Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #21
Aún tenía tiempo de comer algo antes del funeral.
Cuarenta y dos
17:30
El cementerio parroquial de San Xoán de Chenlo estaba vacío cuando llegué. El velatorio estaba previsto en el tanatorio de Porriño, a diez kilómetros, así que me senté a la sombra de un olivo, en un banco de piedra junto a los muros de la iglesia, esperando la llegada de la comitiva.
Al poco tiempo la campana empezó a llamar a los vivos y a despedir a los muertos.
Los primeros en llegar lo hicieron andando.
Gente mayor, de la parroquia, que no tenía coche o confianza para acudir al velatorio, pero que iba al funeral a ofrecer esa solidaridad natural de las villas y las aldeas que sentencia que cuando uno de los suyos muere hay que despedirlo. Da igual lo que hiciera en vida.
No pude evitar fijarme en un hombre viejo que caminaba de la mano de una mujer con algún tipo de discapacidad psíquica evidente.
No era posible decir quién ayudaba a quién, ocultos los dos para el gran espectáculo del mundo.
Embrujados por un conjuro de invisibilidad.
Pequeños e insignificantes como moscas en la pared.
Dos habitantes más del perdido país de los nadie.
A medida que iban llegando los primeros coches y la gente empezó a agruparse junto a la puerta de la capilla, una brisa fría, de montaña, fue enfriando el ambiente, a pesar de estar casi en verano.
Todo el mundo hablaba en voz baja y parecía mirarme, señalando con el gesto al extraño.
Con todos los rumores que debió de generar Clara tras su marcha yo debía de estar convirtiéndome, en la pequeña mente colectiva de la pedanía, en el mismo Lucifer.
O, peor aún, en el padre de la criatura.
El coche fúnebre aparcó casi a mi lado, en un ensanche entre el cementerio y la iglesia.
Decidí apartarme cuando el propio Claudio apareció abrazado a su esposa, ambos de negro, llorando y escuchando los pésames de sus vecinos.
Esperé a que el viejo sacerdote oficiara la despedida de la difunta; esperé a que la losa quedase bien sellada en el nicho familiar; esperé a que los paisanos presentasen sus respetos; y cuando ya no quedaba casi nadie, a punto de morir de frío y de aburrimiento, me acerqué despacio hasta la mujer de luto que besaba un retrato.
—Mi más sincero pésame. Créame que lo lamento.
La mujer levantó la vista de la fotografía y clavó sus ojos, verdes y muertos, en los míos.
Me reconoció como el ángel negro que le había dado la primera puñalada.
Pero la mirada no fue de odio ni de miedo.
Fue de indiferencia. A ella ya le daba todo igual.
La comprendía muy bien. Contestó, entre lágrimas, por pura rutina:
—Gracias.
—Sé que no es el mejor momento, pero necesito hacerle un par de preguntas.
No respondió. Ni siquiera sé si me escuchó. No podía asumir que el mundo seguía girando a pesar de la muerte de su hija.
—Cuando nació su nieto, Clara era menor de edad. Con toda la vida por delante no entiendo por qué autorizó una ligadura de trompas a su hija. ¿Tan enfadados estaban? ¿Fue una especie de castigo? ¿O por algún motivo médico?
Contestó sin fuerzas. Su voluntad descansaba detrás de una losa blanca. Yo tenía una teoría, pero me daba escalofríos pensar en ella. Cuando habló, no me quedó otra opción que confirmarla:
—Don Luis dijo que era lo mejor. Yo no sé de esas cosas...
—¿Volvió a verla? ¿O a hablar con ella después de su marcha?
Me miró con ojos de ultratumba. Como si acabara de arrancarle el alma de su cuerpo. Como si la estuviese acusando de algo...
—La llamé... Yo... la llamé...
Estaba a punto de derrumbarse, pero no dijo nada más.
Le sostuve la mirada como pude, era lo mínimo que merecía aquella madre.
Me hubiera gustado poder ofrecerle algo, pero no se me ocurrió nada.
La tarde, como la gente, se había marchado casi por completo.
Escuché pasos a mi espalda y volví la cabeza.
El señor Filgueira se acercaba como el día que lo conocí, furioso y decidido.
—¡Usted! ¡No me dijo que era el hermano del policía que mató a mi hija! ¡Embustero! ¡Váyase de aquí! ¡Váyase de este sitio y no vuelva!
No hablaba, rugía. Alguien le había ido con el cuento. Alguien que estaba poniéndome palos en las ruedas. Alguien que no quería que yo levantase tanta polvareda y que intentaba espantarme la caza.
Me fui levantando las manos, sin ganas de pelea. No tenía fuerzas. Me sentía agotado y solo. Su nieto los esperaba en casa.
A mí no me esperaba nadie.
Cuarenta y tres
21:58
Volví a Vigo engullido por la noche. Me sentía extraño.
Vacío. En pocos días estaba quedándome sin ninguna de las cosas que pensaba que odiaba.
En la radio sonaba Passenger y yo no podía más que darle la razón.
No apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos.
Ya en la ciudad decidí hacer una parada antes de dar el día por finalizado.
Alfonso vivía justo encima de su local. Llegué justo cuando abría.
La persiana oxidada de A Gabia resonó en mi cabeza con el mal presagio de un tren en un cambio de agujas.
En cuanto entramos me sirvió un Bushmills sin que tuviese que decirle nada.
Guardaba esa botella para mí. La valoré como se merecía, antes de echarla también de menos.
