La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #13
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #13

Crucé por delante de una mujer pidiendo disculpas con la mano y giré en mitad del carril del aparcamiento para evitar dar toda la vuelta a la explanada.

Aceleré y giré de nuevo a la izquierda, casi derrapando, y el coche dio un bote al pasar por el resalte de la entrada.

Pero a cien metros la huida fracasó: la glorieta de salida del centro comercial, donde confluían mi acceso y el principal, por debajo, estaba a esas horas atestada de tráfico.

Y lo peor de todo era que no sabía si estaba escapando de alguien o estaba haciendo el tonto.

Por el retrovisor podía ver dos coches. Ningún Audi.

La sensación de urgencia seguía latiéndome en la palma de las manos, aunque estaba siendo parcialmente ocultada por otra de ridículo y descontrol.

¿Estaba imaginando cosas? ¿Resbalando por la pendiente de la locura?

No era infrecuente en el gremio. Estrés postraumático.

Algunos cogían bajas o lo llevaban como podían.

Otros gastaban su última bala en una solución más definitiva.

Tal vez todo eso era fruto de mi imaginación.

Tal vez a Rouco le había pasado algo parecido.

Soltar embrague, acelerar un poco, frenar.

El tráfico avanzaba a paso de tortuga. El río de vehículos procedentes de la salida inferior del centro comercial, junto al de los trabajadores del hospital saliendo del turno de mañana, formaba un tapón insuperable.

Y la hilera de coches del retrovisor también crecía a cada minuto.

Me pareció ver un coche gris, tres o cuatro por detrás del mío.

Me estaba poniendo muy nervioso. Soltar embrague, acelerar un poco, frenar.

Mientras esperaba saqué la Heckler de la funda y quité el seguro, al tiempo que intentaba pensar.

Sudaba mucho y lo único que me venía a la cabeza era aquello de que solo llegamos a la solución de un problema cuando nos cansamos de darle vueltas.

¿Quién lo había dicho? Alguien que no tenía prisa ni llevaba un Audi gris pegado al culo.

Soltar embrague, acelerar un poco, frenar.

Solo quedaba un coche delante de mí. Un inútil sin chispa ni prisa.

Seguro que no era de Vigo. Si no metía un poco el morro en la pequeña glorieta no íbamos a salir de allí en la vida.

No conseguía ver con claridad a los que venían detrás.

No conseguía ver con claridad nada de nada. Soltar embrague, acelerar...

Acelerar.

Veintisiete

16:50

Dejé atrás el centro comercial con un sabor amargo en el paladar.

Bajaba a tumba abierta por la avenida de Madrid, muy por encima de los ochenta kilómetros por hora permitidos, agarrando el volante con fuerza en cada curva, con más miedo de perder el juicio que la vida, y echando continuas ojeadas por el espejo retrovisor.

La ciudad subía a mi encuentro, borrosa y amenazante como una tela de araña, y detrás de mí podía ver puentes derribados, barcos hundidos y tierra quemada.

Lo que no veía era ningún Audi. Me dolía la cabeza.

Sin duda por el café aguado del ultramarinos.

Y el pecho, pero para eso no tenía un diagnóstico claro.

La tensión, los nervios, la adrenalina. O la úlcera, qué sé yo.

Al llegar a la altura del Seminario volví a pensar en el obispo. En las fotos. Y en el asunto de Atticus. Cogí la vía de servicio y paré en una gasolinera. Sin quitar la vista de la carretera. Todo daba vueltas alrededor de lo mismo. Ahí tenía que estar el meollo del asunto.

Cogí un sándwich y un café en la tienda mientras llenaba el depósito y arranqué algo más tranquilo en dirección a la estación de autobuses.

El río de automóviles entrando y saliendo de Vigo excedía mucho mi capacidad de observación, pero seguía sin ver a ningún perseguidor potencial o real.

Qué rápido pasa la mente humana de las certezas a las dudas.

Qué pronto acomodamos lo que vemos a lo que esperamos.

Lo que deseamos a lo que conseguimos. Somos supervivientes natos.

Tal vez todo había sido fruto de un exceso de tensión acumulada.

Nervios a flor de piel. Delirios de persecución. O falta de café.

Mientras conducía llamé a la agente Ferro.

—Inspector... Hoy no ha pasado por comisaría. Canedo está preguntando por usted. Varias veces. Quiere saber por qué no solicitó los días de descanso y qué es lo que está haciendo.

—Ya, ya. Descuida, Sandra. Escucha, necesito dos cosas. La primera es que me envíes la dirección de la casa de Lema, el forense, a mi móvil. Sé que vive cerca de Santa Rita. La otra es que verifiques un número de matrícula. Te lo mando por WhatsApp.

—Por supuesto, inspector, enseguida. Si me permite una opinión, creo que mañana debería pasar por el despacho.

—Claro. Nos vemos mañana.

Aparqué en San Roque, una calle tranquila por encima del Hospital General, a esperar la respuesta de Sandra.

