La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #7
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #7

La carpeta contenía dos extensos informes.

Lema había confirmado la primera impresión sobre la muerte de Rouco : lesiones externas e internas compatibles con asfixia mecánica.

Radiografía del cuello con fractura del hioides.

Ausencia de otras lesiones. Análisis toxicológico negativo.

Me sentí incómodo con los detalles íntimos.

Llevaba tanto tiempo sin saber lo que hacía mi hermano que parecía una traición enterarme por el forense de que su última comida había sido pollo y cerveza.

Uno de los anexos contenía una lista con los objetos personales encontrados en su ropa.

Coincidían uno por uno con los objetos del sobre amarillo excepto por un bolígrafo azul con el logotipo de la BIT que mencionaba el informe.

Me pareció extraño, teniendo en cuenta la pulcritud de Lema, pero no le di más importancia.

La cuerda empleada era de poliamida blanca, barata, de las que se encuentran por cientos en cualquier ferretería.

El segundo informe era el de la mujer. Sonia Deza.

Diecinueve años. Mira que se lo dije, hostia.

Que podía ser su hija. Rubia. Cincuenta y cinco kilos.

Metro sesenta y ocho. Una cicatriz quirúrgica en el abdomen.

Con el estómago vacío. Marcas de estrangulamiento en el cuello, de manos grandes, desde atrás.

Análisis toxicológico: dosis terapéuticas de paroxetina y de alprazolam, un antidepresivo y un tranquilizante.

Muy joven para tanta porquería. Todas las huellas encontradas en la habitación coincidían con las de los dos cadáveres.

Volví a sentir otra vez el mismo pudor, pero por la razón contraria: la de estar fisgando en la vida (o debería decir en la muerte) de una desconocida.

Bien mirado, no era por ser una desconocida; mi trabajo consistía en destripar las vidas de desconocidos hasta ponerlas del revés.

Descubrir sus secretos, sus miserias, reales o figuradas.

El pudor seguía teniendo que ver con Xabier, con su vida, de la que me había apartado tras varias discusiones.

¿O había sido yo el que lo había apartado de mí?

Teniendo en cuenta que me encontraba solo en un piso que no era el mío, con un perro medio muerto del que no sabía el nombre, a punto de ser expulsado del Cuerpo Nacional de Policía, cabreado con mi padre y pendiente de una llamada de mujer por la que llevaba esperando demasiado tiempo, igual yo también tenía algo que ver con el distanciamiento.

De su novia solo había llegado a averiguar, preguntando por aquí y por allá, que trabajaba de cajera en el Decathlon. Y que desde que se había cruzado en la vida de mi hermano nada había vuelto a ser lo mismo para ninguno de los dos.

En fin, parecía que Lema tenía razón y no había mucho que rascar en esos informes.

Cuando levanté la vista de los papeles, la noche entraba de lleno por la ventana abierta.

Y con ella las voces de los turistas, la música de las terrazas y la brisa con olor a mar.

El perro se había dormido debajo de la mesa. Ni siquiera se había movido de allí.

Decidí que era hora de rebuscar un poco entre los armarios de la cocina y usar la cafetera italiana que llevaba dos horas mirando de reojo.

Trece

07:30

Abrir los ojos. Despertar. Un trino suave, de ruiseñor, se abría paso a través del espeso bosque del sueño.

Era la alarma del móvil. Todas las mañanas el mismo engaño.

El mismo cebo en el mismo anzuelo de la misma caña.

Cuatro gotas de luz atravesaban la trinchera de la persiana como balas de un francotirador enemigo.

Estiré el brazo para matar, como cada día, al ruiseñor, y mi mano tropezó con un cuerpo húmedo y caliente.

No me hice ilusiones, e hice bien: era el perro, que en algún momento de la noche debió de pensar que estaría mejor en la cama, con el tipo ese que apestaba casi tan mal como Rouco.

Decidí dejar vivo al pájaro un rato más, subiendo de intensidad, aclarando mis pensamientos, ayudándome a trepar hasta el rellano de la vigilia, al espejismo del mundo cuando pensamos que estamos despiertos.

Detrás de la ventana seguían escuchándose los sonidos del puerto y de una ciudad insomne que no detenía el tráfico de negocios pendientes.

Se adivinaba el mar en el aroma a bajamar.

No estaba mal la chabola. Mejor que mi piso de patio de luces, olor a cañerías y ruido de ascensor.

Intenté reunir fuerzas para levantarme y probar la ducha.

Un café también ayudaría. Todas las mañanas pensaba en dejar una taza junto a la cama para facilitar el trance, como hacen los alcohólicos con su veneno, pero hacía mucho tiempo que los días se me estaban haciendo muy largos, y cuando llegaba la noche ya no tenía fuerzas para complacer a nadie.

Ni siquiera al viejo testarudo dentro de mi cuerpo.

