Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #10
Mientras bajaba del coche en el aparcamiento exterior, me acaricié la cicatriz de la nuca.
Podría presumir de que fue la primera de cuatro, con veintiocho años, aún un bollito recién salido del horno de la Academia.
Me la hice persiguiendo en Puerto del Rosario a un delincuente peligroso.
Corría detrás de un carterista, viejo conocido y escurridizo como una salamandra, cuando la puerta de un coche mal aparcado se abrió de repente y di con mi cuerpo en el suelo.
Me caí de espaldas y casi me dejo allí medio lomo.
Sangraba como un cerdo por un corte hecho al rebotar la cabeza en la tapa de una alcantarilla mientras escuchaba los insultos del conductor y las risas del ratero perdiéndose por la avenida Juan de Bethencourt.
La segunda la vi venir. Ya estaba de vuelta en Vigo.
Uno de nuestros chotas, drogadicto de venga y dale, andaba con un mono del quince.
No quise sacar el arma y me llevé una cuchillada en la pierna derecha.
Y de regalo año y medio de analíticas. Pero tuve suerte.
Eran los tiempos del caballo y el sida. Tiempos duros. Parece que vuelven, o eso dicen.
La tercera me la merecí. Todos tenemos días malos.
Me pasé de listo en una detención y fui a pecho descubierto a por un perturbado que había matado a sus dos hijas con un machete.
No contaba con que también tenía una Beretta 92.
Compacta. Nueve milímetros. Ese día aprendí que la venganza deja resaca.
Y que no siempre merece la pena el perdón.
Y de la última prefiero no hablar, aunque tampoco reniego de ella.
Es tan mía como el resto. Cosas de la vida.
Porque la vida no lleva filtros ni mallas de licra.
No es épica, ni apoteósica. Ni tan siquiera digna.
Somos nosotros mismos los que pintamos por encima el cuadro en el que salimos vestidos de héroes.
Si solo quisiésemos ser felices sería fácil; pero queremos ser más felices que los demás, lo que casi siempre es difícil, porque la tecnología nos hace imaginarlos más felices de lo que son.
Yo no necesito vestirme con ropa de diseño, con bolsillos en los hombros, para saber quién soy.
No necesito hacerme fotos en poses místicas para demostrarle nada a nadie.
Tengo las cicatrices. Y la lección aprendida de no correr al lado de los coches aparcados. Esos son mis galones.
Es muy posible que con esos pensamientos mi tono de voz y mi rostro no fuesen los más amables cuando me dirigí al vigilante de seguridad de la gran superficie mientras llevaba la mano al bolsillo interior de la chaqueta.
Iba a exprimir las últimas horas de mi placa de inspector como si no hubiese un mañana.
Porque, de hecho, no lo había. O, en todo caso, mañana sería peor. Mañana siempre es peor.
—Buenos días, necesito hablar con alguien de Recursos Humanos.
Al tipo de barba que se parapetaba detrás del uniforme le debía pasar como a mí: no tenía el día. Levantó la vista y me dedicó una intensa mirada de desprecio.
—¿Cómo dice?
—Digo que soy el inspector Carlos Manso, de la Unidad de Delitos Violentos, y que necesito hablar con algún responsable de la empresa. —Y mientras hablaba, la placa refulgía en mi mano como la antorcha de la Estatua de la Libertad. Pena de foto.
—Entrando a la izquierda. Al fondo hay una puerta que pone U SO EXCLUSIVO DEL PERSONAL . Pregunte por allí.
Ahora empezábamos a entendernos.
Diecinueve
12:02
—No estoy entendiendo nada.
—Pues es muy fácil. Aquí no trabaja ni ha trabajado ninguna Sonia Deza o cualquier otra persona con ese DNI.
La responsable de Recursos Humanos era una mujer muy organizada y metódica, que también anotó mi nombre y mi número de placa. Y que afirmaba, sin ningún género de duda, que no reconocía a la chica de la foto ni constaba en su base de datos.
Otra pregunta para el saco sin fondo: ¿por qué Rouco nos había dicho (a mí y al agente Touza) que Sonia trabajaba allí?
Otro portazo en la cara. Seguía dando tumbos.
A diferencia de lo que ocurre habitualmente en una investigación, la lista de cosas que no sabía crecía cada hora que pasaba.
Ya no me quedaban muchos cartuchos y el tiempo no se detenía.
Empecé a pensar que tal vez no iba a llegar a ninguna parte.
La pena se mezclaba con la rabia. Con la frustración.
Con el cansancio. Y todo junto formaba una argamasa pesada en el centro del pecho que no me dejaba respirar.
Lo peor de todo era que estaba dejando de importarme.
Veinte
14:33
Decidí pasar por mi piso a coger una bolsa con algo de ropa y el portátil y a vaciar la nevera.
No me llevó mucho tiempo. Nunca había sido acogedor, pero ahora sentía que no le debía nada.
