Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #12
Lo encontré en la tercera casa en la que pregunté.
En las dos primeras ya me fueron advirtiendo.
Buena posición. Dueño de un par de gasolineras.
Nunca había sido de trato amable ni muy hablador, pero desde que se había marchado su hija la cosa había ido a peor.
Su mujer, en cambio, era una santa que tenía que haberse ido como hizo la niña. En fin, las típicas cosas de vecinos.
Cuando llamé al portalón de acceso a la finca, un perro como un caballo empezó a poner evidentes objeciones a mi presencia a través de las rejas.
Al poco, una mujer que pasaría apenas de los cincuenta, menuda y pausada, lo cogió de la correa y lo encerró en un corral. Detrás de ella jugaba un niño pequeño.
—¿Qué quería? —Por un instante estuve a punto de dejarme llevar por la inercia patriarcal del sacerdote y preguntar por don Claudio, pero con la tarjeta de presentación que me había hecho el vecindario se me habían quitado las ganas.
La voz de la mujer era triste pero amable, así que rehíce el plan sobre la marcha.
—Buenos días. ¿Es usted la madre de Clara Filgueira?
De pronto en sus ojos azules brotó un relámpago de esperanza.
Torcí el gesto al darme cuenta de que aquella mujer no sabía que su hija estaba muerta.
No había pensado en eso. Buscaba respuestas sin recordar que unas preguntas atraen a otras.
Me sentí como un jabalí en un sembrado. La mujer se fijó en mi gesto de contrariedad y la esperanza se fue como había llegado, dejando paso a una certeza que no era bien recibida.
Todo duró apenas un pestañeo. La mujer se llevó las manos a la boca para sofocar un llanto que ansiaba por salir de aquel pecho mientras el niño daba patadas a una pelota.
—¿Quién... quién es usted...?
—Me llamo Carlos Manso. Soy inspector de la Policía Nacional. Creo que tenemos que hablar.
—No... No...
Había hecho eso tantas veces en mi trabajo que casi me sentí cómodo: llegar a una casa y joderle la vida a una gente que recordaría para siempre mi cara como la de la persona que destrozó sus creencias, sus rutinas, sus afectos.
Su hija ha muerto asesinada por su marido.
Su hijo perdió la vida en una pelea. Su yerno ha matado a machetazos a sus nietas .
Trabajo fino. Del que vuelve por las noches.
Le enseñé la foto de Sonia. O de Clara. La reconoció enseguida. Tuve que sujetarla para evitar que cayese. El perro aullaba, como percibiendo la fractura. El niño, que no tendría ni tres años, entró en la casa, asustado, dejando la pelota en el pequeño prado de la entrada.
—Deberían pasar por comisaría, y por el Instituto de Medicina Legal, a reconocer el cadáver.
—La mujer gemía violentamente y no atendía mis indicaciones.
De pronto, la puerta de la casa se abrió, y un hombre pequeño y grueso corrió hacia nosotros, con cara de no comprender y actitud de ser capaz de partirle la cara al que estaba haciendo llorar a su mujer.
Aún no sabía que esta visita no era de las que se resuelven despachando al mensajero.
La madre de Clara se echó en brazos de su marido, susurrando entre hipos el nombre de su hija.
Di un paso atrás. Ese momento es el más difícil.
Hay quien se derrumba. Quien precisa atención médica.
Quien llora hasta vomitar. Incluso los hay que se ponen a bromear con un agente novato.
Esos dos se quedaron quietos. Saqué una tarjeta del bolsillo y se la ofrecí a Claudio, que me miraba de frente mientras estrechaba a su esposa entre los brazos.
—Tenga. Llámenme cuando se recuperen. —Vaya basura de manual. ¿De verdad los psicólogos piensan que es posible recuperarse de la muerte de una hija? Pero aun así apreté un poco más la tuerca—. Si es pronto, mejor. Hoy. Mañana. No más tarde.
Y me fui sin escuchar una sola palabra de su boca.
Veinticinco
14:28
Bajé a Vigo con un nudo en el estómago, varias llamadas perdidas del comisario en el móvil y un buen galimatías en la cabeza.
El descenso era tan real como metafórico.
No entendía nada. No había tenido tiempo de reposar, de digerir, de decantar.
Intenté ver la foto: Clara se va de su casa con dieciséis años y se cambia de nombre.
Pero una chica del valle de la Louriña no tenía el dinero y los recursos para falsificar el DNI y hacerse con una identidad nueva.
Por no hablar de que, en nuestra base de datos, la de la Policía Nacional, aparecía con el nombre falso.
Eso rozaba ya lo imposible. Por otro lado, los forenses del IMELGA eran muy cuidadosos con las identificaciones. Igual debería hablar de nuevo con Lema.
Después de esa fuga, propia de una película de espías, de algún modo conoce a Rouco.
Un hombre hecho y derecho, casado, con una hija.
