Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #20
—Ya sé que acaban de expulsarlo del Cuerpo. Pero con su amplia experiencia confío en que entiende a qué se expone si traiciona nuestra confianza.
Tras el dardo esperó un momento. Supongo que para que yo pudiese imaginar todo tipo de consecuencias. La imaginación es una magnífica aliada del miedo. No sabía si esperaba una respuesta en concreto. Por si acaso asentí.
—Pues bien, monseñor Blanco resultó ser una pieza clave en esa red que estábamos investigando.
Y la cuestión es que, durante el operativo, empezamos a darnos cuenta de que había una filtración.
El obispo siempre conseguía eludir nuestras investigaciones.
Cuando teníamos una pista, alguien se encargaba de echar tierra encima.
Estuvimos a punto de desmontarle el quiosco un par de veces, pero siempre llegábamos tarde. ¿Entiende lo que le estoy diciendo?
Otra vez. Igual tenía cara de tonto. Igual debería ponerme gafas, a ver si la gente dejaba de preguntarme si entendía lo que me estaban contando.
Claro que lo entendía. Estaba diciéndome que había gente dentro de la Policía que le pasaba información al obispo.
También ayudaba el hecho de que yo tenía mis propias hipótesis al respecto.
—Entiendo —dije, para que le quedase claro.
—Por ese motivo decidimos montar un dispositivo especial dentro del operativo.
Lo bautizamos como operación Almablanca.
Y el agente al frente era su hermano. Se presentó él mismo como voluntario.
La idea era desvincular la investigación de los canales oficiales.
Que nadie supiese lo que estábamos haciendo.
Estaba separándose de su mujer y pensamos que era una buena tapadera.
Y tan buena. Yo no me había olido ni media. Pero aún quedaban algunas piezas por encajar.
—¿Operación Almablanca?
—Por Luis Blanco. Rouco nos pasaba informes periódicos directamente a mí y al director de nuestra unidad. Nadie más debía saber nada. El día que murió su hermano, acababa de conseguir algo. Pensaba presentarse el lunes siguiente en el juzgado.
Yo ya le estaba dando vueltas a otra cosa. Pregunté por preguntar, porque estaba claro:
—¿Cogisteis vosotros el bolígrafo de Rouco del IMELGA?
Me miró con algo parecido al respeto.
—Sí. Pensábamos que en la memoria USB estarían las pruebas que necesitábamos. Pero no había nada. Vacío. Y, no obstante, como le digo, Rouco había encontrado algo.
Aún no había hablado de Clara. O Sonia. Ni de Atticus. Pero me miraba como si ya lo hubiese dicho todo y estuviese esperando una respuesta. Entonces caí en la cuenta.
—¿Y queréis saber si lo tengo yo? ¿Si me hizo llegar esas pruebas que buscáis?
Se le iluminó la cara como a una profesora delante de un alumno aventajado que da con la respuesta correcta. Pensé en todas las opciones que tenía. Acabé rápido.
—Pues... que yo sepa, no. Pero si así fuese, entiéndame, estaría preguntándome por qué Rouco no os hizo llegar eso que encontró ese mismo día. Y si yo no debería hacer lo mismo.
—Tenía órdenes de entregar directamente las pruebas en el juzgado.
Asentí en silencio. La filtración debía de afectar a instancias altas. Muy altas. Di un paso atrás.
—Rouco no me dejó nada más que un montón de preguntas. Por ejemplo, ¿qué pinta el hacker en todo esto?
Ahora la mirada fue más la de una profesora molesta por tener que explicar algo evidente.
—No sé si conoce cómo funciona la BIT. La red de redes es una jungla.
Ya sabe lo que dicen: Google muestra una fracción minúscula de lo que hay.
Debajo de ese uno por ciento se encuentra una maraña de gente y de negocios, la mayoría muy oscuros.
Lo que se llama la deep web. Un agujero sin ley.
Ese es el mundo de los compañeros de la Tecnológica.
Y en esos sótanos es difícil estar a la última, llegar a todas partes o, simplemente, pasar desapercibido.
Igual que vosotros tenéis confidentes en la calle, los de la BIT tienen sus colaboradores en la deep web .
Algunos son tan solo cicerones que cooperan por simple diversión.
Otros, mercenarios que colaboran con quien pague mejor.
Muchos con intereses particulares, y que utilizan a la Policía para servir a sus propios fines.
Todos ellos con dedicación completa y sin los que no sería posible sumergirse en ese barrio en el que impera la ley del más listo.
Atticus es uno de esos colaboradores. Tenía mucho trato con Rouco y anda también detrás de la misma red de pederastas que nosotros.
Lo que pasa es que va por libre. Y por el acceso que tiene a determinadas informaciones pensamos que puede estar más implicado de lo que dice en todo el asunto.
Al principio me gustó. La ley del más listo.
Era diferente de mi trabajo, mucho más clásico, donde la ley que manda es la del más fuerte.
Una ley de la naturaleza, fácil de entender, que me obligaba a llevar un arma bajo el sobaco.
En cambio, internet ofrecía un sitio inaccesible físicamente donde los que cortaban la pana eran los más listos.
