La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #19
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #19

—Durante la investigación, de algún modo se olieron que alguien importante de Vigo pertenecía a esa red. Alguien en el que tú estás particularmente interesado. —La respiración de Atticus se aceleró. Podía percibir la emoción a través del móvil—. ¿Voy bien?

—No colaboro con la BIT. Colaboro con Rouco.

Bien, un matiz. Podía no ser importante. O sí.

—Bien, colaboras... Colaborabas con Rouco.

Y conseguiste unas fotos. Pero no eran suficiente.

No se le veía la cara. Necesitabais algo más, más pruebas o.

.. alguna otra cosa. En ese punto de la investigación, mi hermano aparece suicidado.

No sé qué opinas tú. Yo dejé de creer en las casualidades poco después de dejar de creer en los Reyes Magos.

Por el momento el asunto estaba bastante claro. Era a partir de aquí donde las cosas se volvían algo más confusas. Y donde empezaba a necesitar algunas respuestas.

—Ahora retrocedamos un poco en el tiempo. Al poco del inicio de la investigación mi hermano deja a su mujer y se marcha a vivir de alquiler, sin contrato, a un piso del que nadie, ni yo, sabe nada. Excepto tú. La pregunta es evidente. ¿Estaba escondiéndose? ¿Huía de algo?

—Algo así.

—Algo así. Ya. No estás siendo de mucha ayuda.

Vale, digamos que Rouco estaba escondido.

Lo que nos lleva de nuevo a la cuestión de su muerte.

La hipótesis del suicidio sigue perdiendo fuelle.

Por no hablar de la muerte de Clara, una chica que se fue de su casa para vivir con mi hermano justo después de que naciese su hijo, que se fabricó una identidad falsa y que aún no sé muy bien qué pinta en todo esto.

—Así contado sonaba todo absurdo, irreal.

Pero en mi trabajo aprendes rápido que la realidad suele parecer mucho más irreal que cualquier hipótesis que uno pueda formular.

—¿Clara también...?

—Estrangulada. Deberíamos vernos y hablar de esa chica. Y de Rouco. A partir de aquí tenemos que seguir juntos, pero no por teléfono. Si vamos a colaborar, quiero saber quién eres, lo que tienes, y si puedo fiarme de ti. Y tú querrás lo mismo, supongo.

Hice la propuesta sin saber si el tipo estaba en Vigo o en la otra punta del mundo, y sin confiar mucho en que aceptase, pero con la certeza de que era una de las pocas personas que podían arrojar algo de luz en toda la historia.

Y la de que el móvil era un obstáculo para hablar de ciertas cosas. Tardó en contestar. Pero no mucho.

—En la cruz del Castro. En media hora.

—¿Cómo sabré quién...?

Y colgó, pero en esa ocasión no me lo tomé mal. Ya nos íbamos conociendo.

Treinta y nueve

12:49

Así de fácil. Quizás demasiado. Y eso que no le había contado ni la mitad de lo que me rondaba por la cabeza.

Me quedé con el móvil en la mano, mirando la pantalla mientras una pequeña alarma empezó a sonar otra vez en ese desván impenetrable de la conciencia donde reside la intuición, como una vocecita que intentaba hacerse notar por encima de mis deseos.

Decía: «No vayas... No vayas...». La oí.

No puedo decir que no. Pero si Atticus había ayudado a mi hermano también podía ayudarme a mí.

Y tenía la sensación de que el riesgo podía merecer la pena si con eso aclaraba tanta tiniebla.

Así que volé hacia la luz como una polilla en la noche de San Juan.

De camino me insulté en varios idiomas por no haber arreglado aún el tema del arma, un asunto que, con los contactos adecuados y dinero, y yo tenía ambos, no precisaba más que un par de llamadas y unas pocas horas.

Y cuanto más pensaba en que no llevaba la Heckler encima más dudas me entraban.

No sabía nada del hacker más allá de lo que él mismo me había dicho.

No sabía quién era ni para quién trabajaba.

O qué lo motivaba. Por otro lado, él había sido quien me había facilitado las fotos, el nombre del obispo y la dirección de mi hermano.

Claro que todo eso también podía ser un anzuelo, el cebo de una trampa en la que estaba a punto de caer.

Y en ese sube y baja se me fue el camino hasta el aparcamiento del ayuntamiento.

Salí por la plaza del Rey, dejando atrás la inmensa mole del edificio municipal, verdadero panóptico sobre Vigo, abanderado paradigma del destrozo arquitectónico local de las últimas décadas.

Pero mi mirada se posaba justo enfrente: en la ladera oeste del monte del Castro, sobre la que se elevaba una de las últimas cruces franquistas que aún resistían contra el sentido común.

Un lugar de encuentro muy apropiado para hablar de los excesos carnales de un obispo.

Un tipo que se hacía llamar como un abogado defensor de los derechos de las minorías y que escogía un lugar con aquella carga simbólica no podía ser un mal tipo, o por lo menos era algo leído.

Mientras cruzaba la avenida de las Camelias no dejaba de vigilar las escaleras de la base del monumento, intentando adivinar si alguna de aquellas figuras pertenecía al misterioso pirata informático.

