La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #9
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #9

Nos quedamos los tres (los cuatro) callados, sin más que decir.

Me despedí de Sandra y de Leo con un vago gesto de cabeza.

El animal me dedicó una mirada triste antes de salir por la puerta del despacho de la mano de Leo.

Pensé que estaría echando de menos a su difunto dueño, porque yo no le había dado tiempo ni motivos para mirarme así.

Me quedé solo, sentado, mirando el ordenador, pensando en lo difícil que resulta siempre despedirse.

Yo también lo iba a echar de menos.

Diecisiete

10:08

Encendí el ordenador y abrí el navegador.

No porque no me fiase de Sandra, que me fiaba.

De quien no lo hacía era de Atticus. Pero allí estaba: el mismo tipo de las fotos que me había enviado.

Incluso sin verle la cara, el cuerpo ligeramente encorvado, la calva incipiente y el abdomen generoso eran inconfundibles.

Tal vez algo más viejo. Joder. ¿Qué iba a hacer ahora?

La Iglesia católica era uno de esos monstruos que todo lo devoran.

Cuando algún inspector de la Nacional se topaba con el aroma a incienso sabía que se las iba a tener que ver con un asunto delicado.

Enfrentarse a un caso en el que estuviera metido un miembro de la curia era como caminar descalzo por un camino de vidrios rotos.

La jerarquía policial y la judicial estaban atestadas de devotos soldados de Cristo, más numerosos e influyentes cuanto más arriba.

Gente que con una mano te daba palmadas en la espalda y con la otra te apretaba el cilicio.

Gente a la que no le iba a gustar nada que un inspector como yo, gruñón y tozudo, se pusiese a husmear en los trapos sucios de un obispo.

La idea casi consiguió ponerme de buen humor.

De todas maneras, aún no había decidido qué hacer con el material.

No es fácil colocarle a un juez una historia de ese tipo sin una buena explicación.

Internet es un pantanal inmundo lleno de todo lo bueno y todo lo malo que el ser humano es capaz de imaginar.

Y de mucha estupidez sin sentido. Para dar por buenas unas imágenes es preciso verificar su autenticidad mediante un análisis de metadatos, hacer búsquedas inversas, estudios forenses de los procesos de compresión de los archivos e incluso peritar las caras mediante programas de reconocimiento.

Muchas tareas en las que mi hermano se había dejado la vida, pero que un juez no encargaba si no tenía claro de dónde venían los tiros.

Mal asunto, porque ni siquiera yo lo sabía.

En fin, tocaba recapitular. No tenía mucho tiempo y quería tirar de varios hilos antes de decidir qué hacer con el tema del pirata informático.

Pero en esa ocasión ya tenía que hacerlo sin ayuda.

Había llegado a ese punto en el que cualquier policía con algo de oficio sabe que empieza a correr riesgos y, sin embargo, aún no sabe muy bien hacia dónde va.

En ese tren era mejor viajar sin pasajeros.

Intenté componer un esbozo mental de las líneas de investigación que tenía abiertas, pero un fuerte dolor de cabeza me estaba poniendo difícil la tarea, así que decidí contraatacar con todo lo que tenía encima de la mesa: café e ibuprofeno.

Opté por hacerle caso a Leo y empezar hablando con el compañero de Rouco.

Busqué en el directorio y marqué la extensión de nuestro grupo de apoyo en la BIT.

Desde la instalación de las nuevas líneas de teléfono por internet, el mundo entero se había convertido en una extensión de mi despacho, pero la gente seguía siendo la misma de siempre, así que tardé unos buenos quince minutos en lograr que me pasaran con el tal Andrés, que debía de estar en el baño o en la hora del bocadillo. O vete tú a saber dónde.

Decidí darle el beneficio de la duda.

—Agente Touza, buenos días. —Voz varonil y firme, de hijo único o hermano mayor.

—El kiwi es fantástico.

—¿Cómo? ¿Con quién hablo? —Siempre hay que poner a prueba los análisis preliminares. En este caso me permití una ligera duda sobre la posición que ocupaba en su árbol genealógico.

—Para el estreñimiento. El kiwi es lo mejor. Lo digo porque llevo un buen rato esperando. Inspector Manso. Carlos Manso.

—¡Hostia! ¿El hermano de...? Inspector —diría que lo escuché cuadrarse al otro lado del teléfono—, ya hablé con su compañero, el agente Santos...

—Sí, estoy al tanto. Quería confirmar personalmente algunas cuestiones.

—Ya, claro, comprendo...

No comprendía nada. ¿Qué iba a comprender ese cretino, benjamín de familia numerosa, si no comprendía nada ni yo mismo? Pero había una cosa que me había comentado Leo que me tenía intrigado y decidí seguir mi viejo instinto de sabueso.

