La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #16
69%

Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #16

—Escucha, siento... todo esto —y abarcó el pequeño espacio de la celda con un gesto benevolente, casi paternal, de su brazo—, pero no me has dejado alternativa.

—¿Y eso? ¿Qué he hecho? —intenté poner la cara del Alemán. No fui capaz.

Me sobraban dientes y me faltaba desvergüenza.

—Venga, Carlos, no me tomes por tonto. Llevas toda la semana metiendo la nariz donde no debes.

No pasas por comisaría. No contestas a mis llamadas.

Y llevo varios días recibiendo docenas de llamadas denunciando a un varón, entre cuarenta y cincuenta años, conduciendo como un loco en un Citroën negro por Vigo y alrededores. ¿Quieres que te diga la matrícula?

—No tengo mayor interés.

—Mira... Puedo entenderlo. Estás sometido a mucha presión. Y nunca has aguantado bien la presión. Tampoco tu hermano.

Buscaba provocar. Tuve que hacer esfuerzos para no darle el gusto.

—¿Dónde te metes estos días? No pasas por el trabajo ni por tu casa. No sé con quién hablas ni en qué andas. Lo único que vas a conseguir es echar a perder la investigación oficial.

¿Qué investigación oficial? Por lo visto el único al que estaban investigando era a mí. Advertí cierta preocupación por mis pesquisas en la cara y en la voz del comisario. Apuntalé con ella mi dignidad y seguí callado. No pensaría que le iba a contar todo lo que había encontrado.

—Ya veo. Imaginaba que no nos ibas a ayudar. Así y todo, no digas que no te ofrecí una tregua al final. En fin, ahora ya da igual. —Eché de menos un gato en su regazo. Y música de Nino Rota—. Toma, lee.

Sacó del bolsillo un papel doblado y estiró el brazo para ofrecérmelo. Sin avanzar. Otro juego de autoridad, de esos que tanto nos gustan. Tuve que levantarme yo del catre a cogerlo. Imaginaba lo que era, pero le eché un vistazo rápido, por confirmar.

—Estás fuera, Carlos. Cuando recojas tus cosas verás que ya no están el arma ni la placa. Siento que te vayas así, pero nunca quisiste pasar el balón. Y aquí no podemos contar con gente que no sabe jugar en equipo.

No. Eso no. Con las putas metáforas deportivas sí que no podía.

—No puedo hacerte un informe de referencias con esta mancha en el expediente. Pero, como un favor personal, puedo pasarte algún contacto. Hay gente en la seguridad privada que incluso puede valorar esa... capacidad de iniciativa tuya.

Podía meterse los contactos y el favor por el culo.

—En serio, siento lo de Rouco. Necesitas un tiempo para asimilarlo. Pero no le des más vueltas. La vida es así. Los polis estamos sometidos a mucho estrés. Puede pasarnos a cualquiera. A mí. A ti.

Y me miró de arriba abajo, como si estuviese leyendo el futuro en los posos del café. Una vez impartida esa lección gratuita sobre el sentido de la vida, me ofreció la mano. El muy cabrón me ofreció la mano.

El móvil y el trabajo. Ya llevaba dos de tres. Arrugué el papel con el dictamen de expulsión del cuerpo y se lo tiré a la cara.

¿Qué otra cosa podía hacer?

Treinta y tres

11:57

El sol brillaba con fuerza, porque el clima casi nunca atiende a nuestras miserias.

Tampoco a nuestras alegrías. A pesar de la hora, un indigente dormía en un banco de piedra del paseo marítimo, pagando con la misma moneda a la divina indiferencia.

Su negocio consistía en una bolsa de plástico donde recoger las limosnas y un cartón en el que explicaba en pocas palabras la lamentable situación en la que se encontraba.

Mientras abría el portal me sentí muy poco por encima de él.

Aunque él ya no buscaba nada. No quería nada.

Yo sí.

Yo quería saber qué le había ocurrido a mi hermano.

Algo apestaba en su muerte. Y en la de Clara.

Quería impedir que el obispo siguiera devorando almas como quien pica frutos secos con el aperitivo.

Que sufriese algo del dolor que dispensaba sin asomo de piedad cristiana.

Y que rindiese cuentas con su dios. Quería saber quién era el hacker y qué sabía de todo eso.

Quería saber quién era el dueño del Audi, y por qué y quién le había avisado.

Quería saber cómo había conseguido Clara una identidad falsa y por qué había abandonado a su hijo.

Quería saber si tenía otro sobrino, aunque viendo los antecedentes eso no supusiese gran diferencia, ni para él ni para mí.

Quería saber si el perro estaba bien en Mos.

Quería meterle a Canedo un palo por el culo y darle las gracias a Lema.

A Sandra. A Leo. Quería comer algo y después descansar.

Pagarle el alquiler a la vieja del quinto.

Y quería llamar a Lorena.

A la altura del tercero empecé a querer también un ascensor.

Y pensé que estaba equivocado. Que seguro que el indigente también quería algo.

Una ducha. Un techo. Un abrazo. Todos queremos más.

Siempre. Es lo que nos mueve. Pero hay que ser realistas.

La inteligencia consiste en querer cosas que se puedan conseguir, de modo que repasé la lista.

Descarté el tema del ascensor y, por el momento, la llamada a Lorena.

