarde ya daba muestras de cansancio.
En la pantalla del móvil apareció un número con prefijo de Pontevedra que mi aparato no identificó a pesar de su presunta inteligencia.
Contesté mientras apuraba el resto frío de un café, con Argos a mi lado, recuperando las viejas costumbres, la vista perdida en el atardecer sobre la península del Morrazo, y la cabeza puesta en demasiadas cosas.
—¿Sí?
—¿Carlos? Soy Rodrigo. Me han dicho en la residencia que has preguntado por mí. ¿Todo bien? Hace mucho tiempo que no sé nada de vosotros. Deberíais acordaros más de los viejos amigos de la familia.
Ya no me parecía tan buena idea reunirme con el sacerdote. La experiencia religiosa de la mañana me había quitado las ganas. Tampoco sabía muy bien qué podía ofrecerme. Pero ahora ya era tarde, tocaba aguantar y poner mi mejor voz de muchacho amable y comprensivo.
—Hola, Rodrigo. Todo fantástico. Fui hoy para hablar contigo, pero San Pedro me negó por tres veces la entrada en tu paraíso.
El auricular de mi móvil escupió una risa arrastrada, de tabaco negro y bronquio obstruido.
—¿El hermano Seixas? Sí, es un buen chico, no se lo tengas en cuenta. Solo hace su trabajo.
—Ya, ya. Escucha, me gustaría comentar contigo algunas cosas... delicadas. ¿Puedes hablar ahora o prefieres que te vaya a ver?
—Preferir, preferiría que vinieses. Aquí las visitas son la única diferencia entre estar vivo o muerto.
Y mejor con un cartón de Ducados. Pero, si tu consulta es urgente, ahora tengo un momento.
Tengo muchos momentos. Esa es mi fortuna y mi desgracia: el tiempo que me queda cada vez tiene más valor y cada vez sirve para menos.
—El tema es algo delicado. Quería preguntarte por el obispo. Si sabes algo de él y qué opinión te merece.
Rodrigo Quireza siempre había sido un sacerdote heterodoxo y poco modélico.
Lo conocía desde hacía muchos años y la sotana nunca le había sentado bien.
Era consciente de sus defectos y no los ocultaba.
Tal vez por eso me fiaba de él. Un silencio espeso y prolongado me hizo dudar de la cobertura de la línea.
Hasta que una nueva tos rota me devolvió la fe.
—Ya. ¿Quien pregunta es el inspector?
—No. He dejado la Policía. Ahora... voy a montar un negocio propio —dije sin pensar, por salir del paso.
Casi me dio por reír. Hasta que comprendí que ese era, en realidad, mi futuro y entonces casi me dio por llorar—.
Estoy investigando un asunto y antes de empezar a levantar alfombras quería formarme una impresión general. Supuse que tú podrías decirme algo.
Un nuevo silencio. Esta vez no flaqueé y esperé pacientemente.
—¿Estamos hablando de la denuncia?
—¿Denuncia? No sé. ¿De qué denuncia me hablas?
La respiración del sacerdote, hasta entonces ola de galerna, se hizo resaca y marea viva.
—Hará unos nueve o diez años los padres de un chico del colegio San Gabriel pusieron una denuncia por... abusos. Por aquel entonces Luis Blanco era el director del colegio.
—¿Y cómo acabó la historia? No sabía nada de eso.
—No se le dio mucho eco en la prensa. Se desestimó por falta de pruebas.
El muchacho era retrasado y el juez no tomó en cuenta su declaración.
Después de aquello Luis estuvo un tiempo lejos.
La Conferencia Episcopal lo envió al sur.
Todo el mundo lo interpretó como una manera de evitar rumores. Vete a saber.
El silencio que siguió fue de profundidad oceánica.
En mi cabeza se materializó el recuerdo de mi primera visita a Alza-Down, durante la investigación del asesinato de Violeta.
La imagen de aquellos chavales torpes y confiados, ávidos de cariño, llamando pacientemente a las puertas del mundo y ajenos a su inmundicia se superpuso a la puesta de sol sobre la ría de Vigo.
Un calor familiar y amargo surgió en mis tripas.
Tenía algunas cosas claras. Otras no tanto.
Y una idea absurda empezó a tomar forma.
Me despedí del sacerdote con la misma sensación que debió de experimentar san Pablo al caer del caballo camino de Damasco: la de ver la luz seguida de un fuerte dolor de cabeza.
Llevaba tantos días sin ideas que decidí bajar a cenar con Olinda para celebrarlo.
Seis
Lunes, 15 de mayo de 2017 08:00
Esa noche no me quedé dormido hasta muy tarde, pero se me hizo corta.
La pasé casi entera consultando noticias en el portátil, cuadrando fechas, buscando nombres.
Por fin, a punto de desfallecer, encontré una pequeña nota en la hemeroteca digital del Faro de Vigo que daba cuenta del archivo de la causa.
Era del año 2007. Llevaba ya unas horas encima de la pantalla cuando di con un apunte que ocupaba dos columnas a la izquierda del pie de portada del sábado 25 de agosto.
«La Audiencia provincial archiva la causa contra el director del colegio San Gabriel por presuntos abusos a un alumno».
Un escalofrío recorrió mis entrañas. Allí estaba.
El cuerpo de la noticia no daba muchos detalles, pero un intertítulo ofrecía el dato que andaba buscando: «Los padres del alumno, con síndrome de Down, anuncian que recurrirán la sentencia».
La idea seguía allí. No podía descartarla. Ni tan siquiera sacármela de la cabeza.
Crecía por momentos y, cuanto más absurda me parecía, más me decidía. Le di vueltas. Tantas que, sobre las seis de la mañana, me quedé, por fin, dormido.
Me desperté en un par de horas al escuchar el sonido de un mensaje de Leo en el teléfono con el nombre del policía que había preguntado por el piso de mi hermano.
Y, bien mirado, no me sorprendió. En la trama de la vida cada cual hace, simplemente, lo único que puede hacer.
Aquello que se espera que haga. No tenemos muchas más opciones.
No obstante, decidí guardarme el dato por el momento. Antes tenía que preparar algunas cosas.
Argos rascaba la puerta. Desayunamos juntos, tracé un esbozo de plan de acción y me enfrenté al mundo con la tranquilizadora sensación de que el motivo por el que salía a la calle no eran únicamente las necesidades fisiológicas de un perro.
A veces uno tiene que apuntalar el ánimo con lo que encuentra y no con lo que le gustaría.