—¿Cuánto tiempo llevabais en la unidad con el caso de pederastia que le comentaste a Leonardo?

—Un par de años, creo.

—¿Y en qué punto estáis? ¿Ya tenéis la red, los perfiles, las identificaciones? ¿Sabéis si está implicado alguien importante... alguien de Vigo?

—Pues... no tenemos gran cosa. Operan de un modo muy profesional, con conexiones VPN y a través de nodos del sistema TOR, lo que dificulta la localización de la...

—Vale, vale, para. O sea, que no tenéis ni idea, después de tanto tiempo.

—Hombre, ni idea no, tenemos localizadas varias direcciones IP en Finlandia, Nueva Escocia y Surinam que...

—Suficiente. Otra cosa. ¿Tú sabes algo de la chica con la que andaba Rouco?

—Algo me dijo. Creo que trabajaba en el Decathlon. Pero no era muy hablador, usted ya...

—Sí, ya. Gracias, agente Touza. Y recuerde mi consejo.

—¿Cuál...?

—El kiwi, hombre. De lo mejor, en serio.

Y colgué. Porque cuando se cumplen los cuarenta y ocho uno empieza a apreciar el valor de cada minuto. Y porque el agente Touza ya había confirmado mi presentimiento.

Dieciocho

10:45

Si fuera cierto que se aprende de los errores yo debería ser el tipo más sabio del mundo, pero tengo muchos años de madaleno a la espalda y cuando noto ese runrún en las tripas no suelo equivocarme.

Xabier y yo llevábamos casi dos años sin hablarnos.

El mismo tiempo que llevaba liado con Sonia.

El mismo tiempo que su unidad llevaba investigando a una red de pederastas.

Y, justo cuando aparece muerto, un tipo desconocido decide enviarme unas fotos del obispo en cueros y procelosa compañía.

Demasiadas coincidencias, incluso para una ciudad tan pequeña, telúrica y generosa en serendipias como Vigo.

Abrí de nuevo el buscador en la pantalla de mi ordenador con otra idea en la cabeza.

No sabía nada de Sonia Deza. No estaba registrado ningún domicilio, correo electrónico o teléfono de contacto.

Aquella Sonia, con diecinueve años, sin oficio ni beneficio, sin allegados, sin antecedentes ni ficha en nuestra base de datos, era una ciudadana anónima.

Ni siquiera parecía tener redes sociales.

.. Nada de nada. Extraño en unos tiempos tan proclives al exhibicionismo.

Metí el número del DNI que aparecía en el informe forense en la base de datos.

Nombre: Sonia Deza Castro. Lugar de nacimiento: San Xoán de Chenlo, ayuntamiento de Porriño, cerca de Vigo.

No todo iban a ser malas noticias. Accedí a la página del Registro Civil para solicitar una copia literal urgente de la inscripción de nacimiento, pero entonces me encontré con el primer problema: Chenlo resultó ser una de las nueve entidades locales menores de Galicia.

Con autonomía administrativa y el registro civil aún sin digitalizar.

Tendría que ir en persona a solicitar la partida de nacimiento.

Tenía que desenredar la madeja desde el principio y para eso tocaba picar piedra, volver a mis orígenes, cuando aún no era inspector y no daba nada por sentado.

Cuando aún pensaba que todo eso merecía la pena.

Imprimí la foto, una chica joven, casi una niña, muy guapa y muy distinta de la que descansaba en la nevera del IMELGA, pero la muerte no tiene piedad con la juventud.

Con ella en el bolsillo bajé a la calle y subí al coche.

Puse un disco de los Mumford and Sons y me dejé llevar por el ritmo de «Little Lion Man», acelerando de más, zigzagueando entre el furibundo tráfico y dejando atrás una estela de cláxones airados por la calle Urzáiz y la Gran Vía arriba hasta llegar a la plaza de España.

Que llamaran a la Policía. Enfilé por la avenida de Madrid y tardé menos de cinco minutos en tomar la salida de la Gandariña para aparcar en el centro comercial, junto al viejo hospital del Meixoeiro.

Porque lo único que sabía de Sonia era que trabajaba en el Decathlon: el último de los inventos modernos de la sociedad de consumo. Del engaño de la felicidad de celofán. Del Instagram y la fabulosa aventura de fingir.

A ver, yo soy un cínico desde que tengo uso de razón.

Un bicho que con diez años ya presumía de saber que no hay amigos sino intereses convergentes.

Y un policía de colmillo torcido por dos facultades: la de Filosofía y la de la calle.

Me hierve la sangre con esos payasos disfrazados de atletas o de exploradores.

Amundsens del carajo que no han pasado hambre ni frío ni nada en toda su acomodada vida de oficinistas.