La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #11
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #11

Argos. En ese nombre sí que supe apreciar la broma del destino.

El de mi hermano. Ese recibo era el cordel de Ariadna que me llevaría a la salida del laberinto.

El camino de regreso a Ítaca. Solo que, en ese instante, no lo sabía.

Si lo guardé fue por ternura. O por una intuición que ni siquiera sabía que era tal.

Simplemente agarré el hilo y no lo solté.

Veintidós

22:34

Recogí un poco el desastre. Ahora sé que en aquel instante mi suerte acababa de cambiar.

Pero en aquel momento el agotamiento y una sensación de rendición, de vía muerta y esfuerzo inútil acampaban en el centro de mi pecho.

Decidí ducharme porque ya no era capaz de soportar mi propio tufo.

Solo cuando me volví a vestir y el fresco de la noche y de la ría comenzaron a entrar por la galería conseguí desalojar algo el campamento.

Bajé sin hacer ruido porque no quería encontrarme con la señora Olinda, y cuando salí a Montero Ríos, con las terrazas, los eternos turistas y el mar al fondo, casi había recuperado la voluntad de vivir.

O, por lo menos, de dar el siguiente paso: buscar una farmacia de guardia para comprar ibuprofeno.

El móvil me devolvió la información de que tenía la más próxima en la calle Progreso y me lo tomé como una buena señal, porque, de momento, había progresado más bien poco.

Muy bueno. Para partirse.

Eran casi las once de la noche. La ciudad bajaba las persianas. Casi toda ella.

Recordé que, a escasos doscientos metros de la farmacia, en la calle María Auxiliadora, Alfonso esperaba con la puerta abierta de la tasca más mugrienta, vencida y arrabalera del mundo.

Teniendo en cuenta la cantera en la que se estaba convirtiendo mi vida, era normal que me apeteciese ir.

Alfonso, en realidad, era parecido en muchas cosas a Telmo Sober.

¿Qué se podía esperar de alguien que se había apuntado con diecinueve años voluntariamente a la Legión?

Pero entre trago y trago se adivinaba una pequeña luz.

Nunca hablaba mucho de sus años en el tercio Duque de Alba y, cuando lo hacía, era con desgana, a la fuerza, con un aquel de culpa en los ojos, o de desengaño por las cosas que allí había visto.

Y en ese punto era donde nos entendíamos: en la escasa fe en la humanidad.

No éramos amigos, pero si miraba a mi alrededor tampoco tenía mucho donde elegir.

—¡Carlos! ¡Cuánto tiempo! ¡Ya pensaba que habían acabado contigo! ¡O que te había reventado el hígado después de la última! —Alfonso era todo corazón, si sabías leer entre líneas.

—No tal. No es fácil acabar conmigo. Pero lo intentan, a fe que lo intentan.

—¿Y eso? Pero no, espera, que pierdo las formas, bebamos primero a nuestra salud, que ya nos queda poca.

En el espejo tras la barra, bajo la luz sucia del bar, mi aspecto era lamentable. Había que darle la razón. No tenía muy buena pinta. Pero él tampoco tenía el horno para bollos, así que pedí un whisky y brindamos por una muerte rápida.

—Ahora sí, venga. ¿Cómo te va la vida?

¿Qué podía contestar a eso?

Veintitrés

Miércoles, 10 de mayo de 2017 07:02

A pesar del alcohol, desperté mucho antes que el ruiseñor.

Tenía en la cabeza dos o tres cosas que hacer, lo que me permitió ser razonablemente optimista.

Eran dos o tres más de las que tenía veinticuatro horas antes.

Pensé en pasar por la comisaría antes de ponerme manos a la obra, pero fue un pensamiento fugaz.

¿Qué iban a hacer si no aparecía por allí? ¿Echarme?

Recalenté algo de café y salí con la extraña sensación de que no tenía el control. De que estaba dando bandazos a merced de un viento voluble y caprichoso. Y en esas estaba cuando la puerta del quinto se abrió con un estruendo abrupto, de madera vieja y cerradura oxidada.

—¡Señor Manso, no se escape! Necesito que me pague, haga el favor, y quiero que me diga dónde está la muchacha, ¡porque no sé nada de ella desde el viernes y no sé si debería llamar a la Policía!

¿Entiende? ¡A la Policía! —La vieja salió como un toro bravo.

Yo, a porta gayola, decidí abordar el asunto por partes.

—No se preocupe, Olinda. ¿Cuánto se le debe? Hoy tendrá el dinero. ¿Quiere que lo ingrese en su cuenta o....?

—¿Qué cuenta ni cuenta? ¿Y cómo que cuánto me debe? ¡Sabe de sobra que todos los meses paga los cuatrocientos euros antes del día 5, en efectivo, como acordamos! ¡Está usted muy raro, señor Manso! ¡Muy raro! ¡Y lo de su novia es aún más raro!

—Ya... Ella... ¿Recuerda el jaleo del viernes?

Pues... discutimos, se fue y... creo que no va a volver.

—No dije más. No quería mentir. Los policías somos expertos en mentiras.

En descubrirlas. Y sabemos que lo difícil no es decir una mentira, sino sostenerla.

No caer, con el tiempo, en contradicciones.