Tal vez allí la cosa fuera algo mejor. Algo más justa.
Pero ese pensamiento sobre la inteligencia me llevó a Lorena y a sus chavales con síndrome de Down.
A su pequeño ejército de corazones irreductibles.
No, la inteligencia no es garantía de nada.
Si acaso de lo contrario. Mientras no hubiera un lugar donde imperase la ley del más decente no habría nada que hacer.
—¿Y Sonia? ¿O debería decir Clara?
Subí la nota de nuevo. Jugaba para matrícula por la cara de la inspectora Regueira.
—Veo que ha llegado hasta Clara. Tendremos que revisar el protocolo.
—¿El protocolo?
—De testigos protegidos.
Clic. Clic. Clic . En ese momento comprendí muchas cosas.
Cuarenta y uno
14:44
—Comprenderá que no voy a facilitarle más detalles. A pesar de que está muerta debemos mantener la mayor discreción sobre ese aspecto de la investigación.
—Ya.
No tenía mucho sentido insistir. Estaba oficialmente fuera de todo.
Ya no era un compañero. Solo era alguien que, tal vez, tenía algo que les interesaba.
Seguirían prestándome atención mientras pensaran eso, pero no iban a ponerme al tanto de todo.
A partir de ahora la cosa iba a ser así.
Mejor era que me fuese acostumbrando cuanto antes.
Pero decidí que empezaría la terapia al día siguiente.
—Hay algo que no entiendo. Si ya tenían un testigo protegido, ¿para qué querían más pruebas?
—Ese era parte del cometido de Rouco: convencer a Clara de que declarase contra el obispo.
Pero además en esa madriguera hay muchas más arañas.
Clientes locales. Compradores internacionales, docenas, o tal vez cientos, de víctimas.
Queríamos desmantelar todo el nido y no solo acabar con la araña más gorda.
Nos quedamos callados y seguimos paseando. Habíamos dado toda la vuelta y estábamos bajando de nuevo por el otro lado del parque. El Audi seguía allí, con las luces de emergencia.
—¿Puedo hacerle otra pregunta?
—Claro. Diga.
—¿Puede explicarme lo del centro comercial del miércoles?
Sonrió de nuevo. Parecía una mujer feliz. Satisfecha con su trabajo.
—Eso fue un cascabel.
—¿Qué?
—En el dispositivo especial hicimos correr la voz de que Clara o, mejor dicho, Sonia, trabajaba en Decathlon. Si alguien se acercaba a investigar nos darían el aviso. Era un modo de intentar cazar a quien estaba filtrando la información.
Me dio la sensación de que llevaba chapoteando en el barro durante toda la semana.
—Bien. Si le he contado todo esto es para que comprenda que necesitamos toda la ayuda posible.
Y que es muy importante que nos haga llegar cualquier cosa que Rouco le haya podido dejar antes de morir.
Puede ser un paquete enviado por correo, un mensaje, no sé.
Cualquier cosa que se le ocurra podría ser de gran utilidad.
—Me miró de frente, muy intensa, poniendo en juego toda su capacidad de persuasión—.
Queremos coger a esos malnacidos. Sé que usted quiere lo mismo.
Fue policía. Sus agentes insisten en que es una buena persona.
¿Yo quería lo mismo? Podía ser. Pero también quería saber qué le había pasado a Rouco. Limpiar su nombre. Averiguar quién le había matado. Saber la verdad, aunque eso sea lo que suelen decir los que buscan venganza. He conocido a muchos. No, yo no soy una buena persona. Soy como todo el mundo.
—Inspectora Regueira... Está ocupando mi despacho porque, siendo yo hermano de Rouco, pensó que allí encontraría algo. Perdone la crudeza, pero ¿no tendrá algo que ver con mi despido?
—No. Pero alguien en la Jefatura Superior estaba muy interesado en que usted fuese retirado cuanto antes del caso. Simplemente aprovechamos esa urgencia para colocarnos en posición sin despertar sospechas.
Mi expediente llevaba macerando desde hacía unos años en algún despacho.
Alguien debió de pensar que le había tocado la lotería cuando vio la ocasión de emplearlo.
Este sí era un tema en el que podíamos llegar a algún tipo de colaboración la inspectora y yo.
En cuanto tuviese claras algunas cuestiones pendientes.
—Muy bien. La ayudaré. Si consigo encontrar la manera de hacerlo.
La cita no daba para más. Antes de subirse al coche me dio una tarjeta y aún me dirigió otra de sus miradas. Casi eché en falta un guiño.
Bajé hasta el aparcamiento del ayuntamiento con la cabeza pasada de revoluciones.
Atando cabos, juntando piezas y echando cuentas.
Faltaba algo. Aún no tenía el cuadro completo.
Llamé al número de Atticus, pero no daba señal.
Subí a mi coche agotado tras el bajón de adrenalina y la caminata, metafórica y real, alrededor de la cruz.
Lo que tenía que hacer a continuación no me apetecía, pero avancé resignado por la calle Venezuela en dirección a la plaza de España. En esa ocasión ya sin prisa.