—Tienes mala cara, Carlos.
En mi anterior visita le había hablado de la muerte de Rouco. Sin muchos detalles.
Apuré el vaso y contesté sin pensar, amparado por la niebla del primer trago.
—Estoy harto. No me pego un tiro porque me he quedado sin arma.
Debió de ver algo en mis ojos, porque, de modo inesperado, decidió animarme. A su modo.
—¿De qué estás harto, mamalón ? Tienes comida y una cama. Y una copa en la mano. Para lo que te falta no cuentes conmigo, pero puedo llamar a alguna amiga.
¿Quién necesita un psicólogo teniendo a Alfonso? Lo mandé a pastar, por supuesto. Pero, como buen tabernero, siguió llevándolo todo a su terreno.
—Venga, hombre. Brindemos por tu hermano. Descanse en paz.
—Yo también quiero descansar en paz. Todo el mundo anda detrás de mí. No sé qué carallo quieren.
En los altavoces Ólafur Arnalds tocaba para Teda.
Y supongo que algo también para nosotros.
Me sirvió otra copa. La bajé de golpe y me quedé pensando en lo que acababa de decir.
Pensé en Atticus. En el comisario. En la inspectora Regueira.
Todos ellos me habían pedido lo mismo. Algo que Rouco me había dejado.
Pero Rouco no me había dejado nada. ¿O sí?
Mi viejo dolor en el pecho volvió a manifestarse.
Pensé que era la pena y pedí otra copa. Ya no estaba de servicio.
—¿No quieres comer algo? ¿Te pongo un bocadillo?
—No quiero comer. Quiero otra copa.
Empezaba a arrastrar la lengua. Estaba haciéndome viejo. Normalmente hasta el quinto no empezaba a notarse.
—¿Seguro?
Estaba enfadado. En ese momento pensé que por el whisky que me negaba Alfonso. Por supuesto, eso era lo de menos.
—Alfonso, ¿tú crees en Dios?
—Hombre, Carlos, yo soy novio de la muerte. Es Dios el que debería creer en mí.
—Déjate de historias. Llena el vaso y contesta.
Se quedó pensando. Vaya tontería. Como si nunca se hubiera parado a reflexionar sobre el asunto.
—Yo creo... que no lo sé, pero que da lo mismo.
Bebí otro trago, ya sin ningún tipo de contención.
—No te entiendo.
—Creo que una cosa es lo que los seres humanos llamamos Dios.
Ese no existe. Es un invento nuestro. Lo necesitamos.
No sé si por miedo, o como una pobre excusa para no cargar con toda la responsabilidad.
Otra cosa será si existe algo que pueda encajar en nuestra idea de Dios.
Pero para contestar a estas preguntas es mejor que hables con aquel amigo tuyo, el cura, ¿cómo se llamaba? Rafael, Raúl o algo así.
—Muy filosófico. Y puede que tengas razón.
Hobbes decía que los hombres cogemos todos los errores de nuestra vida y fabricamos un monstruo al que llamamos destino.
Otro mote que le podemos poner es Dios. Yo.
.. qué quieres que te diga, nunca he entendido el misterio de la fe, que obliga a invertir la carga de la prueba.
Si abrimos esa puerta todo vale. Si aceptamos que existe aquello que no podemos demostrar nos ponemos en manos del único argumento que queda en pie: el de la autoridad.
Las evidencias, los hechos, la consecuencia reproducible, son las únicas armas de los débiles frente a los poderosos.
Dios no es amor. Es un animal herido. Una herramienta del poder.
La excusa para negar lo que tenemos delante de los ojos.
Alfonso se sentó. No había ningún cliente más. Me sirvió otra, ya sin preguntar. Yo continué. Las barreras habían caído. Estaba sin frenos.
—¡Hay que reconocer que el negocio está bien montado!
La verdad, indemostrable, emana de la cabeza de una Iglesia que obliga a sus seguidores a creer en ella.
Y si alguno se saca la venda de los ojos se le obliga a pasar por el sacramento de la confesión.
Ese elaborado engaño mediante el que la víctima se delata frente a su verdugo.
Seguí a pesar de la boca pastosa y de que el dolor en el pecho crecía, acompañado ahora de una punzada intensa en la cabeza.
—Pedro es de otra pasta. ¿Conoces a Pedro?
No, claro. Pedro es un despojo. Un error.
Un deficiente. Nadie le ve. Sobra. Pero, amigo, yo creo que los deficientes somos nosotros.
Él no tiene miedo, obra de balde. Su compasión no surge del chantaje del cielo ni de la amenaza del infierno, sino del sentido común.
Su amor, incondicional, sin la trampa de la culpa, es auténtico.
Su respeto no espera contrapartidas. Ese es su mérito.
Y cuando su cuerpo, al final de este paréntesis en el medio de la nada que llamamos vida, se pudra bajo dos metros de tierra, lo único que quedará de él será eso: el amor.
El verdadero amor esparcido como simiente entre los vivos.
Estaba sin fuerzas. Notaba cómo iba resbalando en el taburete.
—Yo, en cambio, lo único que dejaré será un surco de rabia y suciedad. La presencia en el mundo de gente como yo, o como tú, discúlpame, Alfonso, solo tiene el sentido de nuestra simple existencia. Y con eso basta.
Levanté el vaso para brindar por los despojos. Y fue entonces cuando me caí al suelo.
Lo sé por los hematomas, y porque Alfonso me lo dijo al día siguiente.