El resto decidí no darlo por perdido. Le daba vueltas a un par de ideas.

Pero tenía que reconocer que no iba a ser fácil.

Treinta y cuatro

14:44

A la altura del quinto recordé a Olinda.

Saqué el sobre con el dinero del bolsillo interior de la chaqueta y me quedé de pie frente a la puerta.

Casi sentí ganas de llamar. De preguntarle si tenía familia, si se sentía sola.

O cuánto tiempo llevaba viviendo allí. Casi tenía ganas de contarle que acababan de joderme la vida.

Y que tenía la sospecha de que eran los mismos que habían jodido a mi hermano.

Casi tenía ganas de confesarle que, por poco, pero yo no era quien ella pensaba.

Y que echaba mucho de menos a Lorena. Y a Pedro, también a él.

Una historia preciosa. De fracaso y soledad.

Tal vez su misma historia. Ahora abundaban.

Finalmente decidí meter el sobre por debajo de la puerta.

Por debajo de las puertas antiguas cabe la vida entera.

Morimos del todo cuando el mundo nos olvida. Por eso cuando recibí la llamada de la agente Ferro pensé que yo aún no estaba muerto. No del todo.

—Hola, Sandra.

—Buenas tardes, inspector.

—Ya no me tienes que aplicar el rango. Puedes dejarlo en Carlos.

—Sí. Aquí está todo el mundo hablando de eso.

—Imagino. ¿Qué sabes de la matrícula?

—Verá... Antes debería... —Caí en la cuenta. Ya no estaba a mis órdenes. A partir de allí todo era territorio desconocido. Decidí ir con cuidado y tomar lo que me ofrecía como lo que era: un favor.

—No quiero ponerte en un compromiso, Sandra. Agradeceré lo que puedas contarme y comprenderé lo que tengas que callar.

—No, no es eso. El comisario vino a hablar con Leo y conmigo. Nos preguntó si sabíamos algo de lo que había estado haciendo esta semana. Insistió mucho en que no podemos facilitar información de una investigación a un civil. Y que usted... era a partir de ahora un civil.

Yo era tan civil como antes porque la Policía Nacional es un cuerpo civil. Armado, pero civil. Pero pensé que entrar en discusiones semánticas con Sandra no iba a ayudar mucho.

—¿Y qué le dijisteis?

—Que no sabíamos nada.

—¿No le mencionaste lo de la matrícula del Audi? ¿Lo del obispo?

—No. —Sandra Ferro era una buena agente. Llegaría lejos. Más que yo. Decidí fiarme de su palabra. Ya me había demostrado muchas veces que podía hacerlo.

—Gracias, Sandra.

—No hay de qué. De todos modos, nosotros ya no estamos asignados a ese caso. Ni a ningún otro. El comisario ordenó parar todas las investigaciones que tuviésemos en marcha hasta el lunes. Ahora mismo solo estamos cumpliendo horario.

—Leo estará encantado. ¿Y qué pasa el lunes?

—Llega la nueva inspectora.

Una nueva inspectora. El lunes. En eso Lorenzo no había mentido.

A rey muerto, rey puesto. Pero no es fácil trasladar a un inspector de destino.

Mucha burocracia y mucho papeleo. Para tener sustituto el lunes tenía que haber previsto todo esto antes de que le llegara el expediente.

Antes de que le dieran el aviso. Incluso antes de la muerte de Rouco.

—¿Inspector? —En esta ocasión no le dije nada del rango. Era un cariño. No se lo iba a despreciar.

—¿Sí?

—La matrícula es de un coche de Jefatura Superior. Alto nivel. No pude acceder a la identificación de la unidad ni al destino actual. Se necesita una autorización de la Comisaría General de la Policía Judicial para acceder a esos datos.

No fue una sorpresa. Todo esto apestaba a trabajo desde dentro. Faltaba por ver cuánto incluía el todo.

—Hay otra cuestión...

—¿Sí?

—Un vecino dio el aviso. Ayer entraron en su piso a robar. La Unidad de Seguridad Ciudadana está encima del tema.

—¿En mi piso?

Era una exclamación, o una expresión de extrañeza, más que una pregunta. En todo caso, ya no me importaba mucho.

—¿Podemos hacer algo más?

—No, Sandra, gracias. La cosa tiene muy mala pinta. Ya habéis hecho suficiente.

—Inspector...

—¿Sí?

—Ha sido un honor servir a sus órdenes.

Treinta y cinco

17:27

El padre de Clara no sabía lo que había cambiado el cuento desde mi visita. Ni le importaba, así que cuando recibí la segunda llamada del día tuve que fingir que seguía vivo. Me pareció que él estaba haciendo un esfuerzo parecido, salvando las distancias.

—¿Inspector Carlos Manso?

—¿Sí?

—Soy... Claudio Filgueira.

El hombre tenía apenas un hilo de voz. Pero si me llamaba a mí quería decir que aún no había hablado con nadie en comisaría, y que Lema había cumplido.

Decidí sacar provecho, pero con cuidado.

Sin mentir demasiado. Un poco por respeto y un poco por desconfianza.

Estaba metido de lleno en un campo de minas y no sabía muy bien por dónde pisar.

—Buenas tardes, señor Filgueira. Siento lo de su hija.