La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #14
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #14

Pero no es tan fácil dejar de pensar. De camino no conseguía sacarme la idea de la cabeza.

La de romper la baraja como había hecho mi hermano.

Hacer uso de la única libertad de la que gozamos.

Dejar de luchar contra la entropía de la que somos, a pesar de la ilusión, agentes pasivos.

A fin de cuentas, ¿qué es lo que nos ata a esta trampa?

Una débil inercia biológica y la espesa red de compromisos que tejemos desde que nacemos, como una construcción absurda e inestable que se tiene en pie, simplemente, porque continuamos aferrados los unos a los otros; y los hijos, ese elaborado simulacro de trascendencia que nos obliga a repetir todo de nuevo.

No sé por qué, pero antes de dejarme caer en la cama pensé en los uniformes, el de trabajo y el de gala, que guardaba en el armario de la comisaría. ¿Podría quedarme con ellos o tendría que devolverlos? Y con ese pensamiento mundano, tan alejado de mi tristeza, cerré los ojos.

Diría que habían pasado tan solo unos segundos cuando desperté, entre dos latidos del corazón demasiado separados, con la boca abierta, intentando coger un aire que no llegaba a los pulmones.

Y con la sensación de estar a punto de recordar algo, como esas palabras olvidadas que esperan su turno en la punta de la lengua.

Pasaban de las once y media de la noche. Me había quedado dormido. Cinco horas. La idea o, por lo menos, la voluntad, se habían marchado. O quizás solo habían quedado momentáneamente satisfechas por la pequeña muerte del sueño.

Me entró prisa, y pensé que tenía que recuperar algo de ese tiempo que había perdido durmiendo.

Qué iluso. El tiempo nunca se recupera. Lo único que podemos hacer es contemplar cómo pasa por delante de nosotros, a ser posible con una taza de café en las manos.

Dicho y hecho. También tenía que pagar a la anciana.

Ella no tenía la culpa de mi existencialismo provinciano y autodestructivo.

Me lavé la cara y bajé en busca de un cajero.

Empezaba a tener agujetas de tanto subir y bajar los seis pisos.

El edificio estaba en silencio. ¿Viviría alguien en él además de la vieja Olinda y yo?

¿O seríamos los únicos habitantes de ese castillo en ruinas, almas en pena, fantasmas de un faro alzado en mitad de la niebla?

Aproveché la salida para dos cosas: la primera, comer algo, porque para dar respuesta a la única pregunta filosófica seria, la de saber si la vida merece o no la pena, es preciso, qué paradoja, un nivel adecuado de glucosa en la sangre.

Compré un par de bocadillos y caminé hasta la calle Carral.

Tuve suerte, porque no tardé mucho en dar con la segunda cosa que buscaba.

En la explanada de la estación marítima un grupo de jóvenes intercambiaba billetes y miradas furtivas con un tipo sucio y desdentado.

En realidad, el desgraciado tenía pocos años más que ellos, pero saltaba a la vista que los había aprovechado mucho más.

Me acerqué sin disimulo, dando mordiscos a uno de los bocadillos, y bastó una mirada de reojo del hombre hacia mí para que los jóvenes huyeran como pájaros en desbandada ante la presencia de un gato.

—¿Cómo te va la vida, Alemán?

El Alemán era de Bueu. Le llamaban Alemán porque tenía un apellido centroeuropeo impronunciable.

Un granuja de los de antes, carterista metido a traqueto por necesidad y por adicción.

Sin ínfulas de malhechor. Chota porque no sabía decirnos que no.

Y también porque siempre sacaba algo de provecho del asunto.

De momento, le ofrecí el bocadillo que llevaba sin abrir.

—No hagas esto, hostia, espantas a la clientela. Y después me cuesta un huevo de la cara convencerlos de que no soy de la secreta.

—Pero es que lo eres.

Al Alemán le gustaba, en el fondo, colaborar con la Policía. Y en la superficie también. Se hinchaba como una palomita de maíz cuando le dorabas la píldora. A todos nos agrada sentirnos necesarios. Es una manera como otra de sentirnos queridos.

—Es igual, coño. No cuesta nada avisar.

—¿Ahora hay que pedirte cita?

—Vete al carajo. ¿Qué quieres, inspector?

No contesté de inmediato. Le di otro bocado al pan y mastiqué despacio.

Pena de cerveza. Si el Alemán no sabía por qué lo buscaba no iba a servirme de mucho.

Pero sí que sabía. Cómo no lo iba a saber.

Se dio cuenta en cuanto puso a funcionar la única neurona que había conseguido mantener a salvo de los efectos de la heroína.

—Hostia, el madaleno muerto.

—Premio. La pillaste al vuelo.

—No sé nada de eso, inspector, en serio. Ni siquiera sabía que vivía por aquí. Además, ¿no se ahorcó?

No sabía nada y lo sabía todo. El muy sinvergüenza intentaba poner la cara más inocente y sincera, pero el efecto se echaba a perder por culpa de los dientes, o de su ausencia. Levantó las manos, rindiéndose a mi mirada de incredulidad.

