La ira de los mansos Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS
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Segunda parte. LA ESTIRPE DE UNCAS

Segunda parte LA ESTIRPE DE UNCAS

No hay normas.

Todos los hombres son excepciones a una regla que no existe.

F ERNANDO P ESSOA

Uno

Domingo, 14 de mayo de 2017 09:07

El domingo por la mañana me hicieron falta dos cafés solos grandes para poder salir de la casa de Alfonso. Me llevé de allí varias contusiones y una resaca atroz.

Hay días buenos y hay días malos. Yo llevaba una buena racha de estos últimos. Se me estaba agotando el sarcasmo y solo conseguía aferrarme a la última línea de defensa del pesimista constructivo: cuando no se puede bajar más lo único que queda por hacer es subir.

Y en eso estaba, subiendo los seis pisos del ático de Montero Ríos, cuando encontré la puerta abierta de la buhardilla con la cerradura forzada. Me dio por reír. No una risa tibia, de cortesía, no. Lo que salió de mi garganta fue una carcajada de pura desesperación. De hartazgo trastornado.

Eché la mano a la axila. Estaba claro que iba a llevarme mi tiempo acostumbrarme también a ese otro hueco.

Seguía riéndome cuando entré para confirmar lo que presagiaba: lo que yo había hecho unos días antes era un juego de niños comparado con lo que tenía delante: los cajones y los armarios destrozados, el colchón deshecho, el cuadro de temática marinera hecho jirones.

.. bien, eso último casi lo podía considerar una buena noticia, pero ni el tarro del café había dejado entero el culpable del destrozo.

Me senté en el suelo a secarme las lágrimas y cuando pude dejar de reír y llorar a un tiempo fue cuando me asaltó otro mal presentimiento y eché a correr escaleras abajo.

Llamé a la puerta de Olinda con el corazón ocupando el lugar que poco antes había ocupado la carcajada.

Me costaba respirar, igual porque ya no tenía en la garganta sitio para más.

La llamaba mientras daba golpes con la aldaba, pero los únicos que contestaban eran los fantasmas del faro proyectando imágenes desagradables en el fanal de mi imaginación.

Y la imaginación de un inspector de la Unidad de Delitos Violentos es muy fecunda.

Saqué a toda prisa la cartera del bolsillo y busqué un plástico.

El carnet de la piscina era del grosor adecuado para una cerradura vieja sin doble vuelta de llave.

Por primera vez en mucho tiempo sirvió para algo.

La abrí en medio minuto, como alguien había hecho con la del piso de Rouco, y me prometí de nuevo que en veinticuatro horas tendría resuelto el tema del arma.

Entré como me habían enseñado: pendiente de lo que podía ver y de lo que no; atento a los sonidos de los coches en la calle y de las gaviotas en el puerto; al olor a viejo, a medicina y a caldo; a mañana de mayo de luz satisfecha que no codiciaba más muertos.

Olía a calma y a domingo. La casa estaba en orden.

El polvo flotaba a contraluz, sin acusar ningún agravio.

La revisé entera. No encontré ni un papel fuera de sitio: la vajilla limpia, la colcha doblada.

Me sorprendió la presencia de un ordenador en una de las habitaciones.

No imaginaba a Olinda navegando en los revueltos mares de las nuevas tecnologías.

Sentí un intenso alivio, casi semejante a la felicidad, porque cuando no tienes nada cualquier migaja se convierte en un regalo.

Pero el alivio no conseguía borrar las preguntas que me acechaban: quién, por qué; ni las respuestas que concebía.

Me tranquilicé como pude. Cerré la puerta y subí. Cuando acabé de disimular algo aquel destrozo recargué la cafetera con los restos del café que conseguí recoger del suelo, me metí un par de antiinflamatorios en el cuerpo y caí rendido.

Dos

12:23

Me tumbé en lo que quedaba en pie de la cama, pero no conseguí dormir.

Mi cabeza era una olla hirviendo. ¿Quién diablos había entrado en el piso de Rouco?

Era una pregunta casi retórica porque más bien sobraban candidatos.

No dejaba de pensar en que yo tenía algo que todo el mundo quería.

La memoria es un armario extraño del que no siempre sacas la ropa que quieres, aunque nada se pierde por completo en su inmenso fondo.

Todo vuelve, de un modo u otro, pero no como queremos ni cuando queremos.

Una mañana luminosa jugando en el patio con tu hermano puede desaparecer de tus recuerdos, pero después te pasas toda la vida intentando recuperar aquella risa y aquel sol que ni siquiera sabías que extrañabas.

Por encima del hervor flotaba un nombre que el ropero de la memoria sí me devolvía.

Rodrigo. El sacerdote del que me había hablado Alfonso.

Un viejo salesiano que había conocido en otra vida, y en otro mundo.

Alguien con una perspectiva diferente del asunto que tal vez podría alumbrar algo el sótano en el que se estaba convirtiendo mi alma.

Y como no se me ocurría qué más podía hacer, decidí que podría ser buena idea hablar con él.

O, en todo caso, que no perdía nada por hacerlo.

