La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #15
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #15

—Supongo que se refiere a uno como este. —Sacó del bolsillo de la camisa un bolígrafo ancho, con los colores corporativos de la Policía Nacional, y el anagrama de la Brigada de Intervención Tecnológica con la fuente tipográfica Terminator característica de la casa. Encogí los hombros.

—No lo sé. El forense encargado de la autopsia lo registró entre las cosas que llevaba Rouco encima cuando murió. Lo recuerda perfectamente. Pero ahora no aparece. —El agente Touza endureció aún más el gesto. Me dio la sensación de que por fin estaba tomándome en serio.

—Todos los agentes destinados al grupo de apoyo de la brigada tenemos uno. Estos bolígrafos llevan también —me lo mostró cogiéndolo con las dos manos y separando en dos piezas el chisme— una memoria USB incorporada. En realidad, la usamos más que la parte que escribe.

Vaya con los aprendices de brujo. Empecé a intuir la trascendencia del asunto.

—Otra cosa, agente Touza. Hay un tipo que se dedica a llamarme. No sé quién es, pero debe de ser alguien muy escurridizo. Cuando metí su número en nuestra base de datos lo supo al momento... —Puso cara de extrañeza. Y de concentración.

—Eso no es fácil. Para eso debería tener acceso a nuestro sistema. Tenemos filtros de seguimiento. Si alguien está espiando desde fuera de nuestra intranet normalmente lo sabemos.

—Normalmente.

—Siempre hay formas. Pero si no estamos hablando de alguien con los recursos de la CIA o de la NSA, lo más probable es que se haya hecho con un nombre de usuario y una contraseña. Una vez que consigues entrar, la cosa cambia.

—Pues sí que es fácil tocarnos las narices.

—No digo que sea fácil. Digo que es posible.

Le concedí el certificado de profesionalidad. Y una vez pasada la entrevista de trabajo fui de frente, deseando que Rouco no le hubiera contado demasiadas verdades sobre mí.

—Mira... Andrés —emplear su nombre de pila fue algo forzado, pero no tenía mucho tiempo para sutilezas—, por aquí no hay mucha gente interesada en saber lo que le ocurrió a Rouco.

Y tengo la sensación de que hay más de lo que parece, no sé si me entiendes.

Si se te ocurre algo que pueda servir para aclarar toda esta historia te agradecería que me llamaras.

Este es mi número personal. —Mientras hablaba cogí la parte que escribía de su bolígrafo y anoté mi número en un papel.

—Claro. Pero, verá, inspector... Creo que no debería seguir haciendo esto... por su cuenta.

Algo en el tono de voz de la última frase del agente Touza casi consiguió devolverme a la dura realidad.

Algo que casaba con la actitud y la mirada de su compañera antes de salir del despacho.

Pero no fue suficiente. Como tampoco el pequeño alboroto en el pasillo.

No esperaba el golpe. Por eso cuando entraron los dos agentes con los distintivos de la Unidad de Asuntos Internos tardé un poco en entender lo que pasaba.

—¿Inspector Carlos Manso?

Fue entonces cuando noté de nuevo el viejo y familiar amargor en el paladar.

—Sí. Soy yo.

—Haga el favor de acompañarnos.

Treinta

13:09

Un calabozo es tan confortable como el culo de un mandril. Y tan acogedor como la cocina del infierno. Yo los conocía bien, aunque no desde esa perspectiva.

De camino, los agentes, con un trato exquisito, me explicaron con detalle los derechos de que gozaba para que no quedase ninguna duda de que los conocía.

Incluido el derecho a comunicarme por teléfono con un tercero de mi elección.

Como si no estuviera harto de leérselos yo a diario a lo más selecto de la sociedad.

No fue preciso esposarme, pero hice el camino (apenas cien metros y dos plantas) echando pestes contra los agentes, contra el comisario (¿quién, si no, había enviado a los de Asuntos Internos a detenerme?), contra el habeas corpus y contra el corpus christi.

Durante el paseo también le daba vueltas a otra cosa: ¿a quién iba a llamar? No tenía mucho donde escoger. El primer impulso fue el de avisar al sindicato, pero había alguien que tenía algo que ofrecerme en esas circunstancias. Y no era mi abogado.

—Hola, ¿quién es?

—Cómo va, Lema. ¿Has averiguado algo?

—Ah, hola, Carlos. ¿Desde dónde llamas? Es igual, escucha, he revisado el historial médico de la chica a través del IANUS, la plataforma digital de gestión clínica del SERGAS.

Tenías razón. Se trata de Clara Filgueira Barros.

No existe Sonia Deza. No entiendo cómo consiguió falsificar el DNI.

Ni por qué desde la Central no avisaron de que no coincidía el nombre.

Yo tampoco lo entendía, para ser sincero.

—¿Y cómo la encontraste?

—Fue fácil, solicité una búsqueda por patologías. Al fin y al cabo, no es muy habitual una cesárea con dieciséis años.

—¿Cómo?

—¡Ah! Disculpa, sí: la incisión transversal en el segmento inferior del abdomen, justo por encima del borde superior de la vejiga, indicaba una cesárea.

La cicatriz no era reciente así que hice una búsqueda de cesáreas en menores de edad en los últimos años en la provincia de Pontevedra. Y, como puedes imaginar, no hay muchas.

