Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #17
Me contestó un silencio apenas roto por la respiración entrecortada de Claudio. El nudo que llevaba una semana atascado en mi garganta creció. El mundo está lleno de dolor, pero tenerlo delante estremece.
—El forense dijo que la... estrangularon. ¿Ya saben quién...? ¿El hombre con el que la encontraron? ¿El que se suicidó?
Qué difícil es ir contracorriente, hostia.
—Lo estoy investigando. Tengo abiertas varias hipótesis. Pero necesito saber lo que llevó a su hija a marcharse de casa. O si supo algo más de ella después.
Se quedó en silencio durante mucho rato.
Tuve que echar un vistazo al móvil para confirmar que no había perdido la llamada.
Estaba a punto de quebrarse una compuerta que llevaba demasiado tiempo cerrada, acumulando culpa, incertidumbre y sufrimiento.
El desbordamiento del embalse me cogió por sorpresa y casi me ahogo.
—Señor Manso... ¿Tiene hijos?
—No.
—Nuestra hija... lo era todo para mi mujer y para mí. Todo. Era hermosa. Y lista. Quería estudiar Filología. Y viajar. Los chicos de ahora ya no quieren esas cosas. Lo único que quieren es hacer el vago. Todo el día con el WhatsApp y el Instagram. Clara no era así...
No dije nada. Pero pensé que a esas alturas podría estar tomando el aperitivo con Amancio Ortega si me hubieran dado un céntimo cada vez que había escuchado lo mismo. Mi hijo no es así...
—Tenía solo dieciséis años. Era una niña.
Se fue con el colegio de campamento a una residencia que los sacerdotes tienen en Nigrán.
Ellos lo llamaban convivencias. Al regresar había cambiado: estaba distinta, ausente, callada, pero en ese momento no supimos o no quisimos verlo.
.. —Claudio comenzó a sollozar y presentí que estaba a punto de contarme algo importante.
Contuve el aliento y hasta eché un ojo al nivel de la batería del móvil, por si acaso.
—Fue mi mujer la que se dio cuenta. Sería un mes después de aquello.
Recuerdo que había bacalao para comer. Qué te pasa, no tienes hambre, te duele algo .
Clara se echó la mano a la boca para contener las náuseas y su madre para contener las lágrimas.
¡Estás embarazada! No lo preguntó. Simplemente se echaron a llorar las dos.
Yo empecé a gritar como un loco. No debí.
.. No debí... —Otro silencio—. Si me va a preguntar si le pegué, ¡claro que sí!
¡Le di una paliza! No debí... Pero ¡me puse como loco!
Esperé a que pasara la nueva ronda de gemidos. Me pareció que estaba tardando demasiado, y cometí una pequeña imprudencia.
—Señor Filgueira, no se preocupe. No lo voy a juzgar por eso. En todas las familias hay días buenos y días malos.
—¡Usted no, pero ella sí lo hizo! —La mina estalló por sorpresa. Por poco suelto el móvil—. ¡Clara me juzgó y me condenó! ¿No lo entiende? ¡Después de tener al niño se fue y ahora está muerta!
El niño... Ahí estaba el asunto. Pero hasta ahora no había hecho nada más que rascar donde no picaba. Entré al trapo, cegado por el canto de sirena.
—¿Y... saben quién es el padre?
Reconozco que fui al grano, sin diplomacias. No estuve muy fino, pero yo también llevaba lo mío a cuestas.
—¿No le he dicho que se marchó? ¡Qué sé yo! ¡Algún chaval del colegio! Pregunté, claro que pregunté, hasta puse una denuncia. Pero ¡nadie había visto nada, nadie sabía nada! ¡Le aseguro que si alguna vez me entero lo mataré! ¡Lo mataré con mis manos! ¡A los dos! ¡Al padre y al asesino de mi hija!
—Estoy con eso, señor Filgueira. Disculpe mi torpeza. —Tocaba control de daños. Cuando estalla una mina no es buena idea salir corriendo. Hay que mantener la calma y seguir vigilando dónde se pone lo que queda del pie. Pero no podía dejar pasar la ocasión de hacerle otra pregunta:
—¿Y qué les dijeron los responsables del colegio? ¿No sabían ustedes nada de la denuncia por abusos unos años antes? ¿No pensaron que podía tener algo que ver?
—¿Cómo? ¡No, no! El antiguo director del colegio se portó muy bien.
Ingresó a Clara en la Clínica del Sagrado Corazón y corrió con todos los gastos.
Dijo que los cubría el seguro del centro.
—Pareció tranquilizarse, pero fue un espejismo—.
¡Espero que los encuentre, señor Manso! ¡Espero que los encuentre para poder matarlos a los dos!
Y colgó.
Matarlos a los dos. Al padre y al asesino.
Pero ¿quién podía afirmar que no eran la misma persona?
Nunca he querido tener hijos. Algún error de mi programa genético, supongo.
Tampoco ayudó mi trabajo. El mundo ya está demasiado atestado de codiciosos, malhechores, tramposos, querulantes, asesinos, salvajes y cobardes hijos de puta.