Un cuerpo rendido a pesar de no llegar a la cincuentena, deteriorado de tanta herida y de correr detrás de tanto delincuente.

Apenas sostenido por los últimos vestigios de la juventud.

El perro también fue despertando con un bostezo infinito y contagioso.

Parecía haber recuperado algo de iniciativa porque bajó de la cama a desayunar los restos de la cena sin que yo le dijese nada.

Debería sacarlo a mear. El móvil había dejado de trinar y no encontraba más excusa para otra ronda de autocompasión, así que decidí posponer la ducha y arrastrarme hasta la cocina para empujar, garganta abajo, el cansancio y la pena con un buen trago de café.

Un plan cojonudo.

Salvo por los golpes en la puerta.

Mierda.

Comencé a pensar a toda velocidad. ¿Quién llamaba?

Podía ser Sober, o los agentes de su equipo.

Aunque me parecía poco probable que Telmo moviese un dedo más allá del asunto tal y como se lo había encontrado.

Por hacerme un favor no iba a ser. También podía ser alguien relacionado con la muerte de Rouco.

Pero entonces no llamaría. Pensé en quedarme callado y tranquilizarme, no dar señales de presencia en el piso.

Tratar de conservar la ventaja. Y vestirme a toda prisa por mantener un poco la dignidad.

Todo iba bien hasta que el animal comenzó a ladrar.

Catorce

08:10

—¿Señor Manso? Soy yo, Olinda.

Una voz anciana, arrugada y temblorosa que no reconocí consiguió calmar al perro y ponerme a mí aún más nervioso.

¿Cómo coño sabía esa tal Olinda que yo estaba allí?

¿Y quién demonios era la tal Olinda? ¿Qué hacía allí a las ocho de la mañana?

Me puse la ropa a toda prisa, ya sin preocuparme del ruido, y metí la Heckler en la espalda, entre la camisa y el pantalón.

Otra memez de las películas. Como si no tuviera ya bastante confusión encima como para coser a tiros a una vieja.

Abrí la puerta con la batalla perdida de antemano.

Sin café, descalzo, con la ropa a medio caer, en casa ajena, delante de una nonagenaria que apenas se sostenía en pie (¿cómo conseguiría subir los seis pisos?) y que parecía conocerme sin que yo tuviese ni puta idea de quién era ella.

No sería un buen policía si no supiese que ese era uno de esos asuntos que no se solucionan con una pistola metida en el culo.

Y, para acabar de rematar la faena, con el compañero lamiendo alegremente la mano de la señora.

Componíamos los tres una estampa digna de Norman Rockwell.

—Buenos días, señor Manso. Disculpe que venga tan temprano, pero tengo consulta con la doctora a las nueve y venía a preguntarle si iba todo bien.

Ya sé que no le gusta que me entrometa, pero con el alboroto que se escuchaba el viernes me quedé preocupada todo el fin de semana.

Sobre todo, por su novia. Con todo lo que sale últimamente en los periódicos. .. ¿No está ella por aquí?

La anciana echaba miradas al interior del ático. Tenía los párpados inflamados y dados la vuelta, cayendo sobre unas mejillas encarnadas e inesperadamente tersas.

Lagrimeaba sin parar y parecía evidente que no veía con claridad. Podría haberle diagnosticado yo mismo las cataratas si quería ahorrarse la consulta. Caí en la cuenta de repente de que me estaba confundiendo con Xabier y decidí sacar provecho.

—Ah, ella está bien. Está... fuera. ¿Y dice que escuchó gritos? ¿El viernes?

—En estos pisos viejos se escucha todo. Pensé en subir, pero ya sabe que no me gusta meterme en la vida de los demás.

El caso es que llevo todo el fin de semana fuera de Vigo y me quedé preocupada.

Más vale que no le haya hecho nada. No voy a permitir que una chica tan joven y amable aparezca en las páginas de sucesos del periódico.

Miré a la mujer intentando entender algo.

Bien mirado era una osada. Si yo fuese de verdad un maltratador, solo tendría que empujarla escalera abajo y dejar que pensaran que se había caído para librarme de un testigo incómodo.

Me froté la frente. ¿La gente normal pensaba ese tipo de cosas o era yo el único así de retorcido?

Alejé el pensamiento con la esperanza de que fuese cosa de mi oficio.

—Claro... no se preocupe. ¿Recuerda a qué hora sería eso?

—No sé, fillo , sería por la tarde. Cuando llegues a mi edad ya me dirás si eres capaz de distinguir una hora de otra.

Todas se vuelven igual de inútiles y aburridas cuando ya no queda nada por hacer en la vida, amontonadas sin tino en el carro del tiempo que arrastran los cuatro bueyes de Laertes.

Además, usted sabrá a qué hora fue. Bien que lo escuché gritar.

Y eso que ya no oigo tan bien como cuando era más joven.

—Ya... Muchas gracias.