—Pero puedo preguntar. Hay una gente nueva en el Berbés. Extranjeros. Gente lista que lo tiene todo muy bien organizado. Puedo preguntarles. Malo será. Aunque ya sabe que estas cosas no son baratas.

Malo será. Optimismo gallego destilado en olla de cobre. En otras circunstancias le habría preguntado por esa gente nueva tan bien organizada. Igual hasta hubiera tenido que ocuparme de ellos. Ahora tanto me daba. Eso ya era el trabajo de otro.

—Pregunta a quien tengas que preguntar, pero si alguien sabe algo quiero saberlo yo también. ¿Será suficiente con esto? —Deslicé un par de billetes de cincuenta en su mano.

—Para empezar puede llegar. ¿Y por qué tanto interés si se puede saber? ¿Le debía dinero, o algo así?

—Algo así. Era mi hermano.

Veintinueve

Jueves, 11 de mayo de 2017 07:34

No pude evitar que llegara el jueves. Por supuesto, no pegué ojo.

Pasé la noche dándole vueltas a todo el asunto.

Hasta que el ruiseñor vino a posarse, como cada mañana, en la ventana del móvil.

Deseché de inmediato la idea de acudir a mi despacho.

Porque no tenía nada que hacer allí y para no adelantar acontecimientos.

Tenía que estirar las pocas horas que me quedaban como inspector.

Emplear la prerrogativa del cargo para acabar de abrir algunas puertas.

Por ejemplo, ir en persona a hablar con el excompañero de mi hermano, el agente Touza.

La comisaría de López Mora era el nuevo cuartel general.

El destino que todo el mundo quería. En la vieja te morías de frío en invierno y de calor en verano.

En la nueva la cosa cambiaba completamente.

Te morías de calor en invierno y de frío en verano.

A cambio, unos modernos estores sustituían a las viejas persianas de madera.

Las puertas cerraban. Internet funcionaba.

La vida, en definitiva, se abría camino.

Allí, en un pequeño espacio en el que apenas cabían dos mesas, había trabajado Rouco.

Vigilando ese inframundo, espejo del real, que solo existe en forma de pequeños impulsos eléctricos en el interior de los ordenadores.

Esa otra tela de araña, prolongación de la mente social, del clan, de la tribu, en la que todo el que cae queda, de un modo u otro, atrapado.

Rechacé otra llamada del comisario en el móvil y llamé a la puerta, pero abrí sin esperar respuesta. Dos agentes ocupaban el espacio. Un hombre y una mujer. Jóvenes, guapos y listos. No pude evitar pensar si estarían liados. Hice un rápido esfuerzo deductivo y me dirigí a uno de ellos.

—¿Agente Touza? ¿Andrés Touza?

Los dos se volvieron hacia mí y, por un momento, pensé que me había equivocado en la deducción.

—Soy el inspector Manso. Hablamos el martes por teléfono.

Los dos agentes se pusieron en pie y cumplieron con el saludo de rigor. La mujer dirigió una mirada rápida a su compañero. Un gesto que podía significar muchas cosas y que despertó mi curiosidad.

—Sí... Buenos días, inspector. No esperábamos su visita...

—No, claro. Supongo que ella... Que tú... —me giré hacia la mujer— ocupas el puesto de Rouco.

Asintió sin dejar de mirarme, con cierto aire de desafío. Como si estuviese defendiendo su derecho a estar allí. O como si tuviera algo que reprocharme. Lo que yo decía, la vida abriéndose paso. Volví de nuevo a dirigirme al hombre.

—¿Tienes cinco minutos? Necesito hacerte otro par de preguntas.

—Claro. —Echó una mirada a su alrededor, como buscando dónde acomodar a la inesperada visita. Su compañera le facilitó la tarea.

—Andrés, salgo a... por la pericial que nos pidió el juez Cambo.

Después hablamos. Inspector... —no se molestó en disimular el tono de excusa.

Ni en acabar la fórmula de despedida antes de salir.

Para qué. Todo el mundo debía saber ya que yo era el miembro enfermo de la manada.

El que quedaba atrás. El sacrificio para los depredadores.

Para que el grupo viva, el más débil debe morir.

—Usted dirá, inspector.

En persona, cara a cara, me pareció más capaz que por teléfono.

Bien es cierto que no le había dado muchas oportunidades para lucirse.

Dudé por qué flanco entrar. No sabía si pesaba en él más el afecto por Rouco, el rechazo a un policía apestado como yo o la profesionalidad, las ganas de dar con la verdad, de dejar los juicios para los jueces y simplemente hacer bien su trabajo.

Su cara no daba muchas pistas, lo que ya era, en sí mismo, una pista.

—Pareces un tipo serio. Disculpa por lo del otro día.

—No se preocupe. Rouco ... ya me había hablado de usted. —No supe cómo tomarme aquello. O sí, pero decidí no prestarle atención.

—Busco un bolígrafo. Azul. Con el logotipo de la BIT.

Llevaba un rato pensando cómo hacer esa pregunta. En mi cabeza sonaba más lógica y pertinente. Al decirla en alto, en cambio, me pareció ridícula. Pero el agente Touza le debió de encontrar algún sentido porque asintió con el ceño fruncido.