Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #18
Viendo a aquella mujer, anciana, ajada y medio ciega, acorralada por la vida contra las paredes de su piso, tan viejo como ella, ofrecerme su última botella de vino casi recuperé la fe en la humanidad.
El estómago lleno también hizo lo suyo. En cualquier caso, no pude eludir la conversación.
Era lo único que tenía para pagar de algún modo aquel convite.
—¿Y qué, no ha vuelto a saber nada de su novia?
¿Qué podía hacer, contarle la verdad a la pobre Olinda? Mentir, no mentí, pero digamos que esquivé la bala.
—Ella... Yo... no sé nada de ella desde el viernes.
—Ya. Era muy joven. —Asintió, como si con esa explicación todo quedara aclarado—. Yo soy viuda, ¿sabe?
No conseguía seguirle el hilo, pero la dejé seguir, convencido de que hablaba para ella más que para mí. Enseguida comprendí mi error.
—Mi marido era un holgazán. Yo era casi una niña cuando lo conocí. Después tuve que trabajar toda la vida para él. ¿Usted en qué trabaja?
Iban a ser unas sardinas caras. Parecía que la mujer tenía mucha curiosidad atrasada. Pero Olinda no sabía con quién estaba jugando. Yo también sabía sacar provecho.
—¿No se lo dije cuando firmamos el contrato de alquiler?
—¿Qué contrato ni qué gaitas? No sé qué tiene estos días. Está usted muy raro.
—¿No firmamos un contrato?
—Mire, a mi edad la memoria ya no anda muy fina, pero recuerdo que usted dijo que no quería papeles. De no ser así estaría pagando cien euros más cada mes.
Me concentré en uno de los peces que tenía en el plato. Parecía que sonreía, con esa cara estúpida que tienen las sardinas. Me la comí entera. A ver quién era el que reía el último. Olinda casi no había cenado, pero la pizca de vino sí se la bebió.
—Si no me quiere decir en qué trabaja no me lo diga. Cosa buena no será con esos horarios que se trae, pero a mí me da igual siempre que me pague.
—No... No es nada... Quiero decir que... yo soy...
—Deje, hombre. Sé bien que hoy en día la gente se gana el jornal de modos muy raros.
Antes había que usar las manos, cocer el pan, colgar los pimientos, arrancar las patacas de la tierra.
Ahora todo es humo, el dinero viene rápido y se va rápido.
Negocios que alguien como yo no entiende ni quiere entender.
Lo que sí soy capaz de ver es si alguien es buena persona o no. Y usted es una buena persona.
No sabía si se estaba refiriendo a Rouco o a mí.
Supongo que, en cierta forma, a los dos.
Sentí un calor agradable en el pecho para variar.
No por el halago, más basado en el alcohol que en pruebas que podría refutar sin mucho problema.
Más bien por la inesperada encarnación fraternal, que sentí casi como un pequeño y último homenaje a mi hermano.
Como una de esas anécdotas con las que ambos nos solíamos reír cuando éramos más jóvenes.
—¿Y a usted, Olinda, no le queda familia? ¿Hijos?
Siempre tenía los ojos colorados y llenos de lágrimas, por lo que no puedo asegurar que se emocionara. Solo sé que tardó algo más en contestar:
—Tenía un hijo. Se llamaba Alción. Murió. El lomo del mar es traicionero.
Esperé por si quería contar algo más. No pregunté por si molestaba. La cosa, finalmente, quedó ahí. Acabé con la sardina que quedaba y me serví el resto del vino. Al cabo de un rato, la incomodidad pasó. Cuando no quedó nada más que hablar, comer o beber me levanté a recoger la mesa.
—Deja, filliño . Yo tengo todo el día para hacer eso. A mi edad tener algo que hacer es una bendición.
—Deje por lo menos que baje la basura para que no huela.
—Eso sí que se lo agradezco. Las escaleras van a acabar conmigo. Por cierto, ¿no quiere llevarle algo al perro?
—¿Cómo?
—El perro. ¿No quiere llevarle las sobras?
—Ah, sí. No, gracias, no está... Lo llevé... a casa de unos amigos...
—Vaya. Ya veo. Por eso está así. Ya me extrañaba lo de hoy.
Nunca había bajado a hablar conmigo ni me había aceptado una invitación.
La soledad es lo peor, créame. Cuando no tenemos sacerdote con el que confesar solo podemos perdonarnos nosotros.
Y no hay nadie más intransigente con los defectos propios que uno mismo.
¿Sabe de qué está hecha la soledad? De palabras.
Palabras que tienen sangre en las uñas de tanto que arañan y terquean por salir.
Aquella mujer era una caja de sorpresas. No sé por qué, me dio por asomarme algo a esa baranda.
—Olinda, ¿puedo preguntarle algo?
—Puede. Pero no espere mucho de mí. Cuando uno es joven llena la faltriquera de respuestas, pero con los años los bolsillos se van rompiendo. Y las respuestas se van cayendo.
—¿Cree en Dios?
Se puso muy seria y muy digna. Solemne.
—Por supuesto. ¿Cuál es la única certeza absoluta? ¿Quién imparte justicia para todos por igual? ¿Quién teje trampas con sus manos frías y tira de las nuestras cuando nos llega la hora? La muerte. Ese es el dios en el que yo creo. No hay otra verdad.