Ni él a mí. Unos pocos libros en un estante eran la única bandera que delataba mi titularidad de esos pocos metros cuadrados, a pesar de que llevaba ya muchos años metido en aquel cajón con ventanas.
Qué fácil es acostumbrarse a lo vulgar. No es preciso esforzarse.
Tan solo dejarse llevar. A mi alrededor, la banalidad había crecido año tras año hasta llenar cada hueco, cada rincón, sin piedad, con la certeza del convidado que sabe que no lo van a echar de la fiesta a pesar de ir mal vestido.
Porque es preciso disponer de muchas reservas de tiempo y energía para revolverse contra la grosera fealdad de una vida atascada en un lunes permanente.
Son precisos mucho valor y muchos recursos para no dejarse arrastrar por la inercia de la nómina a fin de mes, de los gastos fijos y de las oportunidades perdidas.
¿En qué momento me había quedado solo? ¿Cuándo había perdido el pañuelo en los ojos que permite a los ciudadanos de bien acomodarse sin hacerse preguntas a un sistema engrasado y perverso?
Y, por otro lado, ¿dónde había dejado mis reparos, mi moral?
En la facultad me enseñaron que es preciso estar en una situación de cierta comodidad, de supervivencia asegurada, para que puedan brotar los escrúpulos y desarrollar sistemas morales complejos, para levantar los muros invisibles que protegen a las sociedades.
Pero, sometidos a situaciones desesperadas, a necesidades extremas, los individuos no dudan en tumbar esos mismos muros, porque lo primero es sobrevivir.
Lo sé bien porque mi trabajo consistía en apuntalar esos muros.
Recordarle a los que se aventuraban más allá de esa inercia, de esa vulgaridad, que no hay escapatoria por ese lado.
Pero en la soledad de mi piso de asalariado no siempre comprendí a las víctimas mejor que a los criminales.
Porque la soledad es una magnífica interlocutora: sabe escuchar muy bien. Y siempre nos da la razón.
El tipo mal afeitado del espejo me miró de frente y me susurró que no quería volver por aquel piso.
Y a continuación confesó que, a pesar de las pocas horas que había pasado en el ático de Rouco , ya lo echaba de menos.
Serían las vistas desde la galería. O el colchón.
Eso pensé. Hasta que, de vuelta en Montero Ríos, subí los seis pisos con la bolsa a la espalda y abrí la puerta, decidido a instalarme en él.
Entonces me di cuenta de que allí solo me esperaba el mismo tipo del espejo.
Y que, tal vez, a quien echaba de menos era al dichoso perro.
Veintiuno
19:26
Volví con la determinación de hacer algún avance.
Para eso había que comenzar por el principio.
Por ese tipo de cosas que se hacen en cualquier investigación: puse el piso de mi hermano patas arriba.
Pasé toda la tarde revolviendo en cada armario y cada cajón, en el bolsillo de cada pantalón y de cada camisa, en el mueble del baño y en el bote del azúcar.
Miré en el horno y en el lavavajillas, debajo de la cama y detrás de un cuadro de temática marinera que no sé de qué presumía junto a la puerta, teniendo el original justo enfrente, del otro lado del cristal de la galería.
Pasé todas las hojas de un calendario con fotos de Magar buscando alguna anotación, una fecha, un nombre, lo que fuese.
Pero Rouco no había dejado ninguna pista.
No contaría con morir. O sí, y lo había dejado todo limpio. Quién coño sabía.
Pasaban de las siete cuando decidí hacer café. Desenrosqué la cafetera y tiré la borra a la basura. Y allí me quedé, mirando la bolsa de plástico negro a reventar, con la sensación de que, por mucho que me hundiese, siempre acababa encontrando un sótano más profundo.
Hacía calor. Me saqué la camisa, pero la peste a sudor, a inmundicia y a perro no encontraban motivos para irse a pesar de las ventanas abiertas de par en par.
El ático daba miedo con toda la porquería de la última bolsa de basura de mi hermano esparcida por el suelo. Por suerte no esperaba visitas.
No sabía lo que estaba buscando, pero tantas veces en mi vida había encontrado tesoros entre los escombros que revolví con inesperado optimismo.
El pensamiento me llevó de nuevo a Lorena y a los chavales de Alza-Down.
A Pedro, acusado de cometer un crimen que nunca sería capaz de cometer.
Y a Violeta, asesinada a golpes por su padre.
Joyas en el cieno de la vida. Y como dándome la razón, entre plásticos de comida precocinada, peladuras de fruta y latas de cerveza arrugadas, encontré algo.
Un casi nada. Un hilo invisible. Un papel rojo y blanco, sucio y medio roto. El recibo de una clínica veterinaria.
Lo estiré con las manos, en el mismo suelo, y me quedé mirando para él con asco.
La clínica se llamaba Huellas , porque la vida es muy bruja y amiga de jugar con esas cosas.
Yo no fui capaz de intuir la premonición en el nombre y en ese instante me pareció inútil.
Excepto, tal vez, porque en él aparecían los datos de un perro. Mestizo, color arena: Argos.