Al lado de ese rascacielos habían crecido algunos edificios que, sin ser tan altos, también querían destacar.

En uno de ellos vivía Lema, y necesitaba aclarar algunas cosas.

El portal estaba abierto, así que cuando llamé al timbre y abrió la puerta no le dio tiempo a disimular la sorpresa.

—¡Carlos! Inspector... ¿Qué hace aquí?

Los policías son muy celosos de su vida privada.

No quieren llevar la mugre a casa. A mí me da igual.

Tengo la casa hecha una cuadra. Crucé los dedos para que a Lema tampoco le supusiera un problema.

No era policía, pero los forenses también tienen que levantar mucho muro entre su trabajo y su vida.

No lo imaginaba contándole la jornada a su mujer: ¿ Qué tal, cariño?

Hoy abrí en canal a un niño que cayó de un viaducto.

Solo para confirmar que había muerto por la caída y que no lo habían matado antes .

No, seguro que no le iba a parecer nada bien mi visita, pero tenía prisa.

No podía esperar a verlo en el IMELGA al día siguiente.

—Hola. ¿Puedo entrar?

Igual me estaba pasando con la confianza, o llevaba el día pintado en la cara, porque el forense miraba hacia mí con cara de estar viendo un fantasma, sin llegar a abrir del todo la puerta.

—¿Quién es, papá?

Una niña de trenzas rubias y sonrisa limpia asomó por el recibidor. Seis años, no más.

—¿Qué quieres, Carlos? ¿No podías esperar a pasar mañana por el Nicolás Peña?

No. A Lema no le gustaba que yo estuviese allí. El dolor en el pecho arreció. Me costaba respirar. La sonrisa de aquella niña pertenecía a otro universo. Yo ya nunca podría sonreír así. Tampoco el obispo. Ni mi hermano. Ni siquiera el forense.

—Me tienes que perdonar, Lema. Ya me conoces. Estoy metido en un buen lío y necesito respuestas.

—¿Respuestas? Ya te dije lo que sabía. Te llevaste los informes. Venga, Carlos, déjame en paz. Vete a dormir. Mírate, estás hecho una mierda.

—¡Papá! ¡Esa boca! —La niña escondía la cara detrás de las piernas de su padre y me miraba con curiosidad desde su pequeño mundo. La curiosidad que mató al gato.

—Dos preguntas, Lema. Muy rápidas. Y me marcho.

Se resignó. Qué remedio.

—La primera es sobre Sonia, la chica. Resulta que no es Sonia. Se llama Clara. ¿De dónde sacaste los datos de identificación? ¿Cómo confirmaste su identidad?

Abrió la puerta ya del todo y me miró con extrañeza. Se frotó la frente y pensó un instante antes de contestar.

—Lo cierto es que no hice ninguna confirmación. No pensé que fuese necesario. Desde la Central confirmaron los datos del DNI que llevaba encima. La foto coincidía. Los estudios de identificación son caros y no se hacen de rutina, solo si hay algún motivo que lo justifique. ¿Cómo dices que se llama?

—Clara Filgueira Barros. Encontré su partida de nacimiento en una pedanía cerca de Porriño.

Ya no estaba enfadado. Estaba atento. No por ayudarme. Lo que quería era hacer bien su trabajo. Era una buena persona. Un buen padre.

—Deja que lo mire. Revisaré el historial clínico. Puedo tener una confirmación con un nivel de probabilidad alto en poco tiempo. Y sin hacer mucho ruido.

También era listo.

—¿Cuándo?

—Mañana a última hora de la mañana.

—Muchas gracias. Tienes una hija preciosa.

Cuando iba a marcharme la niña gritó:

—Pero ¡dijiste que eran dos preguntas! ¡Falta una!

Lema se dio cuenta de que no era buena idea que su hija escuchase nuestra conversación.

—¡Venga, vete! ¡A tu cuarto!

Cuando comprobó que se había ido me miró de nuevo.

—¿Y bien? ¿Cuál es la segunda pregunta?

—Ah, creo que es una tontería... En el informe figuraba un bolígrafo entre los efectos personales de Rouco. Pero en el sobre no había ningún bolígrafo.

A Lema se le pusieron los ojos como platos.

Veintiocho

18:09

Me dolía cada hueso, cada músculo, cada articulación.

Me dolía cada pregunta sin respuesta, cada ausencia, cada llamada que no hice ni recibí.

Me dolía cada impresentable que no fui capaz de atrapar durante mis años como policía.

Incluso me dolían algunos que pillé y que resultaron ser buena gente con mala suerte.

Es posible tener sueño e insomnio al mismo tiempo.

Eso es algo a lo que la vida te enseña. Lo que ocurre es que no lo hace gratis.

Pongamos que no estaba en mi mejor momento.

Ni de lejos. Pongamos que Lema tenía razón y estaba hecho una mierda.

Tal vez por eso había perdido el control.

Decidí ir al piso de Rouco y descansar. Ducharme.

Comer algo. Intentar echar una siesta. Y dejar de pensar, para ver si así llegaba a alguna conclusión.