La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #8
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #8

—De nada, filliño . Otra cosa, recuerde que este mes aún no me ha pagado.

Con la pensión no llego a fin de mes. Le agradecería que no se retrasase mucho.

Y coma algo, que lo veo muy delgado... —Siguió hablando mientras empezaba a bajar, casi a tientas, la escalera, tan vieja como ella, hasta el punto de que no sabría decir si los crujidos procedían de los escalones o de las rodillas de la mujer.

—Adiós, Olinda. Cuídese.

Y cerré la puerta.

Me quedé pensando. Miré hacia el perro con la sensación de que si hablara podría ser de gran ayuda.

No era capaz de entender nada. Tenía la impresión de que necesitaba hacer un esfuerzo enorme para ver incluso lo que estaba delante de mis ojos.

Estaba tan perdido que ni siquiera sabía por dónde empezar a buscar. O qué buscar.

Las preguntas son lo primero, siempre. Sin preguntas no hay respuestas, son el timón de toda investigación.

Si no sabes lo que buscas no lo reconoces cuando lo encuentras.

Como en la vida misma. Bien, pues yo ya tenía un buen saco de preguntas encima de la mesa.

¿Qué hacían Sonia y Rouco en una pensión de mala muerte si vivían en un piso de Montero Ríos?

¿Qué tenía que ver el hacker en toda esta historia?

¿Quién era el depravado de las fotos? ¿A qué venían los gritos del viernes por la tarde?

¿De verdad mi hermano era el cabrón que estaba descubriendo?

Y, sobre todo: ¿qué demonios iba a hacer con el perro?

Quince

09:00

El animal no parecía muy preocupado por esa última pregunta.

Ni por las otras tampoco, en realidad. Con el estómago lleno y la lengua húmeda se puso a rondar por la puerta, mirando alternativamente hacia ella y hacia mí.

Me hice el tonto un rato, mientras tomaba el café, me ponía los zapatos y guardaba la pistola en la funda.

Pero, al fin, tendría que hacer algo si no quería limpiar el suelo de nuevo. Y no quería, claro.

Pensé en la perrera municipal, pero nadie que la conozca le haría eso a un perro.

El refugio de la Madroa tampoco me convencía.

Muchos ocupantes, muchas preguntas y poco futuro.

Yo no tenía estómago para tanta traición ni tiempo para tanta demora.

Sandra y Leo ya estarían preguntándose dónde estaba su jefe.

Entonces se me ocurrió la idea: las nuevas instalaciones de la Nacional, en Mos, donde adiestraban y cuidaban a los miembros de la unidad canina. De ser perro, yo querría vivir allí. Qué diablos, y no siendo perro también. Lo miré de reojo y confirmé una mirada de complicidad.

¿O sería de ganas de mear?

Dieciséis

09:27

La vieja comisaría de la calle Luis Taboada había perdido mucho glamur desde la inauguración del nuevo edificio junto a la plaza de la Independencia.

Pero era mi vieja comisaría. Mientras subía con el perro al despacho, me asaltó otro arrebato de morriña por tener que marcharme.

Llevaba allí metido muchos años y los desconchones que antes me parecían abandono institucional se transformaron por arte de la nostalgia anticipada en vetusta elegancia.

No, no me iba a marchar. Me echaban. El Toro Sober estaba cobrándose la venganza.

En plato frío, mucho tiempo después de aquello, pero a conciencia y con holgura.

Lo bueno del asunto era que ya no me preocupaba lo que dijesen de mí a mis espaldas.

Bien es cierto que nunca me había preocupado mucho, pero a punto de dejar el convento podía pasearme por las dependencias de la comisaría y entrar en el despacho con un perro mestizo ignorando las miradas de extrañeza de todo el personal.

¿O serían de conmiseración? Me daba lo mismo, como si eran de envidia, que últimamente los agentes se quemaban antes de terminar el primer día de patrulla, no esperaban ni al primer disparo, y todo el mundo hablaba de que quería irse a la privada.

Que les dieran a todos. Me senté en la silla y empujé al animal hacia una esquina.

Allí lo dejé y allí se quedó. Más cumplidor que muchos.

Recalenté un café que debía de llevar allí tantos años como yo y llamé a mi equipo.

La agente Ferro llegó enseguida, con el trabajo hecho y la conciencia tranquila. Tal vez con un deje triste en la voz. O eso me pareció, pero cualquier policía sabe que todos vemos en los demás aquello que queremos ver. Profesional y discreta, ni tan siquiera preguntó por el perro.

—Hola, Sandra. ¿Alguna novedad?

—Buenos días, inspector. En el motel no escucharon nada ni saben nada.

La habitación la alquiló un hombre alto, con traje y sombrero, pero no dejó nombre ni tienen copia del DNI.

Pagó en efectivo. En esos sitios no suelen pedir identificación.

Ya me entiende. El acceso a la habitación es exterior, así que después de pagar pudo entrar y salir quien quisiera sin ser visto.

—¿Le enseñaste la foto de Rouco? ¿Pudo confirmar si era él?

—El tipo de la recepción cree que no, pero no está seguro. Tienen indicaciones de no fijarse demasiado en los clientes. Ya me entiende.

—Que sí, Sandra, que ya te entiendo. Es un motel por horas, no un hotel de congresos. ¿Y sobre el otro tipo? ¿El que te pedí que investigaras?