Dos parejas adolescentes, una mujer y un anciano eran toda la parroquia.

Había tardado algo más de la media hora prevista.

Me senté en un escalón, preguntándome si el tipo sabría reconocerme.

Me eché a reír. Yo apestaba a madaleno de lejos.

Pero la carcajada se quedó a medias cuando descubrí, a poca distancia de donde estaba, un Audi gris mal estacionado y con las luces de emergencia puestas.

No sabía qué hacer. ¿Levantarme e irme? ¿Quedarme y disimular?

Vaya mierda. También podía llamar a la Policía, puestos a hacer el idiota.

Las lunas tintadas no me dejaban ver si había alguien dentro.

La adrenalina se disparó y empecé a tener problemas para pensar con claridad.

Mierda. Me llevé la mano a la axila y la retiré al momento.

Mierda. La mujer que había visto junto al anciano se acercaba por la derecha, tapando en parte la visión del coche, y cuando estuvo a mi altura giró la cabeza hacia mí.

¿Cómo demonios habían dado conmigo? ¿Quiénes eran? ¿Qué querían? Mierda, hostia.

Permanecí sentado y, cuando ya no podía más, a punto de reventar, sin saber qué carajo hacer, la mujer se agachó y me cogió del brazo, obligándome a acompañarla en su paseo.

Cuarenta

13:27

El corazón martilleaba en mi pecho como la batería de Bonzo Bonham en sus días de gloria. Respiraba a toda velocidad, de un modo completamente desacompasado con el ritmo lento que llevaba aquella mujer. La miré desconcertado. Pregunté por preguntar, porque no conseguía comprender nada.

—¿Atticus?

—Ya no creo que aparezca. Supongo que sabía que estábamos escuchando. Llevamos mucho detrás de él, pero siempre consigue ir un paso por delante.

Hablaba en voz baja. Dábamos la perfecta imagen de una pareja gozando del fin de semana.

—¿Cómo? ¿Quién es usted?

—Claro, disculpe. Lo primero son las presentaciones. Inspectora jefa Xoana Regueira, de la Unidad de Familia y Mujer. Dirección Adjunta Operativa de la Policía Judicial. Actualmente destinada en su antiguo puesto.

—¿Familia y Mujer? ¿De la Comisaría General? ¿En mi puesto? —Empecé a respirar más despacio. Ella hablaba con autoridad, pero yo seguía algo descolocado. Por no decir completamente desorientado.

—Ya sabe, nosotros llevamos también todos los delitos relacionados con agresiones sexuales. Imagino que por ese lado ya le cuadrará algo mejor nuestra presencia.

Asentí. Caminábamos ladera arriba, por una de las calles que atravesaban el parque, mientras la ciudad, como mi inquietud, iba quedando poco a poco atrás.

—Yo soy... —Me quedé callado. No supe seguir, o por dónde empezar.

—Sé quién es. Y por qué está aquí.

—Ya. Yo no puedo decir lo mismo.

—Claro. Pero pretendo poner solución a eso.

Eché una nueva mirada de reojo a la mujer.

Mediana edad, sólida, segura, perturbadora.

Aquello empezaba a parecerse a una película barata de espías.

Y yo empezaba a sentirme como un expolicía de provincias.

Tocaba escuchar otro cuento. Estaba ya un poco harto de que todo el mundo me contara el suyo.

Deseé que ese fuera más de mi agrado, pero no me hice muchas ilusiones.

—Soy todo oídos.

La inspectora sonrió.

—¿Conoce a Luis Blanco?

—No lo conozco en persona, pero sé de quién estamos hablando.

—Deje que le ponga en contexto. Nacido en 1949, en Santo André de Meirol, provincia de Pontevedra.

Ordenado sacerdote en 1979. Director del Seminario Mayor de 1998 al 2000.

Director del colegio San Gabriel de 2001 a 2007.

Después de eso, vicario episcopal de Melilla, algo que la mitad de la gente a la que le pregunte considerará como un ascenso y la otra mitad como un exilio.

A partir de 2010 su carrera despega: deán de la concatedral de Santa María de Vigo primero, y, desde el año pasado, monseñor de la diócesis de Tuy-Vigo.

—Algo había oído.

Clic. El sonido agradable de las piezas encajando. Lamenté no haber aceptado el informe de Sandra.

—La Unidad de Intervención Tecnológica lleva un tiempo detrás de una red de pornografía infantil. Imagino que también sabe algo de eso, ya que su hermano era uno de los agentes destinados al grupo de apoyo.

—No hablábamos mucho.

La inspectora puso cara de fastidio. Pero ¿qué iba a hacer?

, ¿largarle allí mismo y sin más todo lo que sabía?

Para llegar a ese punto yo necesito algo más que un poco de conversación.

No sé, unas copas, algo de música. De cualquier modo, estaba claro que todo el mundo sabía más que yo, así que tampoco se perdían gran cosa.

Pero eso, por lo visto, era lo único que no sabían.

—Bien, ya veo que no está interesado en colaborar. Pero déjeme que siga y tal vez consiga atraer su atención. A partir de aquí considere confidencial todo lo que le voy a decir.

Un truco muy viejo para despertar el interés. Pero, qué cojones, muy bueno.