Cuanto menos hablase con la anciana menos enredaría la cosa.

Me fui dejando a Olinda agachando la cabeza con tristeza. No sabría decir si por Sonia o por mí.

Ya en el coche, busqué San Xoán de Chenlo en el GPS.

Una pedanía perdida en el alto de la sierra del Galiñeiro, a unos veinte kilómetros del centro de Vigo.

Conseguí llegar en poco más de media hora.

El cartel de localidad no podía ser más explícito, pero el puñado de casas derramadas por la ladera de la montaña no daba ninguna pista sobre la dirección que tomar para llegar al centro.

Si es que en Chenlo existía algo así. Pregunté a un par de mujeres que me indicaron con la mano la torre de la iglesia, asomando entre los campos.

Cómo no. En Dios comienza y termina siempre todo.

Los registros estaban en la oficina rectoral, una casa nueva construida junto al cementerio, según me indicó la emprendedora dueña de un supermercado-mercería-bar-estanco-administración de lotería.

Allí no llegaba la competencia de Carrefour.

Tampoco su clientela. Diversificarse o morir.

Dejé el coche e hice gasto para agradecer la información y, de paso, conocer la calidad del brebaje local.

La impresión de viaje en el tiempo se acrecentó cuando llamé al timbre de la oficina.

Un sacerdote viejo como el mundo, amarillo y arrugado como un pergamino, me confirmó que allí guardaban las partidas bautismales.

Eso dijo. Las partidas bautismales. Como si estuviese buscando a alguien de su edad.

En pleno siglo veintiuno buscaba la inscripción civil de nacimiento de una chica de diecinueve años y un sacerdote ordenado en tiempos de Cristo me enviaba a revolver entre cartapacios de piel de vitela.

Y lo peor de todo era que tenía razón. Allí estaba.

Tras casi una hora intentando adivinar cuál podía ser el criterio de clasificación de todos aquellos documentos, di con la partida de nacimiento de Sonia Deza.

O no.

El registro, el tomo y la página eran correctos.

La fecha de nacimiento y los nombres del padre y de la madre también.

El lugar de nacimiento no dejaba mucho lugar a dudas, y aun así hice una búsqueda rápida en internet con el móvil para confirmar que no existía ningún otro San Xoán de Chenlo.

En todo el mundo. Todo parecía estar en orden, salvo un pequeño detalle que no coincidía.

En lugar de Sonia Deza la inscripción recogía otro nombre: Clara. De apellido Filgueira.

Llamé al sacerdote con la esperanza de que pudiese echar algo de luz en el oscuro pozo en que se estaba convirtiendo mi alma.

La esperanza es como las cucarachas, capaz de sobrevivir a un apocalipsis nuclear.

La capacidad de supervivencia del ser humano y su éxito como especie no se basan en su inteligencia, en los pulgares oponibles ni en la visión binocular.

Se basan en la esperanza. En la maldita esperanza.

—¿Clara Filgueira? Sí, recuerdo a esa muchacha. Hija de don Claudio. Se fue muy joven, hace unos años. Aquí los chicos no quieren quedarse. Y menos teniendo esa ciudad del pecado a un paso. —Asentí, recordé al obispo y reprimí una grosería.

—¿Y conoce a alguna chica de la misma edad llamada Sonia Deza? Tal vez nacida por aquellas mismas fechas —dije, disparando a ciegas.

—¿Sonia Deza, dice? No, no me suena. En esta parroquia no hay ninguna familia con el apellido Deza.

Conocí a varios cuando estuve en Lalín, pero aquí no.

Y usted no se hace una idea de lo que es el nacimiento de un niño por aquí.

Le aseguro que ese año no nació aquí ningún otro rapaz. Ni en los siguientes.

Recordé la foto que llevaba impresa. Se la enseñé y, a pesar de la edad, el sacerdote no dudó:

—Es Clara, sí. ¿Conoce a don Claudio? Esa nariz como pico de cuervo es inconfundible. ¿Por qué pregunta por ella? ¿Le ha pasado algo?

Dudé en la respuesta, pero no encontré ningún motivo para mentir.

—Murió. ¿Dónde podría encontrar a don Claudio?

Balanceaba la cabeza de un lado a otro. Parecía estar dando fe del nido de abyecciones que habitaba del otro lado del embalse de Zamáns. La colección de tentaciones que acechaban en la ciudad a los que abandonaban el sagrado amor de Cristo. Si yo le contara...

—Su casa es aquella grande y blanca que está en lo alto de la esclusa, en el lugar que llaman Outeiro.

—Señalaba con mano temblorosa a algún lugar situado vagamente entre las canteras de granito de Porriño y el aeropuerto de Vigo, lo que me daba un margen de media provincia para buscar.

Decidí no insistir. No parecía una tarea difícil dar con don Claudio.

Por el tono empleado por el sacerdote parecía alguien importante en la parroquia.

Volví sobre mis pasos, hacia la tienda de ultramarinos donde había dejado el coche. La rodilla izquierda comenzó a dolerme. Empezaba a acusar el cansancio. Llevaba cinco días sin parar de correr de acá para allá.

Y sin llegar a ningún sitio.

Veinticuatro

11:12