Mi hermano podía ser un marido pésimo, como la mayoría de los maridos, pero muy poco lo conocía si conseguía entender cómo había acabado liado con Clara.
Y, por último, ¿de qué modo explicaba todo eso sus muertes?
¿Qué pintaban el hacker y el obispo entre ellos dos?
Todo tenía un tufo muy raro. En condiciones normales ese sería un caso para un trabajo de campo de varias semanas con toda mi unidad a tiempo completo.
Un caso para ponerle ojitos al juez, a los de los Grupos de Apoyo, e incluso a Jefatura Superior, por no hablar de la propia Brigada de Investigación Tecnológica.
En cambio, estaba yo solo, con apenas dos días por delante. Si lo pensaba bien, no tenía ninguna oportunidad. Así que decidí dejarme de diplomacias y pasar a la fase de las medidas desesperadas.
En el alto de San Cosme giré a la derecha, por la universidad. Un camino algo menos directo pero que me permitía hacer otra parada en el Decathlon. Si no conocían a Sonia Deza tal vez conociesen a Clara Filgueira.
Había leído en alguna parte que una médica había salvado la vida de otra mujer al diagnosticarle un tumor solo con verla en el autobús.
Le había notado algo en las manos. Se acercó a ella y se presentó, aconsejándole que se hiciese una revisión.
Deformación profesional. Uno no puede evitar ver aquello para lo que está entrenado.
Vemos lo que conocemos. Como cuando escuchas tu nombre en medio de la algarabía.
La gente lo confunde con la intuición. Los psicólogos lo llaman percepción selectiva.
Por eso yo no pude dejar de advertir un par de cosas cuando aparqué otra vez junto a la entrada de la gran superficie.
La primera fue un Audi S8 Plus. Por encima de los cuatrocientos caballos de potencia.
Color gris. Tapicería gris. Llantas vulgares, del desguace.
El que se deja una fortuna en un coche como ese no lo viste de chatarra.
Salvo que pretenda no llamar la atención.
Aquel era un coche como los que uno se harta de escuchar hablar en los cursos de persecución y contravigilancia.
Pero esa fue solo la primera y por eso no le hice mucho caso. Ni tan siquiera me quedé con la matrícula. A fin de cuentas, estábamos en el Decathlon: la capital mundial del tuning deportivo. Podía ser de cualquier imbécil con dinero. De modo que dejé la observación en el cajón de las curiosidades.
La segunda cosa que me llamó la atención fue la cara del vigilante, que transitó, en cuanto se dio cuenta de mi presencia, de la sorpresa a la preocupación, acompañando el muestrario de emociones con una ráfaga de miradas hacia el interior del establecimiento.
Demasiado drama para tan poco teatro. Fue entonces cuando empecé a notar el chirrido en Matrix.
Esa nota desafinada que indica que algo no va bien.
La sensación inconfundible de que está pasando algo importante e inesperado de lo que aún no se es consciente.
De que con el rabillo del ojo suceden cosas que no acabas de enfocar. Cosas serias.
Alguien que no llevara veinte años en el cuerpo pondría los músculos en tensión y buscaría el origen de la preocupación del guardia de seguridad. Se acercaría para preguntarle con voz firme. Puede que incluso palpara la pistola bajo la axila para calmar la tensión.
Pero yo llevo veinte años. Por eso me detuve en seco.
Aún estaba más cerca de mi coche que de la entrada, donde el vigilante empezaba a hablar por un talkie .
Sin dejar de mirarme, ni disimular. Un tipo a todas luces muy poco profesional.
No me preocupaban él ni su porra. Podía ocuparme de ellos incluso sin la Heckler.
Lo que me empezó a preocupar fue la presencia del Audi.
La parada duró apenas un par de segundos.
No tenía muchas razones objetivas para alarmarme, pero mi intuición chillaba como un estornino.
Le tengo mucha fe a mi intuición. Siempre acierta, incluso cuando se equivoca.
Sería largo de explicar. El caso es que me invadió una intensa sensación de peligro.
Cuando dije que había llegado la hora de dejarme de diplomacias y pasar a las medidas desesperadas no sabía que iba a ser tan literal.
Me di la vuelta y eché a correr hacia mi coche.
Veintiséis
15:07
Cuando pasé por delante del Audi anoté mentalmente la matrícula.
Me asaltó el impulso de sacar el arma y disparar a una rueda, pero me pareció excesivo.
Mucha gente por el medio y pocos motivos.
Me arrepentí en cuanto comencé a escuchar los gritos del vigilante.
En ese momento el mal presentimiento se transformó definitivamente en amenaza.
Mientras abría la puerta y arrancaba el motor seguía echando miradas de reojo hacia la entrada del centro comercial.
El vigilante alternaba los gritos con la conversación a través del talkie .
La gente empezaba a preguntarse qué ocurría, pero nadie parecía interesado en impedirme el paso.
Estaban todos muy ocupados fingiendo ser deportistas de élite.