El resto son víctimas y sumisos. ¿Para qué llenarlo más?
Todos acabamos por convertirnos en una de esas dos clases de personas.
No. Nunca quise tener hijos.
El caso es que tras la llamada del padre de Clara volví a hacerme la misma pregunta que llevaba cavilando toda la semana.
En toda esta historia de cabrones y desgraciados... ¿Quién era quién?
Treinta y seis
22:06
A las diez de la noche me di cuenta de que no había comido en todo el día.
Y lo hice porque mi estómago empezó a gruñir como un loco al sentir un aroma inesperado a sardinas.
Pensé en engañarlo de nuevo con algo de café, pero el aroma era sólido y perfecto, de un modo que me devolvió a la infancia.
A un tiempo en el que el gusto salado del pescado era el principio y el fin de todo.
Tanto como para matar por una de esas sardinas.
Salvo porque me había quedado sin arma. Tendría que pensar en eso.
No se puede investigar un asesinato, un suicidio dudoso y varios delitos de pederastia sin un arma. Estaría asumiendo demasiados riesgos.
Salí a la galería para ver si el aroma tenía origen en algún restaurante próximo, sin caer en la cuenta de que eso era casi imposible desde un sexto.
Además, resultaba evidente que el aroma perdía fuerza a medida que me alejaba de la entrada.
Hice un par de pruebas, incluso abriendo la puerta y bajando algunos escalones, y el experimento siempre arrojaba el mismo resultado: Olinda estaba friendo sardinas.
Unas sardinas mitológicas, arquetípicas. Las madres de todas las sardinas.
Normalmente no me comporto como un descarado sin juicio ni vergüenza.
No bajo a la casa de la vecina con una excusa de mierda para ver si me invitan a cenar.
Pero hay que reconocer que no había sido un día normal, valoración que podía extender sin problema a la última semana y, haciendo muy poco esfuerzo, a los últimos años.
Cuando quise percatarme estaba llamando con fuerza al piso de la vieja, sin más plan que conseguir una de aquellas sardinas.
Con pan, a poder ser. Como un yonqui portuario, persiguiendo turistas a punta de navaja.
—¿Sí? ¿Quién es? —Una voz temblorosa se mezclaba con el ruido del aceite al crepitar.
—¿Olinda? Soy Manso. El inquilino del sexto. —Al principio pensé: quién va a ser, si aquí no vive nadie más. Después fui consciente de que, en realidad, la pregunta era más pertinente y la respuesta menos sincera de lo que parecía, dado que, a fin de cuentas, yo no era el Manso que ella pensaba.
También creo que todos esos pensamientos los provocaba el hambre, espoleada por el olor a comida.
Pude oír, casi a punto de desfallecer, los pies de la vieja arrastrándose por la madera y el sonido de la cerradura.
Mi viejo cuerpo hacía un buen trabajo tirando de mí de aquí para allá, dejándose convencer, alimentado solo a base de café y promesas.
Hasta un punto. Y Olinda debió de ventear algo a pesar de sus problemas de vista, porque el asunto fue fácil.
Supongo que la soledad mutua, si se me permite el oxímoron, también ayudó.
—Buenas noches, señor Manso. Vaya novedad que baje por mi casa.
—Buenas noches... No sé si... Antes le dejé un sobre por debajo de la puerta y...
—Sí, ya lo vi. Se lo agradezco, pero no me haga eso que luego me cuesta un mundo agacharme. Para otra vez llame, hombre, que yo paso aquí la mayor parte del tiempo. ¿No le apetecerá cenar algo? ¿Le gusta el pescado? Seguro que le sienta bien: está hecho una sílfide.
Me eché a llorar. Creo que la vieja no se dio cuenta, pero llevaba dentro tanto asco, tanto cansancio y tanto hartazgo que aquella invitación espontánea y solidaria provocó en mí un llanto dulce. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para sostener la voz.
—Muchas gracias... No quiero molestar...
En el cuento de Alí Babá había una frase mágica que abría la cueva donde los cuarenta ladrones guardaban el producto de sus fechorías. Aquí, en Galicia, también tenemos frases de esas. Una muy buena es no quiero molestar .
Tan pronto la pronuncié, la señora Olinda abrió la puerta de su cueva de par en par, sin esperar más explicaciones.
Treinta y siete
23:48
Había media docena. La ayudé a terminar de freírlas porque con la poca vista que le quedaba casi tenía que meterse en el aceite hirviendo para saber cuándo retirarlas del fuego.
Ya en la mesa, la mujer mordisqueó una. Yo me bajé el resto, con un buen trozo de pan de maíz y un poco de vino blanco muy digno de una botella que insistió en abrir.
—No creo que vuelva a tener otra ocasión.
Ya no recibo muchas visitas, ¿sabe? Yo no debo beber, por la tensión, aunque hoy voy a servirme un sorbo.
De hecho, la única que me viene a visitar alguna vez es la doctora, cuando puede, porque tiene mucho trabajo.
Y ella tampoco quiere vino. Pobre, si acaso un café sí que me lo acepta, y no siempre.