—De ese sí que tengo novedades. De hecho, fue muy fácil.

—¿Y eso?

—Luis Blanco Amoedo. Por haber hay varios con ese nombre y apellidos. Pero a cualquiera que le pregunte pensará en el mismo. Y acertará: la dirección no deja lugar a dudas.

—¿De qué estás hablando?

—Del obispo.

—¿Cómo?

—Monseñor Blanco Amoedo, el obispo de la diócesis de Tuy-Vigo, con oficina en la calle doctor Corbal, en el barrio de Teis.

Me quedé callado, pensando con asco en las imágenes que había recibido en el correo electrónico.

La cosa crecía por momentos. El zoquete de mi hermano estaba metido en un buen embrollo.

¿El obispo? Por un momento conseguí olvidar la pena por su pérdida.

Fue sustituida por un intenso sentimiento de desasosiego.

—No he traído foto, pero si abre Google y teclea su nombre encontrará varios cientos.

—Ya. Gracias, Sandra. Muchas gracias, de verdad. —No quería ponerme en plan bobo sentimental pero tampoco dejar pasar la ocasión de despedirme—. No sé si te lo he dicho alguna vez, pero...

—No, inspector, no me lo ha dicho. Tampoco hace falta que lo haga ahora.

Me lo tomé por el lado bueno.

Leo entró de un modo muy diferente. Llevaba más años en la comisaría que las cucarachas y, aunque le quedaba poco para la jubilación, seguiría allí tras mi marcha.

Era el verdadero rey de todo aquello. Del despacho, de la ciudad, de la vida.

Un ejemplo de la capacidad de adaptación del ser humano. Todo lo contrario que yo.

—Hola, Carlos. Siento lo de tu hermano. ¿Qué tal lo llevas? —Lo dijo como quien pregunta qué tal llevas el calor. Igual a él se le habían muerto varios y ya estaba acostumbrado. Contesté sin acritud. Leo era así. Siempre había sido así, en las duras y en las maduras.

—Ahí andamos.

Tengo la teoría de que el empleo del plural en este tipo de respuestas de cortesía es un modo de diluir la pena. Siendo varios toca a menos. Psicología barata, pero así somos los seres humanos, capaces de engañarnos con cualquier tontería.

—Ya. Me ha dicho Sandra que te vas. Y que querías que husmeara en la BIT para ver si averiguaba algo sobre Rouco.

—Me voy, sí. Ahora podré tomar el sol y beber cerveza hasta hartarme. Os dejo todo el quiosco a vosotros.

El perro aprovechó para rascarse la oreja, como subrayando mi desafección por lo que dejaba atrás, lo que provocó la sorpresa de Leo.

—¡Hostia, Carlos! ¿Qué hace un perro en tu despacho?

Como respondiendo a la alusión, el animal levantó el hocico.

—Una larga historia. Ya que hablas de eso, ¿podrías ocuparte de llevarlo a la nueva Unidad Canina de Mos? —Arrugó el ceño con cara de extrañeza—. Diles... que va recomendado por los de antidroga.

—¿Me estás tomando el pelo? ¿Antidroga? ¿Este despojo? No puede ser. A esos perros los adiestran desde pequeños y los asignan a un agente de por vida.

—¿Y qué hacen si el agente muere?

—No sé... Supongo que se quedarán allí.

—Ahí lo tienes. Un último favor, Leo. Por los viejos tiempos.

—¿Otro? La lista de favores a cuenta de que te vas empieza a crecer. Y sabes tan bien como yo que los viejos tiempos no valían una mierda.

—Lo que tú digas, pero llévatelo, anda.

Se acercó con cautela. Estuve a punto de decir eso de «tranquilo, que no muerde, es un perro muy bueno».

Pero no tenía ni idea de si el perro era bueno o malo.

A mí no me había mordido, pero supongo que hasta un perro lleva cuenta de los favores que le deben y de las obligaciones que contrae.

Fuera lo que fuese, el caso es que se dejó acariciar sin rechistar.

—¿No quieres saber de los asuntos de Rouco en la BIT?

—Quiero. ¿En qué andaba metido?

—Si lo que pretendes es encontrar alguna relación entre su muerte y los casos en los que estuviese trabajando en la Tecnológica, no traigo mucho material. Por lo visto, llevaba un tiempo fuera del grupo operativo. Lo tenían apartado en tareas burocráticas.

—¿Lo tenían?

—Bien, aquí hay varias versiones. Algún compañero afirma que lo apartaron de un caso. Otros que él mismo se apartó. Por lo visto, estuvo un tiempo de baja.

—¿De qué caso? ¿De baja? ¿Por qué?

—Estaban detrás de una red de pederastia.

Material gráfico y toda esa porquería en la red, ya sabes.

Parece que con todo el asunto cogió una baja por depresión.

Eso es lo poco que he podido rascar. Si quieres saber más, puedes hablar con Andrés Touza, su compañero de unidad en la brigada, un chaval aún verde en la calle, pero muy espabilado para las nuevas tecnologías.

¿Depresión? Xabier no había estado deprimido en su vida. No sabía lo que era eso. La gente con mala hostia no tiene depresión. Tiene infartos. O úlceras de estómago. No depresión. Si lo sabré yo.