Tras la reflexión calló. Estuvimos un rato en silencio y me pareció que se adormilaba sentada en la silla, con la cabeza inclinada sobre su pecho.
Era tarde, así que decidí marcharme. Cogí la bolsa de basura y, ya en la puerta, no pude evitar un arrebato de sinceridad.
Supongo que me sentía culpable de tanto engaño y agradecido por la generosidad de aquella desconocida.
Deseé poder empezar de cero, como ella, a su modo, había hecho conmigo.
—Olinda, disculpe. Me gustaría decirle algo...
—Sí, fillo .
—Yo... no soy... quien usted piensa. —Diría que entornó los ojos, si eso fuera posible. Diría que casi sonrió.
—No pasa nada, meu rei , no pasa nada. La verdad es amarga, como el agua del mar. Y todos acabamos llegando donde nos esperan.
Ahora fui yo el que casi sonrió al reconocer la cita. No me atreví a decir nada más. Bien mirado, las relaciones nunca empiezan de cero. Siempre partimos con la baraja gastada y los vicios viejos a la espalda, y con esos mimbres tenemos que ir dando cada nueva batalla.
Alguien más sabio que yo ya había advertido que la vida solo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante.
Treinta y ocho
Sábado, 13 de mayo de 2017 10:13
Ahora que todos los días iban a ser sábado, el sábado había perdido la gracia.
Tampoco es que antes tuviera mucha, pero Olinda tenía razón: la soledad es lo peor.
Lo mejor que podía hacer era ir cogiéndole el ritmo.
Bajé a por el periódico, calenté café y me senté con la taza en la galería, junto a las ventanas abiertas, a mirar el mar. Y a pensar.
Me lo tomé con calma. Era temprano para lo que quería hacer, así que dejé que regresaran los pocos barcos que aún salen por la noche a la ardora.
Y que el sol barriese las últimas sombras de la calle.
En la prensa aparecía la necrológica de Clara.
La familia y amigos rogaban una oración por su alma. Rouco tampoco había tenido de eso.
Cuando me pareció una hora apropiada cogí el teléfono y busqué el registro de llamadas. Era el momento de hablar en serio con el tipo aficionado a la literatura americana de los años sesenta que había contactado conmigo hacía justo una semana.
—¿Sí? Buenos días, inspector.
La misma voz nerviosa. Puede que algo más.
El control es algo difícil de conseguir y de mantener.
Hay que tener mucho nervio y poco miedo.
Se notaba que Atticus tenía poca vida a la espalda.
Y que no lo sabía todo, si me seguía llamando inspector.
Yo, por mi parte, tenía algo más de material para negociar que la última vez.
—¿Podemos hablar?
—Sí. —La voz le temblaba. De fondo se escuchaba un sonido grave que me resultaba familiar. Caí en la cuenta de que tenía que decirle una cosa importante.
—Rouco está muerto. Ya lo estaba cuando hablamos el otro día.
Se le quebró un poco más la voz. O eso me pareció.
—Ya... Debió decírmelo. Puedo ayudar.
—Eso dices, pero aún tienes que demostrarlo. Empecemos por algo fácil. Por ejemplo, ¿por qué me llamaste el viernes?
—Teníamos acordado un pedal del hombre muerto.
—¿Un qué?
—Un sistema de seguridad, como en los trenes.
Si el conductor muere y deja de pisar un pedal cada cierto tiempo, el tren frena solo.
El viernes Rouco me dijo que Clara había salido y que no conseguía localizarla.
Salió a buscarla y me pidió que le avisase a usted si no me llamaba en un par de horas.
Así que yo era el plan B de mi hermano. Otro pobre consuelo.
Me quedé a medias, entre la satisfacción de saber que aún confiaba en mí y el enfado por no contarme nada antes, por no dejar ninguna pista, por lanzarme a ciegas y sin armas en mitad de su pelea.
Atticus hizo una pausa dramática inútil. Yo ya sabía cómo había acabado todo.
—No me llamó, así que supuse que le había pasado algo. ¿Ha averiguado algo sobre el hombre de las fotos?
—Algo, sí. Y otro poco que imagino. Pero tengo el cuadro a medio pintar. Ese hombre... ¿Tiene que ver con la muerte de Rouco?
—No lo sé... es posible.
—Ya. Mira, voy a contarte una historia, aunque no sé muy bien quién eres ni qué pintas en todo este asunto. Pero eres el único que sabía dónde vivía mi hermano. Supongo que eso quiere decir algo.
No dijo nada. No era tonto. Cuando ya tienes convencido al cliente no sirve de nada insistir. Se puede perder la venta por un comentario a destiempo.
—Muy bien, pues pasemos a los hechos: el grupo de apoyo de la Unidad de Intervención Tecnológica lleva tiempo detrás de una red de pederastia y distribución de pornografía infantil.
Como tú estás metido en ese negocio de los ordenadores y llamas de parte de Rouco voy a suponer que colaboras, de algún modo, con ellos.
Prefiero no saber cómo te captaron: si eres un arrepentido, un infiltrado o lo que sea.
Prefiero no saberlo porque, de momento, me caes bien.
Seguía callado, así que yo seguí dibujando mi pequeño cuadro.