Tuve que hacer un par de llamadas al pasado hasta que conseguí la información que buscaba: el sacerdote jubilado esperaba su última hora en una residencia religiosa no muy lejos del puerto.

Ya era viejo hacía veinte años y no sabía cuánto más iba a tardar Dios en llamarlo a su diestra, así que bajé al coche y arranqué en dirección a Teis con la absurda urgencia del que piensa que la muerte no espera: no hay nada más paciente que la muerte.

Nuestra Señora del Faro era un viejo pazo al pie del monte de la Guía reconvertido en pudridero.

Como cualquier otra residencia de ancianos.

La entrada, de piedra sucia y desgastada, cubierta por la hiedra y el musgo, no invitaba a alegrarse por el misterio de la vida.

Más bien obligaba a la reflexión sobre el oscuro destino que nos espera a todos más allá de ella.

Y así la traspasé, como quien cruza el río Aqueronte, para hacer compañía a los muertos que aún no saben que lo están.

En la entrada, un religioso que apenas debía de pasar de los setenta me detuvo con la misma determinación amable con la que una brisa empuja una cometa contra el suelo.

—Buenos días, ¿viene a ver a algún hermano? Lamento decirle que los domingos la hora de visita termina a las doce y ya son las doce y diez.

La sonrisa beata no conseguía esconder la verdadera naturaleza de su trabajo, pero eso no me echó para atrás. Tenía muchas horas de vuelo a la espalda delante de porteros bastante más correosos.

—Tiene que disculparme. No sabía que había horario de visita. Me gustaría hablar con el padre Quireza. Rodrigo Quireza.

La sonrisa del guardián alcanzó cotas próximas a la santidad. Contestó tras cegarme con su registro facial durante unos absurdos momentos:

—Claro. Puede visitar a cualquiera de nuestros hermanos de lunes a viernes de diez a doce y de cuatro a seis. Los sábados y domingos el horario es solo de mañana. Hasta las doce.

Me llevé instintivamente la mano al bolsillo interior de la chaqueta, pero tuve que amagar otra vez a medio gesto. Saqué pecho y puse mi mejor voz de barítono.

De todos modos, la placa solo es un trozo de chapa. El truco radica en la actitud.

—¿Puede decirme su nombre, por favor? Verá, esto no es una visita de cortesía. Se trata de una investigación policial.

Amenaza velada, autoridad sugerida, mirada de desprecio hacia el culpable de interferir en un asunto que escapa a su competencia. No había mucha gente capaz de soportar un despliegue psicológico de esa naturaleza. Por desgracia, ese cerbero resultó ser uno de esos pocos.

—Mi nombre no tiene importancia. Si quiere puede hablar con el obispo y solicitar una autorización para una visita fuera del horario permitido.

Tosí para aguantarme la risa. El obispo. Con ese también tenía una conversación pendiente.

—¿Con monseñor Blanco? Muy bien, ¿puede darme su teléfono?

—No es necesario. El obispo atiende de lunes a viernes de diez a una en el despacho de la diócesis.

Y, tras pronunciar esas palabras, empujó mi barca sin contemplaciones de vuelta al mundo de los vivos. En los buenos viejos tiempos le habría partido su estúpida sonrisa con la culata de la Heckler.

Tres

14:51

Regresé todavía preocupado por Olinda. Cuando llegué al quinto llamé a la puerta y abrió sin sospechar que había alguien en el mundo que se alegraba de verla, además de su doctora.

En mi caso los motivos eran más bien egoístas, porque yo ya no era capaz de soportar ni un ápice más de culpa, pero desde ese punto de vista todo amor al prójimo es una forma de egoísmo, al fin y al cabo.

—Buenos días, señor Manso. Si llama para que le invite a comer llega tarde. Lo siento, pero tengo horarios de gallina.

Por un momento no supe qué decir. No había pensado en ninguna excusa. Solo quería saber si estaba bien. Decidí no mentir. Esta mujer provocaba en mí ese efecto: parecía tan traicionada por la vida que sentía la necesidad de no participar más de ese engaño.

—Buenos días, Olinda. Solo quería saber si necesitaba algo. Y no se preocupe, que yo ya he comido. —Lo cual no fue exactamente una mentira teniendo en cuenta que no aclaré cuánto hacía de eso.

—Muchas gracias, filliño . No necesito nada. Ya compré el pan cuando volví de misa. ¿Quiere bajar después a cenar? Tengo pollo que ha sobrado.

Y se fue hacia dentro sin darme tiempo a contestar. ¿A qué iría a misa aquella mujer que solo creía en la muerte? ¿A rogarle a su Dios que no se demorase en llevarla?

La tarde del domingo se presentaba ante mí como un cofre por abrir repleto de posibilidades. Tras pensarlo bien decidí dejar el cofre cerrado, bajar a tomar una cerveza y un par de empanadillas en el Carballo y subir de nuevo a intentar echar la siesta.

Con lo que no contaba era con que el cofre se iba a abrir de todos modos. Y que una lluvia de regalos iba a devolverme la fe en los Reyes Magos en pleno mayo.

El primer regalo llegó en cuanto me quedé dormido. Desperté de un salto al escuchar el móvil. Era el Alemán, con noticias.