Una cesárea. Mis escasos conocimientos médicos llegaban para sacar la siguiente conclusión: donde había una cesárea había un bebé.

¿Podía explicar eso la actitud de Rouco?

Pero si se fueron a vivir juntos Clara y él, ¿dónde estaba la criatura?

Entonces recordé lo que me quemaba en la punta de la lengua.

Maldita sea. Lo había visto... Aquel niño en la casa de Chenlo era. .. ¿mi sobrino? No era posible. ¿O sí?

—¿Carlos? ¿Sigues ahí?

—Sí, Lema, perdona. ¿Algo más?

—La lista era muy corta. En los últimos cinco años solo encontré doce.

Una de las chicas se llamaba como tú me habías dicho, pero en esta ocasión ya no me fiaba, así que seguí husmeando.

Entre todos los casos de cesárea comparé las tablas de peso y altura de las últimas revisiones médicas y descarté a cinco de ellas.

—¿Cómo?

—En un par de años puedes crecer unos centímetros. Lo que no es normal es que mengües. La Clara que yo buscaba coincidía en altura con la de la intervención quirúrgica. Las otras seis también, o eran algo más altas.

—Vale, ya entiendo. Entonces quedaban siete. Sigue. Casi estoy interesado.

—La mujer a la que le hice la autopsia tenía una ligadura tubárica.

Una medida anticonceptiva permanente. No es muy habitual en cesáreas a menores de edad.

De las siete, el único informe quirúrgico en el que se recogía ese procedimiento era en el de Clara Filgueira.

La intervención se hizo en una clínica privada, pero aparecía recogida en su historial clínico del SERGAS.

—Entonces, ¿puedes asegurar que el cadáver era el de Clara?

—Hombre, para estar seguro debería comparar el ADN con el de algún familiar directo. Pero diría que sí, es ella.

—Otra cosa. ¿Ha pasado alguien a recoger el cuerpo?

—No. Está en el depósito. Con la nueva identificación intentaré localizar a algún familiar.

—Escucha, ya he hablado yo con los padres. Es posible que pasen por ahí. Por cierto, ¿ha ido el inspector Sober a hablar contigo?

—No. Voy a enviar una copia del nuevo informe a comisaría.

—Ya. ¿Puedes esperar unos días antes de notificar todo esto?

—Hombre, Carlos, no me pidas eso. No quiero saber nada de tus negocios, a mí no me metas. Yo no soy policía. Ya tengo bastante con lo mío.

A los policías nos pasa lo mismo. Que tenemos bastante con lo nuestro. Pero no se lo dije, no iba a servir de nada mostrarme obstinado. Opté por la negociación.

—Un día, Lema. No lo envíes hasta mañana.

Se quedó callado. Estaba estirando de más esa cuerda. Pero cuando estás en el calabozo las cuerdas no te importan una mierda. Como si se rompen todas.

—Muy bien, hasta mañana, Carlos. Pero ni un día más.

Treinta y uno

16:23

El resto del día pasó tan lento como una noche en vela.

Me dio tiempo a pasar por todas las fases que tan bien conocía y me harté de dar puñetazos a la pared.

De rabia. De asco. De impotencia. Lloré las lágrimas que no había llorado en toda la semana.

Tal vez eso fue lo poco bueno que pude sacar de esas horas inútiles.

Pero de eso se trataba. Canedo sabía tan bien como yo que el tiempo ablanda hasta al más fuerte de los espíritus.

El tiempo. Esa arma poderosa que nos hace olvidar, rendirnos, perdonar.

Porque de lo que no tenía dudas era de que había sido el comisario quien había ordenado meterme en el caldero.

También tuve tiempo de sobra para pensar en los motivos que le habían llevado a hacerlo.

No podía ser tan solo por desobedecer y seguir escarbando en la muerte de mi hermano.

De ser por cosas como esa yo ya llevaría muchos años allí metido.

Repasé mentalmente lo que había hecho en los últimos días, pero no encontraba la razón.

O no tenía claro por cuál decidirme. Y, no obstante, no dudaba de que tenía que ver con la colmena en la que había metido el palo.

Por la noche no dormí, así que pasó tan lenta como el día. Exploré mi alma en todas direcciones sin encontrar dónde terminaba. A cambio tuve tiempo de empezar a colocar algunas piezas. De sacar algunas conclusiones. Y de pensar en algo parecido a un plan.

Treinta y dos

Viernes, 12 de mayo de 2017 09:11

El ruido de la cerradura al abrirse fue limpio, moderno. No casaba con la situación. Llevaba muchas horas esperando un ruido viejo, herrumbroso, cargado de malos presagios. En cambio, la figura del comisario, duchado, limpio y con un intenso aroma a colonia y café sí que fue como la esperaba.

Tampoco él se sorprendió de mis ojeras, de la barba y de la peste a sudor. Era lo que imaginaba encontrar. El guion ya estaba escrito. Yo había escrito muchos.

—Buenos días, Carlos.

No sé si esperaba alguna respuesta. Creo que no. Pero la pausa dramática es un recurso muy socorrido. Pone distancia. Marca el territorio. Dejé que gozara de ella.